jueves, 24 de febrero de 2011
Plagio y subversión
jueves, 23 de septiembre de 2010
El placer de la revolución
Texto publicado en la colección de folletos radikales livres (Madrid, 1999) en traducción de Luis Navarro. El texto en pdf está disponible aquí. Existe una edición impresa actualmente publicada por Aldarull Edicions.Nunca se ha dado en la historia un contraste tan chocante entre lo que sería posible y lo que se da realmente.
Basta hoy examinar todos los problemas del mundo, la mayoría de los cuales son bien conocidos, y meditar sobre ellos no tiene normalmente otro efecto que hacernos menos sensibles a su realidad. Pero aunque seamos “suficientemente estoicos para soportar las desgracias de los demás”, a la larga el deterioro social presente nos afecta a todos. Quienes no padecen represión física directa tienen que soportar aún las represiones mentales impuestas por un mundo cada vez más mediocre, estresante, ignorante y feo. Quienes escapan de la pobreza económica no pueden escapar del empobrecimiento general de la vida.
Y ni siquiera a este nivel mezquino puede ya continuar ésta. La destrucción del planeta por el desarrollo mundial del capitalismo nos ha llevado a un punto en que la humanidad puede extinguirse en pocas décadas.
Y sin embargo este mismo desarrollo ha hecho posible abolir el sistema de jerarquía y explotación basado previamente en la escasez material e inaugurar una forma nueva y genuinamente liberada de sociedad.
Saltando de un desastre a otro en su camino a la demencia colectiva y el apocalipsis ecológico, este sistema ha desarrollado una inercia fuera de control, incluso para sus supuestos dueños. A medida que nos aproximamos a un mundo en el que no somos capaces de abandonar nuestros ghettos fortificados sin vigilantes armados, ni salir a la calle sin aplicarnos protección solar para no coger un cáncer de piel, resulta más difícil tomar en serio a quienes aconsejan mendigar unas cuantas reformas.
Lo que hace falta, creo, es una revolución democrática-participativa mundial que aboliría tanto el capitalismo como el estado. Admito que es mucho pedir, pero me temo que no bastará con ninguna solución de menor alcance para llegar a la raíz de nuestros problemas. Puede parecer absurdo hablar de revolución, pero todas las alternativas asumen la continuación del actual sistema, que es aún más absurdo.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Crítica de la economía política

Extractum: En este escrito de 1960, Asger Jorn muestra cómo la identificación marxista entre mercancía, riqueza y valor permanecía presa de la ideología que trataba de denunciar; y cómo al pretender eliminar la plusvalía en vez de enfocar el verdadero problema en su tendencia acumulativa imponía una visión estática del ciclo de la producción y el consumo que se había vuelto inadecuada para interpretar la dialéctica de estos procesos en la "sociedad de la abundancia". En consecuencia, era incapaz también de ofrecer una alternativa positiva a los dispositivos cuantitativos de medida del valor, con lo que se iba convirtiendo poco a poco en una ideología tan "devaluada" como la propia mercancía que pretendía "apropiarse": su tiempo de ocio vacío y los objetos que absorben y disuelven el sentido que ese vacío pudiera liberar. A este cifrado del valor en la mercancía, que sólo se actualiza en el consumo agotándose por completo en él, Jorn oponía la obra de arte y todo tipo de "producciones del espíritu" como contravalor que "mantiene sus cualidades mientras esparce sus valores", pues "el valor no reside en la obra, sino que se libera en el espectador" y es por tanto esencialmente antieconómico, pródigo e incondicionado.
Dedico este estudio a Christian Christensen, que estuvo en la vanguardia de la lucha obrera de mi país, sufriendo por esta causa una larga prisión y debiendo pasar su vida después al margen de un movimiento que las burocracias reformistas y estalinistas habían dividido. En mi juventud comprendí a través de él el contenido libertario de la revolución social. Esto no puede olvidarse.
"La forma mal comprendida es precisamente la más general, y en un grado determinado del desarrollo social se presta a un uso general". Marx, Carta a Lassale
El "marxismo" que aquí se cuestiona es esencialmente el dogmatismo de sus interpretaciones restrictivas, como el economismo puro, llevado a cabo por las burocracias socialdemócrata y soviética. El pensamiento revolucionario global -y el de Marx en primer lugar- es más libre y rico. Y el cambio de todas las condiciones existentes será obra de los productores mismos convertidos en creadores. El secretario general del partido comunista de Dinamarca, Aksel Larsen, publicó en 1958, al mismo tiempo que renunciaba al partido, una explicación titulada "Den levende dej" (el camino viviente), en la que acusaba a Moscú de traición contra el socialismo. Mi presente estudio puede considerarse como una réplica a Aksel Larsen por parte de alguien que ha sido miembro del D.K.P. desde 1933; y su contenido, que es una crítica de una cierta teoría y práctica del marxismo a partir de una óptica totalmente opuesta a la de Larsen, podría resumirse brevemente de este modo: "Si tu sales por la derecha, yo salgo por la izquierda."
La base para la verificación de la política socialista y anticapitalista, legitimada tanto por los socialistas como por los comunistas, es el análisis y la crítica de la forma capitalista de valor, la mercancía, la forma elemental de riqueza en las sociedades gobemadas por el modo de producción capitalista, que se presenta como una inmensa producción de mercancías.
Este análisis fue hecho por Marx en su "crítica de la economía política": El Capital. Marx no se limita a constatar que la forma capitalista de riqueza es la mercancía. Esta constatación no puede hacerse más que admitiendo que riqueza y valor son idénticos. Como la riqueza existe como lo contrario de la pobreza, el socialismo se propone eliminar la contradicción entre ricos y pobres. Pero una contradicción sólo puede resolverse con la eliminación o neutralización de sus dos componentes opuestos. Si la pobreza eliminase la riqueza, o si la riqueza continuase existiendo no podría haber socialismo. La idea de riqueza socialista no es siquiera utópica, es absurda.
La verdadera crisis del socialismo se deriva en gran medida de que la identificación marxista entre mercancía, riqueza y valor supone la eliminación del valor como meta del socialismo. De esta forma el propio concepto de valor se vuelve absurdo, y la política socialista una política de desvalorización permanente que apunta a la eliminación de todo valor. No hay nada en la teoría marxista que contradiga seriamente este objetivo. Parece incluso inevitable si la definición de valor impuesta por Marx se estableciese como base del socialismo, justificando todas las conclusiones de la acción tomadas a partir de este análisis, es decir, toda la política socialista.
Es posible, sin embargo, aceptar el análisis y la crítica hechos por Marx de la forma capitalista de valor, la mercancía, sin aceptar la identificación entre esta forma y el valor-en-sí. En otras palabras, es posible aceptar el lado científico de El Capital sin aceptar automáticamente las conclusiones políticas que se han extraído de él. Esto supondría considerar la crítica hecha por Marx como crítica de una forma de valor y no del valor-en-sí. Para alcanzar esta nueva crítica necesitamos primero una concepción nueva de valor, una concepción superior, más universal, más objetiva que la de la definición de Marx. Después necesitamos un concepto más puro de forma y emprender así una crítica de la "cualidad objetiva", la noción un tanto mágica que se halla en la teoría del materialismo dialéctico. Éste es el objetivo de este estudio.
Para eludir una argumentación sensata sobre esta cuestión, Marx evade el problema entero sosteniendo que el valor no es un concepto, sino un hecho real -la mercancía, valor de cambio. Debió olvidar que él mismo había definido el valor como un hecho sobrenatural, puramente social o convencional, y por tanto como nada más que un concepto.
Pero este rechazo a hablar siquiera del concepto no evita la desvalorización creciente que el socialismo entraña. Por el contrario, como el fin del socialismo es la eliminación práctica del valor de cambio, el socialismo no tiende simplemente como movimiento a la ausencia de nuevas teorías del valor, sino también a condiciones desprovistas del objeto real de tales teorías, de valores reales.
... Marx es el primero en ver y confirmar este descubrimiento al pretender que el marxismo es la última teoría filosófica, poniendo así en su lugar su propia filosofía económica con una economía extrema de esfuerzo filosófico. Su objetivo era hacer toda filosofia inútil, incluso el marxismo. Por lo tanto la desvalorización progresiva de todo, incluso del marxismo, no es un desarrollo imprevisto. Es el fin tanto consciente como inconsciente del socialismo.
La confusión de términos en el caso de Marx es por todos lados tan grande porque retrocede en el tiempo. Una estrella observada a cuarenta años-luz es tan vieja como la distancia. La observación que se basa en el tiempo y la que se basa en el espacio no son solamente complementarias, sino también contrarias. La observación del espacio ha demostrado inmediatamente este resultado. Marx habla de "dos factores en la mercancía": valor de uso (substancia del valor) y valor de cambio o valor propiamente dicho (magnitud del valor). Marx, por consiguiente, parece identificar el valor con su magnitud, pero divide a continuación el valor de uso en dos nuevos factores diciendo: "Toda cosa útil puede considerarse desde un doble punto de vista, el de la cualidad y el de la cantidad". Es bastante asombroso que Marx no pueda explicar la mercancía mediante los mismos aspectos clásicos del materialismo dialéctico. La cuestión es clara: las consideraciones sobre el valor no pueden ser englobadas dentro de consideraciones cuantitativas o cualitativas -ni siquiera por el más grande de los materialistas dialécticos. ¿Es porque el valor, como pretende Marx, es un hecho puramente metafísico o porque los conceptos marxistas son aquí erróneos? Es necesario preguntarse en primer lugar lo que pueden significar de modo preciso substancia y magnitud, los dos factores de la forma en el estudio de Marx. Se recordará enseguida que nadie puede comprender El capital aisladamente, separándolo de las obras llamadas filosóficas de la juventud de Marx. Se trata de un sistema dialéctico que la filosofia oficial llamada materialismo dialéctico ha empobrecido unilateral.mente.
Para entender el concepto de substancia en Marx tenemos que relacionarlo con lo que él llama forma. Al hablar de materia como buenos materialistas podemos estar bastante de acuerdo en que la materia, considerada como substancia, se contempla principalmente en su aspecto de materia prima o materia básica. Y por tanto, la forma de la materia es su aspecto de materia diferenciada o determinada, de objeto, de cuerpo o de unidad particulares. Podemos así hablar de diferentes formas de energía, etc.
Pero Marx no relaciona nunca de esta manera el concepto de forma con el de substancia. Prefiere utilizar otra expresión, el concepto de contenido. Habla por tanto de la forma y del contenido del valor. El contenido es lo que está encerrado o comprendido dentro de la forma. Marx dice a menudo que el contenido del valor es el trabajo y aiíade que la verdadera forma es la forma del contenido. Dice: "Conocemos ahora la substancia del valor: es el trabajo". Por lo tanto, de acuerdo con Marx, substancia y contenido son idénticos. Pero declara también que el valor de uso es la substancia del valor (de cambio) y, a pesar de eso explica que "El trabajo no es por tanto la única fuente del valor de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre, la tierra es la madre". Para que el valor de uso se convierta en valor de cambio es necesario, por consiguiente, eliminar una magnitud, su carácter terrestre, o si se prefiere repudiar a la madre, la verdadera fuente de su nacimiento. Por lo tanto el paso del valor de uso al valor de cambio sólo puede alcanzarse mediante la desvalorización de un aspecto de su valor de uso, su realidad material.
Esto se explica todavía de modo más claro examinando el concepto marxista de forma. Al enunciar que el valor de uso es la forma natural de la mercancía, Marx añade que posee una forma particular de valor que contrasta de modo sorprendente con sus diversas formas naturales: la forma dinero. Si por tanto el valor de uso es simultáneamente la forma real de la mercancía y al mismo tiempo su substancia, el valor de uso no es una forma natural en sí misma. Una mesa debería tener la forma natural de un árbol. Es evidente que Marx no la contempla aquí ni como valor de uso ni como objeto de uso. Es excusable porque hay que convenir que, debido a sus condiciones, este campo estaba muy limitado para él. Es esta falta de entendimiento del carácter particular del artificio y la riqueza contenida en el objeto de uso lo que reduce el alcance del estudio de Marx a un asunto históricamente determinado.
Podemos aceptar que el objeto de uso representa la substancia o materia prima de las mercancías, pero el objeto de uso es más que la substancia de la mercancía, es en sí mismo una forma de valor, desvalorizada en su condición de mercancía, pero cuyo valor se restablece cuando se lleva a cabo el proceso de intercambio. Una vez que un objeto de uso ha sido comprado por un cliente se convierte de nuevo en objeto de uso. Esto es siempre así para toda mercancía excepto para el dinero.
El productor de objetos de uso los fabrica para emplearlos, pero al fabricar demasiados para su propio uso crea plusvalía en términos de objetos de uso sin utilidad. Este objeto de uso desvalorizado por su productor se convierte en mercancía si otro puede utilizarlo y no se le ofrece como regalo. El productor vende entonces su mercancía para conseguir dinero, y con este dinero compra otra mercancía que necesite o desee, transformándolo así de nuevo en objeto de USO.
Pero todo este proceso, incluída la creación de objetos de uso, es artificial, inventado por el hombre, y la substancia del objeto de uso se encuentra en la naturaleza. Sin embargo la naturaleza no es substancia en sí misma. Lo es sólo para el objeto de uso fabricado por el hombre. La naturaleza no es simplemente un medio. Es la condición primera de la producción. La naturaleza se manifiesta en formas naturales o cualidades. Los objetos naturales deben consumirse, destruyendo su forma natural, para producir objetos de uso, y una vez consumidos y agotados por la humanidad vuelven a la naturaleza, convirtiéndose en nuevos valores naturales, aunque a un nivel inferior. Hay un consumo de naturaleza anterior a toda producción, y una pérdida de energía en cada paso de una forma a otra. Esto constituye una desvalorización primaria y universal.
