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martes, 23 de marzo de 2010

La incomprensible inmunidad del chirimbolo

por Laboratorio de Signos

Cuando estos fartificios cayeron sobre la ciudad como lluvia rancia los expertos de El Laboratorio advirtieron que se trataba del soporte ideal para la emisión de miasmas grafiteras de todos los colores. Otros componentes del mobiliario urbano se contagiaron con rapidez de esta plaga o sarpullido siniestro capaz de adaptarse a todos los planos de ruptura del paisaje urbano. Ninguno de ellos poseía características tan adecuadas para ofrecerse como las víctimas propicias del crimen cultural por excelencia: solidez, visibilidad, imposición política, fealdad incluso. Los ya famosos chirimbolos eran peleles del poder, pantallas donde encajar buenas masas de frustración. Pero mientras en la prensa se los atacaba con dureza y los trazadores oficiales de signos andaban preocupados en defenestrar y lamentar la garrulada, los chirimbolos sobrevivían incólumes e inmaculados. Alguno de ellos fue testigo directo del atentado de Aznar y aún sigue allí para contarlo.

Desde el punto de vista del perceptor de estos mensajes no hay razones que expliquen semejante sacralización y fortuna. El grafiti invade las calles, especialmente en verano y en épocas de crisis sociopolítica, De hecho quedan hoy pocas superficies en Madrid que no exhiban su marca, pero El Laboratorio no pudo aportar ninguna prueba que confirmase su teoría. Semejante ridículo predictivo reclamaba una explicación convincente y El Laboratorio cree haberla hallado en lo que llama las razones del emisor. El grafitero posee un sentido del espacio, esto es pinta espacios con sentido. No amenaza a la pared, sino que a sus ojos la dignifica y la hace suya. La elección del punto donde trazará su marca sigue cánones efectivos o de política interna del grupo: identifica el paisaje donde creció o se divirtió, por feo que fuere o precisamente por ello; el lugar socialmente significativo y los puntos frecuentemente vigilados son un aspecto de prestigio. Esto es así no sólo para los grafitis “de marca” tipo Muelle, sino incluso para los que poseen significado ideológico. Desde este punto de vista, ¿qué afecto despertarán semejantes criaturas de otros tiempos aparecidas de extraños juegos de manos derechas de la noche a la mañana? ¿Qué prestigio aportarán en su abundancia y desmesura? Los chirimbolos que invaden Madrid no han sido reconocidos ni integrados, no forman aún parte de la ciudad y no son valorados como objetivo. Los grafiteros de toda laya y color les han hecho el vacío, y esta condena resulta más espectacular que los berrinches de cualquier columnista de El País.
Amano 2 (1995)

martes, 9 de febrero de 2010

2 prospectos sobre la Generación X

Prospectos de cine de el Laboratorio de Procesamiento de Signos de Industrias Mikuerpo en el # 1 de Amano (1995).

¿Bocados de real
idad? Todo es mentira
A propósito de la película Reality Bites, de Ben Stiller (1994)

De una película que se plantea la situación de los jóvenes nihilistas de los noventa y que además de hace llamar "Reality Bites" se puede esperar mucho. Se puede esperar que los jóvenes protagonistas tengan problemas (siquiera sean del carácter "mi-problema-es-que-no-tengo-problemas"), que los solucionen o que perezcan con ellos: ambas cosas son esperables; y se puede esperar que aproveche ese maravilloso título para mostrarnos algo verdaderamente indigerible, aparte del producto mismo, algo como el almuerzo desnudo de un post-desquiciado. Si además se anuncia comercialmente como el "manifiesto de los veinteañeros de los noventa" cabe esperar que realice un buen mosaico global de actitudes y problemata en la era de la dispersión y de la confusión. Pero si el manifiesto lo enuncia la encantadora musa de los capullos Wynona Ryder rápidamente nos daríamos cuenta de que bocados de realidad es demasiada mierda para esa boca, que no le saldrá, que no lo sabrá. Y si la mierda aparece envuelta en una historia de amor adolescente como las que ponen en la tele a las doce del mediodía, happy end incluso, puede que abandonemos toda esperanza. Y si mediada la película parece que se nos vende que los problemas sociales de la juventud americana aparecen descritos en la histeria sidótica de X, la identidad homosexual mal asumida de Y, los sueños de ser una rock-star de Troy y la elección de pareja de Lelaina, entonces habremos de reconocer que parecía, olía, sabía, era mierda.

