El # 7 de Amano marca el inicio de la autodisolución de Industrias Mikuerpo en el Movimiento de Resistencia Vírica con una portada muy recordada: un desvío de una viñeta situacionista desviada que exclama: "Cambiaremos el uniforme por el disfraz, nos filtraremos en los medios y reventaremos el espectáculo desde dentro". En este mismo número se inicia la publicación de los escritos de los situacionistas, pobremente traducidos al castellano y en su mayor parte inéditos o dispersos en editoriales alternativas y piratas.
viernes, 25 de marzo de 2011
El Archivo Situacionista Hispano
El # 7 de Amano marca el inicio de la autodisolución de Industrias Mikuerpo en el Movimiento de Resistencia Vírica con una portada muy recordada: un desvío de una viñeta situacionista desviada que exclama: "Cambiaremos el uniforme por el disfraz, nos filtraremos en los medios y reventaremos el espectáculo desde dentro". En este mismo número se inicia la publicación de los escritos de los situacionistas, pobremente traducidos al castellano y en su mayor parte inéditos o dispersos en editoriales alternativas y piratas.
sábado, 14 de agosto de 2010
La vieja inspiración ha muerto. ¡Viva la eterna aspiración!
Dada la situación: lo que conocemos como arte -hablamos por el momento de desarrollos significativos y de contextos sancionados- no ha representado en nuestro siglo otra cosa que la descomposición del modo de vida noroccidental. Cuando ha sido honesto ha podido representar además la suya propia, y ni siquiera en esto logra ya decir nada nuevo. Hemos sacado el arte del museo, lo hemos enfrentado a la tecnología, que es su ruina, hemos introducido en él residuos, mercancías, bombas. Nada ha servido para sacarlo de sí mismo. Continúa la perplejidad. Y lo que es peor: investida de fascinación o de cinismo. ¿Es un puto consuelo? ¿O contiene una promesa? Los especialistas del género hacen girar todo sobre su propio eje: el consuelo es la promesa y la promesa es el consuelo, arte es crítica es arte.
Muchos críticos de arte y otros artistas no ocultan ya la incomodidad que les supone fundamentar una práctica que no admite reglas ni categorizaciones, pues tampoco han sabido asimilar y dar sentido a aquellos desarrollos de la misma que apostaban por su disolución en prácticas colectivas y apropiacionistas en las que se expresa el lado afirmativo de este proceso de descomposición. Éste ha sido el sentido político no realizado de las vanguardias y hacia él apunta su desarrollo dialéctico: el dadaísmo quiso (un grito) afirmar la vida contra el arte; el surrealismo lo hizo a partir de él (un sollozo). La posición elaborada posteriormente por los situacionistas propugnaba sencillamente que el arte nunca hubiera debido ser algo para sí mismo y que era necesario por encima de todo que todo el mundo pudiese hablar.
[1] El objetivo de esta «vanguardia de la descomposición» era la afirmación vital de la experiencia más allá del culto fetichista a la obra de arte. En los casos más coherentes el esfuerzo aplicado a este objetivo asumía tres desplazamientos fundamentales con respecto al ordenamiento tradicional de la experiencia estética: a) el sentido ya no tenía lugar en la obra única y acabada, porque b) no se actualizaba sino en la recepción ni podía completarse sin ella, y, en consecuencia, c) el papel del artista quedaba reducido al ser «la oportunidad del sentido» y no su dios. En sus formulaciones más radicales este programa apostaba por el rechazo de toda especialización en el ámbito de la producción estética, la desprofesionalización del artista y la afirmación de que la potencia creadora reside en todo ser humano y debe ser realizada. Todo desarrollo posterior a las primeras vanguardias tiende a producir desplazamientos y adaptaciones sobre estos tres vértices, y en muchos casos se resuelve en una nueva práctica nacida de las cenizas del viejo arte.
La práctica que los situacionistas opusieron en un principio a la producción de obras más o menos «rompedoras» o «experimentales» para el circuito oficial de las artes era la creación de situaciones, es decir, «la construcción concreta de ambientes momentáneos de la vida y su transformación en una calidad pasional superior». El medio a través del cual pretendían lograr este objetivo era el urbanismo unitario, concebido como la aplicación de todos los recursos estéticos y tecnológicos heredados en la construcción de entornos humanos y la indagación de nuevos comportamientos afectivos ligados a esos entornos mediante actividades como la deriva (tránsito a través de ambientes urbanos diversos) y la psicogeografía (estudio de la influencia de esos entornos cuando son dados o producidos experimentalmente en el comportamiento afectivo de los individuos) (1).
Un proyecto de semejante envergadura sólo podía ser enfrentado mediante una concentración de medios que, como en el caso del cine (la explotación espectacular de la superación de la obra de arte estática), sólo está al alcance del orden capitalista. Las necesidades del sistema productivo generan entornos cada vez más funcionales y cerrados, extremando la tendencia opuesta: se reserva la mayor parte del espacio para el tráfico rodado, mientras se recluye a los individuos, a los que se ha expropiado de sus lugares de tránsito y de encuentro, en cubículos aislados que se amontonan en guetos clasificados o se irradian hacia una periferia olvidada e insalubre, cubículos en los que se despliega, uno a uno y todos a la vez, el mismo programa de condicionamiento a través de las diferentes cadenas y redes que invaden el espacio privado. Si en 1960 el programa del urbanismo unitario ya mostraba perfiles de utopía arquitectónica, desde entonces esta tendencia no ha hecho sino consolidarse y extremar las condiciones de separación: entre el individuo y su entorno, entre el presente y la historia y entre los individuos mismos.
En tales condiciones, los situacionistas no podían desarrollar sino una actividad mínima, restringida a entornos muy pequeños o a producciones modélicas que responderían más bien a una idea de «parque temático» que ha resultado ser una de las expresiones consumadas del capitalismo espectacular. Pero no llevar a la práctica estas propuestas dejaba a la Internacional Situacionista sin nada que hacer, salvo resignarse a haber supuesto una mera posibilidad frustrada o buscar su realización en otro lugar. Esta paradoja, denunciada por Constant desde la misma fundación de la Internacional Situacionista, fue la que suscitó los problemas de definición que derivaron en las agrias discusiones y exclusiones que jalonaron la trayectoria de la Internacional Situacionista, hasta que en 1961 ésta decidió calificar de antisituacionistas a aquellas realizaciones de sus miembros llevadas a cabo en ausencia de las condiciones situacionistas de creación: «El situacionismo no existe, ni la obra de arte situacionista ni ningún otro tipo de espectáculo situacionista. De una vez por todas» (2).
[2] Por sí sola, la desposesión de los medios materiales para intervenir en la construcción de entornos habitables explica el abandono progresivo del proyecto de urbanismo unitario, pero no el radicalismo y la inflexibilidad de la Internacional Situacionista con respecto a la práctica artística de sus miembros. Existe un factor determinante ligado a las nuevas condiciones impuestas por el uso creciente de los medios de comunicación de masas y a la critica de los nuevos modos de relación establecidos por ellos, que adquirió en lo sucesivo un papel central en la teoría: se trata del miedo a la recuperación de la actividad de sus miembros, a su integración en la industria del espectáculo que hubiera convertido su práctica subversiva en un motivo más de la sobrecargada escena artística, (3) procesándola y disolviéndola como había hecho con el surrealismo, cuya «amarga victoria» denunciaron desde su fundación. Uno de los aspectos más importantes de la crítica situacionista reside sin duda en haber definido el nuevo tipo de alienación que impone el tardocapitalismo a través del consumo cultural de imágenes y en haber descrito la enorme capacidad de asimilación y de mistificación que posee el lenguaje abstracto de la mercancía, capaz de transformar en beneficio (propio) cualquier innovación o «exceso de sentido» y de neutralizar toda inquietud social produciendo modelos de identificación para el consumo. A la imposición de un sentido único que imagina la identidad de la obra sobreviviendo a su historicidad como un valor eterno, la producción abundante de mercancías culturales opone la novedad diferencial, por banal o absurda que sea, diluida en un tráfico difuso donde «cada mercancía se justifica por separado en nombre de la grandeza de la producción total de objetos, de la que el espectáculo es el catálogo apologético» (4); de forma que el propio «concepto crítico de espectáculo puede ser también vulgarizado en cualquier fórmula vacía de la retórica sociológico-política para explicar y denunciar todo abstractamente y así servir a la defensa del sistema espectacular» (5).
Se ha criticado este fundamentalismo iconoclasta que asumió la Internacional Situacionista, una vez superado su período heroico, por su «cortedad de miras» y como resultado de las maniobras de un sector de la organización para imponer sus tesis y su línea directiva. Es posible que Debord se tomase a sí mismo y al dadaísmo demasiado ingenuamente en serio cuando se trataba de producir gestos absolutos (obras de arte) capaces de cerrar procesos y abrir mundos, pero en realidad no se trataba tanto de mantener y confirmar a toda costa la afirmación debordiana de los orígenes acerca de la «superación del arte» como de una serie de decisiones tácticas tomadas en función de un determinado contexto actualizador.
La nueva sociedad de masas y de consumo, cada vez más fuertemente mediatizada, imponía este contexto y abría también un nuevo campo de acción donde todavía quedaba mucho por destruir y donde las viejas herramientas de desviación habian quedado anticuadas: con el paso progresivo, en las sociedades modernas, de los modelos concentrados a los dispositivos difusos de imposición de sentido la esfera de influencia de las artes se ha disuelto en la llamada cultura de masas, donde halla una realización inversa en forma de publicidad y entretenimiento y nuevas aplicaciones como tecnología de la conducta. Ningún desarrollo formal en el ámbito artístico escapa al registro espectacular ni a su aplicación mercantil: la producción deliberada de alienación desarrolla desde hace tiempo líneas de investigación autónomas en ese terreno. Ningún contenido de negatividad sustraído a la realidad «real» perturba la indiferencia con que el cuerpo social procesa esas imágenes. Así como la brecha abierta por el desarrollo tecnológico desencadenado entre la acumulación de recursos y su aplicación liberada al conjunto social constituía para Benjamin la amenaza efectiva de la guerra, aquí la inflación de imágenes que los nuevos medios de reproducción permiten e imponen, no hallando una aplicación (actualizadora en un sentido) situacionista, desemboca en la producción técnica de condicionamiento. En vez de incorporar la tecnología en el sentido de sus deseos, el cuerpo social salta en pedazos.
[3] En todo caso no pueden entenderse la trayectoria y el proyecto de la Internacional Situacionista si no es atendiendo a las pretensiones artísticas que ya hay en su origen. En el sentido que los situacionistas daban al concepto desde un primer momento, toda realización revolucionaria en nuestro siglo debía responder de hecho al paradigma de la «realización del arte»; no ya porque, como pretendian los surrealistas, el arte contuviese una carga utópica que habría que socializar, ni porque hubiese de hacerse innecesario con el advenimiento de la sociedad de iguales como interpretaban ciertas corrientes del marxismo, sino sobre todo porque, entre tradicionalismo agotado y modernidad inconclusa, el proceso revolucionario carece de modelos fijos de aplicación y exige de los individuos socialmente organizados una autonomía que en sí misma supone disposición y capacidad creadora. Como señalan Clarck y Nicholson-Smith [6] al valorar su experiencia en la Internacional Situacionista, «fue la cuestión "artística", para decirlo crudamente -la presión continuada sobre la cuestión de las formas representacionales en política y vida cotidiana, y la negativa a cancelar la cuestión abierta entre representación y apropiación-, la que hizo que su política fuese un arma mortal en algún momento». El proyecto de la Internacional Situacionista no se agotaba por tanto ni en su propia afirmación imposible ni en la pura negación del orden cultural existente -ni en su faceta «artística» ni en su dimensión «política»-, sino que extraía su fuerza de la reintegración de ambas esferas, fuesen cuales fuesen su alcance y sus medios.