Las formas sólo llegan a ser substancia en el proceso que las transforma en otras formas. En realidad, la substancia de una forma es otra forma que, en su propio carácter, se sitúa fuera del proceso, y es diferente de aquélla a la que sirve como substancia. El concepto de substancia por consiguiente no indica sino un proceso, o el paso entre dos formas. La substancia es el proceso. La substancia es la realidad material de la transformación, del cambio.
Marx afirma que el intercambio de mercancías implica los siguientes cambios de forma:
Pero este mismo cambio implica necesariamente otros cambios de forma:
u m u
Y el uso de los objetos de uso implica estos cambios de forma:
N u N
Todo el proceso necesario para la creación de capital es por tanto un ciclo de cambios que puede escribirse así:
Sólo mediante el estudio de este ciclo en todas sus fases podemos adquirir una visión científica de la producción y el consumo.
Evitando ahondar en un estudio del proceso completo de la producción y el consumo, y limitando sus consideraciones de valor estrictamente a la cuestión del valor de cambio, Marx produce una teoría extremadamente primitiva. Sin embargo tales consideraciones son válidas allí donde reina plenamente la mercancía, en la sociedad capitalista.
Esto muestra efectivamente que el valor de uso no existe, que lo que se llama valor de uso es simplemente un objeto de uso y nada más. Aplicar el término "valor" a un objeto de uso está tan desprovisto de sentido y es tan precientífico como el uso alquímico del término sal, que se aplicaba al azúcar tanto como a las sales debido al parecido externo entre el azúcar y la sal.
Lo que tenemos aquí no es un argumento científico, sino un motivo legalista. Si Marx creyese verdaderamente lo que sostuvo aquí debería haber cambiado la expresión cada vez que utilizaba "valor de uso" en su libro. Pero se cuidó de hacerlo, y ningún marxista después de él lo ha hecho y han seguido dando crédito a su argumento. Están obligados a evitar la cuestión. Cuando Marx dice que "el valor de uso sólo puede realizarse en el uso o consumo" parece sensato imaginar que habla de objetos de uso. Un pedazo de carne no se realiza al ser comido.
El valor de uso del pan se lleva a cabo en la digestión, en su descomposición en el proceso digestivo, eso es todo. El valor de uso es por tanto exactamente contrario al objeto de uso. Es su negación, la disolución de su realidad como objeto o forma.
Marx precisa: "Como valor de uso, las mercancías tienen todas diferentes cualidades, como valor de cambio sólo pueden tener diferentes cantidades". Aquí volvemos a los conceptos de cualidad y cantidad. Veremos que el objeto de uso no es el valor de uso, y que si un objeto se consume ya no puede venderse. El objeto debe permanecer intacto, y es a este objeto intacto a lo que Marx llama cualidad.
De forma que el valor de uso no es, como pretenden algunos pseudomarxistas, la cualidad de un objeto. La cualidad es simplemente el objeto en sí mismo, su cuerpo, su extensión y duración. Todo esto es en el fondo la misma cosa: su estado.
Si yo compro un par de zapatos, su uso o consumo no puede ser su cualidad. La cualidad propiamente hablando es su permanencia, su constancia como objeto, su resistencia a la destrucción.
Es evidente que estos zapatos preservarían mejor su cualidad si no fuesen utilizados, si se guardasen en un armario. Los comerciantes los tratan de esta forma si quieren venderlos. El más leve uso reduce su precio de una forma que ninguna ley marxista puede explicar. Sin embargo, si no utilizo mis zapatos no tienen uso para mí. El valor se crea al utilizarlos, pero no al llevarlos o consumirlos. Cuando compro zapatos busco buena calidad para evitar el desgaste, que no puedo eludir si los zapatos tienen que servirme. Esta utilización y este consumo -o desgaste- no son idénticos. Hasta para el consumo de pan el problema es más complicado. Yo no como pan para destruirlo, sino para producir energía dentro de mí. Sólo aquella parte del pan que sirve a este propósito productivo tiene valor para mí.
La mercancía es cualidad como objeto de uso y cantidad como valor de cambio. Esta fórmula, que se considera como una renovación de conceptos científicos llevada a cabo por el materialismo dialéctico, sería puramente estática e inútil si no tratase del paso de la cualidad a cantidad y viceversa. Sin embargo, este proceso perpetuo no tiene una fórmula científica, y es tratado por el marxismo de un modo muy superficial y no científico.
Lo que escapa a los marxistas en esta fórmula es que el pretendido valor de cambio según Marx no es el valor, como tampoco el valor de uso es el objeto. El pseudo-valor de cambio marxiano es simplemente la neutralización de dos valores por equivalencia, y esta equivalencia se expresa en esa cualidad llamada dinero. El dinero no tiene más valor que un par de zapatos. Es un objeto de uso. Es una forma.
El valor mercantil de los objetos de uso no reside en su cualidad, sino en su diferencia cualitativa, es decir en su variabilidad. Así, el valor de cambio de dos mercancías no es su equivalencia sino su diferencia de precio, una diferencia únicamente cuantitativa. Si todo tuviese el mismo precio éste no existiría. El valor de cambio es el cambio de precio o su variabilidad. El día en que todos los precios queden fijados el mercado ya no tendrá valor y la mercancía ya no existirá.
Es lógico por tanto sugerir que valor y proceso son lo mismo, que lo que Marx llamaba substancia del valor es el valor en sí y no la magnitud del valor, como lo confirma el hecho de que la magnitud no es sino la cantidad de una cualidad. Sin embargo, el valor es una cantidad de cualidades en proceso que cambian.
¿Qué consecuencias tiene esta nueva definición del valor latente? Todos los objetos, si el hombre es capaz de extraerlo, forman un estado de cosas. El valor no existe como los objetos. No se poseen los valores, pero se pueden poseer los objetos que contienen un valor latente. Todos los objetos, si el hombre es capaz de extraerlo, pueden tener valor. De una u otra forma todo es valor, porque todo es proceso. Toda la materia fluye y desaparece perpetuamente. El valor es por tanto una propiedad objetiva de la materia: su dinamismo. El valor de una forma, o una cualidad, depende de la facilidad con la que puede disolverse y liberar sus energías latentes. La facilidad con que una cualidad se transforma en otra es su valor. El ataque socialista contra la propiedad privada se debe por consiguiente a la voluntad de destruir un sistema que bloquea los valores, los mantiene en privacidad, es decir, priva a la sociedad de su utilización.
Indudablemente no existe el valor fijo. Si se fija significa que ya no es un valor, sino una cualidad. Marx muestra cómo el capital se transforma de variable en constante, de valor en cualidad, para establecer la necesidad inexorable de la transformación de la sociedad capitalista en socialista en base a este hecho evidente fácil de probar científicamente. El valor, en tanto que proceso, sólo puede ser progresivo o regresivo. No existe por tanto valor que no sea plusvalor o liberación de valor, o bien desvalorización o pérdida de valor. La fijación del valor en un objeto como reproducción idéntica es su neutralización, su transformación en cualidad -o su reificación.
Por ejemplo, Marx subraya que el capital constante es el medio de producción. Este medio es incapaz por sí mismo de producir un proceso, de crear riqueza o plusvalía. No puede más que repetir la misma producción con la misma cadencia. Cuanto más desarrolla su utillaje técnico la producción industrial, más valor pierde su producción en tanto que mercancía, hasta una autómatización total que entregue los productos por así decir gratuitamente.
Marx prueba de esta manera que no son las máquinas las que producen valor (y menos aún plusvalía). La plusvalía se crea en el capital variable, que se hace con los hombres.
¿Qué es lo que hizo creer a Marx que los obreros crean la plusvalía? ¿De dónde viene esta plusvalía que, de acuerdo con Marx, se extrae del obrero? ¿Dónde está la variable que permite esta creencia en el beneficio?
No puede residir en la explotación de la capacidad profesional y del talento individual del obrero. Esto no cuenta en la producción industrial. Los obreros no son explotados por la cualidad sino únicamente por la cantidad de su trabajo.
El trabajo del obrero se cuenta en horas de trabajo, y como el beneficio y la riqueza se crean en la explotación del hombre, el contenido del valor es el trabajo, y su medida es la hora de trabajo humano según las teorías capitalistas y socialistas.
En época de.Marx se podía imaginar que el beneficio aumentaba porque los obreros trabajaban cada vez más. Pero después de organizarse, los obreros han reducido sus horas de trabajo, mientras que el beneficio no ha dejado de aumentar. ¿Cómo se presenta la explicación marxista en este punto? Es simple.
Un hombre tiene derecho por sí mismo a lo que produce. Pero el obrero produce más de lo que necesita para mantener su vida, y con el desarrollo de la técnica emplea cada vez menos tiempo en producir lo suficiente para sus propias necesidades. Como su tiempo de trabajo casi no disminuye se encuentra cada vez más explotado.
Es por tanto el desarrollo de la máquina el que provoca esta explotación creciente del trabajo del obrero, la aceleración de la producción. Pero ¿de dónde procede esta variabilidad? No del obrero que trabaja con la constancia de la costumbre. Ni de las máquinas, que trabajan con la constancia de un reloj. Ni tampoco del capitalista o del fabricante, que siempre deja que la fábrica marche a la mayor velocidad posible. Quienes provocan este cambio son los inventores de nuevas máquinas más rápidas. Es su idea la que se explota y crea plusvalía: en el momento en que se comunica a todas las fábricas, una idea nueva ha perdido ya su valor o su capacidad para crear plusvalía.
Lo que puede probarse es que el beneficio o plusvalía no se crea en el trabajo, sino en la propia variabilidad. Es algo en realidad bastante bien sabido. El movimiento, el cambio, y no la magnitud del precio, crean el beneficio.
Tanto en la industria capitalista como en la socialista el trabajo es un proceso sin ninguna cualidad humana. Es un proceso cuantitativo y mecánico que se lleva a cabo cada vez menos por el hombre, reemplazado por la máquina. De forma que el concepto mecánico de trabajo es perfectamente aplicable al trabajo industrial.
El concepto mecánico de trabajo consiste en que éste es el producto de la tensión y de la cantidad. Para tratar el trabajo como cantidad, la presión debe ser constante. Para calcular el valor de una hora de trabajo, todas las actividades deben llevarse a cabo con la misma tensión o intensidad, para que la unidad de trabajo represente la misma energía, que no es más que otra expresión del trabajo. Pero una hora de trabajo humano como medida de valor exige la eliminación de la variable en la intensidad del trabajo humano. Esta eliminación se hace por medio de las máquinas, que indican el ritmo general de la fabricación y constituyen la constante que elimina la plusvalía. La máquina representa por tanto la inercia o la resistencia a los cambios de la producción. Pero como el transporte de energía no puede hacerse más que mediante una caída de tensión, mediante el cambio en la misma, y como este transporte da a la energía su valor, el trabajo industrial no puede crear valor: carece de valor a causa de la constancia de su tensión. Si una hora de trabajo humano es idéntica a otra hora de trabajo humano, el trabajo humano carece de valor. Ésta es la debilidad de la teoría marxista del valor, puesto que si el trabajo industrial carece de valor, el obrero que lo realiza no representa un valor humano superior al de otras clases por causa de su trabajo. Si posee este valor debe ser por otras razones. Si hay algo de cierto en la teoría marxista del valor no está en el trabajo, sino en el tiempo de trabajo, es decir, en el tiempo. El valor debe ser el tiempo, y no el trabajo. Para el hombre, el tiempo no es otra cosa que una sucesión de fenómenos en un punto de observación del espacio, mientras que el espacio es el orden de coexistencia de los fenómenos en el tiempo o proceso.
El tiempo es el cambio que solo puede concebirse bajo la forma de movimiento progresivo en el espacio, mientras que el espacio es lo estable que sólo puede concebirse en la participación en un movimiento. Ni el espacio ni el tiempo poseen una realidad o valor fuera del cambio o proceso, es decir, fuera de la combinación activa espacio-tiempo. La acción del espacio-tiempo es el proceso, y este proceso es así mismo la transmutación del tiempo en espacio y del espacio en tiempo.
De esta manera vemos que el aumento de la cualidad o resistencia al cambio obedece al momento cuantitativo. Ambos discurren paralelamente. Y este desarrollo constituye precisamente el fin del progreso socialista: el aumento de la cualidad mediante el aumento de la cantidad. Y permite que este aumento sea forzosamente idéntico a la disminución del valor, del espacio-tiempó. En esto consiste la reificación.
Pero el valor es el mundo, la realidad, la relación espacio-tiempo, el instante. Y esta desaparición de la realidad es la que desde Hegel se llama reificación. Esta reificación es la oveja negra del socialismo porque pretende hacer creer a la gente que el socialismo es capaz de devorar los valores y mantenerlos al mismo tiempo -lo que desgraciadamente es lo que se suele llamar imposible, cuando el marxismo no cuenta más que con lo probable. Esta óptica no lleva más que a otra forma de decir lo que ya hemos precisado, puesto que la transformación del tiempo en el espacio es la transformación de la cualidad en cantidad, y la del espacio en tiempo la de la cantidad en cualidad.
