Mostrando entradas con la etiqueta Narradores de la red. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Narradores de la red. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de junio de 2010

Las claves de Silena

Un relato de Luis Ruid

Algunos días no me acuerdo de aquel día y vuelvo a cometer los mismos errores, como la balada que silbo cuando me olvido de silbar. Paso entonces muchas horas delante del edificio blanco, repasando con la vista las grecas naranjas, silbando una columna intermitente de vapor con los brazos recogidos en los sobacos bailando sin manos como una marota, muy, muy cerca del kiosko. Nunca resulta aburrido porque a veces recorro el perímetro de la plaza pidiendo cigarrillos muy atento al ventanal de tu bufete, donde apareces de tanto en tanto, como una diosa que se asomase al mundo desde su hornacina, con tu gesto oval que nunca sé si admira o compadece el mundo que se extiende tras y se esconde detrás de los tejados, donde yo digo que hay paraísos perdidos y tú la negación del destino. No dejas que una sola mirada se despeñe contra la plaza, donde estoy yo accidentalmente, no como figura adscrita al paisaje, sino contra el paisaje con mi abrigo de cuadros. Y no espero que mires contra la plaza porque no deseo que me veas tan pequeño.

Siempre me digo que siempre fuiste tú quien mantuvo la dignidad de los dos, quien observa la obstinación de los objetos con analítico odio, quien me convenció de que el seguro social no incluye los riesgos del alma y los sentidos incitándome a renunciar a aquella servidumbre provinciana... Te debo tanto que debería matarte. Cierto que ya tenía imaginación entonces, al lado de esa refinada estupidez de ángel criado en los infiernos, pero no tuve nunca el valor para usarla, como tú cuando nos detuvieron a subfusil terciado por llevar matrícula de Navarra y te indignaste en vasco sin saber una palabra, cuánto sabes. Yo temí lo peor: verme abocado a ser el guerrero inútil de tu causa loca. Y nada te salvó del horror, según pienso, que el que les parecieses demasiado puta.

A veces me olvido y entonces ocurre algo así: que te vuelves hacia dentro, hacia el interior, y yo quedo así aquí, con mi sonrisa de saldo en el mundo de las rebajas; hacia el centro de la cuestión, hacia tus papeles, very very important, en los que has trazado las posibilidades de futuro de todos tus clientes.

Tú sabías como acabaríamos todos, al menos todos ellos y seguro que yo también, que vine en la misma oleada siguiendo tu olor, oliendo tu voluntad, pero no vine con ellos, que huyen de la tierra y se la encuentran aquí, más sucia y precaria, que abandonaron la miseria y la olvidaron y por eso recrearon su miseria. Yo perseguía, no huía; perseguía el Ideal. Todos sus anhelos no hallaron mas conducto que los barrios donde la ley sólo acude a divertirse; los míos se cumplían cada día junto a tí. Exaltado ante la posibilidad de joder sin miedo a manchar las paredes yo no dejaba de silbar. Por entonces creí que comenzaba a escribir canciones adultas y a ser firme en escena, porque tú creías en mí porque yo lo hacía todo con tu cerebro, aunque no soy, lo cierto es que no soy todavía lo que esperas. Y es lo que quiero que sepas, que lo sé.

Alguien cierra el telón que me mantiene expectante y sé por otras veces que aparecerás antes o después. He de arrancarme de este lugar al que estoy fundido desde que mis saltos comenzaron a ser leves vaivenes de rodillas. Incendio mi cuerpo con un beso a la petaca en la escarcha fina que se cree que estamos durmiendo, virgen sabia, santa del sacro, y me enfurezco jurando que te quiero. Te veo salir y son los mismos tu maletín y tu prisa. Se diría que es temor esa incomparable majestad con que atropellas la vida, miedo a que el mundo se reponga de tus golpes y se tome una venganza. Eres tan fugaz que ya estás bajo los arcos rompiendo las fronteras. Grito tu nombre, y creo conmover a la materia; te apresuras, caminas como quien olvida y no lo sabe y grito más, y creo con ello invalidar tu coartada, creo que dejo claro que es a tí de mí, y sólo queda el eco en los pórticos y tus tacones sobre el asfalto. Un taxi sucumbirá a tu gesto experto y yo me quedaré mirando cómo oscurece ciertamente en la plaza sin respuestas.

¿De qué me hubiese servido haber estado mas atento? ¿Acaso no hubieses pasado por encima de mí fingiendo que no me ves? Tienes miedo de mirarme, y yo tengo miedo de que alguna vez no lo tengas y yo tenga que darme cuenta por tus ojos de algo que no me explico. En el fondo ya empezaba a recordar, y en la superficie a cumplir el rito, pero el panorama es demasiado atractivo y tangible para conceder crédito alguno a las abstracciones de la memoria. Este olvido al que atribuyo carácter ritual puede tener un sentido utilitario como mecanismo defensivo, como la mejor opción posible en un juego de estrategias cuyas reglas son simples, pero que esconde su sentido. Sería entonces cierto que me acordaría al permanecer quieto sin recordarlo de aquel día en que quise detener el taxi con mis propios músculos. Fue la última noche para la insustituible chupa de cuero, comida por el asfalto mientras me arrastrábais incrédulos de que pudiese permanecer aferrado al parachoques mientras de mí quedase algo, pero aquella curva demasiado cerrada me lanzó contra el muro ante el asombro de los peatones, que os cogieron la matrícula, no podéis negarlo, aunque todo eso está ya olvidado. Sin embargo yo no me permití el lujo de desvanecerme, sino que enlacé el último instante de mi caída con el primero de mi reconstrucción y casi tuve que zafarme a golpes de la caridad ciudadana. Lo importante es que estaba vivo, aunque lo importante era que no podía cazaros. Sangraba la nariz y el espacio y el tiempo se movían como el güisqui. Tenía que correr apoyándome en las paredes. Doblábais por la tercera o la cuarta esquina a la izquierda o la derecha. Imposible.

