sábado, 19 de marzo de 2011
Industrias Mikuerpo en Radio Carcoma
jueves, 21 de octubre de 2010
La acción como una de tantas ilusiones
Efectivamente, aunque la experiencia espectacular esté vaciando cada vez más el contenido de nuestros actos y llevándonos a todos a preocuparnos más por representar algo que por significar gran cosa, no podemos poner al mismo nivel una huelga laboral y la santa indignación de un columnista, un programa de inserción de la marginalidad, un atentado, una de las doscientasmil firmas o un tartazo al delegado americano en la Cumbre del Clima. Tras el agotamiento de las falsas expectativas de desarrollo global del Capitalismo Mundial y la evidencia creciente de la imposibilidad de frenar sus efectos nocivos mediante la articulación de respuestas reformistas que comparten en el fondo su lógica y se ven arrastradas por él, la falsa conciencia encuentra ahora en el "compromiso" y en ciertas formas tipificadas de "lucha" su paz interior y su consuelo. Vuelve a valorarse el "trasfondo social" de las "producciones culturales", el estilo "militante" que ya no encuentra dónde militar, la reivindicación barata que expresa con su platitud la incapacidad para procesar la complejidad de lo real, el romanticismo pijo... Este inmovilismo factual hecho de pequeños "transportes" sin dirección ni objetivo lleva a algunos a tomar la "dictadura de lo real" por su propia cuenta, tomando por tal realidad sus propios temores y hundiéndose simplemente con ella en su negativa a mantenerla a flote.
Esto que podemos llamar ideología de la acción, o simplemente activismo, tiene expresiones tan dispares como las indicadas más arriba, lo que hace seguramente discutible su categorización genérica, así como la comprensión inmediata de las relaciones específicas que dicha ideología mantiene con cada uno de los patrones en que se manifiesta, a veces bastante enfrentados entre sí. Ninguna ideología resulta por otra parte comprensible de esta manera: el contenido de la ideología no resulta evidente a partir de su forma realizada. Por otra parte, no habrá pasado inadvertida la paradoja que parece entrañar la formulación de una "ideología de la acción", toda vez que la condición de toda ideología parecía ser su desvinculación con la praxis. No obstante, esta aceptación acrítica de la pureza de los conceptos y de la existencia de oposiciones no dialécticas entre ellos contiene en sí más ideología que cualquier desarrollo "simplemente teórico" de los mismos. No resulta fácil decir en qué momento una acción concreta se "ideologiza" ni cómo se "ponen en práctica" las ideas. Ya sabemos que no hay acción que no parta de presupuestos ideológicos ni ideas que no busquen su realización con más o menos fortuna una vez que se formulan. Este mismo texto es consciente de ser una determinada acción teórica, y no pretende por tanto dictar los contenidos de la acción misma, ni aspira a sustituirla. Tampoco juzga las motivaciones de los agentes de cada acción concreta ni establece las condiciones de la acción eficaz. Trata simplemente de poner de manifiesto y de desmontar una de las figuras ideológicas que mejor se corresponden con la época de la realización acabada de la ideología.
El mejor ejemplo nos lo proporciona la llamada "acción humanitaria" y toda la corriente de voluntarismo juvenil y onegeísmo que la acompañó en los noventa. Sin cuestionar aquí la necesidad de dispositivos que palíen el sufrimiento que acompaña a las numerosas catástrofes naturales (muchas veces asociadas a la explotación incontrolada de los recursos limitados del planeta) y a los conflictos bélicos (provocados siempre por choques de intereses entre los poderes que se disputan el control de esa explotación), es obvio que la acción humanitaria no es hoy el paradigma de ningún tipo de oposición eficaz a un sistema para el que la vida humana no es más que el recurso a explotar por excelencia. Si alguna vez supuso una heroica práctica alternativa a las condicionadas por la lógica del beneficio capitalista, hoy se integra funcionalmente en los complejos dispositivos que la sustentan. Si en algún punto comporta un auténtico "humanismo" preocupado por resolver las cuestiones inmediatas que se presentan aquí y allá, su concreción institucional sigue alimentando y legitimando un sistema depredador que ha aprendido a sacar provecho de las esperanzas de unos y de las ilusiones de otros.
Cuando no es directamente promovida desde arriba por los estados y ejecutada por los propios ejércitos, la acción humanitaria no tiene más remedio que funcionar como cualquier empresa al uso. Para ser "operativa" en el contexto capitalista, una acción humanitaria de la envergadura que reclama, por ejemplo, un éxodo de refugiados de una guerra, necesita movilizar gran cantidad de recursos y disponer de una organización concentrada que los gestione y haga de mediadora. Una vez institucionalizada, la "organización humanitaria" desarrollará intereses propios y su propia existencia se vinculará de hecho al mantenimiento del problema que pretende resolver. El móvil humanitario se convertirá en la ideología de una "gestión realista" de los males y los remedios. Por su parte, el público espectador podrá llamar "acción humanitaria" a una transferencia bancaria, y seguir identificándose con "los buenos" en la continuación del drama humano que el televisor programa ante sus ojos cada día a la misma hora. Finalmente, la ideología de la acción humanitaria así constituída podrá servir de reclamo publicitario de cigarrillos y refrescos, cuando no de coartada para el surgimiento de entidades humanitarias fantomáticas con explícitos fines empresariales o con fines encubiertos al servicio de grandes poderes.
Otro ejemplo contemporáneo de acción adjetivada (es decir, convertida en sustantivo, en sustancia consumible y participable) es el caso de la llamada "acción estética". Venida de los territorios del arte como una de las formas de superación efectiva de sus límites y de reintegración del juego al mundo vivido, este rábano emancipatorio ha sido nuevamente cogido por las hojas de una estéril vanguardia y hervido en el mismo caldo de cultura insustancial que sus progenitores dadaístas. La conmoción del arte vuelve a transfigurarse en arte de la conmoción. Cuando los artistas plantan su chiringuito en la feria de la acción simbólica no pretenden dejar de serlo, sino serlo más que todos sus contemporáneos: no van a ninguna parte, sólo huyen de sí mismos. Y cuando los movimientos sociales atraen con pantomimas la curiosidad de las cámaras no están rompiendo con el pasivismo y la contemplación: lo hacen para ser contemplados.
Este "modo de acción" se entiende como "participación" en el discurso social que hoy toma forma en los medios. Considera, o bien que es posible intervenir en la construcción de ese discurso a través del espectáculo, o bien que resulta imposible hacerlo si no es a través de él, al haber invadido el espectáculo el mundo real y abolido en él todo criterio de verdad y falsedad. No creemos que resulte renunciable la referencia a toda verdad, por más que esta verdad se encuentre siempre suspendida en su representación. En cuanto a la posibilidad de intervenir a través del espectáculo, de agenciarse sus dinámicas y de subvertirlo en un sentido emancipador, están expuestas a un debate más complejo. No puede desestimarse por principio, pero tampoco debe ser celebrada acríticamente. Participar en la lógica del espectáculo con contenidos positivos (reivindicaciones, exposición de puntos de vista alternativos, producciones "críticas") entraña la ingenuidad de tomar el espectáculo por lo que dice ser: un reflejo objetivo de la realidad, un marco neutral donde se despliega el sentido como síntesis de los lenguajes que pugnan por hacerse comunes, por comunicarse. Hacerlo con sus propias armas, llevando su mistificación aún más lejos para colapsarlo, puede acentuar mínimamente el proceso de su descomposición irremediable, plantearle retos siempre más duros, pero los alfilerazos en los tobillos no alcanzan nunca el corazón de la bestia y nada sugiere que no puedan ser transformados en un efecto espectacular más, digno de ser contemplado y celebrado en un momento en que los "efectos especiales" ya no nos hacen levantar la vista del plato. Estos refrescantes "golpes de ingenio" no supondrán en última instancia sino la actualización de las figuras y los recursos del espectáculo, su adecuación a los tiempos en que el espectáculo autónomo, como antaño el arte autónomo, no puede hablar ya más que de su propia descomposición.
En realidad, quien pretenda infiltrarse en el espectáculo habrá de tener presente que lo hace en territorio enemigo. La lógica de los medios se inclina siempre del lado de su concentración, es decir del poder y de la dominación. La repetición condicionante de consignas vacías se impone sobre la dimensión cualitativa del lenguaje, entierra su profundidad y disuelve su sentido. Un medio de comunicación es equiparable a un arma de destrucción masiva de conciencia, y ante las modernas tecnologías del condicionamiento la guerrilla cultural no es más que un fenómeno marginal y anecdótico mantenido en gran medida por la necesidad de seguir vendiendo "cetmes". Y miedo. E ilusiones. Y sinsentido.
Idéntica suerte ha corrido la guerrilla telemática, el llamado "hack-tivismo", y por idénticas causas. Intervenciones puntuales y anecdóticas que pocas veces dañan significativamente la estructura del sistema producen el refuerzo de los dispositivos de control y seguridad (entre ellos las leyes que regulan el tráfico de información) y estimulan el desarrollo de una industria que vive de su propia obsolescencia, distanciando cada vez más al especialista de la programación, capaz de actualizar constantemente sus conocimientos, y al consumidor final, que la mayoría de las veces desconoce los códigos con que se relaciona con su propia máquina y no deja de percibir el "espacio público" que podría ser la red como un "territorio amenazado", y no tanto por la policía como por "gente imprevisible".
En realidad, estos ejemplos no son sino representaciones virtuales, farsas románticas en que la historia se repite a sí misma, del modelo de "acción armada" que hace tiempo mostró sus límites: necesidad de concentrar los recursos para oponer una mayor resistencia al enemigo y consecuente producción de estructuras rígidas y de modelos jerárquicos de decisión, sacrificio militante (y militar) a la Causa que pasa a justificar la vida y no a la inversa, héroes y mártires por todas partes, secretismo, infiltración, terror, una espiral de violencia y confusión que dinamita todo desarrollo positivo. En suma, afirmación del Poder en su propio terreno y sacrificio paradigmático de la vida a todas las instancias de la representación: la de una ideología que se acepta religiosamente y la de unos medios de confusión que someten a su propia lógica toda producción de eventos. El "espectáculo integrado" no es sino el espectáculo del terror.