La rigidez, la inercia, la constancia o la cualidad de la materia se debe a la rapidez del movimiento, que en el objeto es tensión pero que, liberada, se transforma en velocidad. Una velocidad es en sí misma una inercia, una cualidad, y el valor se encuentra solamente en el cambio de velocidad, en la aceleración; pero como la aceleración disminuye la posibilidad de cambio, la liberación del valor es al mismo tiempo una desvalorización. No se repite, el proceso es irreversible y constituye el progreso.
La magnitud que determina el valor es el espacio-tiempo, el instante o el acontecimiento. El espacio-tiempo reservado a la existencia de la especie humana en la tierra expresa su valor en acontecimientos. Allí donde no hay acontecer, no existe tampoco historia. El espacio-tiempo de una vida humana es su propiedad privada. Es el gran descubrimiento de Marx desde la perspectiva de la liberación humana, pero también el punto de partida de los errores de los marxistas, pues una propiedad no se convierte en valor sino en la medida en que se realiza, se libera y se utiliza, y lo que convierte el espacio-tiempo de una vida humana en una realidad es su variabilidad. Lo que convierte al individuo en una valor social es su variabilidad de comportamiento con respecto a los demás. Si esta variabilidad llega a hacerse privada, excluida de la valoración social -como sucede de hecho en el socialismo autoritario-, el espacio-tiempo del hombre se hace irrealizable. Así, el carácter privado de las cualidades humanas (los "hobbies") se convierte en una desvalorización todavía mayor de la vida humana que la propiedad privada de los medios de producción, pues en el determinismo socialista lo inútil es inexistente. En lugar de abolir el carácter privado de las propiedades, el socialismo no ha hecho más que llevarlo hasta el límite, convirtiendo al hombre mismo en un ser inútil y socialmente inexistente.
El fin del desarrollo artístico es la liberación de los valores humanos mediante la transformación de las cualidades humanas en valores reales. Y es ahí donde comienza la revolución artística contra el desarrollo socialista, la revolución artística vinculada al proyecto comunista.
El marxismo es la primera filosofía que ha mostrado los problemas económicos como esenciales, al condicionar el comportamiento del hombre. Hay una buena razón para ello. La economía juega, desde la industrialización, un papel cada vez mayor en la vida humana. Pero ¿en qué consiste este nuevo fenómeno, cada vez más importante?
Si se analizan los orígenes de las reflexiones económicas vemos que se limitan a señalar en primer lugar el orden del gasto en la conducta de un gestor. Sólo más tarde el sentido del término economía se desplaza e indica el ahorro obtenido sobre los gastos. El problema económico del rendimiento no se estudia. Se llama riqueza; y una vez establecida la relación entre rendimiento, ahorro y gasto se desarrolla una ciencia que se llama economía política, que trata de la producción, de la repartición y del consumo de las riquezas.
La riqueza, el fenómeno por el que hemos iniciado nuestro análisis, no revela una necesidad, sino la abundancia, el resto, la plusvalía o la variedad.
Si esta riqueza se consumiese de una forma natural, se prodigase, se dilapidase, se desperdiciase abundantemente por decirlo así, no habría habido nunca problemas económicos. Estos no surgen más que en el momento en que la riqueza es acumulada, reunida o economizada, adquiriendo forma de reserva -de una acumulación de riqueza a partir de la que se forman las economías. Es únicamente una cuestión de consumo o no-consumo (ahorro). Es la cuestión económica que preocupa sobre todo a las personas.
Marx desplaza el centro del interés económico alrededor del rendimiento y los recursos productivos, anticipando que la acumulación de ahorro es, desde la antigüedad, la fuente de todas las desgracias del hombre; y que la equivalencia entre producción y consumo sería la fuente de la felicidad. En este caso, además de la acumulación de riqueza.
Crea así una economía perfectamente equilibrada, y una nueva ciencia económica que no apunta ya a la riqueza, sino solamente a la armonía de las diferentes partes de un todo, de una unidad o de una cualidad. La economía humana y social se identifica con la economía biológica, la ecología. La economía biológica, o socialista, del equilibrio armonioso reemplaza así a la economía política que ignora las fuentes de la riqueza.
Para comprender este desarrollo hace falta entender lo que es objetivamente la política desde sus orígenes. Lo que en la ciudad helénica se llama política es la acción de una comunidad basada en la ignorancia completa de las consideraciones económicas. Es la comunidad pródiga: la acción antieconómica de una unidad social o la variable en el comportamiento de una unidad. La política es por tanto el medio general de introducción de lo nuevo y de lo inesperado en el comportamiento de todo el grupo. Es el desarrollo histórico.
"El Capital, crítica de la economía política" no critica en realidad la economía, sino el hecho de que se la transforme en política. Marx propone como remedio contra las consecuencias de la política (incertidumbre, inestabilidad, inseguridad social y productiva) una política socialista, o una política verdaderamente económica, más exactamente un sistema económico que elimine necesariamente al final toda posibilidad y toda utilidad de hacer política.
Viendo que el estado se emplea como instrumento para hacer la política, el movimiento socialista piensa alcanzar la disolución del estado eliminando la clase que domina la política.
El objetivo político del marxismo es reemplazar el estado por una administración inofensiva y automática del conjunto de los asuntos que suscitan un interés común. Y esto quiere decir, en lenguaje socialista, que el instrumento decide todo. Los robots-estadísticos, dirigidos por sondeos eficaces de la opinión pública, que calculan en función del deseo o no-deseo del mayor número, pueden aseguramos una dictadura perfecta y eficaz de la mayoría en la sociedad futura, sin ninguna posibilidad de engaño, es decir, de hacer política, de hacer que el hombre domine al hombre.
Pero el hecho es que esta administración técnica, que está en formación en todo el mundo, elimina toda posibilidad de juego político, pero no elimina en la misma medida al estado. Por el contrario, todo se convierte en estado. El estado no es un instrumento para hacer la política. Por el contrario, es un instrumento para evitar o disminuir los estragos de la política. El estado se crea para asegurar una estabilidad para uso de la clase dominante, y esta estabilidad es precisamente económica. El hombre de estado no aparece bajo la forma de emperador, de rey, de noble, de capitalista. Sobreviene bajo el aspecto de los "mayordomos", la economía, la burocracia, el primer modelo de robot-estadístico.
Hay que considerar hoy la economía como la neutralización de una variable, la que va de la pobreza a la riqueza. La economía es la constancia (o la cualidad) consumo-producción.
A medida que la economía social encuentra su equilibrio, su autonomía, reemplaza a la política, que pierde importancia. La política indica la importancia de las relaciones sociales; la economía indica las relaciones necesarias.
Lo que ignoran voluntariamente los marxistas es que todo lo que se hace necesario deviene también sin importancia, sin interés, porque deja de ser un problema. Ya no es importante, es indispensable. Ya no se toma en consideración. La ausencia de importancia y de interés de una cosa evidente es necesaria, es la inutilidad de la toma de conciencia, de atención. Nada más.
El "entre" que existe entre las cosas (teniendo en sí mismo un carácter de cualidad y de cantidad), es el proceso de valor. El punto de partida del marxismo, como hemos dicho, es el tratamiento del valor o el interés. Y la debilidad del marxismo es no haber concebido el interés desde un punto de vista científico. Los marxistas han concebido por tanto el desarrollo científico como el reflejo de los intereses. Pero esto se debe a no haber distinguido entre ciencia y técnica.
Nuestra definición de valor permite clarificar este campo voluntariamente oscurecido por los políticos, el de los intereses. El idealismo burgués sobrevive en el marxismo en la convicción de que lo que no es concebido por el hombre no existe. Sólo la toma de conciencia confirma la existencia de un fenómeno. Pero sólo los fenómenos que interesan al hombre como fenómenos sensoriales y que provocan su atención penetran en su conciencia. De forma que se figura que la ignorancia de los acontecimientos individuales equivale a su desaparición.
Lo que sucede en realidad es su reificación. La reificación de los acontecimientos es su alejamiento de la atención humana, la disminución de su interés en relación al hombre. Pero el proceso en sí sigue siendo el mismo.
El determinismo racional es el principio según el cual todo es conocido o cognoscible, y todo lo que es cognoscible debe ser conocido. Esto implica automáticamente que toda producción no es más que reproducción, que lo que existe es el devenir, y recíprocamente. Lo que significa, traducido a nuestro lenguaje, que cualidad y valor son idénticos.
La identidad entre lo existente y el devenir es la identidad entre inmovilidad y progreso, entre lo reversible y lo irreversible, lo que se justifica objetivamente por el hecho de que la inercia es idéntica al movimiento regular.
Pero como es incontestable que no se dan reacciones de conciencia más que en la medida en que son provocadas por fenómenos desconocidos, y como el valor de la conciencia está condicionado por la variabilidad de sus reacciones, que depende de la diversidad de factores desconocidos a los que se entrega la conciencia, la inteligencia como proceso se halla en contradicción con la forma racional.
La racíonalización mata la toma de conciencia, que es el propio método del razonamiento. El racionalismo como meta, o cualidad, mata el método racional. De esta forma el racionalismo se instala como un idealismo absoluto, como obligación de pasar por los conceptos del idealismo científico eliminando la creación de ideas (la acción fantástica, artística).
La economización de la conciencia se hace por la sistematización controlada de los métodos educativos. En estos, los factores desconocidos son dosificados minuciosamente para que ocupen toda la atención del sujeto a educar. El educador que manipula esta dosificación conoce por adelantado estos fenómenos y se sirve de ellos para obtener reacciones normales, conocidas y deseadas. Este proceso de toma de conciencia se convierte en un deber social, estableciendo las cualidades de los conocimientos y normas de conducta lo bastante complejas para corresponder a las capacidades de absorción de cada individuo: una carga de ideas inertes que excluyen toda variabilidad de conciencia fuera del sistema establecido. La única forma de mantener la lucidez en medio de esta transformación del individuo en instrumento es hacerse el imbécil evitando ser detectado. Esto se hace cada vez más dificil.
Podemos concluir que ningún interes es científica u objetivamente más justificable que cualquier otro. Un proceso no es valioso más que por la relación entre los intereses que provoca. Dar importancia a un proceso suprimiendo otro no es justificable más que en relación a un interés por el que el proceso es creación de un valor, de un progreso.
La creación de un valor se hace siempre a través de la desvalorización de otro. Sin embargo, es posible utilizar un valor sin que se cree otro. Y es posible combinar el gasto con la valorización: se trata del sistema experimental.
La desvalorización de un valor puede ser completa (destrucción de la fuente) o puede ser económica: su reducción a la unidad de gasto necesaria para una eficacia precisa y única. La reducción de un proceso a su estado económico es la reificación. Es la reducción del valor a un instrumento funcional. El desarrollo valorizador es negado en una cualidad estable.
La economización puede justificarse por la pereza, siguiendo la ley del menor esfuerzo; o puede venir exigida para poder disponer de una energía liberada dedicada a intervenir en nuevos dominios. En el último caso hay plusvalía. La plusvalía es por tanto indispensable para todo progreso.
La plusvalía no es, como dicen los marxistas, un fenómeno puramente capitalista. Existe, bajo diversas formas, en todos los estadios biológicos y sociales. La eliminación del capitalismo no es la eliminación de la plusvalía, salvo en un dominio preciso y limitado.
La economía, que engloba todos los problemas de las relaciones entre rentabilidad y gasto, no es un sistema que concierna específicamente al capitalismo, sino a la sociedad humana en general. Es un proceso particular de toda la biología. La economía humana, socialista y capitalista, no se distingue en su espíritu general de los principios económicos de todos los demás sistemas biológicos.
Hay fuentes de energía inorgánica que forman la base de la industria que se agotan por completo con su utilización. Su forma es la forma del contenido, o de la substancia, y se agotan con ella.
Hay otras fuentes naturales: las que se renuevan al participar en un retorno perpetuo. Este ciclo puede ser el de la propia naturaleza (sol, lluvia, viento, etc.) o también un retorno del valor del trabajo humano, como en la agricultura. Aquí la forma parece preceder a la substancia y sobrevivirle. Y sólo la invención de formas que se distingan de las de la substancia, que se opongan a ella, se encuentra en disposición de utilizar tales fuerzas. La industria es la explotación de la materia inorgánica, mientras que la agricultura es la explotación de la naturaleza, o de la vida biológica.
Hay, por fin, una forma que entrega su contenido sin vaciarse (que se recarga por sí misma), el arte, la creación espiritual, que mantiene sus cualidades al tiempo que esparce sus valores. El secreto de esta propiedad, que algunas personas llaman sobrenatural y metafísico y al que otras niegan existencia alguna, es que la fuerza liberada no hay que buscarla en la obra de arte, sino en aquello que la percibe cuando es capaz de percibirla. El valor no surge de la obra, sino que se libera en el espectador mismo. Esta es la explicación simple y material del valor de la obra artística y de todos los demás valores llamados espirituales.
El valor de este arte constituye así un contra-valor con respecto a los valores prácticos, y se mide en un sentido inverso al de estos últimos. El arte es una invitación a un gasto de energía sin fin preciso, e independientemente del que el mismo espectador pueda atribuirle. Es la prodigalidad. Todos aquellos que son demasiado avaros o totalmente incapaces de un esfuerzo de este tipo detestan el arte. De forma que el valor artístico es, al mismo tiempo, un valor sin sentido y la manifestación misma de la libertad de acción del individuo. No es que cada espectador pueda hacer de la obra lo que quiera, sino que dispone soberanamente de nuevas energías liberadas en él. Nadie las puede controlar. Y si no se dispone de energía que liberar en este sector no se ve nada. He aquí la razón por la que el arte es inquietante socialmente y políticamente tan importante: es un objeto en sí. Aunque la obra de arte no es sino confirmación política, es la fuente misma de la política, de la inspiración.