Es normal que tú andes ahora en taxi mientras yo sigo colándome en el metro: ya leías la prensa nacional mientras yo escribía poemas, y a veces te reías de cosas que yo fingía entender con la sensación de que tú te reías de mi modo absurdo de fingir la risa. Cuanto decías tenía para mí un significado oculto que yo me resignaba a archivar en la memoria por si algún día consigo reconstruir tu trama y plantártela en la cara para decirte que ya basta, por tanto, de misterios, que a partir de algún día estarás siempre desnuda cuando estés conmigo.

Cuando estás casi desnuda estás más vestida. Sabes que un duelo de miradas se inclina ineludiblemente a tu favor, que tú precisas el escudo de tu cuerpo para evitar mis zarpazos, por eso llegas con tiempo, para vestirte de mujer desnuda. Sabes que demasiado rato y sin la prudencia de la piel blanca yo podría reprocharte todas mis carencias delante de todos tus excesos, que podría hacer vacilar tu edificio de enigmas con mis preguntas, ingenuos interrogantes que para tí cobran una dimensión extraña. Encuentro la puerta simplemente entornada y tampoco me explico porqué hay que ir tan despacio para que la materia sea dócil. Sé que tú también estás ahí detrás entornada, que a pesar de que me esperas me preguntarás ¿qué quieres? Eso posiblemente lo sepas tú, dije un día sonriendo, todavía adolescentes, pero tú parecías mayor y forastera. Apenas hice el esbozo de mi tesis acerca de la vida cuando me apagaste con tus carcajadas. Se me curvaron las cejas, porque yo todavía no estaba de vuelta de muchas cosas, y todavía no me explico por qué os volvéis, si no habéis llegado. No puede ser cierto que la experiencia os haga así de nulos, así de ignorantes. Son cosas muy simples, pero uno las toma o no las toma; y si las tomas y te sientes lleno todo lo demás consiste en vaciarse, eso es lo que tú ignoras por experiencia.

¿Qué quieres? escucho, en efecto. Resumo: quiero saber.

Tu gesto traza una mueca de comprensión. Podría ser el gesto de una madre ante un niño que llora. Pero yo no quiero tu comprensión, sino mi comprensión. Llevas una bata corta y has comenzado a andar hacia mí. Panky se mantiene rígido en un rincón, con porte de estatua y la amenaza brillando en la punta de las orejas. Quiero saber por qué me lanzaste sin piedad a mi destino y cuando regresé como una carta devuelta, manchando el pasillo de sangre y con la chupa colgando en un solo jirón, encontré la puerta entornada y tuviste para mí bálsamo y ternura. Y quiero saber por qué dejaste el grupo después de infectarlo de heroína y de ponerme a mí contra todos cuando ya siempre tenías trabajo y apenas ensayabas. Debe dar mucho lo tuyo. Nosotros seguimos allí igual, con todo mucho más sucio porque no estás tú y algunas cosas más limpias. Pero es imposible que seas sincera contigo misma, porque sacas las correas de los bolsillos, como si las hubieses preparado, y las tensas alrededor de tu brazo. Lo haces con obscena complacencia, como si quisieras poner ante mis ojos tristes aquel día. Panky está muy atento. Yo cierro los ojos, pero entonces lo veo todo mucho más claro: te veo a tí forcejeando con un hombre rudo y de gran tamaño que, sin el menor esfuerzo, te alza del suelo, inmoviliza tus brazos y saca de tu sostén roto una jeringa cargada y la estrella contra el suelo. Y entonces ese hombre se siente turbado por su propia violencia y porque todos os miran desde detrás de sus trajes y de los títulos de derecho que festejan, y porque él es el único que viste de negro y no se ha afeitado. Aprovechas entonces para zafarte de él y corres hacia la noche empujada por sus gritos, hasta montar en uno de los taxis que esperan y decir nunca más y él cómo perderte así, aquel día. Te escucho suspirar: debe ser como un orgasmo. Quiero saber por qué te entregas a esas ausencias, acaso sea porque sientes asco y yo tengo cosas limpias sin duda, empéñate en decir que huelo demasiado a hombre, porque yo no puedo evitar ser humano, amiga, aunque admire cómo y cuándo haces las cosas, porque tú sabes hasta dónde y con cuánto, pero ellos están hechos una pena. Debe ser como un orgasmo, pero tu sonrisa es lo más parecido al gesto de Panky, rígida, castrense, inculcando con los ojos el deseo de devorarme. Estás a punto de llegar hasta mí y muy pronto me rozarás con ese cuerpo que se apergamina ante mis ojos, con ese gélido sudor envenenado, enroscarás tu anatomía amarilla alrededor de mis piernas y seré abatido; ya no seré sino la sombra de tus ojeras, a no ser que, mezclando recuerdos y olvidos y agitándolos con furia en el crisol de mi rabia yo ponga en juego la inédita bofetada, el detalle que de un modo u otro resuelve siempre las grandes cuestiones. La recibes sorprendida; materialmente rebotas y eres lanzada hacia atrás como un dibujo animado. Pareces un montón de ramas secas, desordenadas y palpitantes bajo el viento.

Perdona, aplico tos axiomas. Además, creo que me estás pidiendo esto. Qué busco ya lo veremos; de momento ya hemos puesto orden aquí y podemos seguir especulando. Vamos a analizar qué somos. Tú asientes con la cabeza, mareando un sollozo. Somos un no sé lo que busco y ya basta de eso. Tú dices sí, así me gusta. Si esto es un juego es un juego sucio, porque yo no conozco las reglas, y por tanto no podrás decir que has ganado. No sé si dices sí o es que te estoy zarandeando. Dices sí. Por tanto voy a decirte lo que acabo de comprender: que estoy solo. Dices sí y confirmo que siempre estás sola conmigo. Y ahora que puedo estar, tú ya no estás, dices no sollozando... Estabas sola con el Ideal: quienes lo comprendían, lo despreciaban, y quienes lo amaban no lo comprendían, dices sí, sí, mi voz es firme y por fuerza dices sí. Tengo voz, amiga, tengo voz de tus palabras, dices sí. Y como llegaste muy lejos de lo vulgar, no en lo determinado, caíste en la pura mierda, dices sí, en la mierda garantizada. Dices sí, mi voz es firme, gesticulo con los brazos, me salen de las palabras. ¡No hay santos en Sodoma!, digo de pronto. Tú dices sí sollozando, completamente plana. Esa es mi última canción, que habla de que todos estamos en la mierda, dices sí. Pero tú no estás en la mierda, Silena, tú eres una puta mierda, dices sí. Y todo fue perfectamente.