Hay un mercado de gentes ofuscadas que esperan consignas. Las que emite esta película participan de la simplicidad del gurú Coupland y de su nivel de análisis (demasiado concretas para ser insertadas en la realidad ambigua que quiere reflejar, y que al revés, son reflejadas por ella como uno más de sus brillos y sus adornos). En realidad, en esta película el mayor problema no deja de resolverse con paternales cheques de gasolina, y el mejor chiste ya nos lo sabíamos.

El asunto no es que las latas de cocacola aparezcan por paquetes de doce, ni que las marcas de ropa sean tan reconocibles; en cualquier caso son objetos que están ahí, en esa realidad de nuestros bocados y nuestros tragos. Coca Cola ha dejado de necesitar el truco de la subliminalidad desde que goza de omnipresencia: esta omnipresencia la hace de por sí subliminal e inapreciable, tal vez a ello responde la sorprendente serialidad de la que se hace gala en este filme. El verdadero problema se enuncia de este modo: el director de la película es en la película el productor de la película que está realizando Lelaina. El productor de "Reality Bites" es Danny de Vito, quien no creemos que milite en la Generación X y que, al fin y al cabo, es quien habla. El productor revienta a Lelaina su película con un montaje de videoclip y la inclusión de spots publicitarios de patrocinadores, con el argumento de que hay que venderlo como un postre, pero no por ello dejará de ser solomillo. Naturalmente Lelaina no lo cree y lo manda allí. El argumento en el que se resuelve la película es inverso: se nos vende como solomillo y no deja de ser un postre empalagoso, cargado de colesterol culturalista, que ni siquiera parece lo que es, sino que es lo que parece. Calificación: Inocua.


Los cuentos del abuelo
A propósito de la película Historias del Kronen, de Montxo Armendáriz (1994)

Hace cosa de un año lanzaron mediante la "estrategia del premio", muy común en este país, a un joven autor llamado José Ángel Mañas y un género impostado de América: era el Moraleja Psycho, y no tardó en hacer furor y en ser mal comprendido. Lo mejor de la novela, aparte de captar a la perfección un lenguaje de doce palabras, era su neutralidad moral y el ritmo de lectura que imponía. Éste nos introducía (sin necesidad de iniciación) en el vacío y el vértigo que gobernaba a los personajes; aquélla nos permitía captar en toda su desnudez la verdad que quería contarnos.

En el cine, claro, las cosas funcionan de otro modo, y en el de Armendáriz mucho más. En "Historias del Kronen" el abuelo no ha sabido o no ha querido captar el ritmo de la historia, impidiendo que nuestros sentidos se impliquen en ella (problema formal con connotaciones morales) ni ha respetado la neutralidad moral de la obra original (problema moral factible de ser resuelto al nivel de la forma). Ambos problemas parecen hundirse en un sólo planteamiento.

El Laboratorio todavía se acuerda de cuando Armendáriz contó esta misma película bajo el título de "27 horas". Aquella película periférica y de brumas se dejaba narrar mejor por el ritmo y el estilo de un buen director de cine lento como Armendáriz. No obstante, no se trata de un mero asunto de incompatibilidad de caracteres entre ambos guionistas. Si queremos comprender por qué no ha querido o no ha sabido Armendáriz (60 años) aprender de Mañas (alrededor de 25) hemos de indagar la relación estética que instaura tan curioso tándem. Y aquí es donde nos suena la escena central de la película, la que la salva de no ser otra cosa que la novela, esto es, una historia donde no pasa nada, y sin embargo todo pasa muy deprisa, que no empieza ni acaba, que se consume vorazmente y no alimenta, aceptable sólo porque el mundo es inaceptable. Nos referimos a la escena del encuentro cómplice del gilipollas central de la trama con su abuelo. El abuelo es una figura que en la novela comparece sólo bajo la forma difusa del concepto, su ausencia, su muerte; en la película, sin embargo, representa una función positiva, planteando en términos radicales la cuestión moral como cuestión, parece, semántica: tienes que guardar tu palabra, acaso el origen del mal reside en la volubilidad de los significados.