No obstante, se ha imaginado que el valor del arte reside en su duración, en su cualidad. Y se ha creído que el oro y las piedras preciosas constituían valores artísticos, que el valor artístico era una cualidad inherente al hombre como fuente esencial de valor.
Actualmente hay muchas discusiones. a favor y en contra de las ideas progresistas en el campo cultural. Antes de tomar partido por su verdad y su justicia, veamos.el contenido moderno del concepto de progreso. La idea de progreso está ligada a la de ascenso, de erección, al movimiento desde un estadio inferior a otro superior.
Es imposible identificar-este movimiento, como ha hecho el entusiasmo idealista de tantos "progresistas", con un movimiento estable que sería idéntico a la inercia. Al hablar de progreso, se está obligado a hablar desgraciadamente de movimientos no uniformes, y más precisamente de movimientos en aceleración. Constatamos en primer lugar, con Einstein, que este progreso no es absoluto, necesario o ideal; y constatamos a continuación que el efecto de los movimientos en aceleración en el espacio, fuera del campo de gravedad, daría exactamente el mismo resultado que producen, en nuestra vida sobre la superficie de la tierra, los efectos de la gravitación. Esto da qué pensar.
La conducta consciente no es posible sin aceleración, y el progreso en aceleración armoniza nuestra relación universal con nuestras condiciones primeras. Las consecuencias de este descubrimiento son demasiado amplias para profundizar aquí en ellas. Pero esto muestra que aunque la idea ético-idealista de progreso esté condenada al abandono, permanece todavía el la transcendencia del progreso. Y la certeza de que las discusiones acerca de este asunto deberán tomar en lo sucesivo su punto de partida en las nuevas consideraciones sobre el movimiento y la gravedad, en los problemas de la creación de campos de gravedad.
Dicho esto, pasemos al examen de un problema cercano: la complementariedad. El descubrimiento de los quanta o la constante de Planck -que nosotros consideramos como una cualidad, precisión terminológica de extremada importancia- ha llevado a Niels Bohr a su teoría de los complementarios. Ésta era imposible de conciliar aparentemente con el materialismo dialéctico, pero dicha imposibilidad se derivaba de la influencia de un subproducto erróneo del materialismo dialéctico y de la falta de consecuencia de las teorías de Niels Bohr.
La paradoja de las situaciones complementarias parece poder explicarse así: tenemos una caja y queremos ponerla en un estante, pero no podemos alcanzar el estante sin subirnos a la caja, de forma que nunca podemos disponer a la vez de la caja y del estante. Pero estos actos no constituyen situaciones que se excluyan simplemente; son contrarias. Pongamos otro ejemplo: cuando observo una estrella, mi mirada avanza hacia el tiempo a través del espacio al mismo ritmo que hacia el espacio a través del tiempo: depende de la elección de uno de los dos factores como instrumento y del otro como objeto. Bohr no ha descubierto que el instrumento no es ni el objeto ni el sujeto, sino la neutralización de ambos.
Hay disimetría entre el tiempo y el espacio, y sólo un nuevo estudio científico que averigüe las relaciones exactas entre simetría y disimetría podrá aportamos una síntesis satisfactoria de las relaciones entre cualidad, cantidad y valor. Pero, como quiera que sea, el concepto de contradicción dialéctica oculta domina el concepto de complementariedad.
Sería oportuno subrayar en este estudio que el socialismo no ha atacado nunca la riqueza (el derroche) del consumo capitalista. En esto no recuerda en absoluto la indignación que anima la revolución burguesa contra la nobleza.
Ello aclara la razón por la cual la revolución socialista tiene que estar precedida de la llamada revolución burguesa, es decir la realización del capitalismo. Hay razones políticas para guardar silencio acerca de la cuestión de la riqueza: no se hace la revolución para empobrecerse. Pero la razón principal de este mutismo es que la revolución capitalista ha consistido esencialmente en una socialización del consumo. La industrialización capitalista aporta a la humanidad una socialización tan profunda como la socialización propuesta por los socialistas, es decir la de los medios de producción. La revolución socialista es la realización de la revolución capitalista. El único elemento que debe suprimirse en el sistema capitalista es el ahorro, pues la riqueza del consumo ya ha sido eliminada por los propios capitalistas. Encontrar hoy día un capitalista cuyo consumo sobrepase las necesidades más mezquinas es bastante raro. La diferencia entre el tren de vida de un gran señor del siglo XVII y un gran capitalista de la época de Rockefeller es grotesca y se agrava cada día.
La riqueza en la variabilidad del consumo ha sido economizada por el capitalismo, pues la mercancía no es más que un objeto de uso socializado. Y de ahí que los socialistas eviten plantearse el objeto de uso.
La socialización del objeto de uso, que permite considerarlo como una mercancía, reúne tres aspectos principales:
a) Sólo el objeto de uso que goce de un interés común y sea deseado por una cantidad suficientemente grande de personas puede servir como mercancía. La mercancía ideal es el objeto deseado por todos. Para que la producción industrial accediera a una socialización semejante, el capitalismo debía destruir la idea de la producción individual y artesanal, considerándola como "formalismo".
b) Para que pueda hablarse propiamente de mercancía se precisa la existencia de una cantidad de objetos exactamente equiparables. La industria no se ocupa sino de objetos en serie, de fabricación cada vez más numerosa.
c) La producción capitalista se caracteriza por una propaganda del consumo popular que alcanza una importancia y un volumen increíbles. La reclamación de una producción socialista sólo es la consecuencia lógica de la reclamación de un consumo socializado.
La moneda es la mercancía plenamente socializada que indica la medida del valor común a todo el mundo. De forma que el dinero no puede medir más que valores sociales. El valor en su aspecto individual no puede medirse con dinero; y el valor del dinero, puesto que se desprende del standard-oro, reposa puramente en la convención social, se ha convertido en esta misma convención. Éste es el uso de la moneda en una sociedad socializada.
Pero, ¿cuál es esa convención social que mide el dinero? No es el trabajo, y no es ya tampoco la utilidad de las cosas. Todo indica que el dinero es la medida del tiempo en el espacio social.
Los anglosajones dicen acertadamente que el tiempo es oro. Pero el dinero sólo puede medir el tiempo inscrito en el entomo social. Fuera de este tiempo el dinero carece absolutamente de valor. El dinero es el medio para imponer la misma velocidad en un espacio dado, que es el de la sociedad. En el momento en que la sociedad se extiende a escala planetaria ya no hay posibilidad de distinguir entre tiempo y espacio, y la historia no es ya posible.
La invención de la moneda es la base del socialismo "científico", y la destrucción de la moneda será la base de la superación del mecanismo socialista. La moneda es la obra de arte transformada en cifra. El comunismo realizado será la obra de arte transformada en totalidad de la vida cotidiana.
Hemos visto que el socialismo extrae del capitalismo el sistema de consumo y de producción eliminando el ahorro. Esto es una actitud de propaganda más que un hecho; puesto que la socialización constituye realmente un sistema basado en el ahorro absoluto. Consideremos, en efecto, el objeto de uso. Ya hemos señalado que el objeto de uso se convierte en una mercancía en el momento en que se hace inmediatamente inútil, en que se rompe el vínculo causal entre el consumo y la producción. Sólo el objeto de uso transformado en ahorro, guardado en depósito, se convierte en mercancía, y ello solamente en el caso en que exista cierta cantidad de objetos de uso en depósito. Ahora bien, este sistema de stocks, que constituye la raíz misma de la mercancía, no es eliminado por el socialismo; todo lo contrario, el sistema socialista está basado en el depósito de toda producción, sin excepción, antes de su distribución, con el fin de asegurar un control perfecto de la misma.
Hasta ahora, nunca se ha analizado la"'acumulación -el depósito o el ahorro- en la forma que le es propia, es decir, la del recipiente. El depósito se efectúa en función de la relación existente entre el recipiente y el contenido. Hemos subrayado al principio que la sustancia que por lo común se llama contenido no es otra cosa que el proceso; y bajo la forma del contenido, significa una materia en depósito, una fuerza latente. Sin embargo nosotros siempre la hemos considerado a partir de su propia forma estable. La forma de un recipiente es una forma contraria a la de su contenido; su función consiste en impedir al contenido que entre en proceso, a no ser bajo condiciones controladas y limitadas. La forma-recipiente es también algo muy diferente de la forma de la materia en sí, donde nunca existe otra cosa que la forma del contenido; aquí, uno de los términos se encuentra en contradicción absoluta con el otro. Es solamente en el dominio biológico donde el recipiente se convierte en función elemental. Por así decirlo, toda la vida biológica ha evolucionado oponiendo las formas-recipientes a las formas de la materia. Y el desarrollo técnico sigue el mismo camino; en definitiva, todos los sistemas de medida, de control científico, son relaciones que se establecen entre las formas objetivas y las formas-recipientes.
Las formas-recipientes se establecen como contradicción de las formas medidas. La forma-recipiente oculta normalmente la forma del contenido y posee asimismo una tercera forma: la de la apariencia. Estas tres formas nunca se distinguen claramente en las discusiones en torno a la forma. Las tres son formas reales, formando parte integrante de nuestra percepción de la materia, y estableciendo una escala de contradicciones que nos permite distinguir entre el mundo de la materia inorgánica, el de la naturaleza biológica, y el de nuestras sensaciones. Pero a estas formas llamadas reales se añaden las formas imaginarias establecidas por el pensamiento: las formas simbólicas.
Los sistemas científicos y filosóficos se distinguen entre ellos según su forma de confundir formas que no tienen nada que ver una con otra en cuanto formas, si se entiende esta palabra en un sentido claro, sin contradicción interna.
En la medida en que se puede decir que la forma es unidad y la cantidad igualdad, y que existe una contradicción completa entre estos dos aspectos de la materia, el recipiente es justamente el instrumento que permite, en apariencia, eliminar las contradicciones entre unidad e igualdad mediante la unidad de la forma (del recipiente) y la igualación del contenido, la neutralización de las formas del contenido por su número; estas contradicciones se neutralizan al aumentar la magnitud según las leyes de la probabilidad. Es el principio del depósito, el de la caja de ahorro o de seguridad, e incluso el de las latas de conserva. Para alcanzar unidades cada vez más iguales, cada vez más justas, basta desarrollar la unidad del recipiente, hacerlo más grande, ya que su forma puede cambiarse independientemente del contenido al no tener nada que ver la forma del recipiente con la de su contenido. Éste es el principio del desarrollo capitalista tanto como del socialista, y en todas sus teorías sobre las relaciones entre la forma y el contenido no se trata sino de meter cosas en cajas.
Los socialistas han elaborado programas políticos para tomar el poder. Han sido así llevados a aceptar el concepto de política de estado, que se opone absolutamente a las perspectivas de Marx, basadas siempre en el rápido debilitamiento del estado. Han utilizado al estado y han hecho así lo contrario de lo que creían hacer.
Hay que retomar el estudio de la Primera Internacional para discernir la riqueza del movimiento obrero en el futuro, paralelamente al estudio de las perspectivas programáticas sobre la vida cotidiana en ciertas corrientes utópicas como el fourierismo, sometiendo también a esta nueva óptica los intentos de Ruskin y de Kristen Kold. En la Asociación Internacional de Trabajadores las divergencias a propósito del estado y la autoridad se desarrollaron deprisa en forma de oposiciones absolutas. La división del movimiento obrero no ha cesado desde entonces, ni con la Segunda Internacional que era propiamente socialista, en el sentido que nosotros aceptamos aquí, ni con la Tercera que se pretendía "comunista" sin poder distinguirse de los fines socialistas, excepto en la cuestión de los medios de acceso al socialismo. Muchas de las contradicciones han sido diferidas a un vago futuro, suponiendo que la sociedad socialista se transformaría en comunista. Pero este paso se ha previsto sin ser conscientes de que, según las leyes de la dialéctica, cuando semejante salto cualitativo tenga lugar, deberá revelar que el comunismo es lo contrario del socialismo.
Las celebridades rusas de la historia han mostrado después cruelmente que ningún cambio se da nunca de un modo tan lineal, evolucionista e idílico como querrían sus promotores. Ahora que las formas de socialización que progresan en el este como en el oeste han desengañado a los revolucionarios, es tiempo de retomar, en toda su amplitud, el proyecto comunista, negación de esta socialización y único modo de superar las alienaciones actuales.
Allí donde se manifiesta (ya sea en el capitalismo, en el reformismo o en el poder llamado "comunista"), la burocracia aparece como la realización de la socialización contrarrevolucionaria en cierto modo común a los diversos sectores rivales del mundo actual. La burocracia es la forma-recipiente de la sociedad: ella bloquea el proceso, la revolución. En nombre del control de la economía, la burocracia economiza sin control (para sus propios fines, para la conservación de lo existente). Detenta todos los poderes excepto el poder de cambiar las cosas. Y todo cambio se hace en primer lugar en contra suya. En este momento, la opción por construir spoutniks es en sí contraria a la opción de producir bombas nucleares. Pero su justificación social sigue siendo la misma.