* * *

La mañana es azul clara en los pueblos. La vida es un eterno crepúsculo entre los hombres. No eterno, pero perpetuo. Hay un agujero en la cama: está palpitando, caliente, pero vacío. Es un olor redondo profundo: se entra por él y se sale al canto de Silena. Ahora recuerdo que soy feliz. Silena se está duchando en la luz de la verdad. Silena es un animal pequeño: ahora recuerdo que soy feliz. Ayer fue el último día y valió la pena agotarnos. ¡Qué complejos somos! Todo lo difícil es erróneo. La cuestión es simple y llana, y ella dice sí constantemente. Silena, animal pequeño, se mueve alrededor y huele a limpio, así es ella realmente. Hoy es el primer día y los objetos nuevos brillan y yo soy un hombre nuevo que va a ducharse. Dices sí, sonriendo dices: sí, estás satisfecha. Que luego apague el calentador y tire de la puerta hasta que quede cerrada, digo ¿qué? Que deje las menos huellas posibles. Creo que necesitas un buen alegato, nena, dices bueno, otro día. Digo ¡no!, dices no, Panky se acerca rugiendo. Vibraste, estás satisfecha, siempre resulto muy satisfactorio. Es el momento de dar un nuevo puñetazo en la mesa, de poner el orden necesario. Panky interviene: negro, ágil, musculoso, se interpone entre Silena y yo. Que los hombres son poco útiles fuera de su contexto, que son agua estancada si no se marchan y reaparecen, que lo de hoy muy fuerte, casi demasiado, que no quieres ser una adicta. Me das las gracias tan hermosa y yo no me muevo porque me acuerdo de Panky y de aquel día. Cierras la puerta y parece que pone fin. Panky estrecha el cerco y ya me ducharé por ahí. No volverá a ocurrirme esto, quizá algo parecido, pero no lo mismo. Cierro yo también la puerta a mis espaldas y el calentador queda dentro encendido. Sólo ella tiene llaves.

publicado en Vinalia Trippers # 3 (1996)

ilustración de Silvia Díaz Chica

martes, 6 de abril de 2010

Colmillo de Amaru

Un relato de Luis Ruid


En los Comentarios Reales del Inca Garcilaso se informa de la singular ley sucesoria de los príncipes del An­tiguo Imperio: el hijo hereda el título de Inca de su padre, y sólo puede casarse con su hermana, a menos que ésta no exista. Es ésta una de las escasas excepciones al repudio general del incesto que impera en todos los pueblos. Algo más extendida está la costumbre de ejecutar a la reina cuando el rey expira. En ciertas regiones de la India las viudas se arrojan a las llamas incluso entre quienes no ostentan alto rango. Las criaturas que pueblan esta crónica son fantasmas de una Historia Paralela. Las palabras de la protagonista "Pues aunque esta historia ignora la llegada de los españoles al mando de aquel adulte­rado Viracocha bajito y centauro...", nos hacen sospechar que incluso son conscientes de ello.

* * *

Trae el espejo, Ancha Mama, que no recuerdo mi rostro, y peina mi cabello mientras yo te contemplo por úl­tima vez en el fondo del reflejo, como un espectro afable. Por fin puedo verme el rostro sin que el asco o la vergüenza me obliguen a bajar la mirada al suelo. Yo, cuyo anhelo retaba a los espacios infinitos. Si realmente desciendo de la luna, ¿por qué desciendo tan bajo?

Ya habían transcurrido tres calendarios desde que yo naciese cuando mi madre, la reina, alumbró a Tiku Amaru, mi señor y señor de todos los nacidos en el vasto imperio de Tahuantisuyu. Desde entonces no tuve otro espe­jo. Tú sabes cómo fuí obligada a olvidarme de mí misma para convertirme en recipiente del futuro príncipe. Sé que si te dejo hablar volverás a contarme aquella vieja historia, tan antigua como lo es el principio de los tiempos, de que también la luz que prodiga Mama Quilla en noches efervescentes es sólo un reflejo del aura de Apu Punchau. Pero al­guna vez la luna puede despertar envenenada por su propia mentira, y sentir que ella también existe, como existe el sol, es cierto, sin piernas ni rostro y diríase que sin alma, a juzgar por el devoto cumplimiento de las leyes que rigen los días. No pongas esa cara, Mama, que quien lo ha dicho, reina y postrera, no puede pecar. Si como yo atravesases el último peldaño de tu vida no te parecerían necias estas dudas.

A pesar de mí misma aprendí a amarlo en la distancia mientras crecía entre la indiferencia de nuestros pa­dres y el desdén de mi hermano. Todas las mujeres recluidas en el Templo del Sol participaban de la ilusa admiración femenina hacia el futuro Inca, desde Mama Cuna, que trataba de inculcar una casta devoción, hasta la más joven novicia, que cometía crímenes imaginarios bajo su cuerpo adolescente en los que abundaba el olor a sándalo y la infantil y caprichosa violencia. Narraciones confesadas en edad menos temprana por aquellas en las que deposité mi mas sincera confianza, excitaban mi curiosidad y mi impaciencia, pero el hecho de participar del panteón celeste que legislaba y sometía las planicies salvajes era lo que más ilusionaba la infantil espera.