El paréntesis que instituye la intervención estética de Armendáriz en la novela de Mañas se parece al paréntesis que instaura en la vida vertiginosa y vacía del protagonista el discurso del abuelo sobre la caducidad y el horror de las imágenes mediáticas. Esas palabras cobran su aténtico sentido cuando, tras la catarsis producida en el grupo por el (comprobamos con horror) nada accidental asesinato de uno de sus componentes, Carlos se niega, contra la opinión de su amigo, a deshacerse del cuerpo del delito, una imagen grabada que habían deseado y buscado. Pero ya este gesto sólo resulta consecuente con su anterior inconsecuencia.

Verdaderamente Armendáriz ha conseguido en esta transcripción fílmica una reflexión sobre el cine, la imagen en general, y su relación con la palabra y el sentido, si bien lo ha hecho al precio de explicitar demasiado su mensaje. Esta actitud nos parecería honesta si no hubiese ido acompañada de una operación publicitaria que carece de todos los escrúpulos morales apuntados y que vende (y esto conniventemente con la película) una imagen negativa y generalizadora de una generación. Y es que aquello poco que pudiera haber de cierto en el tópico mercadotécnico de la "Generación X" llegará a convertirse en sumamente cierto de tanto ser mentado y comentado.

jueves, 14 de enero de 2010

La sociedad del miedo

Análisis de las categorías sociológicas emergentes en los años 90 incluído en el # 1 del fanzine Amano (1994).


* * *

Existe la impresión general de que el cambio de milenio traerá consigo transformaciones radicales en las relaciones humanas. Hay una preocupación pública por el futuro inmediato de nuestras estructuras sociales, agudizada tal vez por cierta predisposición psicológica milenarista de la conciencia mítica y por la aceleración progresiva de los sucesos históricos en los últimos tiempos, manifiesta negativamente en la proliferación de imágenes sublimes de muerte y transfiguración y manifiesta también, juzguemos que positivamente, en la proliferación de escritos más o menos seudocientíficos que analizan conceptos como el de 'modernidad'. La conciencia, tarnbién en los medios intelectuales, se ha vuelto crepuscular y nihilista a la vista del agotamiento de los impulsos de novedad que alentaron la formación de las actuales estructuras y de la radicalización de los términos de sus contradicciones intrínsecas. Finos análisis de estos procesos de descomposición se encucntran en Enzensberger y Bilbeny desde un punto de vista moral, en Daniel Bell y en Giddens desde el de la pérdida de fundamentos sociales e institucionales, en Debord y en Balandier desde una perspectiva de regeneración política, en Baudrillard y Lyotard desde la constatación estético-existencial de la pérdida de realidad y el triunfo de las imágenes. Pero toda esta sociología crítica e interdisciplinar[1], de larga tradición en nuestro siglo, cuyos mayores logros desde los albores de dicha ciencia han consistido en aceptar su condición no objetiva y en abrirse al diálogo con otras ramas del saber, no ha sido tan eficaz a la hora de proponer nuevos esquemas. no sólo de organización o de acción, sino siquiera de análisis. Falta aquella confianza positivista en la posibilidad de alcanzar explicaciones cada vez más refinadas de los procesos sociales y aquella fe socialista en la posibilidad de interactuar con ellos hasta darles una forma más justa e igualitaria que estimularon la reflexión social en el pasado siglo. La inercia crepuscular que domina la conciencia social y la percepción de la cultura se ha adueñado con total legitimidad, o al menos con consecuente lógica, del discurso teórico y crítico. Por otro lado, tanteando todavía la posibilidad de una objetividad que los relatos sociológicos no pueden procurar, la neutralidad científica inhibe los compromisos intelectuales de acción. Es por ello que resulta tanto más sorprendente la conformación desde diversas fuentes de un discurso que confluye en la consideración central de la categoría metodológico-social de "riesgo" y que aspira, como en el caso de Beck, a “aventurar lo que pudiera ser el siglo XXI a tenor de lo que el agonizante siglo XX permite vislumbrar, de idéntica forma a como los grandes clásicos de la sociología avanzaron los núcleos críticos de la sociedad del siglo XX a partir de los estertores y cataclismos del periodo que va de 1870 a 1914”.[2]