En el tremendo elogio de sí mismo que publica al final de su vida, Debord declara: “Al fin y al cabo era la poesía moderna, de los últimos cien años, lo que nos habla llevado allí. Éramos unos cuantos los que pensábamos que había que ejecutar su programa en realidad; y no hacer, en cualquier caso, ninguna otra cosa más”. Pero no es sólo como marco de inspiración o como programa, seguramente amañado desde su origen, como la poesía pudo servir a los propósitos de la Internacional Situacionista, sino también como una herramienta política fundamental de la que se sirvieron para extender el desorden. Esta aplicación era muy consciente por parte de Debord, que confiesa a continuación: «A veces ha causado asombro [...] descubrir la atmósfera de odio y maledicencia que me ha rodeado constantemente y, en la medida de lo posible, me ha disimulado. Algunos piensan que es debido a la grave responsabilidad que a menudo se me ha atribuido en los orígenes, o incluso en el mando, de la revuelta de mayo de 1968. Más bien creo que lo que de una manera duradera no ha gustado de mí fue lo que hice en 1952» [7]. Lo que Debord hizo en esa fecha, bastante antes de que la Internacional Situacionista se constituyese, fue una «película» titulada Hurlements en favour de Sade, que se presentaba como la clausura de la última de las artes que había entrado en escena, y por tanto fin del arte moderno, y que era de hecho la construcción de una situación real a partir de una crítica en actos de la penetración y la aplicación del cine en la vida cotidiana. [8]
Resulta inquietante ver cómo la descomposición no ha dejado de intensificarse desde entonces y cómo la expresión de esto ha quedado hasta tal punto desarmada. Nada ha ocurrido en la esfera de las artes separada desde el segundo asalto al sistema dominante de valores que supuso la maniobra situacionista de superación del arte, ni podría buscarse ya esa emergencia dentro de los salones [9]. Por el contrario, hoy cabe hablar incluso de la generalización de «signos de descomposición de las artes» en la propia cultura de masas; y si estos fenómenos se agotasen en sí mismos tendríamos todavía que inquietarnos por el reflejo creciente que esta crisis de la representación está alcanzando en el de la participación política, sobre todo entre quienes peor han sabido corresponder a su papel. Pues a poco que indagásemos en ella veríamos que no se deriva tanto de un desgaste objetivo del signo debido a su uso desmesurado y gratuito como de una crisis de los marcos de relación. Por eso, resultaría más inquietante sin duda ver efectivamente realizado este sueño de participación creadora en la comunicación efectiva de los individuos. En la recuperación del sentido del juego como actividad no alienada, donde ningún tipo de «competencia» establezca jerarquías ni intereses mezquinos. En la experimentación por parte de grupos humanos de otros paradigmas realizativos de espaldas a los estereotipos del espectáculo: en la ocupación, pero no como una tendencia estética o como una forma de habitar nomádicamente las grietas, sino como reclamación transversal de todos los aspectos que definen nuestra existencia y como apropiación por el uso de todas las estructuras existentes; y en la acción, pero no entendida como un género excéntrico y generalmente hermético de representación artística ni como el valor atélico y abstracto que dicta la publicidad de refrescos, sino como intervención inteligente «en roblones y junturas ocultas que es preciso conocer» (Benjamin); en la recomposición, en definitiva, de un movimiento que en la relectura actualizada del viejo arte moderno supiese extraer su propia autonomía.
Esto significaría que existe una base firme para salir del subsuelo, hacia donde todos miran en tiempos de inquietud, y emprender el tercer asalto al sistema de valores dominante, la realización y la supresión de la política, armados con los errores del pasado. Del mismo modo que nadie se salva solo ni en las torres de marfil ni en los sótanos de bohemia, la «superación de arte» no puede ser producto de gestos aislados y de decisiones de un sólo individuo. Este relato no lo escriben los dioses ni los autores, lo liberan desde dentro sus protagonistas, y está hecho de ensayo y error, de emergencias e interrupciones, de oportunidades.
NOTAS
(1) Esta definición, que sirvió como punto de partida en los debates posteriores, se basa en los 11 puntos de la «Declaración de Amsterdam» (Constant-Debord, Internationale Situationniste, # 2).
(2) “La Quinta Conferencia de la Internacional Situacionista en Góteborg”, Internationale Situationniste, # 7, abril, 1962.
(3) «No quiero decir que haya que dejar de pintar, de escribir, etc. No quiero decir que eso no tenga valor. Ni que podamos continuar existiendo sin hacerlo. Pero sabemos que la sociedad invadirá todo eso para utilizarlo contra nosotros.» (Attila Kotányi, intervención en la «Quinta Conferencia de la Internacional Situacionista en Góteborg»).
(4) La sociedad del espectáculo, tesis 65.
(5) Id., tesis 203.
(6) T.J. Clarck & Donald Nicholson-Smith, “Why Art Can't Kill Situationist International?”, October, # 79, 1997.
(7) Guy Debord (1993), Panegírico, I (Acuarela Libros, Madrid, 1999).
(8) El texto de la banda sonora en castellano de José Antonio Sarmiento Aullidos por Sade puede hallarse en Banda Aparte # 14-15. En este mismo número, se encuentra una aproximación al sentido de esta película en la filmografía de Debord y en la historia del cine: Luis Navarro, «Recuperación de la aventura».
(9) En la última feria de Arco (febrero, 1999), 12 personas con máscaras del múltiplo Luther Blissett interrumpieron la recepción mediática a la infanta Cristina para leer una convocatoria de huelga de arte para los años 2000-01, captando en pocos segundos la atención de los visitantes y de los medios presentes. Al día siguiente el diario El Mundo titulaba su información: «Arco se inaugura sin muestras de rebeldía», y como todos los demás diarios desplegaba su dossier (“Oh La La”) lleno de las habituales reseñas escritas un día antes de la inauguración.
[Publicado en 1999 en la revista Archipiélago, # 39].
martes, 10 de agosto de 2010
Compendio
Un compendio es, según el diccionario Littré de la lengua francesa, "la reducción de una gran obra en otra más pequeña". Marx tenía así el proyecto, que desgraciadamente no llegó a ejecutar, de resumir a su manera la Lógica de Hegel, con el fin de hacerla accesible a los proletarios de su tiempo. El compendio no está como tal destinado a la pobreza del digest, pero solicita del abreviador unas cualidades que en general aquellos que las poseen prefieren consagrar a otras tareas.
La Internacional Situacionista y su actuación histórica han sido objeto de dos libros recientes en francés (Jean-François Martos, Historia de la Internacional Situacionista, París, 1989; Pascal Dumontier, Los situacionistas y Mayo 68, París 1990). Esas obras tienen al menos la importancia que deben a su objeto: la IS ha sido, en efecto, durante el periodo que ha visto en Francia modernizarse rápidamente a la dominación, el principal intento colectivo de formular y comunicar una crítica de las nuevas condiciones que se instalaban, e indiscutiblemente el más consecuente. Para comprobar esto basta ciertamente con volver a los doce números de la revista IS publicados de 1958 a 1969. Pero los trabajos históricos, puesto que hay trabajos históricos, pueden aprovechar el tiempo transcurrido y la distancia abierta para analizar el desarrollo de esa actividad crítica en su relación con el movimiento histórico real del que pretendía ser la expresión teórica general; y evaluar por ejemplo, a la luz de su devenir efectivo, qué fue del adelanto que pensaba tener sobre su época (un modelo de análisis de este género continúa siendo el texto de Karl Korsch, Marxismo y filosofía).
Antes de examinar cuál es en este sentido el valor de las dos obras en cuestión, evoquemos un problema al que estos historiadores no prestan ninguna atención, y que parece sin embargo de importancia capital para su propósito. La crítica situacionista fue concebida en su origen para imponer, en una "carrera de velocidad" con el poder, un uso emancipador de las nuevas técnicas desarrolladas por éste (veinte años después, Debord definía todavía ese período como el de un "enfrentamiento sobre el cambio"). Sabiéndose "a la fuerza sobre la misma ruta que sus adversarios" -el camino del cambio completo de todo el viejo edificio burgués-, la IS quería "difundir otra idea de felicidad" poniendo por delante "ciertos valores nuevos de la vida": el tránsito rápido, el extravío, el olvido. Pues como señalaba Debord en 1957 a propósito del surrealismo, "no se trata, para una empresa de esta naturaleza, de tener razón en términos absolutos o relativos, sino de conseguir catalizar durante un tiempo determinado los deseos de una época". Es forzoso constatar que en lo que concierne a la I.S. ese lapso de tiempo fue particularmente breve: más o menos desde "el escándalo de Estrasburgo" en 1966 hasta poco después de mayo del 68. La "nueva época" saludada en 1969 por el número 12 de la revista tendría que haber contemplado la extensión de la crítica situacionista, su puesta en práctica por una corriente revolucionaria, pero nada de eso se produjo. A partir de ese momento, en efecto, y ahí se encuentra probablemente la causa más profunda de la progresiva parálisis práctica de la IS y de sus partidarios entonces numerosos, los deseos de la época, confrontados a la aceleración del cambio autoritario de todo, comenzaron a cristalizarse en torno a valores diferentes y a menudo contrarios a los que había dado preferencia el programa situacionista. Lo que atrajo desde entonces las aspiraciones de la mayoría, cuando no se sometían servilmente a los imperativos de la modernización, era la necesidad evidente y secreta de rescatar de la innovación permanente impuesta la continuidad de la historia humana (su memoria, su lenguaje), y en primer lugar las condiciones elementales de la vida. Nada aclara mejor esta completa inversión de los valores del cambio que cotejar dos afirmaciones firmadas por Debord con más de treinta y cinco años de intervalo: "Todo lo que mantiene cualquier cosa contribuye al trabajo de la policía"; "Cuando ´ser absolutamente moderno´ se ha convertido en la ley especial proclamada por el tirano, lo que el esclavo honesto teme más que nada es que se pueda sospechar de él que está anclado en el pasado".
A través de toda suerte de desorientaciones y mistificaciones difícilmente evitables, progresaba entonces (en Francia a partir de finales de los años sesenta, es decir relativamente tarde) la conciencia de que habiéndose franqueado el punto en el cual la innovación tecnológica podía ser corregida, reorientada en un sentido liberador, se trataba prioritariamente de obstaculizar su carrera insensata. Y aquello en lo que la I.S. había estado por delante de su tiempo -su intento de formular un programa apasionante para el cambio material de las condiciones de vida- se invertía en retraso en la capacidad para dar a la resistencia al supuesto progreso sus razones históricas. Para poner solamente un ejemplo, la perspectiva "del Universo entero asaltado por los Consejos de trabajadores" (IS nº12, septiembre 1969) no era ya la más adecuada para levantar naturalmente muchos entusiasmos, si es que alguna vez lo había hecho, cuando otros más lúcidos en este punto denunciaban ya el pillaje efectivamente en curso del Universo por los dueños de la industria. La realidad de la que debía partir todavía una vez más la crítica teórica era la insatisfacción. Pero para ello habría sido necesario reconocerla bajo las nuevas formas que había adoptado. Por el contrario, la mayor parte de los que adoptaban en aquella época las posiciones de la IS permanecían perfectamente indiferentes a todos esos nuevos problemas, a los que se complacían en juzgar como vanos con el pretexto de que quienes los planteaban lo hacían generalmente en términos muy mal extraídos de diversos arcaísmos ideológicos.
Hay que añadir en este sentido que la explicación histórica dada en 1972 sobre la nulidad de los pro-situs, aunque describe exactamente las condiciones sociales generales que determinaron su adhesión pasiva a lo que se había convertido para ellos en "una ideología absoluta y absolutamente inutilizable", olvida considerar dialécticamente lo que en la teoría y en la práctica de la IS había facilitado semejante adhesión pasiva y semejante inutilidad. Ahora bien, el hecho de que no se impusiesen entonces partidarios de las tesis de la IS capaces de desarrollarlas y hacer de ellas una fuerza práctica, en esa época no obstante tan favorable del post-68, obliga a buscar el obstáculo al desarrollo de la teoría situacionista en el origen de esa teoría, en la valorización del cambio permanente como motor pasional de la subversión, la idea de la riqueza infinita de una vida sin práctica y el descrédito consecuente lanzado sobre el carácter parcial de toda realización positiva. Hablar en este punto de error sería fútil, porque es preciso ver que ese "error" era inevitable, impuesto como estaba por las necesidades de la negación del arte y de la política. Ese trabajo de demolición, con su valorización consecuente de una vida consagrada a lo efímero, era históricamente necesario; y correspondía plenamente al genio personal de Debord. Pero ese trabajo, que depositó en la conciencia de los situacionistas los fundamentos psicológicos del "radicalismo desencarnado" (fenómeno recurrente en la historia de la IS, hasta su fin), no era más que una tarea transitoria, un proceso secundario en el desarrollo general de un movimiento de subversión que no estaba más que en sus comienzos. "Todo proceso parcial tiende a superar sus límites (definidos por su naturaleza) y a imprimir su táctica, su pensamiento, sus consignas y su moral al movimiento histórico entero desencadenado por él. El medio se vuelve contra el fin, la forma contra el contenido" (Trotsky, Nuestras tareas políticas). La experiencia del vacío de la vida cotidiana, el programa de su superación, había sido un tránsito, rápido y desordenado como la juventud pronto perdida, hacia una actividad revolucionaria renovada, pero el tránsito y la velocidad no podían ser la regla de esa actividad: había que inscribirla de alguna forma duradera en la realidad, para que fuese retomada, completada, corregida por un ensanche colectivo. Y los métodos que habían servido para incendiar un terreno (el de la cultura) no servían, o perjudicaban, cuando se trataba de construir otro, el de "una organización revolucionaria de un nuevo género". Evocar todo esto no significa moralizar a posteriori, porque la dificultad para encontrar un terreno de acción concreto y los métodos de trabajo apropiados ha marcado toda la historia de la IS (véase la denuncia periódica del nihilismo pasivo y, simétricamente, de los intentos prematuros de realizaciones positivas) y se hizo plenamente consciente ya antes de 1968 (véase el informe de Debord a la 7ª conferencia de la IS, en junio de 1966), para finalmente desembocar en los votos piadosos del post-68: vaticinios sobre la organización consejista, etc. En realidad, el "objetivo de los situacionistas", "la participación inmediata en una abundancia pasional de la vida, a través del cambio de momentos perecederos deliberadamente acondicionados" (Debord, Tesis sobre la revolución cultural, IS nº1, junio 1958), fue ciertamente alcanzado, pero sólo por Debord, como aventura individual brillantemente conducida, y reafirmada contra la debacle colectiva de la IS.