Podemos aislar por tanto algunos rasgos que afectan de forma idéntica a las diferentes modalizaciones de la acción que hemos considerado aquí como expresiones diversas de una misma ideología: son espectaculares, es decir, concentran recursos e intereses, desarrollan ámbitos de producción separados, generan especialistas de la producción del sentido y cristalizan en instituciones que se reproducen al margen de aquello que las inspira; y son, además, espectaculistas, se hacen para el espectáculo, para ser consumidas en la contemplación productiva, subordinando todo contenido a la producción de imágenes.
Si esta ideología de la acción fuese el mero reflejo de la acción misma aún sería pura y simple "representación" de esa acción. Pero la determinación ideológica no reside en aquello que simplemente expresa, sino en lo que oculta o presupone. El concepto de "acción" ha sido un valor en constante alza a lo largo de la historia del capitalismo, y una consigna cada vez que su dinámica inerte ha topado con un límite. La acción es la panacea contra el "aburrimiento". Cuando el director de escena grita "¡acción!", la realidad queda en suspenso y los muertos se levantan de su tumba. Sin "acción", no hay espectáculo que valga la pena. En mitad del tedio y el vacío de la supervivencia cotidiana, la invocación a la acción atrae la mirada tanto como la luz parpadeante del móvil en una habitación a oscuras. Fueron "hombres de acción" los primeros emprendedores del naciente capitalismo, y hoy es la "iniciativa" de los "ejecutivos" y los "creativos" la que sostiene sus cimientos. Así que no resulta extraño que su fuente de valor sea un flujo constante de "acciones". El futurismo nació para convertirse inmediatamente en ideología de la tecnología y exaltación de la guerra. El Do It Yourself, el flujo alternativo de comunicación, deriva fácilmente en territorio de conquista, abre nuevos ámbitos de explotación, produce imágenes de reconocimiento. You Can Do It!, es decir: ¡hazlo! Detrás de la ideología de la acción existe, además de un proyecto de transformación de las condiciones de vida, una ideología de la "productividad" camuflada y un positivismo necio que busca el "éxito" a través de la "competencia".
En un mundo donde la acción es un valor del poder, ¡hay que ser "marchoso"! Más invocada y suscitada cuanto más agotados se encuentran sus principios (hoy más que ayer), la acción que propugna esta ideología es el fundamento del espectáculo. El espectáculo es el "concepto" de la acción. No sólo porque vive esencialmente para representarla (es decir, no sólo porque ella es espectacular), sino porque en ella reside su principio generador espectaculista: la disponibilidad con que el mundo se nos entrega, la obscenidad con que se humilla ante nuestras miradas pudientes, la ilusión de operatividad que nos proporcionan nuestros "medios". El espectáculo no es falso porque cuente mentiras: es la mentira fundamental. Transforma todo movimiento en movida y divide el principio de la acción en mil pequeñas actividades.
¿Qué "hacemos" entonces? No se trata de fomentar el pasivismo y la inacción, ya bastante extendidos. La acción es principio y consecuencia de la condición humana: a través de ella trascendemos nuestras limitaciones y buscamos siempre convertir nuestro desarraigo en autonomía. Es también la acción la que sacraliza los momentos y los fija a la memoria eternizándolos: la experiencia se nutre de la acción. Sin la acción, el tiempo sería una secuencia uniforme del mismo segundo. Cuando dejamos de actuar, envejecemos. De forma que en la acción misma, más incluso que en sus resultados, se encuentra la salvación que se busca en éstos. Lo que aquí denunciamos es precisamente la expropiación de esa acción en el mundo moderno e hiperburocratizado, la destrucción de todos sus puntos de referencia y su conversión en figura. Se trata entonces de volver a plantearse, en un mundo que ha hecho de ella fetiche, cuáles son sus auténticas condiciones de posibilidad, y cómo puede "reactivarse" la acción.
Cuando todo se mueve por inercia, con velocidad uniformemente acelerada, hacia la nada o hacia metas que definitivamente se nos escapan, la acción que se pretende autónoma y propugna la autonomía no consiste en ir más deprisa que ese movimiento, sino acaso en saber detenerse y contemplarlo con ojos desengañados (puede que incluso en poner zancadillas a los que corren demasiado). Puesto que se ha vuelto tan barata, es preciso problematizar la acción y restaurar su valor. Toda acción supone decisión, aplicación de principios y de objetivos, y una y otros se encuentran ausentes cuando la pura acción se convierte doctrina, en criterio y en programa. Tanto da que se la invoque en un spot televisivo o en los voluntariosos reproches de quienes se encuentran cómodos actuando.
Problematizar la acción significa hoy darle sentido y profundidad. En el desarrollo de la capacidad crítica se da también un momento contemplativo sobre el que hoy se pasa pronto de largo: es una acción poco evidente y nada productiva, pues su objetivo no es arrebatar al espectador, ni tampoco entusiasmarlo. Pero sin él, el contenido de la acción no cristaliza ni desprende ningún efecto efectivo. Al igual que el arte ha dejado de tener sentido en una época que lo ha visto realizarse en el mundo estetizado de la mercancía, desplazándose el peso de la producción de sentido del creador al receptor o intérprete (es decir, a la gente común, puesto que el problema no reside hoy en conformar un mundo de imágenes, sino en insuflar de nuevo vida a un mundo convertido en imagen), la producción social de acontecimientos ha de ser hoy constantemente desenmascarada por la crítica de los intereses que en ella se escenifican.
Por otra parte, si el planteamiento de toda acción comporta en sí mismo un componente de dominación que objetiva e instrumentaliza su objeto, habrá que tener presente que toda acción es a un tiempo interacción con un medio natural y humano, y desarrollar esa interacción con el entorno y con los demás agentes de forma constructiva. Habrá que entender esa acción menos como producción de enunciados que como un diálogo en el que saber escuchar (sin resentimiento, sin asentimiento) es tan importante como poder hablar. Habrá que atender a lo negativo, a lo pequeño, a lo cercano: ceñir el alcance de nuestra acción a dimensiones humanas no supone una renuncia, sino el reconocimiento y la aceptación de aquello mismo que defendemos. Es comprender que toda acción que no es directa no es en último término sino representación, y que como tal se proyectan intereses concretos en ella y se suscitan a través de ella ilusiones vanas.
Luchar no es lanzar apuestas inútiles ni brillar en la cima de la revuelta, sino construir desde la base, en contextos liberados de las rutinas capitalistas de producción de valor, valores que podamos compartir y que den profundidad a nuestras acciones. Todo ello supone una percepción completamente diferente de las relaciones. Sólo una comprensión del mundo sobre bases distintas permitiría construirlo sobre bases distintas.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Presentación de un legado táctico
La recepción del legado de los situacionistas está hoy condicionada a un pronunciamiento de las condiciones de especialización del conocimiento que los situacionistas denunciaban y querían superar en su proyecto. El resultado es la mayoría de las veces una asimilación parcial de sus propuestas, que se planteaban sin embargo como una perspectiva unitaria y dinámica. Este tipo de recepción se ha visto reforzado para el lector en castellano por la publicación sucesiva de recopilaciones temáticas que cubrían diversos aspectos del proyecto situacionista (vida cotidiana, arte, urbanismo, consejos obreros...). Estas compilaciones, con criterios de selección y de organización del material no siempre adecuados, eran a menudo resultado de aventuras emprendidas por particulares sin otra intención que la de ver extendida la influencia de la más ambiciosa propuesta de transformación del mundo que ha producido nuostro siglo, cuando no lo han sido de empresas directamente interesadas en reducir su impacto a un determinado estilo de gesticulación que no logra sin embargo implantarse en las portadas de los dominicales. En los treinta años de ocultación transcurtidos cubrían una función importantísima si tenemos en cuenta la falta de disposición académica y el desinterés del mercado hacia un material capaz de corromper su dinámica. Nuestra confusa información llegaba a través de ellas y determinaba una recepción tensa, envuelta en un aura de misterio y conspiración. Un cierto género de "underground" ha sabido pues sacar "partido" de canales y dispositivos creados para integrar y mantener a raya el movimiento de negación que en los ochenta parecía plenamente superado, y ha sabido también aguardar su momento. Éste, aún no ha llegado. Pero su rastro, que no es de carmín, sobrevive a la moda.
Lo que hasta ahora este rastro no nos había permitido reconstruir más que a costa de grandes esfuerzos y de conocimientos que no siempre estaban al alcance del más interesado en actualizarlos era el carácter unitario de un pensamiento y una práctica cuyos diversos elementos no eran aislables ni realizables por separado. No es posible comprender las tesis situacionistas sobre la imposibilidad práctica del urbanismo unitario en el marco de las relaciones capitalistas de producción sin percibir la sombra de la descomposición de las artes separadas; ni asimilar el sentido y el alcance de esta descomposición sin asumir la necesidad práctica de subvertir las condiciones de vida existentes; ni llevar esta subversión finalmente a cabo sin comprometer en un proyecto colectivo las capacidades creadoras y organizativas que todas compartimos. El carácter profundamente subversivo e irrecuperable de la teoría-praxis situacionista reside en esta reintegración de esferas en la vida cotidiana y en el gesto total, pleno de sentido, que no forma parte de ningún discurso especializado.