Algunas de aquellas viejas compañeras de juegos y clausura se convirtieron con el tiempo en concubinas de mi esposo, en acaparadoras del cariño de mi hermano, rescatadas de la guardia del fuego permanente por un decreto sacrílego, protestado por Mama Cuna, que conoce a los dioses y a las mujeres, pero no a los emperadores. Así la grue­sa Imra Gurona, hija de un principal, que siempre se ha mostrado conmigo insubordinada y mezquina. Así también la dulce Lita, descendiente del Arco Iris, que conoció la crueldad del Inca. Así, entre algunas más, la retorcida Nina Quilla, mi ambiciosa hermana, capaz de hacer retorcerse de placer a un hombre sin siquiera tocarlo (tú y yo la sabe­mos bruja), y de carácter tan rebelde que los atinados consejos de nuestra institutriz no encontraron sitio en su cora­zón. De modo que ella fue la primera en romper la sagrada tradición que la hacía esposa del Supremo Oro Celeste, pues si bien los dioses son esposos privilegiados, seguramente los estimó demasiado lejanos.

Al tiempo que Tiku Amaru era iniciado junto a los de su generación en el rigor de los guerreros y en los mis­teríos varoniles una gran excitación cundió entre nosotras, que empezábamos a conocer ciertas malevolencias no in­culcadas por nuestra estricta educación. Pues las promesas y los misterios del amor comenzaban a hacerse patentes. No pasó desapercibida esta circunstancia a Mama Cuna, que cada año la esperaba y preparaba como su fundamental problema. Pudo notarlo en los rostros pálidos y los ojos encendidos, en las risas veladas y en las inexplicadas abstrac­ciones del ánimo, en cualquiera de todas esas languideces con que la vida se expresa en las muchachas. Quizá captaba por el olor de los primeros jugos de había que extremar la guardia y refinar el tacto para que la virtud permaneciese intacta tras las doradas rejas de nuestra prisión adolescente. Cuando se supo que Tiku Amaru había derrotado a todos los muchachos en la subida al Huanacauri todas se congratularon y me felicitaron por poseer un hermano y ser poseída por un esposo que con tanta justeza iba a gobernar sobre la ancha tierra que nuestros ancestros sumaron.

Con gran urgencia se prepararon nuestros desponsorios, ya que nuestro padre el rey, de quien tan pocas ha­zañas se cuentan que no sean inventadas, había entregado su alma al cielo antes que su cuerpo. No otra cosa que de­mencia senil significaban estas enigmáticas palabras de los sacerdotes cortesanos, oscuros ministros de los designios cósmicos, en realidad intérpretes metafísicos del sentido común que comprendieron que el estropeado juicio de mi pa­dre conducía el imperio por caminos catastróficos. Se habilitó para el fin de sus días una sala solemne, donde podía ejercer su arbitraria (a veces cruel) potestad sobre un reducido círculo de servidores y concubinas a las que no podía ya satisfacer. De ello se encargaría su hijo, a quien se había reconocido prematuramente autoridad y a quien se había consignado, a pesar de su inexperiencia, el generalato de sus huestes, la materialización de los ritos y la adininistración del maíz. Nadie en lo sucesivo discutiría la engañosa autoridad de mi padre en su salón de oro, pero nadie tampoco le contaría que sus disparatados designios eran recibidos con risas e incumplidos metódicamente.

Recuerdo aún el día de nuestro casamiento, precedido por tanta inquietud y expectación. Por fin conocería los murmurados placeres de la alcoba, pero ante todo por fin iba a transmutarme de niña en diosa y a imperar sobre toda una raza. A ciegas me conducíais por el camino nupcial, y cuando estuve frente a él descubristeis el virginal velo y Tiku Amaru resplandeció ante mis ojos envuelto en lujosas prendas que sonrojaban a la noche estrellada, en tal cantidad que aumentaban su volumen y lo investían de una dignidad inmaterial. Hombros, costados y espalda soportaban pieles inmaculadamente trabajadas por las vírgenes del Sol, y su cabeza una vegetal corona. Sobre su pecho desnudo caía su collar de dientes de serpiente, cuyas cuentas habían sido grabadas por los sacerdotes con motivos que aludían a las hazañas de nuestros antepasados. Allí estaba el Manco Capac, navegando sobre aguas y vientos enfurecidos que no conseguían arrebatarle su trenza multicolor; allí Sinchi Roca, elevando al cielo sus armas y profiriendo el grito de guerra; allí también Lloque Yupanqui interpretaba sangrienta escena en que un curaca era desprovisto de su cabeza. Los colmillos sucesivos mostraban a Maita Capac atravesando el puente de mimbre, a Capac Yupanqui castigando adúlteros y sodomitas, al Inca Roca pronunciando las sabias leyes, al cobarde Yahuar Huacac llorando sangre indigna, a su hijo ante el espectro de Viracocha, a Pachacutec Inca erigiendo monumentos gratos a los dioses, a Inca Yupanqui impartiendo paz y bendición, a Tupac Inca tras la sólida fortaleza que aseguró con piedra nuestras vidas y, en fin, a nuestro padre Atahualpa Amaru, de quien los sacerdotes grabaron en el colmillo un rostro ambiguo que en nada se le parecía por no encontrar en su vida hazaña inmortalizable. El último colmillo del collar permanecía en blanco hasta la muerte del príncipe, para honrar su recuerdo entre sus descendientes. Entonces me pareció que nada más digno podía hacer en mi vida que entregarme a él. Bajo su cuerpo y sobre el trono me prometía a mí misma una existencia feliz y una inmortalidad posible.

Pero ¡ay!, aquello que hace a un hombre tierno y amoroso estaba en él saciado por las prematuras concubinas. No me maltrató, no me humilló, simplemente me ignoró. Abandonaba su semilla sobre mi como si impartiera justicia, como si estampase su sello regio en un códice protocolario, y guardaba para otras mujeres de inferior linaje su proceder lúdico, sus caricias de semental. Reducida al feudo de mis aposentos y a la soledad entre mis esclavas tramé odiarlo. Mucho tiempo transcurrió sin que su semilla encontrase lugar en mi seno: abandonada a la insatisfacción de un orgasmo reprimido, mi rabia abortaba cualquier flor nacida entre el asco. La dulce Lita, la más joven y hermosa de las muchachas de su harén, sació mi sed de ternura muchas noches seguidas. Arrebatada de su destino amado ya nada le importaba, aunque sé que me amó más que a él. Nuestros cuerpos se rozaron y nuestros espíritus intercambiaron penas en las infieles ausencias del Inca, hasta que un día nos sorprendió y estalló en cólera derramando allí mismo su despotismo patriarcal sobre las dos. "Entregaré tu corazón latente todavía al voraz Supai", dijo después de traspasarla con salvajes embestidas. Pocas semanas después su corazón ardía en los ritos infernales que nuestros antepasados ha­bían prohibido y su carne virgen era devorada por los depravados oficiantes.