Martos está evidentemente muy lejos de afrontar esos problemas. Tras haber devanado todo lo posible el hilo de su teleología ("la esencia" estaba ahí desde 1953, y ya no hubo después más que "formulación cada vez más coherente" o "ínfima corrección de ciertas nociones esenciales"), transcrito fastidiosamente las citas y demostrado su virtuosismo en el uso de las comillas, concluye marcialmente: "Las hostilidades continúan". ¿Quién las lleva a cabo, cómo, sobre qué terreno, con qué armas? El historiador no tiene nada que decir a este respecto, ni tampoco sobre lo que podría, aunque fuera indirectamente, tener algo que ver con los problemas del presente: en su pequeño libro amarillo, la historia no existe más que para confirmar el dogma, y esta sarta de confirmaciones representa el único sentido de su libro. Una obra semejante no puede sin duda tampoco servir para fines de vulgarización o de propaganda: es tan aburrida y académica que corre más bien el peligro de alejar a las jóvenes generaciones de la teoría situacionista (está por lo tanto muy por debajo de lo que pudo ser en su día la Historia del surrealismo de Maurice Nadeau). La única función de este pensum [trabajo escolar impuesto como castigo] parece ser, por tanto, la de ilustrar sobreabundantemente el juicio que habíamos expuesto en 1988, a propósito de otros trabajos históricos del mismo caballero, sobre su empleo de las tijeras y el pegamento (véase el artículo Abonnir).
A pesar de varias negligencias ineptas (entre otras, se reputa a Debord haber "reprochado a Marx... el abandono de la filosofía"), una de ellas especialmente asombrosa (la calificación de una carta firmada y publicada por Gérard Lebovici como "falsamente atribuida" a éste), el libro de Dumontier es mejor. Se trata de un "trabajo de investigación efectuado en el marco de la universidad de Nanterre": agradecimientos, apertura de "nuevos campos de interrogación", no falta nada. Pero esa distancia de investigador universitario permite paradójicamente a Dumontier aproximarse mejor a su objeto: al no estar paralizado por el respeto, llega a algunas constataciones que el otro no se permite en absoluto. Hay sin embargo mucha distancia entre esas constataciones y una comprensión histórica digna de ese nombre.
La primera y más importante de esas constataciones es que, con respecto a las ambiciones afirmadas, la IS ha fracasado en una parte amplia de su tarea histórica, una parte que ella misma consideraba justamente como central: contribuir a la construcción de un movimiento revolucionario moderno. De ese hecho, Dumontier ofrece una explicación sobre el modelo tautológico habitual: la IS ha fracasado porque no ha triunfado (a la hora de extender su influencia fuera del medio estudiantil, de renovarse teóricamente, etc.). Sería más interesante y concreto decir, no por qué fracasó la IS (si se permanece en este nivel de generalidad, se puede uno contentar con incriminar la debilidad del movimiento social en su conjunto), sino por qué fracasó de esa manera, entre todas las maneras de fracasar posibles. Esto es tanto más digno de atención cuanto que la IS logró efectivamente evitar el fin habitual de las vanguardias: el envejecimiento confortable. Éxito relativo que no puede ser presentado como nec plus ultra más que al precio de un triunfalismo que Debord reafirmaba todavía en 1979, y según el cual, en la linea de las justificaciones marxistas de la liquidación de la Primera Internacional, el poder del movimiento revolucionario hacía inútil en adelante la existencia de una organización separada. De hecho, la justificación histórica válida de la disolución de la IS no era otra, al igual que en el caso de muchas exclusiones anteriores, que constituir una medida defensiva obligada: en la posición debilitada y expuesta en la que se encontraba en los años 1970-71, era la mejor manera de limitar los daños. Era preciso descolgarse, rápido y bien, so pena de terminar vergonzosamente. Pero, ¿cómo se había llegado a eso? ¿Qué podría haberse intentado de otra manera, con resultados también diferentes, etc.? Además del interés que puedan tener para quien quiera llevar a cabo hoy día una acción histórica, esas cuestiones no son vanas. Porque aun cuando es poco probable que el curso de la historia hubiese cambiado fundamentalmente, es cierto que otra manera de proceder, dejando menos espacio a ese "rigorismo que se santifica a sí mismo" cuya influencia ha sido tan nefasta, habría podido al menos dejar al porvenir un ejemplo más utilizable. La parte de malentendido inevitable en toda influencia histórica se ha vuelto por el contrario verdaderamente exorbitante debido a la persistente insuficiencia de la crítica a la mitología situacionista. (Uno de los textos más concretos en ese sentido es el "Comunicado a propósito de Vaneigem" de diciembre 1970.)
Dumontier ofrece algunos elementos para responder a estas cuestiones, pero no los reúne en un verdadero análisis histórico. Señala así, a propósito de la "Definición mínima de las organizaciones revolucionarias" adoptada en 1966, que "esa definición está concebida de tal forma que se trata finalmente de la autoproclamación de la IS como la única organización revolucionaria moderna". El problema era más bien, como se vio enseguida, que, en tanto que "modelo teórico", esa definición era igualmente inadecuada a lo que la propia IS era entonces, y a lo que tenía que hacer. La IS había afirmado de muchas maneras que quería contribuir a la construcción de un nuevo movimiento revolucionario, cuya formación dependía, según ella, del progreso de la autoorganización de los proletarios, y de la unificación teórica y práctica hecha así posible. (Por otro lado, esto había cohabitado siempre en sus formulaciones con algunas concepciones mucho menos históricas.) Pero con esa "definición mínima", la IS se ponía implícitamente a sí misma en el lugar de la organización revolucionaria futura de la que había hablado. Se promovía así una desdialectización de la actividad crítica (fijación de la organización en un presente admirable, desinserción del movimiento histórico real), que progresivamente iba a esterilizar, en la IS y en torno a ella, la invención teórica y práctica.
Criticando la política sin preocuparse mucho de sus medios de realización revolucionaria (más que bajo la forma lejana de los Consejos obreros), la teoría situacionista permaneció subdesarrollada en todo lo que concernía a la táctica, la búsqueda de mediaciones, tanto exteriores (el proceso de encuentro de una teoría radical en formación y una práctica radical fragmentaria e incompleta) como interiores (los métodos de organización que favorecen la apropiación coherente de la crítica). El mito de una fusión total de la teoría y de la práctica, supuestamente realizada en el interior de la IS, y su corolario "histórico", una revolución que iba a realizar de un solo golpe esa fusión a escala de la sociedad, gravó pesadamente el desarrollo de una inteligencia precisa de lo que los situacionistas tenían que realmente hacer juntos. Como decía Brecht: "¿Qué es un comportamiento democrático? Un comportamiento tal que hace la democracia posible, no uno que enseña la democracia". Y cuatro años después de esa famosa "definición mínima", los que se pronunciaron contra todo conservadurismo de la imagen gloriosa de la IS estarán todavía reclamando "una definición exacta de la actividad colectiva en la organización Internacional Situacionista, y de su democracia efectivamente posible" (Debord, Riesel, Viénet, Declaración del 11 de noviembre 1970).
Los problemas planteados por Debord, ya en dos ocasiones (informe a la 7ª conferencia de la IS, tesis sobre la organización de abril 1968), se encontraron tras la crisis revolucionaria de mayo, no sólo inalterados, sino agravados. El propio éxito de la IS durante esas jornadas, es decir su capacidad para comunicar los principales puntos de su programa en el momento de su verificación histórica, le planteaban en efecto nuevos problemas, que venían a complicar los antiguos, todavía irresueltos. En el periodo inmediatamente posterior a Mayo 68, la IS se encontró a la vez ante la victoria de sus ideas y ante la derrota de su modo de organización (por otra parte, éste había sido de hecho suspendido en mayo, y es justamente eso lo que había permitido a la IS una cierta eficacia). La extremada lentitud de maduración de la crisis latente a partir de 1966 manifiesta sobre todo, más allá de los problemas "intersubjetivos", la dificultad de poner concretamente en relación las carencias observadas con un análisis de las nuevas tareas de la actividad crítica, y del modo en que todo lo que había servido en el pasado al proyecto de la IS ahora lo perjudicaba. Limitarse a las deficiencias diversas de aquellos que no estaban a la altura de la imagen de la IS, no hacía en esas condiciones más que perpetuar esa imagen que era necesario arruinar. Lo que debía ser redefinido históricamente tras el movimiento de mayo, en función de las nuevas necesidades revolucionarias y de la nueva relación de fuerzas, era el criterio para juzgar las deficiencias y las capacidades, y eso pasaba por borrar numerosos rasgos que la IS había debido desarrollar hasta entonces, abandonando ante todo un determinado estilo "alborotador", que no venía realmente a cuento en ese momento en que la tierra comenzaba a temblar.
La parte de bluff que había sido útil a la IS para hacerse escuchar no revelaba evidentemente una vulgar impostura, sino más bien una anticipación dialéctica que Stanislaw Jerzy Lec definía lapidariamente así: "¿Tenemos derecho a separarnos de la verdad? Sí, si es para adelantarnos a ella". Habría que añadir: y si se hace de manera que uno se deje luego alcanzar por ella. Pues la anticipación no sirve más que un tiempo, o más bien lo que se trata de anticipar varía con el tiempo, y los antiguos atajos se convierten en plazas de garaje. Para que su adelanto sobre su tiempo no se convirtiese en un adelanto de especialistas, rechazando por ejemplo la exigencia de universalidad de la comunicación que había fundado su proyecto contra las artes oficiales de la no comunicación, y reeditando así la esclerosis del surrealismo, la IS debía imperativamente, tras las jornadas de Mayo, renovar su programa de comienzos de los 60 -no tomando"en consideración más que problemas que están ya en suspenso en toda la población" - y a partir de ahí hacer un corte tajante en sus viejas ideas y métodos, sajar sin piedad todo lo que en sus formulaciones no había sido más que promesa vana y vaticinio inútil. Ciertamente, no había estado mal exhibir en una fase anterior, con lo que comportaba eso de irrealismo aparente, un escandaloso aplomo antipolítico, basado en la certidumbre de la simplificación revolucionaria posible de todos los problemas; certidumbre que se basaba ella misma en la experiencia, constitutiva de la IS, de un diálogo entre individuos autónomos que desprecian soberbiamente todos los problemas de la sociedad dominante para plantear la cuestión del empleo de la vida, y responderla con la reivindicación de su pleno empleo por el juego, la creación ininterrumpida, la realización del arte. Los primeros situacionistas se habían hecho capaces así de formular un nuevo programa revolucionario: si hubiesen estado más atentos a los medios de su realización, no hubiesen podido formular tan libremente los objetivos. En ese momento, la afirmación tajante de un programa total era en sí misma un medio (de seducción, de convocatoria) y para lo demás bastaba con la referencia vaga a la radicalidad de los obreros revolucionarios. Todas esas cualidades propias de un momento debían no obstante ser transformadas en su contrario por el movimiento histórico cuando, por una parte, la simple proclamación de un programa total, en adelante difundido en mayor medida, quedaba sin utilización excepto para "ahorrarse todas las fatigas y todos los pequeños riesgos históricos de la realización" (Comunicado a propósito de Vaneigem); y por otra los problemas de la sociedad dominante, con la frenética descomposición de la vida como supervivencia, no podían ser ignorados más tiempo (en nombre de la vida por construir más allá) sin privar al proyecto revolucionario de todo contenido concreto y universal. La simplificación radical de los problemas, como método y como programa, se convertía en una grosera mistificación, caricatura de totalidad e imagen consoladora de un porvenir donde "los problemas vulgares de la sociedad real y de la revolución serán instantáneamente abolidos antes incluso de haber tenido el disgusto de considerarlos" (ibid.). Del mismo modo, la audaz convicción del papel histórico central de la IS se convertía en la confortable certidumbre de ser la unidad de medida del arte de vivir, el centro a partir del cual ascendía aumentaba o disminuía el valor del resto de los seres humanos, medidos, como lo hace un esnobismo cualquiera, por su parecido más o menos fiel con lo que la IS presumía de ser, en definitiva con sus convenciones.
El error central de la IS tras mayo 68 fue querer reforzarse (por medio de la extensión cuantitativa y también de la perpetuación complaciente, ante el público que tenía entonces, de un estilo cuyo dominio exhibido casi no reposaba más que sobre el propio Debord), sin haber efectuado previamente la crítica de su pasado y la redefinición de sus tareas para el periodo por venir. Ese "error sobre la organización" era también un "error completo sobre las condiciones de la práctica histórica", como lo demostró la irrealidad por la que siguieron estando marcados los debates internos de la IS desde 1969 hasta el final: entre la mayor parte de sus participantes y su comprensión de las nuevas condiciones, de lo que cada uno podía hacer en ellas, se interponía la ficción de su supuesta excelencia en tanto que miembros de la IS. La superación prometida del leninismo se transformaba en regresión, estando envenenadas la actividad y la vida de la IS no sólo por la realidad de hecho poco igualitaria de las relaciones internas, sino sobre todo por su negación mágica de la organización, que obstaculizaba la autoformación de los individuos en la actividad colectiva, la única susceptible justamente de reducir las desigualdades.