No confundir este integralismo de las actitudes con el integrismo de las doctrinas. Hablamos del carácter unitario de su pensamiento e inmediatamente tenemos que hacerlo de su tendencia dinámica, procesual. No se puede deducir un sistema de ideas que esquematice la aplicación actualizadora del bagaje cultural occidental que los situacionistas llevaban a cabo ante cada fenómeno de su tiempo, ni determinar con claridad a partir de los textos una serie de supuestos organizativos que articulasen para siempre la dinámica de nuestros encuentros (la política). Es cierto que los situacionistas no aportaron criterios claros de organización y que su reflexiones al respecto se resuelven siempre en la evocación abstracta y exaltada de los consejos obreros como único dispositivo aceptable de deliberación y decisión. Tampoco produjeron ninguna "obra". Pero no debemos apresurarnos a interpretar esto como un rasgo de impotencia o de falta de profundidad en su teoría, sino en todo caso como incompetencia de la teoría y de ellos mismos en cuanto que vanguardia revolucionaria para señalar algo más que el marco donde esas nuevas realizaciones podían y debían darse. Lejos de establecer un estilo y, por tanto, lejos de sostener un programa único y permanente, lo que define la actividad situacionista como un todo es una perspectiva de futuro y la voluntad de avanzar siempre en el sentido de una afirmación de las posibilidades vitales y creadoras del individuo colectivamente organizado, superando cualquier tipo de determinismo y en primer lugar los determinantes sociales caducos.
Si se examinan con atención las exclusiones, los renuncias y cismas que jalonan la trayectoria de la Internacional situacionista y que tanto han dado que hablar en medios afines, veremos que su objetivo no es nunca preservar una supuesta "pureza" ideológica del movimiento, ni la neutralización de elementos perturbadores, sino precisamente impedir que quedase fijado a un código formal o reducido al enunciado de una nueva utopía con la que alimentar el género. Ante cada crisis, la I.S. no reacciona expulsando disidentes, sino que disiente expulsando reaccionarios. No se atrinchera sobre antiguas posiciones, sino que reformula todo su proyecto y su modo de organización. Desde este punto de vista, la práctica de la exclusión en el seno de la I.S. se presenta como un campo de análisis interesante, un ejemplo bastante raro entre las organizaciones de su naturaleza. Concebida a veces como un arma de autodefensa es en realidad un elemento táctico, un desencadenante de situaciones. Es la expresión en el plano organizativo del desvío (détournement), la práctica unitaria que define la acción de la I.S. en todos los órdenes sobre los que intervino, y más genéricamente el modo recurrente e inevitable de actualización de los contenidos históricos a nuevos contextos. Se trata en realidad del modo específico de desvío que los letristas ya llamaban ultradesvío, es decir, la aplicación del desvío, inicialmente concebido como un procedimiento de intervención en la esfera de la cultura, a la vida social y cotidiana. La propia idea de urbanismo unitario se plantea como un desvío general de todos los recursos ambientales, que desarrollan una dinámica propia, en su permanente interacción con la producción de vida cotidiana.
El desvío es el modo de enfrentarse radical y eficazmente a la reificiación, su opuesto en la recepción. Mediante el desvío se da siempre un nuevo sentido a los contenidos de la cultura y se revitaliza la experiencia. Hay en él un componente de plagio y otro de subversión íntimamente trabados. La mera práctica del plagio, por muy conscientemente que se ejerza como respuesta a las dinámicas estructurales capitalistas, no aporta nada creativo, consistiendo en una mera repetición degradada de contenidos no mediatizados por la conciencia. La cita, el argumento de autoridad no deja de ser plagio por ser explícito. La mera subversión, por muy liberadora que resulte como experiencia subjetiva, se resuelve en sí misma y no es capaz de transcender lo viejo, recayendo en él inadvertidamente. Plagio y subversión, concebidos unitariamente en un mismo gesto de apropiación por el uso, permiten concebir valores nuevos a partir de los que ya no sirven. Al cuestionar los valores, el desvío los recrea y los mejora -o los pone, al menos, a la altura de las circunstancias-. Al extenderlos, los libera, y al liberarlos, los critica. El sentido se reactiva en cada relación y no se impone unívocamente ni se consume en la inercia. El desvío por tanto no se agota en el resultado de su propia práctica inmediata y evidente. Es un medio eficaz de autodefensa en nuestra interacción cotidiana con las diversos medios de condicionamiento, pero su fundamento último es más profundo, y sus aplicaciones también más amplias: atañe genéricamente a nuestra relación con el saber y con el mundo.
Es por este motivo por el que aquí tampoco hay respuestas determinables de antemano: todo se resuelve en última instancia en una determinada actitud frente a las dinámicas de producción de sentido, hoy fuertemente mediatizadas. Nos hallamos frente a un legado táctico.
Si, como hemos comentado al principio, la lectura aislada de los textos situacionistas ha contribuido a la asimilación reductiva de sus propuestas, especialmente esa lectura que sigue, en un sentido o en otro, una orientación temática, este aspecto procesual y eternamente orientado de su teoría ha quedado completamente oculto tras tensas afirmaciones de principios y agresivas declaraciones de intenciones que se recortan en su recepción aislada sobre la vulnerabilidad real del movimiento, desde el momento en que éste reclamaba la cultura como ámbito preferente de actividad. La I.S. integra ópticas diversas que enriquecen su legado (y llamo la atención en este volumen acerca de la fecundidad de un pensamiento, el de Asger Jorn, que ha resultado oscurecido por los aportes más espectaculares de Debord y por los más accesibles de Vaneigem; o acerca de un punto de vista relegado más tarde como el de Constant, no tanto por tomar partido en las discusiones como por revisar un campo de posibilidades frustrado). Su desarrollo efectivo no fue sino un desarrollo posible entre otros. La complejidad de sus planteamientos requiere que situemos cada uno de los documentos en el contexto de los demás y que asistamos con pasión intelectual a sus debates. Sólo en el curso de los mismos, del enfrentamiento de sus "tesis" y "contribuciones" con los problemas concretos y con las circunstancias sociopolíticas que frustraron muchas de sus expectativas, adquiere sentido su teoría: serie de enunciados efímeros de los que se sirvió una agrupación especialmente brillante de creadores para sobrevivir y enfrentarse a los nuevos, dispositivos de condicionamiento que todavía estaban en fase de formación. Sentido, naturalmente, para nosotros: hoy que estos dispositivos están plenamente integrados y empiezan a experimentar un cierto desgaste, veremos que podemos aprender mucho no sólo de los fundamentos teóricos de la I. S., sino sobre todo de su experiencia global.
"Lo que nos impide abandonarnos a un sólo vicio es que tenemos varios", decía Debord parodiando a La Rochefoucauld. "No todo es un modelo en esta vida, pero sí que todo es ejemplar", señalaba Walter Benjamin. La presente edición en castellano de los textos completos de la revista francesa Internationale Situationniste se propone recrear la apasionante aventura de la I.S. sin más desvíos de los necesarios. Su articulación en dos volúmenes no obedece a ninguna división temática, ni tampoco al supuesto de una multiplicidad de etapas que, por otra parte, pueden establecerse en función de la propia historia del movimiento, sino a criterios editoriales que admito discutibles. Hemos incluído como apéndice en este volumen el "Informe sobre la construcción de situaciones", documento fundacional leído por Guy Debord en 1957 en la Conferencia de Cosio d'Arroscia donde se definen las líneas generales de un movimiento surgido como "vanguardia artística"; e incluiremos en el siguiente las "Tesis sobre la Internacional Situacionista y su tiempo", balance apasionado después de su disolución e interpretación del nuevo contexto en que otros deberían intervenir. Entre ambos documentos se desarrolla la actividad práctica de la I.S., de la que fue testigo excepcional su boletín central. Es evidente que no se trata aquí de un pensamiento asentado, sino de una serie de ideas en formación que comportan siempre una práctica y toman el pulso a los acontecimientos más inmediatos. Pero el mayor fracaso de La sociedad del espectáculo, como la gran obra literaria que es entre otras cosas, consiste en haber producido lectores incapaces de mover una coma. El "pensamiento" situacionista es sobre todo un "hacer" (poesía) que no quiere ser leído con más admiración o condescendencia que otros, y que no se formula para consumirse en su propia lucidez.

viernes, 15 de octubre de 2010
No veis lo que está pasando
"Internet va a transformarlo todo”, se escucha decir a los que se dan por avisados, profetas de una revolución en marcha que no precisa sujeto alguno porque nadie tiene la iniciativa y todos vamos a remolque. Hoy no hay que recurrir a ninguna complejidad teórica para desacreditar esta ideología del progreso inmaculado que libera a la humanidad de las servidumbres de la naturaleza y la lanza siempre a la conquista de nuevos ámbitos. Sin embargo, cuando se aplica a las proliferantes redes de información parece que tuviésemos que adoptarla sin crítica, en función de una estructura o de un dinamismo esencialmente buenos de estos medios, fomentadores del conocimiento, la igualdad y la solidaridad planetaria. A una objetividad percibida como insuficiente en relación con los recursos objetivos que pueden movilizarse, no se opone la intervención creadora de los individuos, sino la esperanza de transformación que promete otra objetividad impersonal, otra estructura tan determinante como determinada.
La tediosa propaganda que acompaña a la masificación del uso de los nuevos medios de comunicación no es nueva. Ya ponga el acento en su faceta ilustrada, herramientas que extienden el conocimiento y los valores democráticos de igualdad, libertad y progreso a todos los rincones del planeta, o ya lo haga en su versión rompedora, transgresiva y futurista (¿Hasta dónde quieres llegar hoy?), contiene los mismos valores cuya forma mítica ha servido para sustentar y reforzar las estructuras capitalistas en la ideología moderna, difundidos e impuestos precisamente por esos mismos medios que con tanto éxito han asumido la función sacerdotal en el universo profano del capitalismo. La extraordinaria popularidad alcanzada en poco tiempo por el televisor doméstico, difusor por excelencia de ideología desde mediados del siglo XX tanto en los estados totalitarios como en las democracias capitalistas, fue saludada con los mismos vaticinios y lamentada por el mismo moralismo estrecho que veía en esa nueva forma de socialización el principio de descomposición de los vínculos tradicionales y de los valores basados en la antigua jerarquía. La importancia creciente del televisor en la vida de las personas, convertido hoy en una función naturalizada de las viviendas modernas, en una fuente de noticias tan imprescindible en ellas como el agua corriente, ha seguido sin embargo en lo esencial el proceso que los situacionistas denunciaban en su crítica del espectáculo. Ésta era la crítica de una sociedad que reduce la condición de sus ciudadanos a una masa de espectadores mudos de acontecimientos fragmentarios, esencialmente engañada y manipulada, y en todo caso incapaz de descifrar la verdadera relación que estos medios establecen con el mundo real que ocultan o condicionan y de asumir su propia realidad de “consumidores puros” de mercancías inmateriales. ¿Supone realmente el adviento de las nuevas redes el final de la "era del espectáculo"? ¿Tiene esta propaganda algún fundamento?