Para casi todos era una época próspera, pero la degeneración de los reyes instiga y justifica a los rebeldes, y yo intuía en aquel ir y venir de la pasión la última inercia del gran imperio. Pues aunque esta historia ignora la llega­da de los españoles al mando de aquel adulterado Viracocha bajito y centauro, otras perdiciones se producirían. En la muerte de todos los grandes imperios se mezcla el asesinato con el suicidio.

Nina Quilla se encargó de anular su regio discernimiento, loando sin rigor sus éxitos y prometiéndole rique­zas y placeres innombrados si sabía imponer con regia mano sus atributos. Ella sabía encontrar razones para justificar todos los excesos. Si se entregaba al desenfreno sexual más que a las artes militares era porque la paz reinaba en nues­tro suelo; si se llenaba su mesa de refinadas prebendas era porque la fertilidad no había abandonado nuestras tierras; si se embriagaba de mágicos licores era porque húmedos estaban los campos gracias a las obras de sus antepasados. La abundancia chorreaba desde las estrellas y él era el símbolo de aquella abundancia. Por eso comenzó a engordar, hasta hacerse redondo y pesado como las llamas de nuestros pastos. Las costumbres de nuestros guerreros también se relajaron y dejaron de traer esclavos de guerra desde las tierras bajas. A falta de prisioneros, los sacerdotes aplacaban a los dioses coléricos con cuerpos infantiles comprados a miserables familias. Los cocineros se convirtieron en un prós­pero círculo de burócratas excelentemente considerados al tiempo que los nobles se llenaban de adiposidades sedenta­rias y desterraban la belleza varonil de los palacios. "¡Viva el Hijo del Sol tantos años como el cielo incorruptible!", gritaban por todo el imperio las bocas bien alimentadas de los apos, a quienes no se impedían arbitrarias crueldades. "¡Que el inca llegue con salud a la vejez!", suspiraban, más realistas y menos fanáticas, sus concubinas, sabedoras de que sus privilegios habrían de convertirse en muerte una vez que el inca expirase. "¡Sea el inca inmortal!', gemía yo entre ellas, pues también mi tiempo era su tiempo, y aún aspiraba a ser una diosa. Las vírgenes del Templo del Sol componían con sus manos mágicas y bien adiestradas en el manejo del oro suntuosas yacollas y chuspas majestuosas, una para cada día, y cada día más imponentes, a pesar de que cada vez supo peor vestirlas. Los tesoreros recogían los tributos con esmerada fidelidad, y a ningún porteador del solemne palanquín se le hubiese ocurrido tro­pezar en el camino maiestático... porque todos cuantos existíamos a expensas de su carisma sabíamos que su fin era nuestra condena.

¿No escuchas ya los alaridos? Algunos son fingidos: los emiten las profesionales del llanto, las expertas pla­ñideras que excitan el dolor y aumentan la solemnidad de las exequias. También los curacas y los señores de los reinos conquistados fingen su dolor para contentar al descendiente, al que todavía no conocen. Mi padre continúa viviendo, aunque ha dejado de moverse y parece un vegetal, siempre refugiado en los rincones: ha expiado toda su corte y ya sabe que su reinado era una falacia, que morirá sólo y su momia será una momia indigente. Pero nadie, y menos aún el que dejó de existir para sí mismo, conoce el nombre del heredero, si será el bravo Indoc Amaru, mi sobrino ahijado e hijo de Nina Quilla, como reclaman los guerreros, o si el forjado Sauca Yacha, el único hijo que alumbró mi seno, partidario de la paz y de la ciencia, como defienden los sacerdotes. Quiera el recordado espectro de Viracocha, castigador y guardián, que sea Sacha quien convenza a Amaru y no Amaru quien aplaste a Yacha, porque no sólo con ello eternizará mi descendencia y mi nombre; además volverá el amauta a la tiana, como aquel Manco Capac que conquistó el imperio mediante la filosofia. No se detenga en mí este beneficio. Alegan los partidarios de Indoc Amaru que Sacha no es legítimo, que no desciende del sol, aunque descienda de la luna. Debieran derramar su sangre inútilmente, no en sacrificios santos ni en heroica batalla, quienes pretenden hacer leña del árbol que otros derribaron.

Otras lágrimas llegan (seguro que tus experimentados oídos ya las distinguen) con tan afectada sinceridad que se diría que nuestro cobarde ancestro Yahuar Huacac, el plañidor de sangre, llorase junto a los fieles y las víctimas que el inca arrastra consigo. Son los mismos que el día de Intip Raimi recibieron con horror el mal agüero.

Brillaba el sol sobre la fiesta y la ciudad se había llenado de peregrinos nunca vistos y comerciantes de exóticas facturas. Fue el más espectacular de los festejos que la memoria de nuestros ancianos alcanza. ¿Recuerdas qué procesión cargada de colores y de sonidos remontó la senda del templo del Sol? ¿Recuerdas qué multitud de tribus se agrupó en aquella celebración que coronaba un año de riqueza?: los curacas de Huanca, envueltos en túnicas evocatorias del sueño y portadores de armas plateadas; los brutales y casi desnudos guerreros tigres, que saltaban y bailaban desordenadamente rompiendo la instrucción, alguno de los cuales tuvo la osadía de tocarme y ser ejecutado; las máscaras grotescas de las tribus de los tristes y los cansados; los señores de las ciudades colgantes, expuestas al abismal océano, de delgado contextura y feroz presencia, pues son pastores y guerreros; los salvajes señores de la rapaz, con sus rostros afilados y cínicos que no precisan caretas... y cuando mi señor ascendió la escalera pétrea, a mi lado y flanqueados por la numerosa parentela, cuyo boato superaba al que pudiese gestar la imaginación de nuestros haravicus, ¡qué silencio reinó en la explanada! ¡Y qué griterío y jolgorio de percusiones cuando el inca volvió a dar la cara a su pueblo y elevó sus brazos al cielo como si recibiese las bendiciones del sol en nombre de todos!