El comunismo real será el salto al reino de la libertad y de los valores de la comunicación. El valor artístico, contrario al valor utilitario (que de ordinario se denomina material), es el valor progresivo por cuanto constituye la valoración del hombre mismo a través de un proceso de provocación.
Desde Marx, la política económica ha mostrado sus impotencias y sus inversiones. Una hiperpolítica deberá tender a la realización directa del hombre. El fin de la economía llevará así a la realización del arte. Se trata de conocer los fines más apasionantes para que las masas, decidiendo alcanzar estos fines que le conciernen, tomen en sus manos su propia suerte. Es preciso buscar nuevos fines artísticos que den a la vida un interés nuevo, posibilitando al hombre el goce de situaciones superiores. La necesidad y la ausencia de tales perspectivas han constituido en los últimos tiempos el telón de fondo de la mediocridad general. Porque ninguna idea tuvo jamás el poder revolucionario del marxismo, ni ha perdido su impulso tan rápido.
Los teóricos dogmáticos del marxismo son muy capaces evidentemente de rechazar todas estas argumentaciones y de clasificarlas como un formalismo abstracto por una simple razón. Ellos sostienen que una teoría no tiene sentido más que cuando se halla el interés que refleja; y hasta ahora han sido capaces de convencerse a sí mismos, con argumentos cada vez más estúpidos, donde la lógica es reemplazada por la violencia de la expresión, de que todo lo que no refleja el interés del proletariado no hace sino reforzar el capitalismo. Se trata ahora de saber si serán capaces de englobar nuestras reflexiones en la misma categoría, y si harán creer por mucho tiempo todavía que ellos reflejan el interés del proletariado.
Para entender la excusa original de esa actitud marxista, hay que recordar en primer lugar que el socialismo científico no es negado como una teoría científica sino como un discurso de defensa en un proceso, como argumentación ético-jurídica donde los hechos científicos representan en primer lugar las pruebas de culpabilidad contra la clase capitalista, en favor de la clase desposeída. El abogado Karl Marx defiende la completa inocencia de su cliente, que no es una persona, sino una clase, e inculpa a su acusado de robo y violación. El asunto a debate es el derecho a los medios de producción de la industria, que los dos adversarios están de acuerdo en considerar como el único medio de producción socialmente justificable.
Marx presenta en El Capital el acta de acusación documentada contra la clase capitalista. Es aplastante. Los indicios y los testigos son irrefutables, y lo siguen siendo después de cien años. Los defensores del capitalismo no han encontrado nada con lo que contraatacar, sino las más sórdidas excusas. El arma empleada por Marx es la misma que los capitalistas ensalzaban: la precisión científica. Marx ha ganado el proceso con argumentos análogos a los que Shakespeare hizo triunfar contra Shilock: la relación entre la exactitud, la precisión y la justicia; la identidad entre verdad y cantidad. Pero la absolución del deudor no fue un acto de justicia, sino de teatro bien representado, debido a la habilidad del abogado que permitía al juez cometer una injusticia por caridad sin violar la ley. Es por tanto este compromiso en una lucha ética y humana el que da a la obra de Marx una calidad literaria y dramática que la sitúa entre las obras-cumbre de la literatura humana, que le da el carácter de una obra de arte. La conciencia de la justicia no se ha repuesto jamás del golpe que Marx le ha dado al probar que la clase dominante era la verdadera criminal; y que las autoridades oficiales de la justicia, del honor y del altruismo no existen más que para justificar y proteger a este criminal; y que el inocente, el príncipe del futuro, el hombre del mañana, era ese pobre clochard embrutecido y harapiento, sin subsistencia, sin posesión alguna: el proletario. El proceso está ganado, aunque no se haya ejecutado todavía con todas sus consecuencias.
Lo embarazoso en la concepción marxista que ha llevado a esta victoria es una tendencia a hacer ver que sólo las verdades que juegan algún papel en el proceso social son importantes. Sin embargo una verdad sin importancia inmediata en el proceso social puede hacerse importante más tarde, así como una verdad inmediatamente injustificable ante la opinión pública puede tener ulteriormente el mayor interés. Es el caso de todo lo que es completamente nuevo. El socialismo escamotea este problema pretextando que no hay nada radicalmente nuevo, que toda producción es reproducción. Es aquí donde se descubre no sólo la injusticia, sino también la impotencia del socialismo, tan incapaz de comprender lo nuevo como de liberar a las masas esforzándose por lo auténticamente nuevo.
La teoría económica del marxismo se basa en el derecho irreductible del individuo a su propia producción, y la teoría socialista se basa en la comunidad de necesidades del consumo. Esto quiere decir que los elementos para las necesidades de consumo de todos pueden producirse por cualquiera en menos tiempo gracias al uso de maquinaria, y distribuirse después a cada uno de acuerdo con sus necesidades. Esto implica que todos están obligados a participar en esta producción necesaria cuyo tiempo, disminuido por la industrialización, se reduce aún más mediante la automatización.
Cada individuo dispone así de un tiempo y de una energía libres en constante crecimiento. Pero el socialismo no se ha preguntado nunca cómo podrá disponer el individuo libremente de esta energía individual (ha expulsado estos problemas candentes al estadio comunista, concibiéndolo como un vago paraíso estático al final de la historia). Por el contrario, la socialización impone en lo inmediatamente real falsas necesidades y múltiples obligaciones en el sector de la producción tanto como en el del consumo. He aquí el punto de partida para una nueva revuelta por la liberación del hombre. Este programa superior criticará todas las ideas sobre las necesidades convencionales y pretendidamente sociales en beneficio de un compromiso libre en los juegos sociales, en el campo creativo. Probablemente se verá en el futuro que tales juegos encuentran sus peores enemigos en las organizaciones profesionales. Hasta el momento en que las especializaciones profesionales hayan entrado claramente en proceso de descomposición no aceptarán participar, en nombre de la necesidad, en la producción y el consumo que exceda la necesidad biológica y material irrefutable; no admitirán de buena gana una creación técnica que ponga los medios industriales al servicio de fines lúdicos libres.
La clase obrera en su época puramente proletaria era la expresión máxima de esta aspiración a la liberación humana. Hoy se instala cada vez más en la actitud opuesta. La dialéctica de este cambio es simple, y su ignorancia es el error elemental del socialismo. El proletariado industrial ha tenido un papel único como fuente de inspiración durante un siglo. Era la fuerza dominante no a causa de su cantidad ni de su unidad, sino a causa de su disponibilidad única, que representaba el valor humano más puro porque no tenía cualidad, ni prejuicios, ni posesiones, ni responsabilidades -salvo consigo mismo.
Esta disponibilidad ha dado a la clase obrera un plus-valor humano, en fuerte contraste con la burguesía ocupada en su pequeña gestión. Era una clase libre para rechazarlo todo y proponerse todo.
¿Qué proponerse? Aquí surge la teoría socialista del derecho del proletariado a la posesión de los medios de producción. Con el establecimiento de una ideología socialista en un sistema fijado geográficamente, este valor se transformó en una cualidad, y la cualidad en cantidad espacial. La visión del mundo del proletariado se transformó en su contraria: la del propietario absoluto, desapareciendo absolutamente todas las disponibilidades y valores proletarios. Al abrigo de esta nueva alienación, la explotación de los trabajadores continúa. El sinsentido de la vida social continúa.
Actualmente el movimiento socialista obliga a los hombres a seguir patrones de trabajo y de consumo y obligaciones sociales cada vez más fútiles y estúpidas. ¿Es inevitable? Hay que proclamar: ¡Intelectuales de todos los países: suicidaos! Es la lucha final, seguid el glorioso ejemplo de Jack London y Maiakowski. No tenéis nada que perder, salvo vuestras cadenas, ni nada que ganar. ¿Ha dejado el suicidio de ser una posibilidad entre otras para ser el último recurso con el que manifestar la libertad humana? ¿O hay más bien que creer a Maiakowski cuando responde en el suicidio de Essenine: "Construir la vida es más dificil de otro modo"? Es dificil, en efecto. Pero es lo menos que hay que hacer.
Hoy que la vida humana no vale siquiera lo que una vida humana, sólo arriesgando la vida podemos aseguramos de su valor; y el valor de la vida es el único valor del hombre. Es la libertad, que se manifiesta en el riesgo y en el objetivo del riesgo mismo. La juventud empieza a comprender ahora que el riesgo es más precioso que todas las metas que la vida social le propone, y la sociedad se ocupa de enrolar a los individuos en mil objetivos sin riesgo mientras prepara bombas atómicas. En el este como en el oeste, el aumento del nivel de vida y del tiempo libre revelan su espantoso vacío: ese vacío es el lugar de una libertad total que se ha hecho posible y cuya exigencia superará en adelante todas las demás.
Las provocaciones sociales de la juventud son el preludio de una revuelta que tendrá todas las posibilidades de fracasar. Esto es mejor que nada; y ya veremos si alguna vez la voluntad humana no será capaz de superar las condiciones calculadas.
1. Extractos de El capital
Cualquiera que sea la forma que revista el proceso de producción tiene que ser continuo o, lo que viene a ser lo mismo, pasar periódicamente por las mismas fases. Una sociedad no puede dejar de producir más que de consumir. Considerado no bajo su aspecto aislado, sino dentro del curso de su renovación incesante, todo proceso de producción social es por tanto al mismo tiempo un proceso de reproducción.
Las condiciones de producción son al mismo tiempo las condiciones de reproducción.
De lo que yo parto es de la forma social más simple bajo la que se presenta en la sociedad actual el producto del trabajo, la "mercancía". Es a ella a quien analizo, y lo hago en primer lugar bajo la forma en la que aparece. Y encuentro que lo hace por una parte bajo su forma natural como objeto de uso, es decir valor de uso, y por otra parte como el soporte del valor de cambio, y bajo este punto de vista como "valor de cambio" ella misma. Un análisis más detenido de este último me muestra que el valor de cambio no es más que una "forma fenoménica", una representación caracterizada por el valor contenido en la mercancía, y a continuación paso al análisis del valor.
Cuando dije, al principio de este capítulo, por seguir la manera de hablar ordinaria: la mercancía es valor de uso y valor propiamente dicho, esto es falso. La mercancía es valor de uso u objeto de uso, y "valor". Se presenta como lo que es, algo doble, tan pronto como su valor posee una forma fenoménica propia distinta de su forma natural, la de "valor de cambio".
Yo no divido por tanto el valor en valor de uso y valor de cambio como términos opuestos en los que el valor se escindiría al abstraerlo, sino que digo que la forma social concreta del producto del trabajo, la "mercancía", es por una parte valor de uso, y por otra "valor"; no valor de cambio, puesto que éste último es una forma fenoménica, y tampoco el propio contenido de la mercancía. Mi método analítico, que no parte del hombre, sino del período social económicamente dado, no tiene nada en común con el modo en que toman estas nociones los profesores alemanes.
La palabra 'valor' (Wert, Würde) se aplicó en primer lugar a las cosas útiles que existían desde hace tiempo como "productos del trabajo" antes de convertirse en mercancías. Pero esto tiene tanto que ver con la definición científica del "valor-mercancía" como el hecho de que la palabra sal entre los antiguos se aplicase sobre todo a la sal comestible, y en consecuencia el azúcar, etc. figuren desde Plinio como variedades de sal (es decir entre los cuerpos sólidos incoloros, solubles en el agua que poseen un sabor particular) y por consiguiente la categoría química "sal" comprendiese el azúcar, etc.
Cuando se trata de valores de uso, se sobreentiende siempre una cantidad determinada como una docena de relojes, un metro de tela, una tonelada de hierro, etc.
En la expresión de peso del pan de azúcar, el hierro presenta una cualidad natural común a los dos cuerpos, su peso, mientras que en la expresión del valor de la tela, el cuerpo de un vestido presenta una cualidad sobrenatural de los dos objetos, su valor, una impresión puramente social.
En el curso de la producción, la parte del capital que se transforma en medios de producción, es decir en materias primas, materias auxiliares e instrumentos de trabajo, no modifica por tanto la magnitud de su valor. Es por esto que la llamamos parte constante de capital, o más brevemente: capital constante.
2. Extractos de "Cartas francesas", hebdomadario cultural del P.C.F. (Director: Aragon)
Se puede leer en el nº 813 bajo el título "Assez de maudits":
Femand Léger se divertía diciendo a veces: "Si los idiotas floreciesen aquí se haría un buen ramillete"... Hemos visto a Utrillo al lado de su botella, a Rodin cortejando doncellas en los bailes, a Rousseau ingenuo hasta la estupidez, a Gauguin peleando con la policía, a Cézarme injuriado por la prensa. ¿Se habla de su obra?
Una palabra a propósito del adjetivo "maldito". ¿Dónde está la maldición de Cézarme dotado con 25.000 francos de renta, la maldición de Utrillo (¡o es que afecta a todos los borrachos!), la maldición de Rodin (¡o es que la portan todos los ancianos que se dejan seducir por las damas atractivas!). ¿En qué era Rousseau más maldito que los demás jubilados de la administración? En cuanto a la maldición de Gauguin, ¿no afecta acaso a todos los que se ponen en tales condiciones de alejamiento que no pueden dar a conocer su obra? Si Rodin es un escultor maldito, me gustaría que se me mostrase un artista que no lo sea.