1) Beck, teórico del riesgo

Eludiendo consideraciones materialistas y economicistas en la conformación de las conductas y de las relaciones sociales, así como todo planteamiento de 'juego de poderes' que sólo sería analizable de un modo muy vago por la teoría de los juegos, Beck propone que la sociedad tecnológica postindustrial ha alcanzado “un estadio de desarrollo en el que los pilares de la organización social no descansan ya sólo, como había venido aconteciendo hasta ahora, sobre la administración y distribución desigual de los recursos, sino, fundamentalmente, sobre la distribución más o menos consensuada de aquellas consecuencias, poco o nada anticipables, que se derivan de la toma de decisiones de relevancia pública”.[3] Resulta notable que, en un mundo donde la concentración de poder y de capitales sigue un ritmo alarmante, donde es un hecho, además de un grafiti libertario, que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, donde la desigualdad internacional es visible y tiene un efecto inmediato en la conciencia de los oprimidos y otro no menos inmediato, pero además disolutor, en la conciencia cínica de la 'camorra internacional de consumidores', el discurso social desdeñe la importancia de un factor como 'la distribución desigual de los recursos'. Beck ni siquiera se esfuerza en disimular el uso sociocéntrico e instrumental que hace del discurso.

La categoría de 'riesgo' no responde a ninguna sustancia social perceptible, si bien no es menos real por ello. No surge como objeto de la ciencia social (en la manera en que Beck lo concibe), sino que procede de la metodología, donde se inscribe en el contexto de la teoría de la elección racional. La eficacia de su uso sustancial como concepto de referencia de los comportamientos y tendencias de la época próxima está aún por demostrar.

Según Elster, “hay riesgo cuando el agente (de una elección racional) tiene grados cuantificables de creencia, o probabilidades subjetivas, sobre los diversos estados posibles del mundo para especular acerca de las consecuencias de su elección”.[4] En el marco de la teoría de la elección racional no hay que confundir 'riesgo' con 'incertidumbre', que “surge cuando el agente no puede especificar probabilidades numéricas, ni siquiera dentro de un rango de límites inferiores y superiores”. La condición metodológica para que haya riesgo es, pues, que exista información cuantificada, o un cierto 'grado subjetivo de creencia', acerca de las diversas consecuencias posibles de su elección.

Beck asume las condiciones metodológicas de la categoría de riesgo: realización de una decisión y comprobabilidad estadística. Como los peligros generados por la industrialización y la alta tecnología son fruto de decisiones humanas (donde el sujeto de decisión no queda precisamente determinado en la acepción 'decisión política'), surge “el problema de la imputación y la responsabilidad, un problema interno a la sociedad humana”[5] (donde el objeto de imputación quedará igualmente determinado como 'decisión política'). La cuantificación de riesgos y la distribución (¿peritada?) de compensaciones sigue un procedimicnto marcadamente tecnocrático: “Consecuencias que inicialmente afectan al individuo aislado se convierten (con el aumento en la calculabilidad y la previsión a la hora del trato con inseguridades y devastaciones producidas industrialmente) en 'riesgos', en tipos de acontecimientos sistemáticamente condicionados, que pueden ser descritos estadísticamcnte y son, en este sentido, calculables. De este modo pueden asimismo ser reconducidos a reglas, supraindividuales y de alcance político, referidas al reconocimiento, a la compensación y a la evitación”.

No debe extrañar esta circunstancia, puesto que según delimita Beck, “no es el número de muertos y heridos, sino una característica social, la autoproducción industrial, lo que convierte los peligros de la gran tecnología en asunto político”. Pero sería deseable buscar una fórmula que permitiese la asunción personal de los riesgos a la vista de los beneficios derivados de esta decisión, y no delegar el comercio de las virtualidades personales en una indeterminada instancia política refractaria al sufrimiento moral por una decisión errada. Si este planteamiento es refutable por utópico, el de Beck lo es al suponer que en la decisión política caben ciertas contemplaciones. Su confianza acrítica en la posibilidad de generar una opinión pública racional e informada remite sin muchos desvíos a la utopía comunicativa habermasiana y a la suposición (idealísticamente irracional) de un espacio de discurso intersubjetivo despojado de toda intencionalidad e interés. Por otro lado, su división de poderes y el derribo de fronteras entre laboratorio y sociedad ignora lo íntimamente trabados (desde la posición realística que él defiende) que están los índices de progreso tecnológico de una sociedad no ya con las decisiones sobre política energética, sino con aquéllas de política internacional dictadas por los deseos y los miedos de la comunidad.