El aterrado carnero que iba a ser sacrificado a nuestro eterno antepasado fue puesto sobre la mesa ritual con gran dificultad por los oficiantes, pues el espanto del animal agitaba incontroladamente su cuerpo en dirección contraria al olor de la muerte. Así fue que por negligencia de algún implicado o por designio de los cielos el bicho consiguió zafarse de los doce brazos que lo sujetaban y atravesar el cerco de sacerdotes. El asombro y el pánico se fundieron en un murmullo y las copas de oro cayeron al suelo con metálica estridencia. Una caótica comitiva de oficiantes consi­guió apresar de nuevo al animal después de perseguirlo entre las piernas de las mujeres y lo amarraron de nuevo a la mesa. Su muerte era inevitable, pero había dejado en la conciencia de todos una misiva de desgracia.

El inca, aturdido y nervioso, elevó el cuchillo sobre su cabeza con las dos manos y lo dejó caer sobre la vícti­ma, que aún se debatía bajo las amarras. Con tan poco tino actuó mi esposo y tanto se movía el animal que la hoja de rubí fue a clavarse en el corazón que debía ser entregado como ofrenda aún palpitante a los dioses y que salió del cuerpo convertido en un despojo.

Los de la élite se miraron unos a otros con gesto preocupado. El pueblo esperaba ansiosamente la predicción del oráculo con una imbécil careta sonriente. No volverían a sonar los cañutos en la fiesta. Todos trataron de disimular los ruidosos colores de sus vestimentas, pues significaban decadencia ante la aciaga profecía emitida por el oráculo que nadie supo comprender en medio de tanto esplendor.

Hace apenas dos día el inca cayó fulminado por un mal misterioso. Los que amaron al inca estrangulan a sus criados y a sus concubinas para que no le falte nada en su viaje de ultratumba; los que lo odiaron esperan estrangular a su esposa para vengar en ella los ultrajes recibidos. Mi sueño de eternidad corrompe y anhela ser enterrado. Quise ser una estrella abrazada al cielo y soy la viuda desdichada, la viuda feliz... El único acontecimiento predecible de mi vida ocurrirá esta noche. Su cuerpo embalsamado yacerá mañana en la tumba ignota sin vísceras ni entrañas, lo acompañarán nuestros cuerpos, prontos a corromperse. Fuera están masticando la coca y vaciando el amargo aguar­diente de los calderos mientras de todos los puntos del imperio parten condolidas procesiones. Gime el cañuto y los tambores inquietan. Han elevado una alta hoguera que danza y se retuerce como siempre lo hizo mi alma. Nos esperan.

Y te digo que no me importa, Ancha Mama, abandonar el mundo a su desgracia. Que el sol sea mi lejano abuelo me parece hoy tan improbable como que mi hijo sea descendiente de mi señor. Tuve que descubrir por mí mis­ma que la belleza y la divinidad se arrastran en el fango de los esclavos cuando superé el asco a lo desconocido.

Por fin descubro mi rostro con la alegría de haber amado hasta el cumplimiento de la venganza. Me voy, An­cha Mama, pero no me voy con él, sino con ese niño que no renegó de su amor a mí ni siquiera ante la cruel justicia del inca ni ante las despiadadas torturas que acabaron con su vida para consolar una vergüenza tan humana de nues­tro dios en la tierra. La tradición no perdona: cuando puse el veneno en la copa áurea sabía muy bien que me estaba suicidando.

Me pregunto qué grabarán los sacerdotes en el último colmillo...

publicado en el fanzine Amano # 3 (1996)

viernes, 12 de marzo de 2010

sábado, 6 de marzo de 2010

El héroe

Un relato de Damego
extraído del cuadernillo autoeditado Islas publicado en Amano 3 (1996).



Volaba alto. Sobre sus alas una carga de humanidad socavando sus fuerzas. Bajo su pecho un corazón profundo como el mar, salado y triste.

Bebía cada mañana en las Fuentes Sagradas del Olvido. Un caldo tibio y espeso protegía su alma, suavizaba asperezas y miserias cotidianas y le proporcionaba la energía necesaria para soportar su carga, una fuerza colosal que lo impulsaba hacia un espacio ingrávido, donde sólo el cóndor es capaz de llegar. Desde allí veía a sus semejantes tan vulnerables, tan insignificantes bajo la sombra alada de su cuerpo perfilada en las cumbres, ocultando el propio Sol, que una extraña mezcla de compasión, ternura y tolerancia brotaba en ocasiones de sus poros, para regar cual lluvia fresca los áridos rostros de los hombres.

Iba diciendo que hay playas de luz, más allá de las sombras, donde el vuelo es ligero como un soplo de brisa, donde arenales blancos incuban las semillas de hombres nuevos, carentes de equipaje.

Su mensaje era transparente como el sonido del arroyo en la roca, casi un canto, humano y divino al mismo tiempo, portador de silencios abisales convertibles en cauces de palabras no dichas, de verdades no escritas, insondables y etéreas como el Tiempo.

Al igual que los cóndores, también volaba sólo. Y de su soledad nació el deseo de posarse en el suelo y caminar al lado de aquellos seres afines a su especie, de similar presencia. Viviría con y como ellos. Sería, simplemente, un hombre más.

Bajo un rojo crepúsculo de ocaso, posó sus pies sobre la hierba. Cuando plegó las alas, un sol premonitor se descolgó del ciclo y dió paso a una noche tan negra como si hubiese muerto en la caída.

Amaneció de nuevo, sin embargo.

Al abrir sus ojos a los primeros rayos matinales acariciándole los párpados, lo primero que vió fue un cóndor planeando majestuosamente en las alturas. Se incorporó, ligero, seguro sobre la tierra firme, rebosante de ilusión y deseando pasar raudas las páginas de su nuevo destino, esta vez compartido.