En el apólogo de Gracián sobre "la realidad y la apariencia", el pavo ve cómo se reconoce su derecho a ostentar la belleza de su plumaje a condición de "girar los ojos al mismo tiempo hacia la deformidad de sus pies". El imperativo para la IS de hacer público la parte de fracaso y de miseria de sus primeras tentativas, no era ciertamente un imperativo moral, sino práctico e histórico: sólo así habría podido, a la vez e indisociablemente, minar el seguidismo tontamente admirativo de muchos partidarios, y acudir ella misma al encuentro de los nuevos problemas y de las condiciones más complejas de la lucha revolucionaria. La propensión dogmática a juzgar la historia con referencia a una norma situada fuera de ella (teleología consejista, por ejemplo) llevaba muy a menudo, en la IS y a su alrededor, a considerar el movimiento de subversión, entonces muy activo, bajo el ángulo exclusivo de su retraso con relación al programa situacionista, sin querer ver que ese movimiento constituía al mismo tiempo la crítica del programa (de su generalidad devenida abstracta); como si el movimiento de subversión no tuviese en el futuro más que recorrer el camino que el programa le había trazado, en definitiva como si la teoría de la revolución no tuviese nada que aprender del movimiento revolucionario real.
Existe evidentemente un lazo necesario entre la lucidez sobre las tareas determinadas y el programa táctico de la actividad revolucionaria de un momento concreto, por un lado, y, por otro, la capacidad de organizar en función de esto un verdadero trabajo colectivo. Ese lazo aparece -negativamente- en la doble impotencia de la IS tras el 68: impotencia para discernir los terrenos y los objetivos concretos propicios a la unificación y a la radicalización, impotencia para encontrar las formas de colaboración entre individuos con capacidades necesariamente muy distintas, incluso francamente desiguales. El hecho de que la IS no fuese ya capaz desde entonces, mediante el desarrollo y el enriquecimiento de su actividad, de formar situacionistas, condujo a valorizar abusivamente aquello que, en las cualidades que habían sido necesarias para formar la IS, era justamente lo menos transmisible: hacerse situacionista como Debord no podía ser para los recién llegados más que una imposibilidad absoluta o un simulacro grotesco. El predominio del estilo y los gustos de un individuo -además inclinado a prestarlos generosamente a los que le rodeaban, antes de retirárselos brutalmente- debía ser tanto más aplastante cuanto que las razones históricas de la actividad colectiva se perdían, junto al sentido de la afirmación activa de lo universal.
Debord buscó sin duda sinceramente convertir a la IS en la organización antijerárquica y democrática que ésta había dicho ser: sus intervenciones de 1966 a 1972 dejan claro que no estaba preocupada en lo más mínimo por perpetuar su preeminencia, más bien al contrario, y que había comprendido en aquel momento mejor que nadie lo que estaba en juego. La explicación de su fracaso en este punto debe, por tanto, buscarse en el carácter mismo de su genio, tal y como lo había formado durante su historia singular, y en la relación cambiante de ese "elemento activo que pone en movimiento acciones universales" con las condiciones también móviles donde pudo ejercerse. El problema del que se trata en última instancia es el del traslado de los medios y valores procedentes del arte y del proyecto de su realización al terreno de la política. Del mismo modo que la antigua teoría revolucionaria del siglo XIX, surgida de la crítica de la filosofía, había conservado en parte el punto de vista contemplativo del conocimiento exterior (el desarrollo de las fuerzas productivas reemplazando al Espíritu del mundo), lo cual constituyó enseguida la base de su ideologización, la teoría revolucionaria moderna ha conservado algunos rasgos no criticados de la creación artística abandonada, rasgos cuyo efecto retardador fue muy claro tras el 68.
"Quien crea la IS, quien crea situacionistas, ha debido también crear sus defectos". No se puede comprender la actividad de Debord como conductor de la IS sin explicar cómo pudo ser a la vez el mejor crítico de la "mitología situacionista" y su principal artesano; y esto hasta el final, hasta las tesis sobre la Verdadera escisión, donde, junto a observaciones críticas de gran relevancia (en particular sobre el nuevo factor de revuelta constituido por los efectos nocivos), la parte de fracaso de la IS es objeto de una verdadera transfiguración teórica que indisociablemente glorifica lo que finalmente advino y traslada la tarea incumplida al terreno de una continuación subversiva presentada como ineluctable. En un individuo histórico de esa envergadura, semejante incoherencia subjetiva debe ser explicada históricamente, y sin duda no desde el punto de vista de la mezquindad psicológica o moralizante; esa incoherencia debe ser puesta en relación con el movimiento que hizo y deshizo, en la IS, la unidad de las pasiones individuales y de los intereses universales. Esta puesta en perspectiva, de la que sólo se trata aquí de ofrecer algunos elementos, permitirá al mismo tiempo considerar en sus justas proporciones dos hechos que hasta ahora lo habían impedido, fijando a la IS en un pasado admirable: por una parte, el hecho de que el mismo Debord haya logrado transformar de manera destacable la parte de éxito histórico de la operación colectiva en envite individual (es decir que consiguiese, según sus propios términos, "dejar de ser una autoridad en la contestación de la sociedad salvo dentro de la sociedad misma"); por otra, el hecho de que, en función de ese "triunfo" personal seguramente original -como si Marx tras la Comuna y el hundimiento de la Primera Internacional hubiese escrito unas Memorias de ultratumba a su manera-, Debord haya adquirido pronto la tendencia a menospreciar retrospectivamente la parte de fracaso de la IS, que sin embargo él había sentido más vivamente que nadie en su momento, y se haya complacido en santificar la necesidad presentando el resultado del proceso como si hubiese sido un motivo consciente de cabo a rabo (cf. por ejemplo en 1979 el Prefacio a la cuarta edición italiana de "La Sociedad del espectáculo": "... era fácil ver que ese grupo (...) se acercaba entonces" -en 1967- "al punto de vista culminante de su acción histórica").
La dislocación de las bases unitarias de la actividad de la IS tuvo por causa principal, como hemos mencionado más arriba, el desfase creciente entre el programa situacionista, los deseos a los que apelaba, y las nuevas formas adoptadas por la insatisfacción frente al cambio autoritario de todo. No podemos contentarnos no obstante con ver en esa pérdida de munición el efecto de la ley general que Hegel enunciaba fríamente diciendo que los individuos históricos que han alcanzado su objetivo "caen como cartuchos vacíos". En primer lugar porque el objetivo aquí apuntado -romper la unidad social artificial proclamada por el espectáculo- no fue conseguido más que parcialmente: la división de los habitantes de esta sociedad "en dos partidos, uno de los cuales quiere que ésta desaparezca", no tomó ninguna forma duradera (y menos aún podemos considerar como un "éxito" de ese partido, como Debord hacía todavía en 1985, la "quiebra" del mundo existente: todo lo contrario, es la desaparición del partido de la subversión lo que ha permitido a los propietarios de la economía llegar tan lejos en el desastre). En segundo lugar, porque la teoría de la IS, si bien seguía siendo en muchos puntos tributaria de la época -entonces a punto de finalizar- en la que se trataba principalmente para los revolucionarios de transformar el modo de apropiación de las fuerzas productivas (véase el artículo Ab ovo), contenía igualmente, y ahí estaba su punto cualitativo, los elementos propios para desarrollar en esa crítica coherente de todo el sistema productivo que buscaba desde ese momento un rechazo latente al pudrimiento de la vida. Por último, porque no se puede olvidar que, al menos, se buscó entonces en la IS una superación colectiva, y que los problemas afrontados siguen siendo los de toda actividad crítica en el primer momento de su difusión extensiva: por un lado la necesidad de desarrollar su universalidad haciéndola concreta, de definirse tácticamente encontrando nuevos terrenos de intervención y, al mismo tiempo, la necesidad de dominar sus primeros indicios de éxito y la divulgación de las tesis que inevitablemente lleva consigo, en todo caso por otros medios que no sean los de hacer valer la anterioridad de sus primeros agentes subrayando una cualidad nunca inaccesible a los seguidores de su proyecto.
Con la larga crisis final de los años 68-72, se desarrolló como era lógico, en la IS y a propósito suyo, una especie de "nostalgia de los orígenes", es decir, nostalgia del momento en que la radicalidad de su proyecto era directamente practicable en la actividad misma de su formulación: separación violenta con respecto a la cultura separada, enunciación sin concesiones de objetivos entonces totalmente escandalosos, gozosa ruptura con el conformismo de los comportamientos, todo ello marchaba al mismo paso, y deprisa. El estilo general de esa primera brecha se transmitió a las fases siguientes, cada vez más inadaptado o insuficiente pero nunca corregido ni criticado. Al contrario, cuanto más anacrónico era más se mitificaba y aparecía como el "anillo verdadero" del que era preciso asegurarse la posesión para avanzar invencible hacia futuros combates. Pero, en realidad, ya desde antes del 68, todo intento de restaurar la unidad de la actividad crítica en su forma situacionista primitiva no podía ser más que una ilusión retrógrada o una simulación "pro-situacionista". Debord era evidentemente quien había vivido y practicado más auténticamente esa unida perdida: era muy particularmente él quien había sabido, descubriendo el pasaje que unía la voluntad de innovación permanente del arte moderno al programa de una creación consciente de toda la vida, buscar y encontrar su propia satisfacción en la afirmación de los objetivos que cuentan en la historia universal. Por tanto, Debord estaba a la vez mejor colocado que nadie para perpetuar la imagen gloriosa de la IS (lo que, según su propia confesión, hizo durante demasiado tiempo) y para percibir cómo esa imagen se iba convirtiendo en falazmente publicitaria.
El programa situacionista había "salvado" la creación consciente transfiriéndola desde la vieja especialización artística hasta la práctica revolucionaria, y desde la teoría estética de la expresión individual hasta la teoría crítica de la comunicación. Pero ese "salvamento por transferencia" no tuvo -histórica y teóricamente- más que el carácter de una transición. El final de esa transición se manifestó en la propia IS por la conversión de sus medios anteriores en pesados handicaps, y en particular por cómo la voluntad antiestética inicial desembocó luego en una ridícula estetización de la política. Retomando las nociones utilizadas por Walter Benjamin en su ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, podríamos decir que esta estetización es el residuo histórico de la operación por la cual Debord recreó alrededor de la IS el aura que pertenecía a la antigua obra de arte. Y como ha demostrado Benjamin, a la cualidad del aura se oponen las de reproductibilidad y perfectibilidad. Es fácil en todo caso comprobar cómo el valor "ritual" del programa situacionista (revelación de una teoría total, certidumbre sectaria de pertenecer a una comunidad de elegidos, etc.) se ha opuesto efectivamente a su "valor de exposición", es decir, a su capacidad para exponer públicamente objetivos practicables y proposiciones perfectibles por medio de asociaciones polarizadas en torno a luchas y discusiones comunes.
Sería interesante en este sentido (véase el artículo Vanguardias) analizar en detalle todo lo que la mitología de la IS reprodujo del vanguardismo artístico, cómo la IS ha reactivó, para lo mejor y luego para lo peor, bastantes valores y comportamientos venidos del arte moderno que éste había elaborado precisamente en respuesta a la pérdida del aura de las obras; la oscilación entre la negación de la estética y la estetización de lo negativo que ha marcado todo el ciclo desde Baudelaire. Baste con constatar aquí que aunque a la luz del programa de superación del arte (creación libre de situaciones de la vida), había sido de nuevo posible comprender y criticar implacablemente el desarrollo en todo punto contrario de la sociedad dominante, una vez adquirido el principio de verificación práctica del 68, y cuando por su lado el espectáculo emprendía a su modo la realización del arte, un programa de esas características no sólo no permitió afrontar los nuevos problemas planteados por el desarrollo extensivo de la crítica, sino que además impidió su comprensión al prolongar la influencia de ilusiones heredadas del pasado artístico, como la valoración no histórica de la innovación, de la originalidad personal, e incluso del éxito personal y del género de seducción que ejerce. En tanto que teoría de la revolución moderna, la teoría situacionista, formulada sobre la estrecha base de la agitación en y contra la cultura, y llevando encima las marcas de esas condiciones, no podía ser adoptada tal cual -más que de manera puramente formal, al modo de los seguidores diligentes- por el movimiento que nacía entonces sobre bases mucho más amplias, en condiciones que ya habían cambiado; y, dialécticamente, esa teoría no podía convertirse verdaderamente en la expresión general del movimiento real más que desarrollando ella misma su contenido universal y ajustando cuentas con su forma precedente, ese primer surgimiento de un programa subversivo total que guarda "la apariencia de ser la posesión esotérica de algunos individuos" -a falta de lo cual sería la recuperación la encargada, y lo hizo, de dar su propia versión exotérica.