2) El riesgo en Luhmann y en Giddens

Como si respondiesen a los dos términos de un dualismo fundamental, las concepciones de Beck y de Luhmann apuntan a dos modos de afrontar los riesgos que responden a un mismo fundamento estratégico. Entre 'politizar la toma de decisiones tecnológicas' y 'tecnologizar la toma de decisiones políticas' no hay más distancia de la que separa al poder y el saber en sus interrelaciones estratégicas históricas, puestas de manifiesto en los análisis de Foucault[6] y en la carrera armamentística todavía apenas congelada.

Luhmann[7] contrapone 'riesgo' a 'peligro' (se supone que para poner de manifiesto las excelencias de aquél frente a éste) como si de términos contrarios y no derivados se tratase. El peligro es fruto de un azar objetivo, el riesgo es el producto de una decisión basada en creencias subjetivas. Pero riesgo y peligro son dos formas conceptuales del mismo fenómeno: su uso depende de la implicación y la lejanía desde la que el fenómeno se contempla. La distribución de riesgos es la distribución, todo lo racionalizada que se quiera, de peligros. Y quienes planifican los riesgos no siempre coinciden con, ni tienen la misma información que quienes soportan los peligros.

El planteamiento de Luhmann es consecuente con el nuevo modo de pensar abierto por los postestructuralistas, y es, como ellos, rebelde a las concepciones antropológicas del sujeto. Para el análisis foucaultiano del lenguaje no existen sujetos (como tampoco proposiciones fijas ni frases coherentes) sino tan sólo enunciados. Del mismo modo, Luhmann afirmará que “la sociedad no se compone de seres humanos, sino de comunicaciones”. Pero mientras el planteamiento foucaultiano sirve (quiere servir) a 'la creación de libertad'[8], el de Luhmann obedece a una perspectiva integradora y normalizadora. Su 'tecnología de la comunicación' no informa, sino que informatiza, y su programa de autoobservación permanente puede aplicarse en la práctica como un detector y limpiador de 'virus que afectan al sistema', pues siempre se harán desde (nunca contra) el sistema.

Por otra parte, pese a que elude en su discurso el carácter antropológico del sujeto creemos que no hace lo propio con el carácter transcendental que contaminaba aquellos viejos planteamientos. La falta de corporeidad del sujeto tecnológico y la determinación binomial de sus respuestas resultan sospechosas.

La preocupación de Giddens, por el contrario, tiene raíces fenomenológicas y hasta existenciales, y se propone recuperar el sujeto experiencial en una sociedad descrita en este caso como 'post-tradicional' porque “deja de basar su orden normativo en una acumulación de saberes transmitidos de generación en generación por castas sucesivas de 'guardianes de la verdad', para verse enfrentada a un muro de incertidumbre”[9]. Pese a su acento existencial, a su recuperación forzada del sujeto antropológico 'sujeto' a un orden de verdad y a una tradición, el argumento de Giddens me interesa sobre todo por su acento en la 'incertidumbre'. Así, describe el sujeto de la modernidad como envuelto en una angustiosa paradoja que recuerda la paradoja moral descrita por Enzensberger en la obra citada. La “extraordinaria y cada vez más fuerte conexión entre decisiones cotidianas y consecuencias planetarias, junto con lo contrario, la influencia de lo general en las vidas de las personas, constituye el aspecto clave en el nuevo programa en la ciencia social”.[10] A la tecnología de la comunicación de Luhmann opone un 'principio de reflexividad' que comparte aspectos del principio de autoobservación de los sistemas luhmannianos, pero que aparece despojado de compromisos tecnológicos y lo acerca de este modo a la 'conciencia social' que es la 'opinión pública' en Beck.