Apaga la tele. Se abre el telón
El espectáculo no es la televisión, sino un tipo de relación que emana de ella, que se impone a través de ella anulando cualquier otra relación práctica e inmediata. En este sentido el espectáculo no es la visión siquiera, el conjunto de imágenes que captan nuestra atención por cualquier medio, radio, prensa escrita, conferencia o concierto de rock. No hace falta decir que la televisión tampoco es necesariamente espectáculo. Sin embargo ha supuesto durante décadas su paradigma más obvio, el más comprensible y material. La televisión ya no necesita concentrar a los espectadores en un espacio común donde a pesar de todo podrían encontrarse, sino que se difunde a domicilio, sin que se establezca una clara línea de demarcación que lo distinga de la realidad (la taquilla, las luces apagadas, la prohibición implícita de moverse, de hacer comentarios, de abordar al ser humano que se encuentra a nuestro lado). Éste es el verdadero modelo a partir del cual los situacionistas forjaron la noción de "espectáculo" y de "espectador pasivo", y su primera expresión moderna, llevando al cine análisis que procedían de las vanguardias artísticas y que encontraban en él su confirmación.
La televisión se instala en una fase avanzada del paradigma espectacular que se caracteriza por una mayor difusividad y pregnancia, aspectos ambos capaces de poner en crisis la primera formulación de la teoría del espectáculo conmoviendo las bases axiomáticas del paradigma: la concentración y la unidireccionalidad de la comunicación. La "tele" se filtra en la vida privada, se integra en la familia y dialoga con ella propiciando un tipo de comunicación que no se apoya en lo esencial en una jerarquía superficialmente visible. Permite la dispersión, la atención difusa, se ramifica en múltiples canales entre los que se puede "elegir", y es finalmente una ventana abierta al mundo que extiende la información y denuncia, mostrándolas, las miserias. De ahí que algunos pudiesen ver en ella y en sus periféricos una potencial herramienta de liberación que promovería a largo plazo mayor igualdad, libertad y riqueza de valores, y que acercaría a los seres humanos de todas las regiones del globo. O que se pusiese el acento en la emergencia de una comunicación basada en la imagen, en la dimensión "figural" y su carga poético-intuitiva alternativa a los espolones de la escritura "masculina, blanca, patriarcal y homófoba".
A medida que ha desarrollado y perfeccionado su “embargo dialéctico” de lo real, la televisión ha podido integrar también la participación del espectador de múltiples formas. En realidad, el reflejo que proyecta sobre la realidad desencantada de sí misma no puede dejar de participar él mismo de esa realidad, o no ser nada en absoluto. Pero además los índices de audiencia determinan los contenidos in situ ("contraprogramación"), la publicidad devuelve imágenes aceptables de todos los deseos, la contribución del espectador es requerida con más insistencia cuanto más entra en crisis la imaginación de los programadores ante el desgaste objetivo del medio. Y hasta los actos más extremos de la conciencia radical acaban conformando los ingredientes necesarios de una velada satisfactoria. Un ejemplo asombroso: cuando Telefónica presentó una campaña con un anuncio que duraba todo un minuto, durante el cual la pantalla del televisor permanecía en blanco, estaba llevando al terreno de la publicidad un recurso subversivo con el que Debord quiso expresar de forma práctica la muerte del cine en su película Hurlements en faveur de Sade, y como él buscaba suscitar en los espectadores la misma inquietud haciéndoles tomar conciencia del "tiempo vacío" que su comunicación quiere colmar.
El anuncio fracasó más que nada porque el grado de falsedad de lo que pretendía venderse era aún mayor que la osadía del publicista, pero este género de recuperaciones resultan más que ilustrativas de la magnitud de las apuestas que se ve llevado a asumir el medio televisivo y denuncian por vía negativa su excesivo desgaste. ¿No reside el valor estético de este anuncio en marcar el punto donde estos medios inflexionan, donde empieza hacerse explícito que la tele ha muerto? Primero se apoderó de ella el virus de la publicidad, que era el agente de la economía privada en el cuerpo social del Estado, destinado a disolverse en ella y con ella. Hoy esta publicidad, que excede muchas veces el tiempo de emisión de los espacios "de contenidos" en la televisión pública, y que desde luego los condiciona escandalosamente mientras se acepta con tranquilidad pagar cuotas añadidas al mercado para preservar un medio convertido en necesidad compulsiva, se ve invadida a su vez por cantos de sirena de otros medios más dinámicos: telefonía; servidores de internet, fascículos de iniciación al worldware...
La muerte de la televisión habrá sido por una parte su “realización”, que se expresa en la colonización y el saqueo de la vida cotidiana que la televisión ha venido a representar, hasta el punto no ya de filtrar, sino de sancionar e irradiar a partir de sí misma esta realidad; y sería por tanto una “negación” de la televisión, que se ha vuelto incapaz de generar nuevos valores a partir de esa vida degradada que ella misma determina finalmente. El fenómeno de masas que constituye un programa como Gran Hermano en todos los países donde se ha llevado a cabo esta experiencia de "construcción experimental de una situación", no niega, sino que ilustra a la perfección lo que estamos diciendo. Ni para los concursantes ni para los espectadores que intervienen sobre dicha situación como un panóptico divinizado se presenta aquí el rostro auténtico de la invasión de la intimidad y de la abolición del mundo personal que se practica en nuestra época, sino nuevamente una "representación" de todo ello, una representación que expresa el momento autorreferencial en que todo medio entra en descomposición: no es "verdad televisiva" más que para los ingenuos, sino tele-verité.
Por otra parte, el modelo no se ha extraído del propio desarrollo del medio televisivo, sino que constituye de forma muy precisa su negación a partir de experiencias muy extendidas puestas al público desde hace tiempo en la red de internet (cámaras ocultas, conversión de la propia vida en mercancía sobre la pantalla). Esta negación comporta a su vez dos efectos claros: la pérdida creciente de credibilidad de la televisión y el desplazamiento del delirio utópico hacia otros medios que empiezan a invadirla y a irradiarse a partir de ella. Estos nuevos medios se injertan en el mundo desencantado de la televisión anunciando el reencantamiento del mundo gracias a un nuevo tipo de "comunicación" que no reconoce límites ni separaciones, que es esencialmente "horizontal" y democrática, genera valores accesibles para todo el mundo en un contexto de libertad y de inmediatez difícilmente manipulable y, en definitiva, propiciará una gestión más flexible de los propios asuntos y nuevas posibilidades de intervención en los asuntos mundiales. Are you ready? Es hora, pues, para todas y cada una, de dar el gran salto hacia ese nuevo tipo de humanidad universalista y participativa que se está gestando. La televisión ha muerto.
La información hace “libres”
En las sociedades antiguas y subdesarrolladas, cuya economía se basa en la mera explotación y consumo de los recursos naturales, la red es una herramienta de supervivencia y un arma. Hay un sujeto que la manipula, el que tiende las redes, y un objeto para el que se tienden, aquello que se atrapa o se conquista, la presa. Las sociedades sedentarias ya no tienden las redes, sino que las disponen en forma de cultivos que se alinean en base a un aprovechamiento óptimo del espacio físico domesticado y ceñido a una geometría humana, controlable. Pero este control impone también un cultivo paralelo del propio sujeto en las habilidades que le permitirán tomar posesión de ese espacio en estado salvaje. El grupo gana oportunidades de subsistencia y un mayor confort, pero pierde libertad de circulación y expectativas de realización, ya que surge la especialización. Al mismo tiempo que la red desarrolla posibilidades productivas y no simplemente consuntivas atrapa en la misma medida al sujeto en ella. La cultura es eso: una institucionalización de las relaciones sociales con la consiguiente pérdida de independencia del individuo.
El sistema de producción capitalista comenzó estableciendo redes rígidas de producción a gran escala, cadenas donde las multitudes se olvidaron de vivir convertidas en piezas y engranajes de una máquina que marcaba el ritmo progresivamente acelerado de la producción y el consumo. Pero su vocación última era el establecimiento de redes de contactos tan amplias y densas como fuese posible, mercados que canalizasen la sobreproducción e hiciesen llegar las necesidades allí donde no existían. En la fase desarrollada del capitalismo la red de distribución se impone por su importancia sobre la cadena de producción, que pasa a un segundo plano o se integra finalmente en el propio proceso de distribución al generar ámbitos como la publicidad, especializados en la tensión y el dinamismo de estas redes.
Con el advenimiento de la sociedad de la información se habla de "redes que dan libertad" cuyo destino no sería el de cubrir un espacio por el que transcurre el movimiento para capturar una presa, sino "liberar la información", extender los cultivos. La red de la que hablamos ya no sería un instrumento de combate, sino de puesta en contacto. En ella no hay presa de la que apropiarse a no ser la propia red y sus dinámicas de ampliación. No hay tampoco sujeto: la red se construye gracias a la interacción de los propios usuarios no siendo muchas veces más que esta misma interacción. Dichos usuarios dispondrán por tanto de una creciente libertad de acción y de expresión y grandes posibilidades de participación creadora sobre "la red", hasta el punto de sugerirse el término "interactor" como sustituto del clásico espectador de sus precedentes menos agraciados. Obviamente, la red mantiene un carácter instrumental, se sigue pensando en ella como un "medio", por más que hayan sido anulados los términos de la mediación: la presa, el cazador, el sujeto y sus fines. Estos se definen igualmente a partir de la propia red, que en esta fase de construcción únicamente busca ampliar su horizonte y densificar sus circuitos. En cuanto al espacio que cubren, ha dejado igualmente de existir como localización espacio-temporal, ha quedado reducido a dimensión puramente mental, a concepto. Esto proporciona a los interactores, que son frecuentemente exploradores altamente cualificados del territorio virtual, con capacidad para desviar hacia sus propios fines las rutinas del sistema, el don de la ubicuidad al mismo tiempo que una impunidad casi completa en sus actuaciones sobre la red. Los conceptos sobrevuelan las fronteras, y aunque en teoría se pretende constreñir su circulación según las leyes de cada jurisdicción nacional, en la práctica se aprovechan todas las lagunas y se abren todas las brechas.