La manera cómo por su lado Debord se enfrentó a la forma caduca, situacionista, de actividad crítica, queda clara si cotejamos dos afirmaciones, una anterior a la crisis de la IS, la otra contemporánea de su desenlace. En 1966 se escribió en el número 10 de la revista, a propósito de la libertad individual a la que conviene devolver a los que con sus incoherencias querrían comprometer un proyecto común: "... que esa libertad sea generalmente pobre es otro problema, sin el cual no habría ninguna necesidad de un proyecto como el de la IS en este momento"; y en 1971 Debord declaraba a los últimos situacionistas todavía reunidos: "en cuanto a nosotros aquí, sólo si no tenemos necesidad de la IS podremos formar parte de ella". Esa afirmación se dirigía a los que tenían necesidad de la IS "para ser personalmente algo", pero parece indicar también positivamente que ya no eran tiempos para quien se había encontrado constantemente en el corazón de la operación, de pensar que "el Yo sin el Nosotros recae en la masa prefabricada" (Potlach, nº1 de la nueva serie, julio 1959). En las tesis de la Verdadera escisión, la unidad de pasiones individuales y de intereses universales se mantenía todavía formalmente (cuando se trataba en realidad de una respuesta individual a la no-superación colectiva) por medio de la hipótesis teórica ad hoc según la cual la liquidación de la IS se correspondía exactamente con las necesidades de un movimiento social más vasto que hacía inútil su existencia en lo sucesivo. (Ahora, el autor de Panegírico habla más bien de los "repugnantes años setenta"). Y es a continuación, al salvar esa unidad deshecha en el recuerdo, cuando Debord se iba a convertir paradójicamente, con su película autobiográfica In girum imus nocte et consumimur igni, en el último artista de una época sin arte. La verdad de la actividad colectiva no puede entonces ser expresada en el lenguaje común de esa actividad, que ya no existe, ni en el de una actividad colectiva superior que la juzgaría, que tampoco existe. Es, pues, el momento de la expresión más irreductiblemente subjetiva, por la cual el juego con el tiempo, que se había identificado con el posible revolucionario de una época, debe retornar al juego de una aventura individual que cierra el bucle del tiempo al encontrar su sentido final en su origen. (Ese regreso será todavía más marcado en 1989. "... lo que ha disgustado de mí, de manera duradera, fue lo que hice en 1952"). Por medio de la constatación de la incomunicación con un público despreciable, la expresión individual reencuentra así algo del arte moderno, la afirmación violenta de la pérdida de todo lenguaje común que había sido efectivamente su punto de partida, pero sin magnificar ya más que retrospectivamente el proyecto de reconquistar la comunidad de diálogo en un proyecto histórico. Ese desprendimiento de toda perspectiva práctica marca de forma más acusada los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, donde la crítica que había sido concebida en relación directa con la praxis del movimiento revolucionario se desarrolla únicamente sobre el plano teórico, sin dejar ningún sitio, ni siquiera como posibilidad, a las experiencias nuevas de luchas prácticas que renacen lentamente bajo diversas formas; y que, desarrollándose ellas mismas independientemente de la teoría crítica de la época anterior, pueden ciertamente parecer poca cosa a ojos de quien continúa esa teoría. Aunque la singularidad altamente reivindicada en el ejercicio de la lucidez crítica no puede comprometer la capacidad de reconocer y calcular la relación de esa crítica con la totalidad a transformar realmente (como lo demuestra por otro lado el carácter tardío de ese balance de los años de contrarrevolución, publicado en un momento en que nuevas contradicciones comenzaban a salir a la luz), sería, no obstante, tan mezquino reprochar a Debord su manera de hacer, teniendo en cuenta la calidad de los resultados históricos, como inadmisible no querer reconocer las necesidades revolucionarias que esa manera de hacer, soberbiamente, descuida.
Solamente en función de esas necesidades podrá comprenderse la historia de la IS, y, eventualmente, escribirse.
jueves, 15 de julio de 2010
Refutación de todos los juicios, tanto elogiosos como hostiles, que hasta ahora se han hecho sobre la película "La sociedad del espectáculo"
Hay épocas donde sólo se debe prodigar el desprecio con economía, debido al gran número de necesitados. (Chateaubriand)
Lo que ya es de por sí obvio cuando se trata del habitat, del vino, del consumo cultural, o de la liberalización de costumbres, debe acentuarse mucho más cuando se trata de la teoría revolucionaria y del temible lenguaje que ésta aplica a un mundo condenado.
La falsificación ingenua y la aprobación incompetente, que son algo así como el olor específico del espectáculo, no se han privado de ilustrar los comentarios, diversamente incomprensibles, que han respondido a la película La Sociedad del Espectáculo.
En este caso, la incomprensión todavía se impone. El espectáculo es una miseria, más que una conspiración. Quienes escriben en los periódicos de nuestra época no han podido disimular su inteligencia: utilizan todo lo que cae en sus manos. ¿Qué podrían decir sobre una película que ataca en bloque sus hábitos e ideas y que les ataca en el preciso momento en que ellos mismos comienzan a derrumbarse? La debilidad de sus reacciones acompaña la decadencia de su mundo.
Quienes dicen que les gusta mi película, también les ha gustado demasiado otras cosas que suelen gustar; y quienes dicen que no les gusta, también han aceptado otras cosas para que ahora su juicio tenga un mínimo peso. Si observamos la pobreza de su vida comprenderemos muy bien la pobreza de su discurso. Sólo basta ver su ambiente y ocupaciones, sus productos y ceremonias; están en cualquier parte. Sólo basta oír estas voces imbéciles que nos dicen que hemos caído en la alienación y que cada dos por tres nos informan con desprecio de quien se ha sumado a ella.
Los espectadores no encuentran lo que desean, desean lo que encuentran.
El espectáculo no doblega a los hombres hasta hacerse querer por ellos, pero muchos son recompensados por fingirlo. Ahora que ya no pueden asegurar que esta sociedad es plenamente satisfactoria, se apresuran a expresar su insatisfacción por todo tipo de crítica. Todos los insatisfechos se creen que merecen más. Pero, ¿acaso se imaginan que queremos convencerles? ¿Creen que todavía estarían a tiempo de suscribirse a semejante crítica, si de pronto ésta solicitase su adhesión? ¿Creen que pueden hablar haciéndonos olvidar desde donde hablan, estos inquilinos mal alojados del territorio de la aprobación?
En un futuro más libre y más verídico, será motivo de asombro que los escribanos del sistema de mentiras espectacular hayan podido creerse cualificados para dar su opinión y sopesar tranquilamente los pros y los contras de una película que es una negación del espectáculo; como si la disolución del sistema fuese una cuestión de opiniones. Ahora que su sistema está siendo realmente atacado, se tienen que defender por fuerza, pero la falsa moneda de sus argumentos ya no tiene curso y el paro amenaza actualmente a un buen número de ejecutivos de la falsificación.
Los más tenaces entre estos mentirosos malparados todavía se preguntan si la sociedad del espectáculo existe realmente, o si quizás me la habré inventado yo. Pero, como desde hace algunos años, el dispositivo de la historia marcha contra su propio castillo de falsos naipes -e incluso recientemente insiste en estrechar el cerco-; ahora todos estos comentaristas tienen la bajeza de saludar las excelencias de mi libro como si fuesen capaces de leerlo y como si lo hubieran acogido con respeto en 1967. Sin embargo, la mayoría piensa que abuso de su indulgencia llevando mi libro a la pantalla. Y el shock es aún más fuerte puesto que nunca habían llegado a imaginar que fuera posible tal exceso. Su cólera confirma que la aparición de semejante crítica en el cine les inquieta más que en un libro. Ahora, como entonces, les vemos luchar en retaguardia, en segunda línea de defensa. Muchos imputan a esta película la dificultad de comprensión. Otros dicen que las imágenes les impiden oir las palabras, aunque en otras ocasiones es al revés. Dicen que la película les fatiga y erigen fieramente su fatiga particular en criterio general de la comunicación, pero les gustaría dar la impresión de que comprenden sin dificultades y que aprobaban esta misma teoría cuando sólo estaba expuesta en un libro. Y después intentan argüir un simple desacuerdo sobre una concepción del cine que es, en el fondo, un conflicto sobre una concepción de la sociedad y una guerra abierta en la sociedad real.
Pero entonces ¿por qué comprenden mejor lo que les ha tocado vivir de una sociedad que les condiciona a la fatiga mental, antes que una película que les sobrepasa? ¿Cómo es que su debilidad está más dispuesta a la hora de discernir, entre el ruido ininterrumpido de los mensajes simultáneos de la publicidad o del gobierno, todos los groseros sofismos que les inclinan a aceptar sus trabajos y entrenimientos, las ideas del presidente Giscart y el sabor de los amiláceos?
Ninguna película es más dificil que su época. Por ejemplo, hay personas que comprenden y otras que no comprenden que cuando se les ofreció a los franceses -según una vieja receta del poder- un nuevo ministerio llamado "Ministerio de la Calidad de Vida", era simplemente, como decía Maquiavelo, "con el fin de que conservasen por lo menos el nombre de aquéllo que habían perdido". Hay personas que comprenden y otras que no comprenden que la lucha de clases en Portugal ha estado básicamente dominada por el enfrentamiento directo entre los obreros revolucionarios, organizados en asambleas autónomas, y la burocracia estalinista enriquecida con generales derrotados. Quienes comprenden esto son los mismos que pueden comprender mi película, y yo no hice esta película para los que no comprenden o para los que disimulan.
Puesto que todos los comentarios provienen de la misma zona polucionada de la industria espectacular, estos son variados, como las mercancías actuales. Muchos afirman estar entusiasmados con la película y han intentado vanamente decir porqué. Cada vez que me aprueban las personas que deberían ser mis enemigos, me pregunto que falta han cometido en sus razonamientos. Generalmente es fácil de encontrar. Puesto que hallan una extraña cantidad de novedades y una insolencia que ni siquiera pueden comprender, los consumidores de vanguardia intentan conseguir una aprobación imposible reconstruyendo bellas rarezas de lirismo individual que no estaban en la obra. Así, uno quiere admirar en mi película "el lirismo de la rabia"; otro ha descubierto que el paso de una época histórica comporta cierta melancolía; otros, que seguramente sobrestiman los refinamientos de la actual vida social, me atribuyen cierto dandismo. En todo ello vemos a esta vieja canalla de época que persiste en "su mania de negar lo que es y de explicar lo que no es". La teoría crítica que acompaña la disolución de una sociedad no se da en la rabia, y menos todavía en la exhibición de una simple imagen. Comprende, describe y se empeña en precipitar un movimiento que desfila ante sus ojos. En cuanto a aquéllos que nos presentan su pseudo-rabia como una especie de material artístico en boga, sabemos bien que sólo buscan compensar la debilidad, los compromisos y las humillaciones de su vida real; en tanto que espectadores no haríamos mal en identificarnos con ellos.
La hostilidad es mucho mayor cada vez que opinan sobre mi película los políticamente reaccionarios. Así, un aprendiz de burócrata quiere aprobar mi audacia de "hacer una película política, no contando una historia, sino filmando directamente la teoría". Sólo que él no ama mi teoría. Intuye que, bajo la apariencia de "la izquierda sin concesión", me iré desplazando hacia la derecha, y que por esa razón ataco sistemáticamente a "los hombres de la izquierda unida". Estos son los vocablos exagerados con los que el cretino se llena la boca. ¿Qué unión? ¿Qué izquierda? ¿Qué hombres?
Evidentemente, ésta no es más que la unión de los estalinistas con otros enemigos del proletariado. Cada uno de los socios conoce perfectamente al otro, por eso se engañan torpemente entre sí y se acusan a grandes voces cada dos por tres. Pero todavía esperan poder trampear juntos contra todas las iniciativas revolucionarias de los trabajadores para que, en caso de que no puedan salvar todos los obstáculos, puedan mantener como a ellos les convenga lo esencial del capitalismo. Son los mismos que reprimen en Portugal -como antes hicieron en Budapest- "las huelgas contra-revolucionarias" de los obreros; los mismos que aspiran a "comprometerse históricamente" en Italia; los mismos que se autodenominaban gobierno del Frente Popular cuando malograban las huelgas de 1936 y la revolución española.
La izquierda unida no es más que una pequeña mitificación defensiva de la sociedad espectacular, un caso particular con una vida muy breve, porque el sistema sólo la utiliza ocasionalmente. Yo sólo la he evocado de pasada en mi película, pero en el fondo la ataco con el desprecio que merece; como hicimos en Portugal sobre un mejor y más vasto terreno. Un periodista de la izquierda -que espera cierta notoriedad justificando que ha publicado un increíble falso documento, porque es así como él concibe la libertad de prensa-, resulta tanto más falsificador cuando insinúa que yo no habría atacado a los burócratas de Pekín tan limpiamente como a las otras clases dominantes. Por otra parte, deplora que un espíritu de mi altura se contente con hacer un "cine de ghetto" que sólo los locos van ver. El argumento no me convence: prefiero quedarme en la sombra, con los locos, antes que consentir sermonear en la claridad artificial que manipulan sus hipnotizadores.
Otro jesuita poco dado al fingimiento, por el contrario, se pregunta si denunciar públicamente el espectáculo no será ya entrar en el espectáculo. Se entiende perfectamente que es lo que quiere obtener desplegando este purismo tan extraordinario en un periódico: que nadie aparezca jamás en el espectáculo como un enemigo.