El punto de vista de Giddens es el menos novedoso. Se sitúa en una tradición continua de recuperación del significado con evidentes connotaciones conservadoras, pero que ha dado también productos tan rupturistas y fructuosos como la crítica estética de Benjamin. Sus propuestas de 'apertura al otro' y su 'democracia de las emociones', sin embargo, chocan con las actitudes modernas, compulsivamente narcisistas. La realidad que hay que afrontar es otra y los excursos paternalistas y bienintencionados de la última parte del artículo citado de Giddens sólo pueden afectar a una reflexión autocomplaciente.




3) El 'sabor de la aventura'

Los tres discursos que hemos repasado en busca de la solución al enigma sociológico del futuro no han resultado ser sino un compendio de buenas intenciones racioburguesas, propuestas organizativas poco realistas y algunas más sospechosas. No me parece tampoco que en ninguno de ellos se hayan planteado los auténticos problemas. En particular, no tiene prácticamente ninguna presencia en las consideraciones efectuadas el riesgo por el almacenanúcnto de potencial bélico destructivo, aspecto que sí recapitula Elster: “Digo que por lo menos hay un tema en la elección de energía -la proliferación de armas nucleares- que reduce el asunto a uno de decisión bajo incertidumbre, con el imperativo incluido en él de actuar como si lo peor que pudiera suceder, sucederá”.[11] Este hecho se opone, por ejemplo, a la teoría de Beck de la división de poderes en la decisión y siembra un inquietante interrogante ante las recientes noticias acerca de la circulación incontrolada de plutonio procedente de la descompuesta URSS. Tampoco se plantea en ningún momento el riesgo (o el miedo inducido, distribuido, que en cualquier caso sigue cobrándose sus víctimas más numerosas en los getthos del tercer mundo, de la sexualidad “pervertida” o de la drogadicción, con el beneplácito de las autoridades religiosas y políticas) del SIDA, importante por cuanto afecta a la relaciones humanas y a la utopía de liberación sexual que se había rozado. Este riesgo cerraría por ejemplo el camino a una consideración emotiva del otro, como propone Giddens. Ni se plantea el riesgo que siembra en las calles la convivencia interracial en condiciones de desigualdad, etc.

Es curioso que el concepto de riesgo haya adquirido relevancia sociológica al mismo tiempo que el riesgo real, la descarga sin fines de adrenalina, es tan buscado por los individuos de la sociedad postcapitalista. Esta búsqueda absurda de emociones virtuales quiere suplir la insatisfacción producida por la carencia de emociones auténticas en la sociedad de consumo. También puede obedecer a un mecanismo de escape ante la incertidumbre creciente que genera la evolución histórica, de modo que afectaría sobre todo a aquella juventud categorizada comercialmente como 'X', producto de un sistema que impide caminar y no deja retroceder. La traslación del foco de interés del riesgo a la incertidumbre comporta algunas ventajas metodológicas y sugiere algunas consecuencias. Entre las primeras se cuenta una descripción más realista de los procesos sociales visibles y una reconsideración del planteamiento del problema ya no sobre datos cuantificados sino sobre procesos irreversibles. Entre las segundas resaltaré la prudente opción por el criterio del maximín (optar por la mejor peor consecuencia de nuestras decisiones) tal y como propone Elster.

Considero que los discursos analizados, lejos de permitir vislumbrar el futuro prometedor que todos deseamos, pero cuyo deseo no debe ser determinante en la elección de la teoría, y de ofrecer propuestas seguras a la acción social en un futuro cercano, se inscribe en una táctica académica (y política, por tanto) de elusión de problemas específicos y de distribución de pautas reflexivas que ponen el énfasis en un miedo social cuya extensión se advierte intuitivamente bajo diversas y oscuras formas y que, en su singularidad y eficacia para ciertos propósitos, parece distribuido por alguien.

Texto: El Laboratorio (industrias mikuerpo, 1996)

Imágenes: Antonio Cantarero y Miguel Sotos

NOTAS

[1] ENZENSBERGER, Hans Magnus (1993): Perspectivas de guerra civil; BILBENY, Norbert (1993): El idiota moral; BELL, Daniel (1976): Las contradicciones culturales del capitalismo; GIDDENS, Anthony (1990): The Consequences Of Modernity; DEBORD, Guy (1988): Comentarios sobre la sociedad del espectáculo; BALANDIER, Georges (1992): El poder en escenas; BAUDRILLARD, Jean (1983): Las estrategias fatales; LYOTARD, Jean François: La condición postmoderna.