Ahora bien, como también le ocurría a la idea de progreso, dicha libertad aparece limitada por barreras económicas que funcionan a diferentes niveles: marcando diferencias en el acceso, por supuesto, pero también en las posibilidades de programación y desarrollo, en las rutas de canalización del sentido, en el control de la "nueva economía", asegurando y promoviendo la galopante liberalización que en términos capitalistas no supone la colectivización de los recursos (libertad de acceso para todos) sino la conversión de lo colectivo en un recurso a explotar por parte de la iniciativa privada. La tendencia económica resultante ha sido la de una imponente concentración de capitales y una polarización aún más grande entre quienes disponen y quienes consumen las redes de información dentro de las fronteras nacionales y especialmente en el plano internacional. En realidad, han caído las fronteras físicas para que se alcen nuevas fronteras virtuales. Los nuevos estados marcan su territorio sobre el lenguaje, el signo fijado a un registro, la marca, la "propiedad intelectual": son las "grandes compañías", estados invisibles basados en leyes comunes y abstractas cuyos intereses convergen. Han pasado algunas décadas desde que Mattelart evidenciase que la libertad burguesa de expresión, por encima o por debajo de sus amables virtudes, es en un contexto capitalista, libertad para quienes disponen de los medios de expresión. En España se abrió un debate público que rozó el escándalo con el asunto de las stock options. Bill Gates se convierte en el hombre más influyente del planeta y en el principal garante de un orden económico que necesita disponer de márgenes crecientes de especulación y que se revela cada vez más vulnerable y dependiente de los valores generados en comunicación. En el inmenso océano donde millones de osados navegantes han emprendido la odisea sin fines de la tecnocultura sigue habiendo pescadores de aguas turbias y tiburones, piratas y náufragos, y por supuesto un plancton tan ufano como imperceptible que alimenta todo tipo de ambiciones.
Puede discutirse el grado de manipulación o de condicionamiento de la opinión que inducen estos medios, pero no puede ponerse en duda que ésta ha sido la tendencia dominante de nuestra época: los medios de comunicación de masas han desarrollado su propia lógica, han impuesto su necesidad Y han desplegado su mayor potencia en estrecha relación con la liberalización del capital. Y si hoy internet puede proclamarse oficialmente "enemigo de los totalitarismos" (según el último informe anual del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos), es porque antes la televisión puso en escena la progresiva anulación de las competencias de los estados en provecho de la mercantilización del ámbito público. Allí no se habla tanto de libertad de los individuos propiciada por los medios a su disposición cuanto de la libertad sin fines de una información que "quiere ser libre". ¿Y no querrá también, con el mismo carácter esencial que "informa" el concepto, reproducirse y dar forma al mundo, invadir la mente y luego la materia sin ningún criterio selectivo, independientemente de su interés o de su "ajuste a los hechos"? Lo que se supone provocador de este slogan no es tanto la afirmación de la libertad sin fines de una información que se recrea en su anárquico albedrío, sino la atribución de voluntad al objeto de una inercia abstracta. Con ello se reconoce sin ambages la autonomía del sistema con respecto a los individuos que lo componen, quienes a pesar de padecer trabas y separaciones de todo tipo disponen siempre del consuelo y la salida de alienarse en la información, libre. Del hecho de que la vida contenga sus propios códigos y proyecte sus procesos en forma de información se extrae la conclusión alienada de que la vida "no es más que" información, y de ahí que la información es vida. Hay que decir más bien lo contrario: "la información debe comprometerse", con los procesos que cifra y con sus intérpretes.
Juegos de lenguaje
En la teoría del espectáculo la comunicación entre los individuos separados es precisamente lo único que puede oponerse a los designios de un sistema que dicta el sentido y el lugar de cada uno en la jerarquía que lo gobierna, pero esta comunicación permanece ahogada por un caudal incontenible de imágenes y signos que impiden que muestre su perfil liberador. La gran tarea de una agrupación de fuerzas de contestación consistía en la formación de espacios públicos en los que esta comunicación pudiese darse de forma directa e incondicionado, mucho más que en la "acción" que siempre se le opone y que en todo caso sí que constituye el contexto necesario en el que esta comunicación puede tener un valor. En esa comunicación se encuentran ya el contenido y los fines de la acción.
En los foros públicos denominados chats muchos usuarios conectan desde su equipo con un ágora virtual que permite la comunicación instantánea en tiempo real desde lugares muy alejados. Junto a los grupos de noticias sobre diferentes temas que permiten la circulación de la información según una temporalidad menos rígida, estos foros de conversación en tiempo real y otros más complejos y abiertos al juego basados en la mismo modelo son el equivalente formal más aproximado del desaparecido espacio público, al reunir teóricamente en su estructura las condiciones de apertura, participación y libertad que permiten un uso democrático de estos espacios. La propia estructura de las redes requiere en efecto la participación del mayor número posible de interactores (a mayor número de usuarios de la red, mayor cantidad y utilidad de sus contenidos, mejores expectativas de realización), de forma que el modelo unidireccional de comunicación que caracterizaba el uso espectacular de los medios en su versión concentrada aparece negado por la propia estructura de la red. El chat únicamente ofrece la posibilidad de encuentro, sin determinar otros contenidos que los que introducen en él los participantes conectados en cada momento. La libertad de estas interacciones es casi total, no tanto en virtud del siempre relativo anonimato cuanto de su increíble profusión y de la falta de inhibiciones. Finalmente, la apertura de estas comunicaciones está asegurada, tanto hacia el exterior por el acceso generalmente libre a las mismas como hacia lo imprevisto de su desarrollo. Si no fuese por su carácter virtual tendríamos que hablar incluso de un grado de realización democrática difícilmente alcanzable en una asamblea física, donde por muy coherentemente que se asuma su funcionamiento no se impedirá que se manifiesten inhibiciones, roces personales, grados diferentes de participación, etc.
Esto es porque han desaparecido precisamente casi todas las resistencias que lo real opone a la fluidez de la comunicación y determinan su parcialidad, su permanente inacabamiento, el roce del signo con el mundo físico, el ruido: "habría que precisar, pero no hay tiempo para ello, y tampoco está uno seguro de que le hayan comprendido. Antes de haber sido capaces de hacer o decir lo que era necesario, estamos ya siempre lejos". Ahora bien, "la realidad de la que hay que partir es la insatisfacción". Cabe preguntarse si esta comunicación que ya no afecta roce alguno con el mundo real sigue siendo comunicación, si puede ser informativo aquello que ya no se opone en modo alguno al ruido. Cuando alguien entra en un foro de Internet Relay Chat (IRC) no hace otra cosa que actualizar (ejecutar), una secuencia en código que el procesador interpreta para conectar nuestra línea telefónica con el foro virtual. A continuación se adjudica a sí mismo una identidad más o menos compuesta que no tiene por qué coincidir con su identidad real y ni siquiera evocar semejante noción de identidad en términos precisos, y un apodo por el que resultará abordable por los demás. Luego dispondrá de cientos, incluso de miles de canales temáticos que equivalen a otras tantas ventanas o universos que generan los propios usuarios, a los que puede accederse "conjurando" el comando oportuno y el concepto guía que abre ese universo; cada uno de esos universos se alinean ante la mirada del usuario en forma de conceptos como las cajones de un archivo. Una vez dentro se tiene la sensación (más viva cuanto más minuciosamente representada mediante imágenes, sonido y todas las incorporaciones multimedia que adornan el vacío de la comunicación) de compartir una charla en una habitación con varios contertulios que se alinean igualmente a un lado de la ventana, pudiendo asimismo ser abordados mediante determinados comandos que abren otras ventanas denominadas "privados", sólo compartidos por quienes mantienen una conversación en un determinado momento. Se puede abrir y estar presente en tantas ventanas como quepan en la pantalla y pueda dar de sí nuestra habilidad con el teclado. Nunca faltan habitaciones en esta inmensa okupa. Las posibilidades de realización comunicativa son igualmente infinitas, se puede jugar a ser lo que no se es, se puede ser varias cosas a la vez, se puede no ser, y si se trata de ser, de intervenir y hacerse presente, podemos llevar a cabo todos los actos que seamos capaces de imaginar, hasta los más sórdidos: podemos vivir todo aquello que podamos decir.
Para la nueva teoría de la información todo aparece disuelto y mezclado en la comunicación realizada: el receptor en el emisor, el canal en el código, el mensaje en el medio... y todo ello conforma un magma indistinto de formas y signos que evolucionan en un mundo aséptico, indoloro y sin resistencias. En la inmersión en los universos virtuales a que se abre la pantalla del ordenador se produce sin renuncia ni violencia el "abandono del cuerpo" buscado patéticamente por el individuo moral, que descubre en la amoralidad sin consecuencias de su interacción a distancia una "idea" de juego, de trabajo y de consumo purificada del trato con la materia. El espacio físico se convierte en un pasadizo entre planos geométricos. El movimiento se produce entre módulos del cerebro que empiezan a distribuirse nuevas funciones en un mundo de universos paralelos, perfectamente incomunicados salvo en los umbrales de las ruinas del antiguo edificio del sujeto. ¿Quedará pronto algo de él? Y sin él, ¿tendrá todavía algún sentido la "comunicación"?