Quienes no arriesgan perder un puesto subalterno en la sociedad espectacular, sino sólo su ambiciosa esperanza de constituirse en su más juvenil relevo uno de estos días, han manifestado con más franqueza y más furia su descontento y sus celos. Un anónimo muy representativo ha expuesto ampliamente la tesis del más reciente conformismo en su espacio natural, es decir, en el semanario de la compañía de cómicos del electorado mitterrandista. El anónimo encuentra que hubiese estado bien filmar mi libro en 1967, pero que en 1973 ya era demasiado tarde. Para probar su afirmación incide en la urgencia de que, en lo sucesivo, se deje de hablar de todo lo que él ignora: de Marx y Hegel; de los libros en general, porque no pueden ser un instrumento adecuado de emancipación; del cine, ya que sólo es cine; de la teoría más que de cualquier otra cosa; e incluso de la propia historia, pues se alegra de su procedencia anónima. Evidentemente, un pensamiento tan descompuesto sólo ha podido supurar de los penosos muros de Vicennes. De la tesina de un estudiante de Vicennes nunca se ha visto nacer una teoría. Y está bien que preconice, al menos provisoriamente, una anti-teoría. ¿Que otra cosa podrían vender, sino una plaza de profesor ayudante en la neo-universidad? Pero no se contentan con eso y el más desprovisto de los candidatos-recuperadores va hoy a llamar a todos los timbres para ser, por lo menos, director de colección de una editorial y, si fuera posible, realizador: sin embargo, el anónimo no oculta que me envidia las victorias, a sus ojos fastuosas, del cine. Se puede entonces asegurar que ninguna de estas anti-teorías esperará fácilmente en silencio su único y auténtico destino, porque entonces sus portadores no serían más que asalariados sin cualificación. Finalmente, el anónimo descubre su juego. El impostor deseaba disolver la historia para elegir otra. Quería designar a los pensadores del futuro. Y esta calavera avanza fríamente los nombres de Lyotard, Castoriadis y demás pordioseros del montón; es decir, personas que hace más de quince años ya habían lanzado todos sus fuegos sin conseguir deslumbrar a su época.
Ningún pedante ama la historia. Por otra parte, cuando se está negando la historia en su conjunto ¿por qué el universitariado más decididamente innovador se molesta en aferrarse a quincuagenarios recuperados? ¿no comprende que es contradictorio hacerse pasar por un anónimo que ha cambiado mucho tras (el mayo de) 1968 y reconocer que todavía no ha llegado a despreciar a los profesores? Este anónimo tiene, sin embargo, el mérito de haber ilustrado mejor que otros la ineptitud de la reflexión anti-histórica que defiende y las verdaderas intenciones del falso desprecio que los impotentes oponen a la realidad. Mientras postula que era demasiado tarde para emprender una adaptación cinematográfica de La Sociedad del Espectáculo seis años después de la aparición del libro, se le escapa el hecho de que sólo ha habido tres únicos libros de crítica social verdaderamente importantes en los últimos cien años. Quiere olvidar, además, que yo mismo había escrito el libro. Sobra toda comparación a la hora de evaluar si yo he sido más lento o más rápido, ya que es obvio que mis principales predecesores no disponían del cine. Así pues, reconozco que me alegro mucho de ser el primero en realizar este tipo de hazaña.
Los defensores del espectáculo reconocerán esta nueva utilización del cine tan lentamente como han reconocido que una nueva era de la oposición revolucionaria está zapando su sociedad, aunque se resistirán a hacerlo tan abiertamente. Siguiendo con la trayectoria que les caracteriza, primero se callan y después hablan en favor del sujeto. Los comentaristas de mi película se encuentran entre ellos.
Los especialistas cinematográficos han dicho que se trataba de una mala política revolucionaria y los políticos de todas las izquierdas ilusionistas han dicho que era un mala película. Pero cuando uno es a la vez cineasta y revolucionario demuestra fácilmente que su generalizada acritud proviene de una evidencia: la película en cuestión es la crítica exacta de la sociedad que ellos no saben combatir y un primer ejemplo del cine que ellos no saben hacer.
"Los críticos expresamente mencionados en esta película escribieron, en 1974, en Le Nouvel Observateur del 29 de abril, Le Cotidien de Paris del 2 de mayo, Le Monde del 9 de junio, Telerama del 11 mayo, Le Nouvel Observateur del 13 de mayo, Charlie-Hebdo del 13 de mayo, Le Point del 20 de mayo y Cinéma 74 de junio".
jueves, 8 de julio de 2010
Recuperación de la aventura
Nos aburrimos en el cine. Nunca debimos abandonar nuestros juegos. Cuando la industria del cine representa los sueños con impresiones vívidas, un momento del deseo se ha extinguido y no se vuelve a suscitar con impresiones vividas. Viven las cadenas. La producción en serie de «aventuras», de emociones colectivas, de modelos de identificación y de aceptación. Como ya no hay dioses, que haya diosecillos a escala humana, existencias ejemplares no sometidas a los ciclos de la biología ni al desgaste irreversible del paso del tiempo, la entropía de la elección. La dimensión subjetiva del héroe, la única capaz de producir en el espectador una adhesión y una identificación no meramente sensibles, se pierde progresivamente en la abolición de la dimensión temporal del relato: generación de expectativas a partir de un pasado extinto, «regreso al futuro» desde cualquier punto, ausencia de huellas, marcas o signos de aprendizaje derivados de aventuras previas. Indiana Jones se lanza siempre de nuevo en busca del arca perdida, pero no podremos ayudarle tampoco en la próxima cruzada.
«El cine está muerto -no puede haber más cine- pasemos, si lo desean, al debate.» [HFS, 7](1)
El cine «de aventuras» no es el único género concebible, pero sí el paradigma bajo el que la industria despliega su mitología. Por supuesto, también el cinéfilo tiene «lugar» en esta secuencia. Los ejercicios de estilo más o menos logrados, los experimentos de autor afortunados o no, las ocasionales extravagancias de algunos artistas pop funcionan como retaguardia de la justificación y como almacén de provisiones de una industria que sólo desarrolla sin embargo plenamente sus aspiraciones en el nuevo cine de aventuras, donde el relato se disuelve en una secuencia de impactos y de hazañas que se construyen solas, al margen de cualquier decisión o cualidad del héroe, y donde el héroe mismo es desplazado progresivamente por toda suerte de inaccesibles superhéroes y de antihéroes desternillantes. Esta aspiración no ha sido nunca tanto virtualizar o apresar la experiencia como reconstruirla: ni el romántico alienado de la fila 1 ni el cinéfilo exigente de la fila 7 necesitan ya convencerse de nada que pueda afectarles. Renuncian a los actantes, se quedan con los actores. La multitud dispersa sigue sus pasos.
Tampoco es el cine el único género de diversión ni la esencia del «sistema espectacular» en que se había convertido la sociedad capitalista según Debord denunciaba, pero sí una de las expresiones contemporáneas privilegiadas de su dinámica. El mantenimiento de un orden jerárquico allí donde éste no puede ya deducirse de ninguna trascendencia ni de ninguna estructura definida de antemano requiere el dominio efectivo y constructivo de las representaciones cambiantes a través de las que los individuos de una comunidad se reconocen e interaccionan entre sí. La concentración de medios técnicos de difusión de imágenes a nivel masivo permitía plantearse este objetivo mediante el establecimiento de un flujo unilateral de información y novedades culturales que reducía al individuo participante a la condición de espectador mudo de acontecimientos parciales y que expresaba su propia estructura la del orden social y cultural que se trataba de imponer. «Esta importancia del cine se debe a los medios superiores de influencia que pone en práctica; y lleva consigo, necesariamente, su control acrecentado por la clase dominante. Por tanto hay que luchar para apoderarse de un sector realmente experimental en el cine».(2)
Éste es el propósito que anima al aventurero Debord cuando abrupta e insospechadamente se convierte en realizador de cine. Si hoy podemos además hablar paradójicamente de un «gran realizador» que ha generado en imágenes las más lúcidas y relevantes reflexiones sobre el medio, y cuya influencia subterránea fertiliza tanto el «giro copernicano» que lleva a cabo la nouvelle vague como las prácticas de cine militante y videoactivismo de los setenta hasta hoy, no es desde luego porque Debord aspirase a labrarse semejante posición en la historia de las formas artísticas. No tiene la menor intención de llevar adelante esta historia y sólo se muestra dispuesto a escribir su capítulo final. Debord topó con el cine cuando buscaba el absoluto (un absoluto profano, emancipado de la eternidad y hecho al fin posible en la captura del instante), de manera que sería más exacto considerar que el cine se interpone en la vida de Debord como una resistencia con la que tuvo que bregar a pesar de sí mismo y que acabó arrastrándole a una «derrota ejemplar» en su terreno. Hoy Debord no sólo debe compartir un lugar de honor con Griffith, Welles y Godard en los buenos manuales de historia del cine, sino que se ha convertido en figura espectacular de referencia de la intelectualidad disidente y amenaza ya el momento en que algún mercenario del espectáculo se decida a filmar una vida tan llena de pasión, de escándalo, de twists de guión fortuitos, tan vinculada a las revueltas sociales de nuestra época y a misteriosas persecuciones políticas y «acechanzas», tan paradigmáticamente trágica...(3)
Instinto básico
Siendo aún un adolescente que se construye una identidad a partir de modelos generados por el arte autónomo (Lautréamont, Rimbaud, Cravan), Guy E. Debord crea un dispositivo de proyección en un pequeño cine de vanguardia parisino que constituirá la formulación más eficaz de la muerte del cine, todavía no superada por la conciencia europea a tenor de lo sucedido en 1991 en Berlín: si en su estreno parisino de 1952 había provocado la indignación de un público que interrumpió enfurecido el acto, el público alemán se sublevó 40 años después contra sus organizadores y saqueó los ejemplares de un libro sobre la Internacional Situacionista que se estaba presentando.(4) El carácter provocador de la película no residía en sus contenidos: otra «muerte del arte» de sesgo conceptual, aunque fuese de un arte joven y lleno de expectativas y aunque respondiese a la utilización estética de las nuevas tecnologías no espantaba ya a nadie. Ni residía en el carácter escandaloso de las imágenes: no había tales imágenes. Tampoco lo hacía esta vez en su modo inhabitual de exhibición, como había sido recurrente en las últimas películas letristas, particularmente en Traité de Bave et d’Étemité, la anterior película sin imágenes «gritada» con la que Isou sembró la perplejidad en el Festival de Cannes de 1951. Debord había ido sólo un poco más lejos, pero el tipo de reacción que suscitó en el público con Hurlements en faveur de Sade fue cualitativamente diferente (aunque igualmente prevista). Los letristas se habían dedicado a transgredir en cada caso algún supuesto formal o algún parámetro del código, conformándose con suscitar la santa indignación pequeño-burguesa de la que se alimentaban, pero estos experimentos no llegaban a cuestionar realmente los marcos y estructuras de exhibición y quedaban desactivados en el momento en que se hacían reconocibles para un público acostumbrado a los excesos de la vanguardia, que podía interpretar aquellos mensajes remitiéndose a modelizaciones previas, ubicarlos en un género de transgresiones rituales conocido como «postvanguardia» y tener la gratificante sensación de haber comprendido. Aceptando el atributo de «experimental» este cine podía coexistir con la corriente banalizadora dominante y hasta aspirar a algún premio de la academia explotando los beneficios de la disidencia. Debord, iluminado por las prácticas de los letristas, entre quienes redescubre el «temperamento destructivo» de sus héroes malditos y «esa mala reputación» que siempre quiso para sí, se apodera del potencial subversivo de estas prácticas para enfrentar el discurso del cine consigo mismo, el espectador a su propio vacío. El dispositivo consistía en el paso alternativo del blanco y el negro en la pantalla durante períodos irregulares de tiempo que impedían el reconocimiento y la predicción de los intervalos. Mientras la pantalla permanecía en blanco diversas voces emitían fragmentos de discurso de diferentes registros capaces de suscitar reacciones emocionales igualmente diferentes: retazos de vida cotidiana, consignas, estimulantes descripciones de imágenes que no estaban allí, escuetas lecturas de artículos de derecho civil, reflexiones sobre el medio que marcan una distancia... Cuando la pantalla se oscurecía se hacía el silencio, silencios cada vez más largos y pesados que sólo prefiguraban el silencio de veinticuatro minutos en que el «acontecimiento» se hundía finalmente, y que sólo los muy avisados permitían consumar.
Debord lograba así producir todavía un «efecto» fuera del marco, pero incluso esta «ruptura espontánea de la pasividad» estaba supuesta en el guión, era su interpretación correcta y su consecuencia lógica, además de una historia ya contada. Respondía a la toma de conciencia más tarde declarada de que en medio siglo de historia «el mundo ya había sido filmado» y de que «se trataba ahora de transformarlo» [LSDS, 74] y obligaba al espectador a asumir decisiones respecto a algo que le afectaba, pero no ofrecía respuestas acerca de los medios y procedimientos para llevar a cabo semejante ambición. Sobre la pantalla en blanco, voces inconexas señalaban algunas razones («las artes futuras serán cambio de situaciones, o nada»), e incluso pistas («un importante comando de letristas, formado por una treintena de miembros, todos cubiertos con ese uniforme sucio que es su único distintivo, llegan a la Croissette con el firme deseo de provocar un escándalo susceptible de atraer sobre ellos la atención» [HFS, 81), mas en última instancia se trataba todavía de un gesto elaborado a partir de un criterio formal de ruptura y vinculado al desarrollo autónomo de las artes. El héroe es todavía el artista por sí mismo, si bien uno que deja de replegarse en su mundo autoreferencial ante el avance de los medios tecnológicos de reproducción y traslada las condiciones de su propia negación a las mismas prácticas que le sustituyen funcionalmente y le superan. Éste es el modelo en el que se forma Debord y del que participa en un principio: el artista autónomo lanzado a la deriva de los signos sin dios, cuando no queda atrapado en el callejón sin salida del esteticismo. En la doble polaridad establecida por Walter Benjamin para dar cuenta de la transformación sufrida por la obra de arte ante la irrupción de las tecnologías de reproducción entre «valor cultural» y «valor exhibitivo»(5), Debord no se ha emancipado todavía, ni lo harían los situacionistas en un primer momento, de la irreductibilidad de la experiencia estética, del momento «irrepetible» que supone la «situación realizada», por más que se admita esta situación como «construida». De la «vieja hacienda» en ruinas, en definitiva.