Gozó con ellos y sufrió por su causa. Descubrió escenarios sublimes, de profusa emoción; pero conoció también el dolor y la desesperanza, la impotencia de la bestia enjaulada en su piel.

Las extensas y fértiles praderas comenzaron a transformarse en cenagosos laberintos que apenas le permitían avanzar. Quiso gritar, contar lo que sentía a aquella gente, mas sólo logró articular un lamento inaudible. Cuando al fin consiguió hacerse oír, nadie le comprendió. Se quedaban perplejos, horrorizados casi, al verle arrastrarse y gritar en un lenguaje extraño.

Al cabo de un üempo,la mayoría no se paraba ni a mirarle. Algunos, incluso aceleraban su paso, temerosos, al llegar a su altura. Otros se reían de él sin compasión, incitándole a maldecir aún más su desventura.

Se encontraba tan sólo como antes, mucho más, inmensamente sólo. Pretendió huir de allí, abandonar para siempre aquel paraje yermo, inhabitable, y remontar el vuelo hasta una altura tal que ni siquiera el cóndor pudiera seguirle en su viaje.

Intentó levantarse, pero el peso de sus alas se lo impidió. Una sólida y mugrienta costra se había adherido a ellas. Un sentimiento extraño, desconocido para él, afloró en su alma: estaba odiando, con un odio feroz, aquella carga humana que hasta ahora había sido la misma razón de su existencia. Ríos de lava brotaron de sus ojos y esculpieron en su rostro la edad de los siglos y la tristeza de la desolación.

Fraguó la masa incandescente. Una isla agreste y estéril albergaba a un ser tembloroso y burlado. No le quedaban fuerzas ni para soportar su propio peso. Posó entonces la carga e intentó alzar el vuelo. Tan sólo fue capaz de revolotear como un gorrión herido. Sintió el odio bullir nuevamente en su interior. Y tuvo miedo. Se preguntó si volvería a sentir algo diferente en el futuro. Era una sensación tan poderosa que desplazaba o anulaba cualquier otra, una tragedia de la que ni siquiera conocía bien su origen. De verdad le habían hecho daño, pero, ¿tanto?...

De repente se descubrió a sí mismo recordando. Era como una lluvia ácida salpicando sus entrañas, corroyendo lentamente el blindaje de su alma hasta penetrar en ella, gota a gota, y atravesarla como pequeñas dagas desgarrando a su paso. Entonces comprendió. Sus labios esbozaron una sonrisa amarga, dolorosa como una bofetada: había olvidado beber de las Fuente Sagradas del Olvido, había olvidado... olvidar...

Jamás podría ya alcanzarlas. Estaba condenado para siempre al recuerdo. Y a llorar puentes de lava, sobre el lodo, en busca de otras islas y otros seres con quienes mitigar la hiriente mordedura de la soledad.

martes, 16 de febrero de 2010

Tres párrafos


por Aitor Onaindía Sos

A lo que Azaola acostumbraba cuando terminaba en la oficina y pisaba al fin la calle y metía la primera bocanada de aire en los pulmones, era, después de pasar unas horas sentado a la barra de un bar espantando al pelmazo de turno o mirando los contoneos e insinuaciones de la fulana de la mesa de atrás y el partido al mismo tiempo, o en el apartamento ruinoso de una compañera que lo invitaba, donde se le permitía hacer de todo menos conocer sus padres, a volver de madrugada al piso propiedad de su mujer y gravemente y con júbilo reprimido instalarse junto a los objetos que más amaba y echó de menos en su ausencia, los que de verdad podía decir que poseía, que eran suyos, y no de su mujer, como el coche o la casita de la playa. Todos allí reunidos, en formación para ser revistados, tal como él los dejó colocados esa mañana, primero los contemplaba largo rato y luego los tocaba y se decía a sí mismo un hombre con suerte por saber apreciar riquezas que nadie creía tales: sus libros. Después arrastraba un sillón, que situaba entre la lámpara y una mesa, sobre la que habían una botella de gin y un vaso, de manera que al sentarse quedase enfilado el estante de su librería. Entonces ponía a funcionar a Mantovani, descorchaba la botella, se servía un vaso, se sentaba y abría el libro que había seleccionado para esa noche por el capítulo 22 para leer reiteradamente aquella parte en que el reverendo Padre Elías dos Feos, misionero por encomienda real en la “Tierra Papagally", se sintió perdido y nada ya creyó podría salvado.

Habría leido aquellas páginas unas quinientas veces y aún no se cansaba de seguir hojeándolas durante horas al final de cada jornada, a pesar de las constantes protestas con que su esposa lo torpedeaba, argumentando con no poca razón que el olor a tabaco y a gin pasen, pero que lo del tocadiscos a tope y lo del gasto de luz con el flexo conectado toda la noche, eso.ya no, eso sobrepasaba los límites de su paciencia. Él callaba todo el rato que duraba la perorata, y después, con tono conciliador, prometía que no se volverían a repetir aquellas faltas y que procuraría en cuanto entrara en casa quitarse los zapatos para no embarrar con ellos el suelo del corredor que tanto trabajo le había costado abrillantar. Su esposa, ante contestación de semejante incongruencia, aunque con eficaces resultados, terminaba actuando de la manera que él pretendía, es decir, soltando un estremecedor aullido y huyendo a alguna parte de la casa, la más solitaria y alejada, tras dejar oír algunos portazos en su retirada.