[2] RODRÍGUEZ IBÁÑEZ, José E. (1993): “Hacia un nuevo marco teórico”, en Revista de Occidente # 150.

[3] Ibídem, refiriéndose al libro de Ulrich Beck Risikogesellschaft (1986).

[4] ELSTER, Jon (1983): El cambio tecnológico.

[5] BECK, Ulrich (1993): “De la sociedad industrial a la sociedad del riesgo”, en Revista de Occidente # 150.

[6] FOUCAULT, Michel (1981): Tecnologías del yo.

[7] LUHMANN, Niklas (1993): “Autoorganización e información en el sistema político”, en Revista de Occidente # 150.

[8] Citado de las notas manuscritas de Foucault por MOREY, Miguel (1990) en “La cuestión del método”, prólogo a la edición española de Tecnologías del yo.

[9] RODRÏGUEZ IBÄÑEZ (1993): Op. Cit.

[10] GIDDENS, Anthony (1993): “La vida en una sociedad post-tradicional”, en Revista de Occidente # 150.

[11] ELSTER, Jon (1983): Op. Cit.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Dinos

Prospecto de El Laboratorio publicado en Amano # 1 (abril 1995)

El pensar no está de moda; la moda, ella misma, es todo lo contrario, lo que se piensa sólo o ni siquiera se piensa, porque si uno piensa en la moda deja de seguirla, queda fuera de juego, se ubica contra el tiempo y se hace demasiado viejo demasiado pronto. Cuando pensamos en el pensar nos remitimos sin pensarlo mucho a la figura de SÓCRATES, aquél viejo comunista extinto hace tanto tiempo que pensaba que pensaba. Su "SÉ QUE NO SÉ" glorioso es el paradigma de lo que sea el pensamiento, tal vez el único posible, pues sabido es que lo sabido ya no se piensa, y a nadie se le ocurre torturarse el cerebro con lo que sabe que sabe.

Pero a despecho de modas y tiempos no hemos logrado todavía quitarnos el pensar de la cabeza. Aunque sabemos, eso sí, que no indica NADA BUENO y conocemos las ventajas de la comúnmente llamada OSTIA sobre los argumentos, nos seguimos embrollando y embrollando a los otros con gimnasias cerebrales sin fin ni producto. En este sentido, nos sigue costando bastante ser efectivamente modernos. ¿De qué nos sirvió ejecutar al anciano ateniense si tenía razón en su ignorancia y la nuestra? ¿Estaremos nosotros también superados y extintos por las modas en estos tiempos DE CINE? Pues seguramente.

Digo cine no por lo de espectacular y maravilloso que puedan tener nuestros tiempos, sino porque han sido precisamente los pensadores, los que van quedando de un viejo, declinante y artesanal oficio, quienes han bautizado el modo de vida de OCCIDENTE DEL NORTE COMO "cultura de la imagen" O "DEL ESPECTÁCULO". Y quieren decir con ello, creemos, que en nuestro mundo se ve todo, que todo es lo que se ve, y que todo lo que se ve es falso, ficticio. Es decir, que sin necesidad de remontarnos a los lejanos tiempos en que se escribía y se leía, limitándonos a nuestro siglo funesto, antes íbamos al cine para escapar del funesto mundo, y ahora acudimos a las salas más bien buscándolo, como si en una de aquellas audaces e irreflexivas expediciones lo hubiéramos perdido. ¿Y qué es o era aquéllo que llamábamos MUNDO, tan capaz entonces de expulsarnos como de reclamarnos ahora? Yo tampoco me acuerdo. Existía, según testimonian los fondos callados del Laboratorio, una cierta alegría ante la presencia de las cosas y una cierta melancolía tras su ausencia, si bien hay quienes invierten los factores, no sé si alterando el producto, pero sí desde luego confundiendo nuestras neuronas.