Así, lo que parece irritar de Hurlements en faveur de Sade no es tanto su ingenua iconoclastia ni su irreverencia ensayada, sino este retorno indeseado de la historia justo en el momento en que ésta parecía superada. Al vincular su cine con los demás síntomas de descomposición de la cultura occidental y la propia representación cinematográfica con sus orígenes rituales, Debord evade las «transposiciones de lugar» específicas y pone de manifiesto, mediante un enfrentamiento radical con el medio, las «permanencias de posición» fundamentales. «Es fácil ver hasta qué punto el principio mismo del espectáculo está ligado a la alienación del viejo mundo: la no-intervención. En cambio vemos cómo las investigaciones revolucionarias más válidas en la cultura han intentado romper la identificación psicológica del espectador con el héroe para arrastrarlo a la actividad, provocando sus capacidades de subvertir su propia vida».(6)
La propia noción crítica de «espectáculo», que iría tomando cuerpo en la teoría situacionista hasta convertirse en su hilo conductor y en su más celebrado «descubrimiento», hunde explícitamente sus raíces en la crítica dadaísta de la institución artística y de la cultura de la pasividad expresada por ella. Los dadaístas a su vez no hicieron sino poner a funcionar desde la base las aporías de la representación que ya habían sido puestas de manifiesto por todo tipo de corrientes modernas en el arte y el pensamiento. Los letristas y otros grupos anteriores a la I.S., entre los que destacaba el Movimimiento Internacional por una Bauhaus Imaginista, surgidos como expresión de rechazo todavía «artístico» al movimiento moderno en arquitectura, extendieron esta crítica a la planificación funcional del urbanismo, a la que oponían una arquitectura que tomase en cuenta la interacción psíquica entre las personas y los ambientes. Gran parte de estas ideas se filtraron en la I.S. a través del “Formulario para un nuevo urbanismo” de Ivan Chtcheglov (fdo. Gilles lvain) que fue publicado en el #11 de Intemationale Situationniste. En este documento laten, en un estado todavía descompuesto y efervescente, la mayoría de las ideas sobre psicogeografía, urbanismo unitario, deriva, etc. que luego Debord sistematizaría en una teoría rigurosa y que formarían el magma ideológico del que emergería el concepto de espectáculo (y su negación). El propio Chtcheglov había previsto que la deriva abandonaría en parte «el campo de lo vivido por el de la representación con la inevitable usura de gestos». El estereotipo «rupturista» que tan complacidamente celebramos en el espectáculo del arte no funciona con Debord, que tuvo tan pocas ideas y que tan bien supo mezclar y llevar a la práctica las ideas de otros. Debord no resulta revolucionario por haber roto con esto y con aquello, sino por reintegrarlo a su flujo histórico, por tratar de restituir la unidad perdida a una época desmemoriada y por plantear esta unidad, de modo consecuente con su tiempo, como una construcción colectiva.
El silencio de los corderos
No es casual que el proyecto de realización del arte estuviese explícitamente vinculado en el origen de la actividad situacionista al intento de llevar a la práctica la propuesta de un «urbanismo unitario», esto es, la construcción de un entorno ciudadano apropiado y adaptable a las necesidades efectivas y expresivas de los individuos mediante la aplicación deliberada de los principios, medios y estrategias que rigen en el arte separado. Por un lado, se trataba de trasladar al espacio público el campo de experimentación y de creatividad reservado al arte en la modernidad burguesa. Por otro, «la arquitectura viene desde siempre ofreciendo el prototipo de una obra de arte cuya recepción sucede en la disipación y por parte de una colectividad»,(7) lo que la convierte en paradigma del que pueden deducirse leyes aplicablesa los nuevos usos perceptivos.
La forma y disposición de los edificios traduce el modo de producción imperante en cada momento histórico y crea las condiciones para su reproducción. En las sociedades tradicionales, en que el orden social y la distribución de funciones dentro del sistema productivo se legitimaban mediante el recurso a una trascendencia, la villa se ordenaba en torno a la fuente trascendente de sentido, la arquitectura aparecía casi siempre vinculada al culto mientras que la habitabilidad de las viviendas se reducía a condiciones estrictamente funcionales de supervivencia en el medio. La ciudad moderna se caracteriza en primer lugar por ser un foco muy vivo de producción e intercambio de bienes que atrae hacia sí a la población rural y condensa grandes masas de gente con la misma ocupación y el mismo estilo de vida, al tiempo que hace evidentes los contrastes entre las diferentes capas sociales. La posibilidad de una toma de conciencia a través del reconocimiento de problemas compartidos entre iguales es mucho mayor que en las antiguas condiciones de aislamiento, por lo que la ciudad se convierte en el escenario moderno de las luchas sociales y en un dinamizador potencial de la historia, entendiendo ésta desde la perspectiva de un proyecto humano de emancipación. Por otro lado, la ciudad moderna constituye un entorno «construido» donde los estilos de vida ya no se enmarcan en las limitaciones impuestas por la naturaleza, y donde este carácter construido se hace visible y puede ser sometido a crítica y ser transformado. A estas condiciones que la propia dinámica del capitalismo ha dispuesto, el sistema productivo reacciona para asegurar su permanencia tratando de abolir la historia en que esas luchas pudieran reconocerse como identidades en proceso (mediante el flujo inconexo de imágenes y de acontecimientos instantáneos que nunca se resuelven en un relato global y coherente; y mediante la «espectacularización» de su pasado «monumental» que determina una percepción «museística» del propio entorno urbano) y creando nuevas condiciones de separación entre los individuos (mediante la «atomización» de sus intereses y sus estilos de vida). Esta organización de ámbitos separados, el pasado y el presente, el individuo y su medio y su historia, la separación entre acontecimientos que no se explican sino por sí mismos y entre individuos, incapaces de enmarcar su acción en procesos más amplios y de movilizar esquemas de relación no mediatizados, expresa la división de funciones y de intereses sobre la que se monta el modo de producción capitalista.
En su análisis de las transformaciones en la percepción impuestas por los medios tecnológicos de reproducción que venimos citando, Benjamín ya hacía corresponder el mantenimiento de las condiciones de propiedad heredadas con la alienación del espectador en beneficio de lo contemplado, o lo que es lo mismo, con la «estetización de la vida política»: «A la violación de las masas, que el fascismo Impone por la fuerza en el culto a un caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de bienes culturales»(8). La concentración de medios y capitales, paralela a la desposesión creciente del individuo, determina la pervivencia de estructuras contemplativas que impiden la apropiación «táctil» de las imágenes por parte de las masas. Esta apropiación de las formas no sería el resultado directo de una redistribución de los «títulos de propiedad» ni de la deslegitimación de los mismos, sino del «uso» que poco a poco da a las cosas un sentido humano y permite incorporarlas mediante la costumbre. Lo que Debord presenta en Sur le passage de quelques personnes á travers une assez courte unité de temps (1959), su segunda película y la primera en aplicar el utillaje técnico del cine a su propia crítica, es la realización de esa tendencia. Su proyecto de «urbanismo unitario» se había convertido ya en un paradigma estético clasificaba dentro de los que se ha venido en llamar, «utopías arquitectónicas». El desarrollo urbanístico continuaba imponiendo entretanto sus criterios productivistas y amenazaba con convertir la existencia de los individuos en una función del espacio. Por su parte, la promesa de articulación medial del cine como «un elemento entre otros» en la construcción de momentos vividos sólo se ha visto realizada en su contrario, la articulación del tiempo de ocio de los individuos en las necesidades reproductivas del medio con el desarrollo de las industrias culturales. Heredero de la función integradora de las imágenes, concebido como un arte de las masas y para las masas, el cine se había convertido en «un sustituto pasivo de la actividad artística unitaria» y en un fin en sí mismo. El flujo de «aventuras» que se cierran sobre sí mismas sin otra conexión entre ellas que la que determina el discurso ideológico bruto (reproducción de tópicos y arquetipos) aporta un dulce consuelo a las mezquindades de nuestra existencia e impide la articulación de un proceso histórico real que nos libere de ellas. «La función de cine consiste en presentar una coherencia falsa, aislada, dramática o documental, como sustituto de una comunicación y una actividad que están ausentes» [CS,39-40]. La conservación de la historia monumental como objeto de contemplación desvinculado de su contexto en el centro de las ciudades halla su correspondiente en la «liquidación general» de nuestra historia ejecutada por Hollywood a través de monumentales reconstrucciones de época aptas para el consumo «turístico» del pasado. Toda interacción entre iguales es absorbida por la pantalla, que pronto comienza a dictar los contenidos de esa interacción.
Todo esto hace del cine un ámbito privilegiado de apropiación y de despliegue de la lucha de clases en las sociedades históricas, pero se trata ya en todo caso de un ámbito enemigo que refleja y reproduce las estructuras de dominación existentes. El cine revolucionario sólo puede ser crítica y negación del cine y desvío de sus funciones y de sus usos socialmente aceptados. «No se contesta jamás realmente una organización de la existencia sin contestar todas las formas de lenguaje que pertenecen a dicha organización» [SPOPTACUT, 24]. La ausencia de acontecimientos ante un mecanismo concebido para registrarlos y un dispositivo material preparado para su exhibición es lo que resulta más notorio en esta sucesión de imágenes supeditadas a un monólogo reflexivo que enfatiza esa misma carencia: «Este barrio se hizo para la dignidad desgraciada de la burguesía, para los empleos honorables y el turismo intelectual. La población sedentaria de los pisos está a resguardo de las influencias de la calle. El barrio ha permanecido igual. Es el entorno ajeno de nuestra historia. Aquí se actualiza la duda sistemática relativa a todas las diversiones y trabajos de una sociedad, una crítica global de su idea de felicidad. (...) Este grupo está al margen de la economía. Tiende a un papel de puro consumo, y en primer lugar del consumo libre de su tiempo. Se halla así ocupado en las variaciones cualitativas de lo cotidiano, pero desprovisto de todo medio de intervención sobre ellas» [SPQPTACUT, 17, 19-20]. Al contrario que en el cine «hecho para la contemplación», las imágenes no aportan aquí identificaciones ilusorias, sino sólo su propia presencia coagulada. Revelan la inutilidad de capturar el movimiento cuando la historia misma se detiene. Lejos de construir ilusiones exhiben su carácter construido, desmitifican la trama interpuesta, claudican... «Evidentemente, se puede tener la ocasión de hacer una película. Pero incluso en el caso en que se logre hacerla tiene que ser tan fundamentalmente incoherente e insatisfactoria como la realidad de la que trata, no será más que una reconstitución -pobre y falsa como este travelling defectuoso» [SPQPTACUT, 30].
Solo en casa
Hay que vincular el abandono progresivo del proyecto de «realización del arte» tomado como punto de partida de la actividad situacionista, y por consiguiente la renuncia a alguno de sus propósitos básicos y de sus prácticas más liberadas (creación de situaciones, derivas y exploraciones psicogeográficas, construcción de ambientes), con la persistencia e intensificación de las condiciones de vida que debían ser superadas a través de los mismos, igual que Debord vinculó en su madurez la inmovilización del dadaísmo y el surrealismo al fracaso del movimiento revolucionario «que les dejó encerrados en el mismo campo artístico cuya caducidad habían proclamado»(9). La larga serie de exclusiones y renuncias, que se agudiza hacia principios de la década de los 60 coincidiendo con el giro dado por la cúpula situacionista hacia una mayor consistencia teórica y revolucionaria, y que culmina con la disolución en 1972 de una «internacional» de sólo dos miembros (Debord y Sanguinetti), afecta principalmente a la «componente artística» del movimiento. Por encima de los motivos específicos de cada una (y aquí la inventiva de los situacionistas despliega su versatilidad) esta actitud manifiesta una preocupación vehemente por evitar las interpretaciones puramente formales de esta superación, que habían convertido la negación del arte en arte de la negación entre los epígonos de la vanguardia, y la práctica estética liberada en «liberación del arte» en la apropiación industrial del cine. «¿Qué nos importa la liberación de un arte de más, a través del cual Pierre, Jacques o Frangois podrán expresar con regocijo sus sentimientos de esclavos? La única empresa interesante es la liberación de la vida cotidiana, no sólo en la perspectiva de la historia, sino para nosotros y todos los que vengan después. Esto pasa por la desaparición de las formas alienadas de comunicación. El cine también ha de destruirse"[SPOPTACUT, 30].