El ramillete está hecho y la idiotez destilada, citando las palabras de Léger, que estuvo socialmente maldito toda su vida, por el mantenimiento de esta buena conciencia de la sociedad hacia los artistas, buena conciencia que se justifica por el más capitalista y mezquinamente pequeñoburgués de los argumentos: tienen dinero. Y si no lo tienen es por su culpa, debido a ciertos vicios individuales: borracheras, excesos eróticos, odio a la policía o desprecio por los lugares de la buena sociedad donde podrían hacerlo. ¿Podrá el espíritu socialista caer más bajo? ¿Más que Aragon?
"¿Se habla de su obra?" Rodin, Gauguin y Léger fueron artistas que tuvieron una conciencia social y universal. Sus obras no fueron sino fragmentos de edificios sociales nunca edificados. Rodin no tuvo jamás la posibilidad de realizar la obra de la que sus esculturas no eran sino proyectos y elementos. ¿Por qué? Porque la sociedad lo detestaba; su obra estaba maldita, en efecto. Tuvo que exponer fuera de la Exposición de 1900, hasta que Le Corbusier le autorizó a tener un stand en el anexo de la Exposición de 1937. Léger no tuvo jamás la posibilidad de realizar una obra artística conjunta con su amigo Le Corbusier. Sin embargo han recibido las recompensas y el reconocimiento social en su vejez. Si Gauguin hubiera vivido bastante habría tenido derecho, él también, a decorar una iglesia.
Es esto por tanto lo que hay que considerar como la realización de todos sus sueños. Al menos de los de Aragon. Pero la clase obrera, es decir, las personas que fabrican prácticamente todo ¿qué le habrá podido impedir colaborar a placer con estos artistas para su propia satisfacción o construir edificios inauditos que dependan de ellos mismos? Sí, ¿qué habrá podido desviarlas de ello? ¿La acción sindical? ¿El gran capital? ¿Su propia falta de espiritualidad? ¿La estupidez? ¿Cuál de ellas? ¿O bien la traición de Aragon y de todos sus amigos?

martes, 10 de agosto de 2010
Compendio
Un compendio es, según el diccionario Littré de la lengua francesa, "la reducción de una gran obra en otra más pequeña". Marx tenía así el proyecto, que desgraciadamente no llegó a ejecutar, de resumir a su manera la Lógica de Hegel, con el fin de hacerla accesible a los proletarios de su tiempo. El compendio no está como tal destinado a la pobreza del digest, pero solicita del abreviador unas cualidades que en general aquellos que las poseen prefieren consagrar a otras tareas.
La Internacional Situacionista y su actuación histórica han sido objeto de dos libros recientes en francés (Jean-François Martos, Historia de la Internacional Situacionista, París, 1989; Pascal Dumontier, Los situacionistas y Mayo 68, París 1990). Esas obras tienen al menos la importancia que deben a su objeto: la IS ha sido, en efecto, durante el periodo que ha visto en Francia modernizarse rápidamente a la dominación, el principal intento colectivo de formular y comunicar una crítica de las nuevas condiciones que se instalaban, e indiscutiblemente el más consecuente. Para comprobar esto basta ciertamente con volver a los doce números de la revista IS publicados de 1958 a 1969. Pero los trabajos históricos, puesto que hay trabajos históricos, pueden aprovechar el tiempo transcurrido y la distancia abierta para analizar el desarrollo de esa actividad crítica en su relación con el movimiento histórico real del que pretendía ser la expresión teórica general; y evaluar por ejemplo, a la luz de su devenir efectivo, qué fue del adelanto que pensaba tener sobre su época (un modelo de análisis de este género continúa siendo el texto de Karl Korsch, Marxismo y filosofía).
Antes de examinar cuál es en este sentido el valor de las dos obras en cuestión, evoquemos un problema al que estos historiadores no prestan ninguna atención, y que parece sin embargo de importancia capital para su propósito. La crítica situacionista fue concebida en su origen para imponer, en una "carrera de velocidad" con el poder, un uso emancipador de las nuevas técnicas desarrolladas por éste (veinte años después, Debord definía todavía ese período como el de un "enfrentamiento sobre el cambio"). Sabiéndose "a la fuerza sobre la misma ruta que sus adversarios" -el camino del cambio completo de todo el viejo edificio burgués-, la IS quería "difundir otra idea de felicidad" poniendo por delante "ciertos valores nuevos de la vida": el tránsito rápido, el extravío, el olvido. Pues como señalaba Debord en 1957 a propósito del surrealismo, "no se trata, para una empresa de esta naturaleza, de tener razón en términos absolutos o relativos, sino de conseguir catalizar durante un tiempo determinado los deseos de una época". Es forzoso constatar que en lo que concierne a la I.S. ese lapso de tiempo fue particularmente breve: más o menos desde "el escándalo de Estrasburgo" en 1966 hasta poco después de mayo del 68. La "nueva época" saludada en 1969 por el número 12 de la revista tendría que haber contemplado la extensión de la crítica situacionista, su puesta en práctica por una corriente revolucionaria, pero nada de eso se produjo. A partir de ese momento, en efecto, y ahí se encuentra probablemente la causa más profunda de la progresiva parálisis práctica de la IS y de sus partidarios entonces numerosos, los deseos de la época, confrontados a la aceleración del cambio autoritario de todo, comenzaron a cristalizarse en torno a valores diferentes y a menudo contrarios a los que había dado preferencia el programa situacionista. Lo que atrajo desde entonces las aspiraciones de la mayoría, cuando no se sometían servilmente a los imperativos de la modernización, era la necesidad evidente y secreta de rescatar de la innovación permanente impuesta la continuidad de la historia humana (su memoria, su lenguaje), y en primer lugar las condiciones elementales de la vida. Nada aclara mejor esta completa inversión de los valores del cambio que cotejar dos afirmaciones firmadas por Debord con más de treinta y cinco años de intervalo: "Todo lo que mantiene cualquier cosa contribuye al trabajo de la policía"; "Cuando ´ser absolutamente moderno´ se ha convertido en la ley especial proclamada por el tirano, lo que el esclavo honesto teme más que nada es que se pueda sospechar de él que está anclado en el pasado".
A través de toda suerte de desorientaciones y mistificaciones difícilmente evitables, progresaba entonces (en Francia a partir de finales de los años sesenta, es decir relativamente tarde) la conciencia de que habiéndose franqueado el punto en el cual la innovación tecnológica podía ser corregida, reorientada en un sentido liberador, se trataba prioritariamente de obstaculizar su carrera insensata. Y aquello en lo que la I.S. había estado por delante de su tiempo -su intento de formular un programa apasionante para el cambio material de las condiciones de vida- se invertía en retraso en la capacidad para dar a la resistencia al supuesto progreso sus razones históricas. Para poner solamente un ejemplo, la perspectiva "del Universo entero asaltado por los Consejos de trabajadores" (IS nº12, septiembre 1969) no era ya la más adecuada para levantar naturalmente muchos entusiasmos, si es que alguna vez lo había hecho, cuando otros más lúcidos en este punto denunciaban ya el pillaje efectivamente en curso del Universo por los dueños de la industria. La realidad de la que debía partir todavía una vez más la crítica teórica era la insatisfacción. Pero para ello habría sido necesario reconocerla bajo las nuevas formas que había adoptado. Por el contrario, la mayor parte de los que adoptaban en aquella época las posiciones de la IS permanecían perfectamente indiferentes a todos esos nuevos problemas, a los que se complacían en juzgar como vanos con el pretexto de que quienes los planteaban lo hacían generalmente en términos muy mal extraídos de diversos arcaísmos ideológicos.
Hay que añadir en este sentido que la explicación histórica dada en 1972 sobre la nulidad de los pro-situs, aunque describe exactamente las condiciones sociales generales que determinaron su adhesión pasiva a lo que se había convertido para ellos en "una ideología absoluta y absolutamente inutilizable", olvida considerar dialécticamente lo que en la teoría y en la práctica de la IS había facilitado semejante adhesión pasiva y semejante inutilidad. Ahora bien, el hecho de que no se impusiesen entonces partidarios de las tesis de la IS capaces de desarrollarlas y hacer de ellas una fuerza práctica, en esa época no obstante tan favorable del post-68, obliga a buscar el obstáculo al desarrollo de la teoría situacionista en el origen de esa teoría, en la valorización del cambio permanente como motor pasional de la subversión, la idea de la riqueza infinita de una vida sin práctica y el descrédito consecuente lanzado sobre el carácter parcial de toda realización positiva. Hablar en este punto de error sería fútil, porque es preciso ver que ese "error" era inevitable, impuesto como estaba por las necesidades de la negación del arte y de la política. Ese trabajo de demolición, con su valorización consecuente de una vida consagrada a lo efímero, era históricamente necesario; y correspondía plenamente al genio personal de Debord. Pero ese trabajo, que depositó en la conciencia de los situacionistas los fundamentos psicológicos del "radicalismo desencarnado" (fenómeno recurrente en la historia de la IS, hasta su fin), no era más que una tarea transitoria, un proceso secundario en el desarrollo general de un movimiento de subversión que no estaba más que en sus comienzos. "Todo proceso parcial tiende a superar sus límites (definidos por su naturaleza) y a imprimir su táctica, su pensamiento, sus consignas y su moral al movimiento histórico entero desencadenado por él. El medio se vuelve contra el fin, la forma contra el contenido" (Trotsky, Nuestras tareas políticas). La experiencia del vacío de la vida cotidiana, el programa de su superación, había sido un tránsito, rápido y desordenado como la juventud pronto perdida, hacia una actividad revolucionaria renovada, pero el tránsito y la velocidad no podían ser la regla de esa actividad: había que inscribirla de alguna forma duradera en la realidad, para que fuese retomada, completada, corregida por un ensanche colectivo. Y los métodos que habían servido para incendiar un terreno (el de la cultura) no servían, o perjudicaban, cuando se trataba de construir otro, el de "una organización revolucionaria de un nuevo género". Evocar todo esto no significa moralizar a posteriori, porque la dificultad para encontrar un terreno de acción concreto y los métodos de trabajo apropiados ha marcado toda la historia de la IS (véase la denuncia periódica del nihilismo pasivo y, simétricamente, de los intentos prematuros de realizaciones positivas) y se hizo plenamente consciente ya antes de 1968 (véase el informe de Debord a la 7ª conferencia de la IS, en junio de 1966), para finalmente desembocar en los votos piadosos del post-68: vaticinios sobre la organización consejista, etc. En realidad, el "objetivo de los situacionistas", "la participación inmediata en una abundancia pasional de la vida, a través del cambio de momentos perecederos deliberadamente acondicionados" (Debord, Tesis sobre la revolución cultural, IS nº1, junio 1958), fue ciertamente alcanzado, pero sólo por Debord, como aventura individual brillantemente conducida, y reafirmada contra la debacle colectiva de la IS.
Martos está evidentemente muy lejos de afrontar esos problemas. Tras haber devanado todo lo posible el hilo de su teleología ("la esencia" estaba ahí desde 1953, y ya no hubo después más que "formulación cada vez más coherente" o "ínfima corrección de ciertas nociones esenciales"), transcrito fastidiosamente las citas y demostrado su virtuosismo en el uso de las comillas, concluye marcialmente: "Las hostilidades continúan". ¿Quién las lleva a cabo, cómo, sobre qué terreno, con qué armas? El historiador no tiene nada que decir a este respecto, ni tampoco sobre lo que podría, aunque fuera indirectamente, tener algo que ver con los problemas del presente: en su pequeño libro amarillo, la historia no existe más que para confirmar el dogma, y esta sarta de confirmaciones representa el único sentido de su libro. Una obra semejante no puede sin duda tampoco servir para fines de vulgarización o de propaganda: es tan aburrida y académica que corre más bien el peligro de alejar a las jóvenes generaciones de la teoría situacionista (está por lo tanto muy por debajo de lo que pudo ser en su día la Historia del surrealismo de Maurice Nadeau). La única función de este pensum [trabajo escolar impuesto como castigo] parece ser, por tanto, la de ilustrar sobreabundantemente el juicio que habíamos expuesto en 1988, a propósito de otros trabajos históricos del mismo caballero, sobre su empleo de las tijeras y el pegamento (véase el artículo Abonnir).
A pesar de varias negligencias ineptas (entre otras, se reputa a Debord haber "reprochado a Marx... el abandono de la filosofía"), una de ellas especialmente asombrosa (la calificación de una carta firmada y publicada por Gérard Lebovici como "falsamente atribuida" a éste), el libro de Dumontier es mejor. Se trata de un "trabajo de investigación efectuado en el marco de la universidad de Nanterre": agradecimientos, apertura de "nuevos campos de interrogación", no falta nada. Pero esa distancia de investigador universitario permite paradójicamente a Dumontier aproximarse mejor a su objeto: al no estar paralizado por el respeto, llega a algunas constataciones que el otro no se permite en absoluto. Hay sin embargo mucha distancia entre esas constataciones y una comprensión histórica digna de ese nombre.