Una primera respuesta es que la vida no es eso, y que los interactores no son, aún, el mundo. El chat es de hecho la realización de la dimensión estética de la literatura, la superación y la supresión del oficio de escribir y del vicio de leer. Ya se trate de juegos de rol, de aficiones compartidas o de simples derivas por callejones conceptuales, la experiencia de escribir y de leerse "on line", transformándonos nosotros mismos en los personajes vivos de una ficción de la que al mismo tiempo somos espectadores, en un encuentro con lo que suponemos al menos que es otra mente humana, aunque no podamos determinar ni su sexo, ni su aspecto ni su verdadera localización geográfica, proporciona un sustituto ventajoso a la solitaria y tantas veces resentida búsqueda de sentido de la cultura libresca. No es en menos medida un marco incomparable de composición y de experimentación de situaciones para quien sepa manejarse en ellas sin ingenuidad tecnológica. La experiencia de su uso puede resultar, sin embargo, decepcionante para quien pueda haberse forjado alguna expectativa, tanto de realización en un plano "intelectual" como de actualización (ejecución) en un plano "real". Una "adicta" al cibersexo explicaba así el fundamento de su adicción: "si la situación no es extrema, no me excito; si lo es, me da miedo", por lo que había encontrado en los mundos virtuales la expresión exacta de su terror y de su aburrimiento. ¿Son todos nuestros deseos tan funestos? ¿Y dejarían de serio sin la huida hacia delante que impone agónicamente la tecnología?
Otra respuesta, más "positiva" sin duda, es que somos los "últimos hombres". Ya no es la literatura de ciencia-ficción ni la teoría radical, sino la genética y la biotecnología quienes nos colocan frente a un momento trascendental en la evolución de la especie humana, posiblemente ante el final de la Edad del Hombre tal y como hoy lo concebimos: conciencia de límite (que se expresa irracionalmente como miedo a la muerte) y ejercicio de la razón vinculado a ella (el esfuerzo por superar esos límites aplicando soluciones creativas en base al conocimiento experimental del mundo).
Los ballesteros del sol siempre han sido centauros: los poetas y los artistas descendían a los infiernos sacando a la luz tesoros podridos. Sus anhelos y sus terrores podían ser profecías. Pero la ciencia-ficción ya no va delante, sino detrás del delirio que desborda la ficción de la "ciencia". Es la falsificación poética de la poesía realizada en una ciencia que ya no busca certezas en el mundo, sino que se ha hecho ella misma experimental en el modo no de capturarlo, sino de reescribirlo a todos los niveles. En su forma idílica este abandono del estadio humano por la realización de sus fines no parece sino la consumación del asalto a la divinidad que dio origen a la razón según todos los mitos: alimentando y atizando siglo tras siglo el vulnerable hilo de fuego arrebatado por Prometeo, sembrando y cultivando generación tras generación la semilla perfeccionada de su pecado, el hombre habría cubierto el ciclo material de su existencia y se habría elevado a la condición de Creador. Habría materializado su salvación hasta el punto de eliminar completamente la historia y sus huellas, detener el tiempo, instaurar la eternidad; habría alcanzado su madurez como especie desprendiéndose del cuerpo y de las pasiones; habría creado a Dios al final del circuito de su ateísmo irredento, volviéndose capaz de regular los ciclos naturales y de crear por sí mismo nuevas especies en una imprevisible deriva de formas. He aquí la auténtica materialización del impulso creador del hombre, la verdadera realización del arte en la vida. Lo que no queda claro es que sea todavía vida aquello que ya no se opondrá a la muerte.
Internet es la guerra
La paradoja de la comunicación consiste en que sólo tiene algo que decir aquel que ha sido expropiado del derecho de decirlo, el que se ve llevado a tomar su derecho a la expresión por su propia cuenta. Esta paradoja ha sido la que ha minado los mecanismos de control mediante censura en la larga fase de empuje y desarrollo de los medios de comunicación de masas, de la que internet va a encargarse de escribir el último epígrafe: la comunicación realizada, la libre circulación de informaciones en un contexto de abolición de toda temporalidad y de toda resistencia, un contexto que hará finalmente la comunicación inútil y por tanto imposible. Donde todo puede decirse nada tiene verdadera importancia, y allí donde el derecho a la libre expresión recibe más atención y cuidados que el propio derecho a la vida, esta vida se da por definitivamente ganada o por definitivamente perdida en el libre juego de la información.
Por supuesto, esta crítica "simplemente ideológica" sólo afecta a los aspectos ideológicos de un fenómeno; no puede alcanzar todavía al propio fenómeno en su naturaleza concreta. Es la crítica de la situación "ideal" que la ideología de estos medios define como propia y de sus contradicciones con el "mundo real", el mundo de la vida. Éste sigue gobernado por el conflicto, conflicto exacerbado por los propios medios de comunicación, cuya estrategia consiste en polarizar las actitudes hasta hacerlas prácticamente incomunicables. Y los "nuevos medios" no tienen más remedio que seguir expresando este conflicto un tono por debajo o por encima de su discurso positivo, de ahí que la información siga teniendo sentido incluso en las transparentes redes, y que la comunicación, cuando efectivamente se realiza, sea allí portadora de una potencia y de un valor desconocidos hasta ahora. Estamos cada vez más lejos de comprender estos medios como otros tantos reflejos del conflicto de intereses que rige la sociedad global, y nos empeñamos en celebrar sus grandes posibilidades para eximirnos de realizarlas y sin tener en cuenta que el dominio extrae de ellos posibilidades aún mayores.
Así como la brecha abierta por el desarrollo tecnológico desencadenado entre la acumulación de recursos y su aplicación liberada al conjunto social constituía para Benjamín la amenaza efectiva de la guerra, la inflación de imágenes que los nuevos medios de reproducción permiten e imponen, no hallando una aplicación verdaderamente política, desemboca en la producción técnica de condicionamiento. Es necesario enfrentar el uso de estos medios como si, en vez de suponer la realización de la utopía comunicacional, inaugurasen un nuevo campo de enfrentamiento donde entran en juego armas de efectos devastadores desde el punto de vista de la estrategia política, a la que se han sustraído sus mejores virtudes. Los éxitos aparentes de esta "revolución a plazos" son sus fracasos fundamentales (la "nueva economía" y la "participación efectiva" de los consumidores en la producción de los recursos de su alienación), y sus fracasos (la creciente inseguridad del "sistema" y la generación de desarrollos irreductibles al mismo y enfrentados a él en todos los planos) son abiertamente sus éxitos hasta el momento, para nosotros y para el futuro.
Así es reconocido implícitamente incluso por los defensores del "libre intercambio de información" cuando reclaman y promueven sensatamente desde posiciones “alternativas” el uso de la encriptación y el blindaje. Necesaria en un contexto donde la información es un poder y donde las luchas de poder distan de haber sido resueltas, la encriptación de los mensajes no deja de suponer sin embargo una contradicción con respecto al principio que reclama la transparencia y afirma la autonomía de la información, y pone de manifiesto las auténticas condiciones en las que el juego se despliega.
Así se manifiesta también en la existencia de la comunidad Linux, la alternativa pujante al monoteísmo informático de Microsoft y la única capaz de articular múltiples formas de resistencia a un sistema que pretende imponerse como única vía de estabilidad y progreso dentro de las múltiples que se podrían explorar. Linux no plantea una oposición política definida, y de ahí que pueda aglutinar una amplia diversidad de planteamientos en un mismo desarrollo, pero la oposición a Microsoft y a toda la estructura económica que representa empieza hoy por Linux. Linux no plantea una oposición en el plano económico, sino que funda un ámbito propio y desarrolla una lógica que desestructura por completo cualquier intento de fijación de los códigos a la razón mercantil (títulos de propiedad, monopolios, publicidad). Sin embargo también tiene sus limitaciones: la comunidad de desarrollo que inaugura toda producción regida por el copyleft (la cesión de los derechos de copyright al usuario con la simple condición de que éste no se los apropie para su uso exclusivo) no constituye un freno definitivo a la mercantilización; y sus contradicciones: la oposición a un sistema que se descompone en la futilidad y la inercia dinamiza en vez de bloquear el medio, hace más significativa cualquier interacción sobre el mismo y retrasa consecuentemente la puesta en evidencia de la anulación de todo sentido que ha sido el horizonte sobre el que se ha desarrollado el sistema espectacular. Linux es hoy la condición necesaria e insuficiente para una utilización crítica de internet.
Y así se pone también de manifiesto en la proliferación diaria de nuevos virus disfrazados con los colores del espectáculo. El último ejemplo que ha trascendido ha sido el del virus mutante del amor, una especie de sida informático cuya estructura sin embargo, según los juicios de los expertos, es sorprendentemente simple y quizá por ello tanto más eficaz. Suele hablarse de estos virus en términos de amenaza, y en la defensa contra los mismos las fuerzas de la conservación integran los pequeños intereses particulares. Sin embargo el daño material que pueden producir en un equipo bien gestionado es mínimo en comparación con el daño que ocasionan al desarrollo de estos sistemas a medio plazo fomentando la desconfianza sobre su capacidad para canalizar con orden y concierto el inmenso negocio que se genera a su alrededor.
No se trata de discutir las ventajas materiales que estas redes comportan, muy relativas cuando son transformadas en nuevas servidumbres que la productividad del sistema impone. Ni se trata tampoco de fomentar discursos tecnofóbicos que pudieran pretenderse exteriores a su objeto, y que efectivamente lo son muchas veces, aunque en virtud de su impotencia y de su desconocimiento. Mucho más interesante que la "crítica de los medios por procedimientos no mediáticos" es la construcción de espacios alternativos que nieguen y desestructuren la lógica de estos medios en un contexto de espectáculo heredado y consumado. Por esta misma razón, estas comunidades deben ser políticas en un sentido profundo y explícito, comunidades de combate con capacidad para desarrollar sus propios recursos y mantener sus propias estructuras de contacto. El modelo desarrollado en España por sindominio.net resulta ejemplar al respecto, constituyendo desde hace tiempo la formulación más apropiada y apropiable de la contestación en internet. Estos usos representan todavía no obstante una proporción mínima en relación con el uso alienado de las redes, y la eficacia de su funcionamiento resulta mitigada cuando tendemos, por incapacidad o desconcierto, a mantener en torno a los mismos actitudes contemplativas. La gestión y el desarrollo de estos recursos exigen un conocimiento avanzado de los mismos y una disposición permanente a actualizarlos y perfeccionarlos, es decir una inversión de tiempo, aprendizaje y esfuerzo que no resulta todavía accesible universalmente.