La destrucción del cine por sus propios medios será el hilo conductor de la filmografía de Debord a partir del filón abierto en Sur le passage... Estos medios no son sino los de la realización del arte, pero en su aplicación a la realidad subvertida del cine no pueden exhibir ya su positividad, sino sólo las huellas de una carencia, de su proyecto irrealizado. Se rechaza con desprecio toda utilización positiva del medio. Un rótulo interrumpe el decurso de las imágenes y de la banda sonora en La société du spectacle: «Se le podría reconocer algún valor cinematográfico a este filme si el ritmo se mantuviese. No se mantendrá» [LSDS,69]. El relato o la sucesión informe de aventuras se ven sustituidos por un flujo inconexo de imágenes que ocultan su procedencia diversa y sólo pueden interpelarse a partir de una reflexión genérica sobre las mismas. El decurso visual se somete a la banda sonora, y en ésta, la narración a la teoría crítica («más aburrido, más significativo»). Las imágenes no absorben al espectador, le interrogan por su sentido. No hay actores que «representen» las pasiones humanas sino fragmentos sustraídos al espectáculo que discurren sin llegar a desplegar una identidad y reclaman encarnarse en un «autor». El saqueo de realidad practicado por la cámara se sustituye por el saqueo de imágenes recontextualizadas por un nuevo montaje. «Lo que el espectáculo ha tomado de la realidad, debe restituírselo. Los expropiadores espectaculares deben ser expropiados. El mundo ya ha sido filmado. Se trata ahora detransformarlo» [LSDS, 74]. A partir de esta formulación política se erige toda una poética de la apropiación que justifica el uso del plagio y de la desviación de mensajes preexistentes, estrategia que ya había sido definida por Wolman y Debord durante la fase letrista para las obras de arte y el cine del pasado, y que permitiría plantear ambiciosos proyectos con muy poco instrumental técnico, así como asumir el deleite estético de esas obras sin tener que asumir su carga ideológica, al reconstruir, por ejemplo, la banda sonora y los intertítulos de grandes producciones del pasado. Hoy habría una tarea enciclopédica que llevar a cabo para deconstruir los contenidos ideológicos implícitos en la filmografía de ese homero del capitalismo postindustrial que es Spielberg.
Estas prácticas, así como la crítica general del medio emprendida por Debord, se irían ampliando y precisando hasta la puesta en imágenes de su obra teórica más importante, La société du spectacle, publicada como libro en 1967, donde la conclusiones extraídas de la crítica de la separación en la construcción de entornos y en el propio medio cinematográfico se extienden a todos los aspectos de la vida, colonizados por la omnipresencia en imágenes del discurso dominante. «El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón de irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante» [LSDS, 62]. Sobre imágenes de un enfrentamiento entre la guerrilla y el ejército blanco durante la guerra civil rusa, que ponen de manifiesto que el despliegue de las ideas en un contexto ideológico no puede ser sino lucha de clases y seguir por tanto patrones dialécticos, se desgranan los principios de la teoría crítica, perfectamente extrapolables a la práctica del cine, el uso del plagio y la desviación, la apropiación de los medios de alienación ideológica por su uso liberado: «La teoría crítica debe comunicarse en su propio lenguaje. Éste es el lenguaje de la contradicción, que debe ser dialéctico en su forma como lo es en su contenido. Es crítica de la totalidad y crítica histórica. No es un ‘grado cero’ de la escritura, sino su inversíón. No es una negación del estilo, sino el estilo de la negación» [LSDS, 70].
Así como el espectáculo no se construye sino sobre la negación de lo existente y vierte sobre lo existente su reflejo, desactivando la dinámica de producción de lo real, el diálogo, la experiencia, la práctica revolucionaria del cine no puede ser sino apropiación y reversión de ese reflejo, lo que supone un conocimiento en profundidad del medio y de los modos de influencia siempre renovados que es capaz de desarrollar. Pero mientras esta doble reversión continua proyectándose sobre la pantalla reflectante del espectáculo no deja de producir, al dorso de su crítica del espectáculo, el espectáculo siempre renovable de la crítica, capaz de activar siempre falsas identificaciones, de generar un morbo propio, de suscitar análisis y estudios como el que lees ahora. La inversión de las condiciones del espectáculo supone también la inversión de los medios y de los fines, no puede plantearse como un fin en sí misma. El carácter antiespectacular del cine de Debord, más allá de todo lo expuesto en los contenidos de su crítica, se deja ver fundamentalmente en que no se resuelve nunca en sí mismo. No existen razones para empezar o para acabar una película. Debord no hizo películas.
Parque Jurásico
En el mundo donde el enfrentamiento sigue siendo la categoría básica que ordena las relaciones se lucha para existir, y la lucha es ya información, un intercambio de formas. La mitología efímera y cambiante del espectáculo desarrolla siempre nuevos reflejos subvertidos de nuestras aspiraciones abstractas. Y a medida que se explora el territorio enemigo, sus armas y estrategias, se acaba también asimilando su imagen. Debord no pudo sustraerse en última instancia a la generación de representaciones ni se opuso finalmente a la tendencia histórica que acabaría convirtiéndole a él mismo en una representación paradigmática de su época. Precisamente porque poseía plena conciencia de su lugar en el devenir histórico de las formas, y de la consumación de ese devenir en la sociedad del espectáculo, que ya se había «incorporado a la realidad irradiándola»(10), Debord mismo preparó y alentó por activa y por pasiva un proceso de autorecuperación que desemboca actualmente en el renacimiento de un mito. La hermosa cinta de 1978 In girum imus nocte et consumimur igni [«Caminamos en círculo en la noche y somos consumidos por el fuego»], donde Debord pone realmente a prueba su sensibilidad «artística» tanto en lo que respecta al texto de la banda sonora como al tratamiento de las imágenes (incluyendo por vez primera un travelling de «producción propia»), corresponde ya de hecho a esta fase que completaría poco antes de su muerte con el documental autobiográfico Debord, son art, son temps, realizado junto a Brigitte Cornand para la televisión francesa».(11)
Conocedor de las dinámicas ocultas del espectáculo, Debord dispuso cuidadosamente las condiciones y los límites en que esta recuperación se daría inevitablemente. Sus indignadas invectivas contra los prositus contemplativos, su desdén hacia el público de cine al que privó de sus películas desde 1985 en represalia por la campaña de prensa que le hacía parte responsable en el asesinato de su mecenas Gérard Lebovici, su malhumorado retiro de la vida pública expresan estas condiciones y estos límites. La irredenta nostalgia desplegada en sus últimas producciones literarias (en quien tuvo una «viva conciencia del paso del tiempo»), las «fotos de familia» entrando a formar parte de sus últimos filmes (en quien rechazó con virulencia a quienes les admiraban «como si estuviesen por encima de su época»), la venta de los derechos de reproducción de sus obras a Gallimard poco antes de su muerte (en quien había defendido el plagio y la apropiación como prácticas revolucionarias contra el imperio de la mercancía), dan cuenta de sus aceptaciones. Había sido siempre consciente de la trascendencia de sus propuestas, y lo era de la fuerza de su legado. Habiendo intervenido activamente en la mayoría de los episodios fundamentales de su época como «portador de su sentido histórico» (mayo del 68 en Francia, la guerra de Argelia, los años de plomo en Italia, la transición española, etc.), y habiendo registrado en imágenes sus síntomas de descomposición de una forma descompuesta (es decir, del modo más eficaz hablando en términos estéticos, aunque impremeditadamente), sintió la necesidad de recuperar él mismo todo cuanto había merecido la pena, de limpiarlo y defenderlo de la distorsión histórica y restaurarlo del olvido. Era su último intento de «escribir» la antihistoria, y en él se vio abocado a consumar un fantasma que heredó de su origen, a repetir otro desastre sobre el campo arrasado por sus propios héroes. Por eso no tiene mucho sentido prestar oídos a quienes después de haber mantenido su recuerdo en cuarentena claman ahora contra su recuperación o la señalan con desdén, como si el haberle mantenido en la reserva les hiciese depositarios de su legítima memoria. Estas invectivas y desdenes sucumben a un arcaico romanticismo de la inmediatez que los propios medios promueven o son el cínico resultado de su posesión. Apuntan a señalar, respectivamente, la imagen de un superhéroe inaccesible o de un patético antihéroe lleno de vanidad. Antes de que otros hablasen de «situacionismo», reducción historizante que los situacionistas rechazaban, Debord ya había renunciado a la inmediatez, pero ante todo había renunciado a toda ilusión de inmediatez en la actividad subversiva que se despliega en el propio terreno del espectáculo. Esta renuncia es muy explícita en la última producción audiovisual en la que tomó parte, donde aprovecha su interacción con el medio televisivo para mostrarse «antitelevisual en la forma como lo era en los contenidos», del mismo modo que siempre había sido «anticinematográfico».
Pero antes que nada conviene no pasar por alto el contexto espectacular en el que esta recuperación toma forma. «Bajo las modas aparentes que se anulan y recomponen en lasuperficie fútil del seudotiempo cíclico contemplado, el gran estilo de la época es siempreel que está orientado por la necesidad evidente y secreta de la revolución».(12) Del mismo modo que Debord no aceptó nunca una valoración de sus obras efectuada por los especialistas del medio porque no estaba dispuesto a seguir su juego, rechazó siempre toda valoración acerca de su vida, tanto elogiosa como hostil, procedente de quienes no se enfrentaron a la suya. Cualquier identificación sería espectacular, y es precisamente el carácter antiespectacular de todas sus producciones el que le impedía no sólo su explotación comercial masiva, sino ante todo encerrar sus conclusiones en el campo de intervención.
Debord no puede volver. No habrá retorno ni conciliación sin que fracase la inteligencia. Simplemente dispondremos de algunos elementos de juicio antes de que se nos eche encima toda la responsabilidad. La irreductibilidad del pensamiento de Debord está en otra parte; siempre lo estuvo y lo seguirá estando. No afecta a lo que se hace explícito en las imágenes, ni se resuelve simplemente en la aceptación de su crítica, sino en la actitud de l@s receptores. El cine de Debord no se consuma cuando se consume: sigue después, pero esa es otra responsabilidad. Los mercenarios del espectáculo no trabajan sobre este horizonte. Mientras tanto sigue entre paréntesis, sin esperar al crítico ni al intérprete. «En un futuro más libre y más verídico, será motivo de asombro que los escribanos del sistema de mentiras espectacular hayan podido creerse cualificados para dar su opinión y sopesar tranquilamente los pros y los contras de una película que es la negación del espectáculo, como si la disolución del sistema fuese una cuestión de opiniones» [RTJEHSS, 162-3].
NOTAS
(1) Las anotaciones incluidas entre corchetes corresponden a los títulos de las películas de Debord y al número de página según la edición original Oeuvres cinématographiques complètes, París, Champ Libre, 1978, y será las siguientes para cada una de las películas: Hurlements en faveur de Sade, 1952 [HFS], traducción castellana por José Antonio Sarmiento aparecida en la revista Sin título núm. 1, Cuenca, Facultad de Bellas Artes, 1994; Sur le passage dequelques personnes à travers une assez courte unité de temps, 1959 [SPQPTACUT]; Critique de la séparation, 1961 [CS]; La société du spectacle, 1973 [LSDS]; Réfutation de tous les jugements, tant élogieux qu’hostiles, qui ont été jusqu’ici portés sur le film «La société du spectacle», 1975 [RTJEHSS], traducción castellana de Laura Baigorri aparecida en el fanzine Amano # 9, Madrid, 1997; In girum imus nocte et consumimur igni, 1978 [IGINECI], traducción castellana de Koldo Artieda, algunos de cuyos extractos aparecieron en la revista Refractor, # 4/5, Madrid, 1998.
(2) Debord, «Por y contra el cine», Internationale Situationniste, # 1, trad. castellana de Julio González del Río Rams en La creación abierta y sus enemigos, Madrid, La Piqueta, 1977. El subrayado es nuestro.
(3) Un filme que afrontase la vida de Debord desde la ilusión de inmediatez que busca el cine comercial tendría que dar cuenta en la pantalla de un extenso e intenso periodo de tiempo marcado por escándalos mediáticos, revueltas sociales, conspiraciones políticas, «acechanzas» gangsteriles y, en definitiva, de la puesta en escena espectacular del espectáculo y de su negación, es decir, no podría ser sino una superproducción en toda regla.
(4) Jappe, Alselm, Guy Debord, Barcelona, Anagrama, 1998, nota 7 a la II parte.
(5) El valor cultural de la obra de arte correspondería a su uso tradicional ritual y excluyente; su valor exhibitivo, a las nuevas condiciones de recepción instauradas por el cine: «el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil. Dicha fundamentación estará todo lo mediada que se quiera, pero incluso en las formas más profanas del servicio a la belleza resulta perceptible en cuanto ritual secularizado. (...) Pero en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la producción artística, se transforma la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber, en la política.» Benjamín, «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica» (1936), en Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1973, traducción castellana de Jesús Aguirre.
(6) Debord, «Informe sobre la construcción de situaciones y sobre las condiciones de la organización y la acción de la tendencia situacionista internacional» (1957). Traducción castellana de Nelo Vilar en Fuera de banda (el suplemento artístico-mutante de la Bandaparte) # 4, Valencia, Ediciones de la Mirada, 1998.
(7) Benjamin, op. cit., p. 53.
(8) Benjamin, op. cit., p. 56.
(9) Debord [1967], La sociedad del espectáculo, tesis 191.
(10) Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo [1988]. Trad. por Carme López, Barcelona, Anagrama, 1990 [1988]. Esta forma realizada corresponde a lo espectacular integrado, último estadio de la sociedad espectacular en el que confluyen lo «espectacular concentrado» de las economías burocráticas y lo «espectacular difuso» de las economías liberales tratados como las dos formas bifurcadas en que se encarna históricamente el mismo modelo de dominación en La sociedad del espectáculo.
(11) Debord, son art, son temps, realizado con Brigitte Cornand, Canal + Francia e INA, 1994.
(12) Debord [1967], La sociedad del espectáculo, tesis 162.
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