La primera y más importante de esas constataciones es que, con respecto a las ambiciones afirmadas, la IS ha fracasado en una parte amplia de su tarea histórica, una parte que ella misma consideraba justamente como central: contribuir a la construcción de un movimiento revolucionario moderno. De ese hecho, Dumontier ofrece una explicación sobre el modelo tautológico habitual: la IS ha fracasado porque no ha triunfado (a la hora de extender su influencia fuera del medio estudiantil, de renovarse teóricamente, etc.). Sería más interesante y concreto decir, no por qué fracasó la IS (si se permanece en este nivel de generalidad, se puede uno contentar con incriminar la debilidad del movimiento social en su conjunto), sino por qué fracasó de esa manera, entre todas las maneras de fracasar posibles. Esto es tanto más digno de atención cuanto que la IS logró efectivamente evitar el fin habitual de las vanguardias: el envejecimiento confortable. Éxito relativo que no puede ser presentado como nec plus ultra más que al precio de un triunfalismo que Debord reafirmaba todavía en 1979, y según el cual, en la linea de las justificaciones marxistas de la liquidación de la Primera Internacional, el poder del movimiento revolucionario hacía inútil en adelante la existencia de una organización separada. De hecho, la justificación histórica válida de la disolución de la IS no era otra, al igual que en el caso de muchas exclusiones anteriores, que constituir una medida defensiva obligada: en la posición debilitada y expuesta en la que se encontraba en los años 1970-71, era la mejor manera de limitar los daños. Era preciso descolgarse, rápido y bien, so pena de terminar vergonzosamente. Pero, ¿cómo se había llegado a eso? ¿Qué podría haberse intentado de otra manera, con resultados también diferentes, etc.? Además del interés que puedan tener para quien quiera llevar a cabo hoy día una acción histórica, esas cuestiones no son vanas. Porque aun cuando es poco probable que el curso de la historia hubiese cambiado fundamentalmente, es cierto que otra manera de proceder, dejando menos espacio a ese "rigorismo que se santifica a sí mismo" cuya influencia ha sido tan nefasta, habría podido al menos dejar al porvenir un ejemplo más utilizable. La parte de malentendido inevitable en toda influencia histórica se ha vuelto por el contrario verdaderamente exorbitante debido a la persistente insuficiencia de la crítica a la mitología situacionista. (Uno de los textos más concretos en ese sentido es el "Comunicado a propósito de Vaneigem" de diciembre 1970.)
Dumontier ofrece algunos elementos para responder a estas cuestiones, pero no los reúne en un verdadero análisis histórico. Señala así, a propósito de la "Definición mínima de las organizaciones revolucionarias" adoptada en 1966, que "esa definición está concebida de tal forma que se trata finalmente de la autoproclamación de la IS como la única organización revolucionaria moderna". El problema era más bien, como se vio enseguida, que, en tanto que "modelo teórico", esa definición era igualmente inadecuada a lo que la propia IS era entonces, y a lo que tenía que hacer. La IS había afirmado de muchas maneras que quería contribuir a la construcción de un nuevo movimiento revolucionario, cuya formación dependía, según ella, del progreso de la autoorganización de los proletarios, y de la unificación teórica y práctica hecha así posible. (Por otro lado, esto había cohabitado siempre en sus formulaciones con algunas concepciones mucho menos históricas.) Pero con esa "definición mínima", la IS se ponía implícitamente a sí misma en el lugar de la organización revolucionaria futura de la que había hablado. Se promovía así una desdialectización de la actividad crítica (fijación de la organización en un presente admirable, desinserción del movimiento histórico real), que progresivamente iba a esterilizar, en la IS y en torno a ella, la invención teórica y práctica.
Criticando la política sin preocuparse mucho de sus medios de realización revolucionaria (más que bajo la forma lejana de los Consejos obreros), la teoría situacionista permaneció subdesarrollada en todo lo que concernía a la táctica, la búsqueda de mediaciones, tanto exteriores (el proceso de encuentro de una teoría radical en formación y una práctica radical fragmentaria e incompleta) como interiores (los métodos de organización que favorecen la apropiación coherente de la crítica). El mito de una fusión total de la teoría y de la práctica, supuestamente realizada en el interior de la IS, y su corolario "histórico", una revolución que iba a realizar de un solo golpe esa fusión a escala de la sociedad, gravó pesadamente el desarrollo de una inteligencia precisa de lo que los situacionistas tenían que realmente hacer juntos. Como decía Brecht: "¿Qué es un comportamiento democrático? Un comportamiento tal que hace la democracia posible, no uno que enseña la democracia". Y cuatro años después de esa famosa "definición mínima", los que se pronunciaron contra todo conservadurismo de la imagen gloriosa de la IS estarán todavía reclamando "una definición exacta de la actividad colectiva en la organización Internacional Situacionista, y de su democracia efectivamente posible" (Debord, Riesel, Viénet, Declaración del 11 de noviembre 1970).
Los problemas planteados por Debord, ya en dos ocasiones (informe a la 7ª conferencia de la IS, tesis sobre la organización de abril 1968), se encontraron tras la crisis revolucionaria de mayo, no sólo inalterados, sino agravados. El propio éxito de la IS durante esas jornadas, es decir su capacidad para comunicar los principales puntos de su programa en el momento de su verificación histórica, le planteaban en efecto nuevos problemas, que venían a complicar los antiguos, todavía irresueltos. En el periodo inmediatamente posterior a Mayo 68, la IS se encontró a la vez ante la victoria de sus ideas y ante la derrota de su modo de organización (por otra parte, éste había sido de hecho suspendido en mayo, y es justamente eso lo que había permitido a la IS una cierta eficacia). La extremada lentitud de maduración de la crisis latente a partir de 1966 manifiesta sobre todo, más allá de los problemas "intersubjetivos", la dificultad de poner concretamente en relación las carencias observadas con un análisis de las nuevas tareas de la actividad crítica, y del modo en que todo lo que había servido en el pasado al proyecto de la IS ahora lo perjudicaba. Limitarse a las deficiencias diversas de aquellos que no estaban a la altura de la imagen de la IS, no hacía en esas condiciones más que perpetuar esa imagen que era necesario arruinar. Lo que debía ser redefinido históricamente tras el movimiento de mayo, en función de las nuevas necesidades revolucionarias y de la nueva relación de fuerzas, era el criterio para juzgar las deficiencias y las capacidades, y eso pasaba por borrar numerosos rasgos que la IS había debido desarrollar hasta entonces, abandonando ante todo un determinado estilo "alborotador", que no venía realmente a cuento en ese momento en que la tierra comenzaba a temblar.
La parte de bluff que había sido útil a la IS para hacerse escuchar no revelaba evidentemente una vulgar impostura, sino más bien una anticipación dialéctica que Stanislaw Jerzy Lec definía lapidariamente así: "¿Tenemos derecho a separarnos de la verdad? Sí, si es para adelantarnos a ella". Habría que añadir: y si se hace de manera que uno se deje luego alcanzar por ella. Pues la anticipación no sirve más que un tiempo, o más bien lo que se trata de anticipar varía con el tiempo, y los antiguos atajos se convierten en plazas de garaje. Para que su adelanto sobre su tiempo no se convirtiese en un adelanto de especialistas, rechazando por ejemplo la exigencia de universalidad de la comunicación que había fundado su proyecto contra las artes oficiales de la no comunicación, y reeditando así la esclerosis del surrealismo, la IS debía imperativamente, tras las jornadas de Mayo, renovar su programa de comienzos de los 60 -no tomando"en consideración más que problemas que están ya en suspenso en toda la población" - y a partir de ahí hacer un corte tajante en sus viejas ideas y métodos, sajar sin piedad todo lo que en sus formulaciones no había sido más que promesa vana y vaticinio inútil. Ciertamente, no había estado mal exhibir en una fase anterior, con lo que comportaba eso de irrealismo aparente, un escandaloso aplomo antipolítico, basado en la certidumbre de la simplificación revolucionaria posible de todos los problemas; certidumbre que se basaba ella misma en la experiencia, constitutiva de la IS, de un diálogo entre individuos autónomos que desprecian soberbiamente todos los problemas de la sociedad dominante para plantear la cuestión del empleo de la vida, y responderla con la reivindicación de su pleno empleo por el juego, la creación ininterrumpida, la realización del arte. Los primeros situacionistas se habían hecho capaces así de formular un nuevo programa revolucionario: si hubiesen estado más atentos a los medios de su realización, no hubiesen podido formular tan libremente los objetivos. En ese momento, la afirmación tajante de un programa total era en sí misma un medio (de seducción, de convocatoria) y para lo demás bastaba con la referencia vaga a la radicalidad de los obreros revolucionarios. Todas esas cualidades propias de un momento debían no obstante ser transformadas en su contrario por el movimiento histórico cuando, por una parte, la simple proclamación de un programa total, en adelante difundido en mayor medida, quedaba sin utilización excepto para "ahorrarse todas las fatigas y todos los pequeños riesgos históricos de la realización" (Comunicado a propósito de Vaneigem); y por otra los problemas de la sociedad dominante, con la frenética descomposición de la vida como supervivencia, no podían ser ignorados más tiempo (en nombre de la vida por construir más allá) sin privar al proyecto revolucionario de todo contenido concreto y universal. La simplificación radical de los problemas, como método y como programa, se convertía en una grosera mistificación, caricatura de totalidad e imagen consoladora de un porvenir donde "los problemas vulgares de la sociedad real y de la revolución serán instantáneamente abolidos antes incluso de haber tenido el disgusto de considerarlos" (ibid.). Del mismo modo, la audaz convicción del papel histórico central de la IS se convertía en la confortable certidumbre de ser la unidad de medida del arte de vivir, el centro a partir del cual ascendía aumentaba o disminuía el valor del resto de los seres humanos, medidos, como lo hace un esnobismo cualquiera, por su parecido más o menos fiel con lo que la IS presumía de ser, en definitiva con sus convenciones.
El error central de la IS tras mayo 68 fue querer reforzarse (por medio de la extensión cuantitativa y también de la perpetuación complaciente, ante el público que tenía entonces, de un estilo cuyo dominio exhibido casi no reposaba más que sobre el propio Debord), sin haber efectuado previamente la crítica de su pasado y la redefinición de sus tareas para el periodo por venir. Ese "error sobre la organización" era también un "error completo sobre las condiciones de la práctica histórica", como lo demostró la irrealidad por la que siguieron estando marcados los debates internos de la IS desde 1969 hasta el final: entre la mayor parte de sus participantes y su comprensión de las nuevas condiciones, de lo que cada uno podía hacer en ellas, se interponía la ficción de su supuesta excelencia en tanto que miembros de la IS. La superación prometida del leninismo se transformaba en regresión, estando envenenadas la actividad y la vida de la IS no sólo por la realidad de hecho poco igualitaria de las relaciones internas, sino sobre todo por su negación mágica de la organización, que obstaculizaba la autoformación de los individuos en la actividad colectiva, la única susceptible justamente de reducir las desigualdades.
En el apólogo de Gracián sobre "la realidad y la apariencia", el pavo ve cómo se reconoce su derecho a ostentar la belleza de su plumaje a condición de "girar los ojos al mismo tiempo hacia la deformidad de sus pies". El imperativo para la IS de hacer público la parte de fracaso y de miseria de sus primeras tentativas, no era ciertamente un imperativo moral, sino práctico e histórico: sólo así habría podido, a la vez e indisociablemente, minar el seguidismo tontamente admirativo de muchos partidarios, y acudir ella misma al encuentro de los nuevos problemas y de las condiciones más complejas de la lucha revolucionaria. La propensión dogmática a juzgar la historia con referencia a una norma situada fuera de ella (teleología consejista, por ejemplo) llevaba muy a menudo, en la IS y a su alrededor, a considerar el movimiento de subversión, entonces muy activo, bajo el ángulo exclusivo de su retraso con relación al programa situacionista, sin querer ver que ese movimiento constituía al mismo tiempo la crítica del programa (de su generalidad devenida abstracta); como si el movimiento de subversión no tuviese en el futuro más que recorrer el camino que el programa le había trazado, en definitiva como si la teoría de la revolución no tuviese nada que aprender del movimiento revolucionario real.
Existe evidentemente un lazo necesario entre la lucidez sobre las tareas determinadas y el programa táctico de la actividad revolucionaria de un momento concreto, por un lado, y, por otro, la capacidad de organizar en función de esto un verdadero trabajo colectivo. Ese lazo aparece -negativamente- en la doble impotencia de la IS tras el 68: impotencia para discernir los terrenos y los objetivos concretos propicios a la unificación y a la radicalización, impotencia para encontrar las formas de colaboración entre individuos con capacidades necesariamente muy distintas, incluso francamente desiguales. El hecho de que la IS no fuese ya capaz desde entonces, mediante el desarrollo y el enriquecimiento de su actividad, de formar situacionistas, condujo a valorizar abusivamente aquello que, en las cualidades que habían sido necesarias para formar la IS, era justamente lo menos transmisible: hacerse situacionista como Debord no podía ser para los recién llegados más que una imposibilidad absoluta o un simulacro grotesco. El predominio del estilo y los gustos de un individuo -además inclinado a prestarlos generosamente a los que le rodeaban, antes de retirárselos brutalmente- debía ser tanto más aplastante cuanto que las razones históricas de la actividad colectiva se perdían, junto al sentido de la afirmación activa de lo universal.
Debord buscó sin duda sinceramente convertir a la IS en la organización antijerárquica y democrática que ésta había dicho ser: sus intervenciones de 1966 a 1972 dejan claro que no estaba preocupada en lo más mínimo por perpetuar su preeminencia, más bien al contrario, y que había comprendido en aquel momento mejor que nadie lo que estaba en juego. La explicación de su fracaso en este punto debe, por tanto, buscarse en el carácter mismo de su genio, tal y como lo había formado durante su historia singular, y en la relación cambiante de ese "elemento activo que pone en movimiento acciones universales" con las condiciones también móviles donde pudo ejercerse. El problema del que se trata en última instancia es el del traslado de los medios y valores procedentes del arte y del proyecto de su realización al terreno de la política. Del mismo modo que la antigua teoría revolucionaria del siglo XIX, surgida de la crítica de la filosofía, había conservado en parte el punto de vista contemplativo del conocimiento exterior (el desarrollo de las fuerzas productivas reemplazando al Espíritu del mundo), lo cual constituyó enseguida la base de su ideologización, la teoría revolucionaria moderna ha conservado algunos rasgos no criticados de la creación artística abandonada, rasgos cuyo efecto retardador fue muy claro tras el 68.