El desarrollo tecnológico, y actualmente los horizontes que abren las tecnologías informacionales, son fenómenos objetivos cada vez más absorbentes frente a los que no cabe ya sembrar ingenuas barricadas ni replegarse en los viejos modelos e instituciones de difusión de la información y del poder. Se abre repentinamente, cubre y arrasa la vieja trinchera un nuevo espacio de lucha, ni más virtual que la caligrafía ni menos real que el Ministerio de Defensa. Nunca cupo esperar que ningún progreso tecnológico fuese capaz de constituir por sí mismo un progreso social. El verdadero progreso producido por un medio no se hace patente hasta mucho después y con inevitables pérdidas, cuando este medio se naturaliza y pierde su potencia especulativa, cuando llega a hacerse necesidad y olvido.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Una inmensa acumulación de nada
Análisis publicado en el catálogo Del mono azul al cuello blanco. Transformación social y práctica artística en la era postindustrial (Valencia, Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana, 2003).
“La paz es un domingo. La guerra, una cadena de días laborables. Lo que importa es que la esencia dominical se difunda a toda la semana”. (D'Ors: Lo barroco)El primer día del año 2000, mientras la humanidad se apresuraba a saludar el nuevo milenio con 366 días de adelanto y un entusiasmo tan artificial, tan mediáticamente exacerbado como la zozobra de un posible colapso informático a escala mundial, un buen número de artistas, en su mayor parte integrantes del circuito "marginal" no profesionalizado, cesaron sus actividades hasta el 31 de diciembre de 2001, en respuesta a la primera huelga de arte del mundo latino, convocada por Luther Blissett & Karen Eliot & Monty Cantsin.
Se habían dado experiencias precedentes en el mundo anglosajón (Art Strike 1990-93, convocada por Karen Eliot) y germánico (1977-80, convocada y llevada a cabo por el artista alemán Gustav Metzger). Como ocurrió con la huelga de 1990-93, la idea había cobrado forma a partir del circuito de mail-art, un "movimiento artístico planetario, heredero de Dada y Fluxus, basado en la eliminación de la jerarquía, la confrontación paritaria de experiencias y el intercambio gratuito de cualquier creación del intelecto que pueda ser transmitida a través del sistema postal" (1).
Un primer llamamiento a la "desobediencia activa" de todos los creadores se publicó en el fanzine P.O.Box (órgano de la factoría Merz Mail Barcelona) a finales de 1996, y muy pronto se convirtió en caballo de batalla de diversos fanzines de la órbita ácrata, punk y prositu (Amano, El Terrible Burgués, El Cosmonauta Eléctrico, Delirio...). Hay que subrayar la importancia que tuvieron los llamados "medios alternativos" para la generación y difusión de ésta y otras ideas innovadoras, y cómo haciendo "de necesidad virtud", constituidos en redes de afinidad y de colaboración mutua antes de que el modelo-red se impusiese gracias a las nuevas tecnologías, configuraron durante los ochenta y los noventa hábitos de producción y consumo cultural situados en las antípodas de la mercancía, así como un magma de contestación que más tarde se haría socialmente visible y operativo.
Lo "espectacular" de la convocatoria, confinada en principio a una protesta de un año contra la candidatura a la "capitalidad cultural" de Barcelona, no tardó en suscitar reacciones y prender un debate en algunas publicaciones del circuito "alternativo", como Amano o el boletín Art Strike 2000-1, que empezó a publicarse en 1998. Entre quienes se pronunciaron “contra el tiempo de silencio", el argumento más recurrente ponía el énfasis en la dimensión crítica que el arte moderno había abierto y en la gravedad de abandonar esa vía. “No podemos desdeñar un instrumento de lucha ideológica contra el sistema... No podemos cerrar la boca, pues el sistema ya lo hace”, apuntaba con conocimiento de causa el prestigioso poeta uruguayo, Clemente Padín, en el # 24 de P.O.Box (2). Antonio Orihuela denunciaba poco después en el mismo medio el "suicidio colectivo" que supondría la huelga de arte, y hacía un llamamiento en favor de "la Utopía, y no el silencio".
En el mismo sentido se pronunció el surrealista Eugenio Castro en una entrevista del fanzine Amano: "Confieso que no llego a comprender una convocatoria desemejante orden, en la medida en que creo que hoy el arte no que esté en huelga, sino que ha sido tan contundentemente derrotado que resulta mi punto de vista bastante gratuita", añadía perplejo: "...no veo cómo uno puede en huelga frente a una fuente de placer tan considerable como la creación". No obstante, en la misma publicación, otro miembro del Grupo Surrealista de Madrid, José Manuel Rojo, se mostraba menos escéptico: "Estoy de acuerdo en cuanto a la situación del arte, vencido como posibilidad de renovación social, pero es un muerto vivo... Es algo que dignifica al poder que lo lleva a cabo, sea un banco o un Estado, y se sigue ofreciendo el arte como un religión en la que los ciudadanos ven una legitimación social o una justificación de la vida que viven. En este sentido, hacer patente lo que ya se sabe, pero no se quiere ver quizá sí sea interesante". Y reconducía la cuestión con visionaria lucidez hacia "la realización del arte, no hacia la obra de arte”.(3)
Un aspecto que no llegó a plantearse en este debate, pero que parecía fundamental determinar antes de abordar la viabilidad de la propuesta, era por decirlo así el "estatus metafísico" de la huelga de arte: si se trataba de una "realidad", de algo que efectivamente "se daba", si contaba con un respaldo potencial y era socialmente informante; o si se trataba de una ficción, de una "situación construida" de mayor o menor alcance (que podía ir desde el simple montaje al "experimento sociológico", tan en boga actualmente en los medios de masas). En definitiva, se trataría de saber si era una "huelga de artistas" o una "manifestación artística" de cualquier tipo. De hecho, ambos paradigmas se interrogan mutuamente y marcan una distancia entre dos momentos muy distintos de la organización de la producción y de la gestión del goce en las sociedades capitalistas.
La convocatoria lanzada por Metzger en 1974 para los años 1977-80 se inscribía en un proceso continental de descomposición de las luchas, de difusión de las clases y de aparición de movimientos diferenciales centrados en cuestiones concretas, pero conservaba aún la estructura de los viejos modelos de movilización. Se trataba de una huelga de perfil netamente moderno, donde el artista proletarizado reaccionaba a la degradación de sus condiciones de vida, muy cercanas ya a la del obrero asalariado (y en la mayoría de los casos mucho más precarias), tomaba conciencia de su condición de trabajador de la cultura y reproducía los modelos históricos de movilización llevados a cabo por los trabajadores. No había ironía en ello: la convocatoria de Metzger se definía como maniobra revolucionaria que apuntaba en último término a destruir el arte como institución (museo y/o galería) en aras de la liberación del productor, en este caso el artista, de la cadena de producción artística. Se trataba de una aplicación tardía del modelo institucionalizado de lucha obrera a un marco de producción enteramente distinto.
La convocatoria lanzada por el grupo Praxis en 1986 para los años 1990-93 cuestionaba precisamente el rol que juega el artista en el mantenimiento de una estructura ideológica que genera, a su vez, ideología. Dicho artista no sería el sujeto de esta huelga, sino su objetivo preferente, definido en su función como una parte de la facción burguesa en la lucha de clases: "La actitud de los artistas ha sido la de distinguirse de alguna manera delresto de las actividades humanas. Esta actitud crea una justificación ideológica para lasdivisiones jerárquicas entre los seres humanos”.(4) La idea burguesa de artista era el engendro derivado y derivante de un ego inflado que cristaliza como "identidad". En el sentido de esta crítica hay que entender en su origen, allá por los años 80, el recurso a "nombres múltiples" para avalar este tipo de convocatorias; es decir, nombres que no respondían a nadie en concreto y que funcionaban como contextos abiertos que cualquiera podía utilizar y desviar para firmar cualquier tipo de acción, enriqueciendo de esta forma su leyenda e impulsando su difusión.
La convocatoria de Praxis intentaba hacer reflexionar sobre la necesidad de cuestionar los fundamentos de nuestra cultura para cambiar nuestro modelo de sociedad. Pretendía despejar un espacio para el desarrollo de una creatividad libre y abierta. No obstante, conservaba de algún modo ese marco privilegiado del arte desde el que se construye y se ironiza, si bien pasaba a configurarlo un tipo de prácticas que inciden en la situación (y a veces se agotan en ella), un proceso abierto y colectivo que genera su propio contexto. Si la propuesta de Metzger pretendía liberar el arte por medio de la huelga, la de Praxis buscaría contribuir a la lucha del movimiento obrero con los instrumentos del arte. Si la primera atendía a la condición profesional del artista, para dar curso a la segunda era preciso un circuito de activistas culturales del circuito institucional de la producción y enfrentado a él no de modo simplemente ideológico, sino material.
Hablando con propiedad, la convocatoria de Praxis no era sino una proyección invertida de la que años antes había protagonizado Metzger, su reproducción en clave de farsa. Constituye una reflexión sobre las razones de su fracaso y propone nuevas formas de lucha a ese nuevo tipo de productor de "mercancías inmateriales" que el capitalismo desarrollado genera. No obstante, tampoco consiguió arrastrar a un número importante de estos nuevos productores, quizá porque su perfil más intrigante aparecía diluido en su crítica apocalíptica del arte.
En el invierno de 1996-97, reaccionando a ciertas voces que trataban de conjurar el "tiempo de silencio", Karen Eliot redefinía la huelga instando a participar en un "juego general", un juego que "no excluye a nadie".(5) Los términos de su llamada eran lo bastante ambiguos como para no espantarse de antemano (o tal vez para sí hacerlo); cualquiera podía hacer de ella una interpretación a su medida. Muchas de las alternativas que se opusieron al "abandono de las herramientas", como la propuesta de Clemente Padín de canalizar la actividad creadora fuera del circuito artístico o el "paquete de medidas intermedias" propuesto por E. A. Vigo, hubiesen podido acomodarse al movimiento de la huelga de arte, puesto que desde el principio se había planteado (y se insistió mucho en esto en documentos sucesivos) como una jugada abierta y horizontal, una posibilidad indeterminada en sus objetivos y métodos, al modo de una silueta que habría que manipular, copiar y pasar, según el modelo iniciado por Ray Johnson para los circuitos de arte-correo. Se invitaba a la construcción colectiva de una situación sin definir, se presentaba la misma como un contexto abierto que generaba su propia leyenda, se reclamaba el juego "completamente en serio".