Él podía, mientras tanto duraba aquel silencio, adentrarse nuevamente en los entresijos de la historia del Padre Dos Feos, justamente en la escena en que fuera a ser martirizado aquél por la tribu de indígenas que lo apresó. El propio protagonista adivinaba que era el fin y se preparó para afrontarlo, sin temores y sabiendo que el Todopoderoso habría de acogerlo en su seno celestial con los brazos abiertos. No opuso resistencia y se dejó conducir hacia una enorme losa, donde se le ordenó, en una lengua que conocía aunque simuló no entender, se tumbara. Tampoco se dejó amedrentar cuando aquellos salvajes tiraron de sus sencillas enaguas hasta conseguir rasgárselas. Su piel blanca los horrorizó o tal vez terminó de enfadarles aún más, el caso es que de un modo u otro su actitud no varió un ápice: era necesario el sacrificio del extranjero, con lo cual obtendrían el perdón de sus dioses, a los que habían tenido olvidados a cambio de las nuevas deidades y creencias que hombres como aquel les habían traído de lejanas tierras. Algo viscoso le forzaron a beberse, lo que en breve propició entrara en una especie de trance durante el cual su imaginación parecía tomarlo todo de distinto modo y forma a como era. La espesa maraña selvática fue tomando formas muy determinadas, así un árbol parecía una lámpara y una liana el cordel de una cortina. Hasta la misma piedra donde yacía era más blanda ahora, como un sillón. La bruma húmeda y fría cobraba volumen, y su temperatura ascendía. Nada olía como antes, a hongos y a musgo verde, sino más bien a algo nauseabundo, etílico, que quemaba su respiración. Los propios rostros morenos y pintarrajeados del salvaje se fusionaban extrañamente en uno sólo, el de una mujer que se abalanzó sobre él y con un cuchillo afilado le extrajo el corazón. El libro cayó sobre el piso de tierra y maleza aún sin tiempo de definirse éste como una moqueta.


fanzine Amano # 3, 1996.
Acción estética Acción postal Adolfo Marchena Aeron Bergman y Alejandra Salinas AIR Aitor Onaindía Al-Ma Alabastro Alan Turner Alberto Conderana Alejandro Thornton Amador Savater amanita Amano 0 Amano 1 Amano 2 Amano 3 Amano 4 Amano 5 Amano 6 Amano 7 Amano 8 Amano 9 ambos Ana Lucas Ana Ortega Andrés Morte Angela Serna Anki Toner ANNA ANO Antonio Cantarero Antonio Dantas Antonio Gómez Antonio Langoyo Antonio Nelos Antonio Orihuela Antonio Pérez-Cares Añino Archivo Situacionista Hispano Arte Correo Arte Marrón Arte por fotocopia Artesaldo Asger Jorn Asociacione Psicogeográfica de Bologna Barry Smylie Bartolomé Ferrando Basilio Rivero Bertold Brecht Bill Brown Blues Visto Bob Jones BOEK Buitre No Come Alpiste Bureau Of Public Secrets Carles Hac Mor Carlos Barona Carlos T. Mori Carmen Cámara CCPLNDVCTDE Cecilia Cruz Olivares César Figueiredo César Otero César Pesqueras César Reglero Chema de Francisco cine citas y referencias Clemente Padín Coe Col.lectiu Reçerca collage cómic e ilustración Coordinadora de artistas kontra el Arte Corpá Cristina R. Alcalá crítica cultural crítica social Cuadernos Itinerantes Damego Dana Crane Dave-Baptiste Chirot decolage Demon Lugman deriva Dirk Schwarze Domingo Mestre Dorian Ribas Marinho Dragan Zivancevic Dug Brent E. A. Graphix Edgar Prodeo Edgardo-Antonio Vigo El Bellotino de oro El Club de los Estetas Patéticos El Cosmonauta Eléctrico El Lissitzky el relato El Terrible Burgués Elena Cabrera Elisa Velasco Elvis Pérez Emerenciano Encuentros por la Humanidad y contra el Neoliberalismo Encyclopédie des Nuisances entrevistas Eugenio Castro Extraños con Linternas Fanzine Amano fanzines Fausto Grossi Fernando Aguiar Fernando García Delgado Fernando Márquez Fernando Martínez Fernando Millán fotografía Foucault Genealogía de la prensa marginal española Gil G. Wolman Giordano Genghini grafiti Grupo Redondo Grupo Surrealista de Madrid Gustav Metzger Guy Bleus Guy Debord Hakim Bey Hans Braumüller Huelga de arte Ibirico Inismo Internacional Situacionista J. Seafree Jean Terrosian Jesús Camarero John Bennett John Held Jr. Jorge Matamoros Jose Luis Campal José Luis Castillejo José Manuel Rojo José Manuel Vázquez Juan Angel Fernández García Juan Angel Sáiz Manrique Juan José Espinosa Vargas Julia Masvernat Kalvellido Kamen Nedev Karen Eliot Ken Knabb Kike Babas Kike Turrón Kiki de Noche Koldo Guinea komandos de acción kultural anónima (kks) La Compañía La Guerrilla La Más Bella La Voz de mi Madre Laboratorio Excéntrico Laura Baigorri Lautréamont Lesoj Literatura Gris Lluís Guiu Soler López de Ael Los Incontrolados Luis Navarro Luis Ruid Lusmore Luther Blissett Mabel Quiñones Macromassa Maite Barrera Maldeojo manifiestos Manuel Almeida e Sousa Manuel Portela Mari Luz Bermejo Merz Mail Miguel Amorós Miguel Guzmán Misola Dorela mitopoiesis Molero Prior Monty Cantsin muerte del arte Mumia Abu-Jamal Mundo Corvo música experimental Narradores de la red Nel Amaro Nelo Vilar neoísmo net art Nidia Palomo Nietzsche Nikolaus Marr No Copyright nombres múltiples Not Bored nuara nuevas tecnologías Obra/Abre Orfilia P. O. Box Paul Nougé Pedro Gonzalves Pere Foix Pere Sousa performance Phayum pintura plagiarismo poesía visual Poetas desenchufados Preiswert Arbeitskollegen Producciones Imposibles prospectos del Laboratorio psicogeografía radikales livres Raffaelle Gallucci Refractor Resistencia Vírica Ribota Richard Paget Robert Filliou Roger Sesan Sign'zine Silvia Díaz Chica Sotos Spencer Selby Stewart Home Stidna Timothy C. Mayo Tomás Caro TOTEM Traficantes de Sueños United Artists Of The Museum Vda. de Blissett Vicente Muñoz Victor Zygonov Vittore Baroni Von Beetfarmer DeBoring Vanaygum y Poe Vórtice Walter Benjamin Wilderness Wu Ming Yolanda Pérez Herreras zaj