"Quien crea la IS, quien crea situacionistas, ha debido también crear sus defectos". No se puede comprender la actividad de Debord como conductor de la IS sin explicar cómo pudo ser a la vez el mejor crítico de la "mitología situacionista" y su principal artesano; y esto hasta el final, hasta las tesis sobre la Verdadera escisión, donde, junto a observaciones críticas de gran relevancia (en particular sobre el nuevo factor de revuelta constituido por los efectos nocivos), la parte de fracaso de la IS es objeto de una verdadera transfiguración teórica que indisociablemente glorifica lo que finalmente advino y traslada la tarea incumplida al terreno de una continuación subversiva presentada como ineluctable. En un individuo histórico de esa envergadura, semejante incoherencia subjetiva debe ser explicada históricamente, y sin duda no desde el punto de vista de la mezquindad psicológica o moralizante; esa incoherencia debe ser puesta en relación con el movimiento que hizo y deshizo, en la IS, la unidad de las pasiones individuales y de los intereses universales. Esta puesta en perspectiva, de la que sólo se trata aquí de ofrecer algunos elementos, permitirá al mismo tiempo considerar en sus justas proporciones dos hechos que hasta ahora lo habían impedido, fijando a la IS en un pasado admirable: por una parte, el hecho de que el mismo Debord haya logrado transformar de manera destacable la parte de éxito histórico de la operación colectiva en envite individual (es decir que consiguiese, según sus propios términos, "dejar de ser una autoridad en la contestación de la sociedad salvo dentro de la sociedad misma"); por otra, el hecho de que, en función de ese "triunfo" personal seguramente original -como si Marx tras la Comuna y el hundimiento de la Primera Internacional hubiese escrito unas Memorias de ultratumba a su manera-, Debord haya adquirido pronto la tendencia a menospreciar retrospectivamente la parte de fracaso de la IS, que sin embargo él había sentido más vivamente que nadie en su momento, y se haya complacido en santificar la necesidad presentando el resultado del proceso como si hubiese sido un motivo consciente de cabo a rabo (cf. por ejemplo en 1979 el Prefacio a la cuarta edición italiana de "La Sociedad del espectáculo": "... era fácil ver que ese grupo (...) se acercaba entonces" -en 1967- "al punto de vista culminante de su acción histórica").
La dislocación de las bases unitarias de la actividad de la IS tuvo por causa principal, como hemos mencionado más arriba, el desfase creciente entre el programa situacionista, los deseos a los que apelaba, y las nuevas formas adoptadas por la insatisfacción frente al cambio autoritario de todo. No podemos contentarnos no obstante con ver en esa pérdida de munición el efecto de la ley general que Hegel enunciaba fríamente diciendo que los individuos históricos que han alcanzado su objetivo "caen como cartuchos vacíos". En primer lugar porque el objetivo aquí apuntado -romper la unidad social artificial proclamada por el espectáculo- no fue conseguido más que parcialmente: la división de los habitantes de esta sociedad "en dos partidos, uno de los cuales quiere que ésta desaparezca", no tomó ninguna forma duradera (y menos aún podemos considerar como un "éxito" de ese partido, como Debord hacía todavía en 1985, la "quiebra" del mundo existente: todo lo contrario, es la desaparición del partido de la subversión lo que ha permitido a los propietarios de la economía llegar tan lejos en el desastre). En segundo lugar, porque la teoría de la IS, si bien seguía siendo en muchos puntos tributaria de la época -entonces a punto de finalizar- en la que se trataba principalmente para los revolucionarios de transformar el modo de apropiación de las fuerzas productivas (véase el artículo Ab ovo), contenía igualmente, y ahí estaba su punto cualitativo, los elementos propios para desarrollar en esa crítica coherente de todo el sistema productivo que buscaba desde ese momento un rechazo latente al pudrimiento de la vida. Por último, porque no se puede olvidar que, al menos, se buscó entonces en la IS una superación colectiva, y que los problemas afrontados siguen siendo los de toda actividad crítica en el primer momento de su difusión extensiva: por un lado la necesidad de desarrollar su universalidad haciéndola concreta, de definirse tácticamente encontrando nuevos terrenos de intervención y, al mismo tiempo, la necesidad de dominar sus primeros indicios de éxito y la divulgación de las tesis que inevitablemente lleva consigo, en todo caso por otros medios que no sean los de hacer valer la anterioridad de sus primeros agentes subrayando una cualidad nunca inaccesible a los seguidores de su proyecto.
Con la larga crisis final de los años 68-72, se desarrolló como era lógico, en la IS y a propósito suyo, una especie de "nostalgia de los orígenes", es decir, nostalgia del momento en que la radicalidad de su proyecto era directamente practicable en la actividad misma de su formulación: separación violenta con respecto a la cultura separada, enunciación sin concesiones de objetivos entonces totalmente escandalosos, gozosa ruptura con el conformismo de los comportamientos, todo ello marchaba al mismo paso, y deprisa. El estilo general de esa primera brecha se transmitió a las fases siguientes, cada vez más inadaptado o insuficiente pero nunca corregido ni criticado. Al contrario, cuanto más anacrónico era más se mitificaba y aparecía como el "anillo verdadero" del que era preciso asegurarse la posesión para avanzar invencible hacia futuros combates. Pero, en realidad, ya desde antes del 68, todo intento de restaurar la unidad de la actividad crítica en su forma situacionista primitiva no podía ser más que una ilusión retrógrada o una simulación "pro-situacionista". Debord era evidentemente quien había vivido y practicado más auténticamente esa unida perdida: era muy particularmente él quien había sabido, descubriendo el pasaje que unía la voluntad de innovación permanente del arte moderno al programa de una creación consciente de toda la vida, buscar y encontrar su propia satisfacción en la afirmación de los objetivos que cuentan en la historia universal. Por tanto, Debord estaba a la vez mejor colocado que nadie para perpetuar la imagen gloriosa de la IS (lo que, según su propia confesión, hizo durante demasiado tiempo) y para percibir cómo esa imagen se iba convirtiendo en falazmente publicitaria.
El programa situacionista había "salvado" la creación consciente transfiriéndola desde la vieja especialización artística hasta la práctica revolucionaria, y desde la teoría estética de la expresión individual hasta la teoría crítica de la comunicación. Pero ese "salvamento por transferencia" no tuvo -histórica y teóricamente- más que el carácter de una transición. El final de esa transición se manifestó en la propia IS por la conversión de sus medios anteriores en pesados handicaps, y en particular por cómo la voluntad antiestética inicial desembocó luego en una ridícula estetización de la política. Retomando las nociones utilizadas por Walter Benjamin en su ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, podríamos decir que esta estetización es el residuo histórico de la operación por la cual Debord recreó alrededor de la IS el aura que pertenecía a la antigua obra de arte. Y como ha demostrado Benjamin, a la cualidad del aura se oponen las de reproductibilidad y perfectibilidad. Es fácil en todo caso comprobar cómo el valor "ritual" del programa situacionista (revelación de una teoría total, certidumbre sectaria de pertenecer a una comunidad de elegidos, etc.) se ha opuesto efectivamente a su "valor de exposición", es decir, a su capacidad para exponer públicamente objetivos practicables y proposiciones perfectibles por medio de asociaciones polarizadas en torno a luchas y discusiones comunes.
Sería interesante en este sentido (véase el artículo Vanguardias) analizar en detalle todo lo que la mitología de la IS reprodujo del vanguardismo artístico, cómo la IS ha reactivó, para lo mejor y luego para lo peor, bastantes valores y comportamientos venidos del arte moderno que éste había elaborado precisamente en respuesta a la pérdida del aura de las obras; la oscilación entre la negación de la estética y la estetización de lo negativo que ha marcado todo el ciclo desde Baudelaire. Baste con constatar aquí que aunque a la luz del programa de superación del arte (creación libre de situaciones de la vida), había sido de nuevo posible comprender y criticar implacablemente el desarrollo en todo punto contrario de la sociedad dominante, una vez adquirido el principio de verificación práctica del 68, y cuando por su lado el espectáculo emprendía a su modo la realización del arte, un programa de esas características no sólo no permitió afrontar los nuevos problemas planteados por el desarrollo extensivo de la crítica, sino que además impidió su comprensión al prolongar la influencia de ilusiones heredadas del pasado artístico, como la valoración no histórica de la innovación, de la originalidad personal, e incluso del éxito personal y del género de seducción que ejerce. En tanto que teoría de la revolución moderna, la teoría situacionista, formulada sobre la estrecha base de la agitación en y contra la cultura, y llevando encima las marcas de esas condiciones, no podía ser adoptada tal cual -más que de manera puramente formal, al modo de los seguidores diligentes- por el movimiento que nacía entonces sobre bases mucho más amplias, en condiciones que ya habían cambiado; y, dialécticamente, esa teoría no podía convertirse verdaderamente en la expresión general del movimiento real más que desarrollando ella misma su contenido universal y ajustando cuentas con su forma precedente, ese primer surgimiento de un programa subversivo total que guarda "la apariencia de ser la posesión esotérica de algunos individuos" -a falta de lo cual sería la recuperación la encargada, y lo hizo, de dar su propia versión exotérica.
La manera cómo por su lado Debord se enfrentó a la forma caduca, situacionista, de actividad crítica, queda clara si cotejamos dos afirmaciones, una anterior a la crisis de la IS, la otra contemporánea de su desenlace. En 1966 se escribió en el número 10 de la revista, a propósito de la libertad individual a la que conviene devolver a los que con sus incoherencias querrían comprometer un proyecto común: "... que esa libertad sea generalmente pobre es otro problema, sin el cual no habría ninguna necesidad de un proyecto como el de la IS en este momento"; y en 1971 Debord declaraba a los últimos situacionistas todavía reunidos: "en cuanto a nosotros aquí, sólo si no tenemos necesidad de la IS podremos formar parte de ella". Esa afirmación se dirigía a los que tenían necesidad de la IS "para ser personalmente algo", pero parece indicar también positivamente que ya no eran tiempos para quien se había encontrado constantemente en el corazón de la operación, de pensar que "el Yo sin el Nosotros recae en la masa prefabricada" (Potlach, nº1 de la nueva serie, julio 1959). En las tesis de la Verdadera escisión, la unidad de pasiones individuales y de intereses universales se mantenía todavía formalmente (cuando se trataba en realidad de una respuesta individual a la no-superación colectiva) por medio de la hipótesis teórica ad hoc según la cual la liquidación de la IS se correspondía exactamente con las necesidades de un movimiento social más vasto que hacía inútil su existencia en lo sucesivo. (Ahora, el autor de Panegírico habla más bien de los "repugnantes años setenta"). Y es a continuación, al salvar esa unidad deshecha en el recuerdo, cuando Debord se iba a convertir paradójicamente, con su película autobiográfica In girum imus nocte et consumimur igni, en el último artista de una época sin arte. La verdad de la actividad colectiva no puede entonces ser expresada en el lenguaje común de esa actividad, que ya no existe, ni en el de una actividad colectiva superior que la juzgaría, que tampoco existe. Es, pues, el momento de la expresión más irreductiblemente subjetiva, por la cual el juego con el tiempo, que se había identificado con el posible revolucionario de una época, debe retornar al juego de una aventura individual que cierra el bucle del tiempo al encontrar su sentido final en su origen. (Ese regreso será todavía más marcado en 1989. "... lo que ha disgustado de mí, de manera duradera, fue lo que hice en 1952"). Por medio de la constatación de la incomunicación con un público despreciable, la expresión individual reencuentra así algo del arte moderno, la afirmación violenta de la pérdida de todo lenguaje común que había sido efectivamente su punto de partida, pero sin magnificar ya más que retrospectivamente el proyecto de reconquistar la comunidad de diálogo en un proyecto histórico. Ese desprendimiento de toda perspectiva práctica marca de forma más acusada los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, donde la crítica que había sido concebida en relación directa con la praxis del movimiento revolucionario se desarrolla únicamente sobre el plano teórico, sin dejar ningún sitio, ni siquiera como posibilidad, a las experiencias nuevas de luchas prácticas que renacen lentamente bajo diversas formas; y que, desarrollándose ellas mismas independientemente de la teoría crítica de la época anterior, pueden ciertamente parecer poca cosa a ojos de quien continúa esa teoría. Aunque la singularidad altamente reivindicada en el ejercicio de la lucidez crítica no puede comprometer la capacidad de reconocer y calcular la relación de esa crítica con la totalidad a transformar realmente (como lo demuestra por otro lado el carácter tardío de ese balance de los años de contrarrevolución, publicado en un momento en que nuevas contradicciones comenzaban a salir a la luz), sería, no obstante, tan mezquino reprochar a Debord su manera de hacer, teniendo en cuenta la calidad de los resultados históricos, como inadmisible no querer reconocer las necesidades revolucionarias que esa manera de hacer, soberbiamente, descuida.
Solamente en función de esas necesidades podrá comprenderse la historia de la IS, y, eventualmente, escribirse.
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