Pero no es precisamente el cine lo que está en CRISIS. Los acuerdos del GATT pondrán en la picota a nuestra industria y nuestra agricultura, pero los MASS MEDIA y los políticos parecen sólo preocupados por la crisis del cine. Ya quisieran los exportadores de LILIÁCEAS estar en semejante crisis. Incluso tú, CHICO/A de tu tiempo, te habrás visto envuelto en discusiones actualísimas sobre si el cine es HOLLYWOOD o el resto del mundo. pero no discutas más, no lo pienses tanto, pues está claro que ya quisiera el RESTO DEL MUNDO poder ir al cine.

Porque están muy bien KUROSAWA, ALMODÓVAR o ERICH ROHMER, pero son los DINOS los que salen en los cromos de PHOSKITOS, acaparan los peluches de reyes y circulan sin mesura en comics y revistas. Aquende realizamos productos CON MENSAJE, pero es ALLENDE lo que vende. ¿No decíamos hace un rato que el sentido del presente no es otro que el SINSENTIDO? Así que Europa dice, pero HOLLYWOOD habla. ¿Qué llaga del inconsciente ha PENETRADO para provocar tamaño ORGASMO COLECTIVO? La solución, como siempre, se halla en la sección de CONTACTOS de los anuncios por palabras de "EL MUNDO", donde un PUTO, que cada vez hay más, se oferta así: "DINO. Chico jurásico". Los extintos, más bien, somos nosotros.

La MÚSICA POP, creadora por antonomasia de modas y productos para el CONSUMO, echaba el resto y cerraba audaz y definitivamente la puerta al más allá glorioso del PROGRESO indefinido. Con el SEÑOR VICIOSO (condenado a muerte por sí mismo) MALCOLM MCLAREN se pasó de listo y escupió los últimos gérmenes de un MERCADO que agonizaba en el exceso. SEX PISTOLS dejaron si munición coherente a la fábrica de ideas y provocaron una revolución NIETZSCHEANA en la música pop: no hay nada más allá del ORGASMO sino MUERTE y DESTRUCCIÓN, ni nada más allá del engaño que el VACÍO. Estamos muertos para el DESEO y los sacerdotes del rito duermen su propio sueño.

Pero de pronto surgió el DISCO COMPACTO, mucho más duro, el SUPERDISCO, y todo volvió a reinventarse en el PARQUE JURÁSICO de la juventud perdida: resurrecciones a mogollón de sáuricos mitos, desde FRANK SINATRA hasta KING CRIMSON (¿te acuerdas?) y regresos inopinados de individuos desquiciados o perdidos: LOU REED, IGGY POP, LED ZEPPELLIN... En España también regresan SERRAT, PAU RIBA, ANTONIO VEGA y nuestro desquiciado local: el MORPHI GRAY de LA BANDA TRAPERA DEL RÍO. Etcétera. El fenómeno continúa. Una auténtica resurrección, ya digo, pero una resurrección falsa de viejas formas e ídolos arrugados, producto directo de la ausencia de nuevas ideas.

Recapitulemos: la humanidad está recapitulando antes del FIN DEL MILENIO o de PASAR A MEJOR VIDA, la vida extinta y recordada... ¿por quién? ¿Habrá una segunda oportunidad para nosotros, que nos hallamos EN LA LÍNEA DE FUEGO, como CLINT EASTWOOD en su papel de viejo regresado a sus funciones para resolver su fracaso y salvar con su pistola al PADRE DE LA PATRIA NUEVA, ya que no pudo salvar al PADRE MÍTICO que ha terminado por significar KENNEDY? A Clint también le dice un compañero en una secuencia de la película: "Eres un dinosaurio", y él se ríe. Listo el guionista y penetrante la mirada del HÉROE. ¿No nos dice el mismo Clint en UN MUNDO PERFECTO, vaya jodida ironía, que reinventemos al padre, como NIÑOS PERDIDOS, aún en cualquier farsante que haya secuestrado nuestro deseo? Pero esto no es deseo, sino DESEO DE DESEO. Hace tiempo que hemos dejado de desear por nosotros mismos, y es ahí donde está la clave de la extinción.

Laboratorio Mikuerpo (Procesado y Producción de Signos de Cultura)
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