El acceso a esa esfera del juego sólo resultaba posible a condición de eludir a toda costa todo intento de "institucionalización", sea de orden sindical o estético. Una "huelga salvaje", desarrollada al margen de los sindicatos, no es un simple parón productivo de carácter excepcional que apunta a ciertas reformas expresadas en su tabla de reivindicaciones, sino una situación insurreccional que reclama una transformación radical de las condiciones existentes. Por su lado, la actividad formativa que se realiza al margen no sólo de las galerías de arte, sino también de toda pretensión de canalización estética, no es sino "vida cotidiana" liberada, impulso creador en libertad. La ambición constituyente de la huelga salvaje tiene algo de soberbia creadora; el gesto en sí mismo aspira a crear una "situación sin retorno"; y la liberación del tiempo de trabajo es condición para la liberación de un "tiempo estético" descargado de "obligaciones".
El ámbito de intervención de la huelga se hacía más difuso, afectando a la vida en su totalidad (no sólo al tiempo productivo, ni al tiempo reproductivo del consumo), dado que también el sistema espectacular había invadido, a su vez, la vida en su totalidad, reproduciéndola según su propia lógica. Karen Eliot nos invitaba a "salir de la caverna" y enfrentar la construcción de los momentos desde otras bases: "Al margen de esta cancelación absoluta de las vías de penetración de la cultura institucional, se desarrollará un proceso constructivo de cultura participativa dentro de los espacios liberados, se promoverán modelos autogestionarios de producción y fruición estética irrecuperables por el mercado, se legitimarán celebraciones paródicas de actos institucionales, se redecubrirá el cuerpo como fuente de goce cotidiano."(6)
La huelga de 2000-1 no podía aspirar a movilizar a una masa crítica de obreros culturales ni a generar señas de identidad para una clase atomizada, cooptada y sin conciencia. Y en un mundo estetizado y constitutivamente falso, que ha perdido toda perspectiva desde la que establecer "valores", tampoco podía hacerse consciente de su propio carácter fantasmal. La convocatoria para los años 2000-1 no eludía estas contradicciones, pero en vez de disolverlas en un sentido u otro trataba de "ponerlas a funcionar", de explorar las posibilidades que siempre genera una yuxtaposición de elementos heterogéneos. Si realmente eran inconciliables, se trataría de sacar a la luz la dinámica que los polariza y de tratar de componer una realidad que pudiese aglutinarlos. En eso hubiese consistido la "poesía" de esta huelga.
La "coincidencia" de acontecimientos catastróficos como el cambio de milenio, o el temor mediáticamente infundido a un "derrumbe" masivo de datos que podía afectar a instancias administrativas, empresariales, y por extensión a la vida de cada terminal informática, creó una atmósfera apocalíptica ideal para el cumplimiento de cualquier tránsito. Parecía que la humanidad entera fuese a asistir a su propia mutación, y que habría de creer en ella en cuanto fuese proyectada en las pantallas donde discurre su existencia (la verdadera, no la reproducción insustancial de procesos fisiológicos que llamamos "vida cotidiana").
En medio de este gótico escenario, la huelga de arte cumplió su papel de gárgola burlona y siniestra. Su momento climático ocurrió durante la inauguración de Arco 1999, cuando 12 Luthers infiltrados interrumpieron la recepción mediática a la infanta Cristina y su marido lñaki Urdangarin para hacer pública la convocatoria. De esta forma, el contexto formativo de la huelga quedaba documentado en lo que pretende ser la muestra más completa del arte contemporáneo, y de algún modo quedaba asimilado a esta noble actividad.
Entre las "respuestas" a la llamada, algunas fueron ciertamente nihilistas, y hay que conceder que la evolución del arte y del mundo daba para mucha más "muerte". Pero ni la "radicalidad" de los actos ni la vehemencia de la "teoría" podían hacer de la huelga otra cosa que un signo de su tiempo, capaz de expresar adecuadamente la crisis de todo valor y la incertidumbre milenarista que no nos ha abandonado todavía, pero incapaz de traducirse en ningún tipo de efecto inmediato. "En realidad", lo que cada uno de estos intentos parece poner en evidencia es la imposibilidad alcanzar tales resultados, el agotamiento las formas clásicas de lucha obrera tanto como de la utopía estética de la emancipación.
Un minuto antes de su "inauguración", cuando había todavía alguien que esperaba algo de ella, la huelga seguía siendo una inocente amenaza que, en todo caso, convenía observar de reojo. Un minuto después había desarrollado todo su potencial y se había sumido en su propia contradicción. Como esos espectáculos donde cuenta más la expectación que generan, y que una vez desplegados nos dejan solos, insatisfechos, vacíos. Tampoco fallaron los sistemas. Y el concepto, apenas hubo empezado a materializarse como otros "acontecimientos del siglo" que se sucedieron antes y después, pasó a formar parte del "basurero de la historia", de esa galería de imágenes que ya sólo evocan ocasiones perdidas.
NOTAS
(1) BARONI, Vittore (1997): Arte Postale: Guida al network della corrispondenza creativa, AAA Edizioni.
(2) En los años setenta Clemente Padín fue encarcelado durante algún tiempo por sus actividades postales. Ello provocó una campaña mundial a través de la red postal por su puesta en libertad y la de su compatriota Jorge Carabello." (HELD Jr., John: "Tres ensayos sobre arte correo" (nº especial de P.O.Box, 1997). Extraído de Mail-art: an annotated bibliography, The Scarecrow Press, Inc. Metuchen, N.J., USA, 1991).
(3) Otros pronunciamientos públicos vinieron de la mano de los colectivos editoriales Merz Mail, que ofrecía la infraestructura básica para la difusión y el debate de la idea, e Industrias Mikuerpo, así como del poeta J. Seafree. La postura de Clemente Padín fue apoyada por Hans Braumüller, Yolanda Pérez Herreras y E. A. Vigo, en una de sus últimas apariciones públicas.
(4) HOME, Stewart (1995): Neoism, Plagiarism & Praxis, San Francisco, AK Press.
(5) ELIOT, Karen (enero-febrero 1997): "Es tiempo de asesinos" (P.O.Box # 26).
(6) ELIOT, Karen (1997): "Okupación global" (Amano # 6).
domingo, 10 de octubre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
domingo, 3 de octubre de 2010
La sociedad del situacionismo
Versión española de The Society Of The Situationism, de Ken Knabb (Bureau Of Public Secrets, 1976). Traducción de Luis Navarro revisada por el autor. Incluida en el libro Secretos a voces (Literatura Gris, 2001). El contenido íntegro de este libro y otros textos en español de Ken Knabb en la página oficial del Bureau Of Public Secrets.“Aunque nunca hubiese existido una teoría situacionista constituida como potencial fuente de inspiración, el sistema de consumo mercantil contiene implícitamente su propio situacionismo.” [Daniel Denevert, Teoría de la miseria, miseria de la teoría]
El segundo asalto proletario a la sociedad de clases ha entrado en su segunda fase.
La primera fase — que empezó difusamente en los años 50 y culminó con las luchas abiertas de finales de los 60 — encontró su expresión teórica más avanzada en la Internacional Situacionista. El situacionismo es la ideologización directa o implícita de la teoría situacionista dentro del movimiento revolucionario y de la sociedad en su conjunto.
La I.S. articuló todo el movimiento global al tiempo que tomaba parte en él, llevando “la violencia de los delincuentes al plano de las ideas” y dando una implicación práctica inmediata a sus posiciones teóricas. De esta manera, presentó un modelo al movimiento revolucionario, no sólo en la forma de sus conclusiones, sino también al ejemplificar el método de la negación permanente; con este método, sus conclusiones fueron casi siempre acertadas.
Al generar en muchos de sus partidarios las mismas exigencias que practicó ella misma y obligar a los menos autónomos a serlo al menos respecto de ella, la I.S. demostró que sabía educar revolucionariamente. En el espacio de algunos años hemos visto una democratización de la actividad teórica que no se había obtenido — aunque se había buscado — en el viejo movimiento durante un siglo. Marx y Engels no fueron capaces de suscitar rivales; ninguna de las corrientes del marxismo mantuvo la perspectiva unitaria de Marx. La observación de Lenin en 1914 de que “ninguno de los marxistas del pasado medio siglo ha entendido a Marx” es en realidad una crítica de la teoría de Marx, no porque sea demasiado difícil, sino porque no reconoció ni calculó su relación con la totalidad.
La propia naturaleza de los errores de los situacionistas — expuestos y criticados por ellos mismos sin ninguna piedad — es una confirmación de sus métodos. Sus fracasos sirven, tanto como sus logros, para enfocar, clarificar y polarizar. Ninguna otra corriente radical en la historia ha conocido un grado semejante de debate teórico, público y deliberado. En el viejo movimiento proletario, la polarización teórica consiguiente era siempre la excepción, la explosión que contradecía finalmente las intenciones de los propios teóricos, y un último recurso cuando se veía que era imposible seguir manteniendo una unidad ficticia. Marx y Engels no se disociaron públicamente del programa de Gotha porque “los asnos de los periódicos burgueses tomaron este programa muy en serio, leyeron lo que no contiene y lo interpretaron de forma comunista; y los trabajadores parecen haber hecho lo mismo” (Engels a Bebel, 12 de octubre de 1985). Así, al apoyar mediante el silencio un programa frente a sus enemigos, lo defendían igualmente contra sus amigos. Cuando Engels decía en la misma carta que “si hubiese un sólo individuo con espíritu crítico en la prensa burguesa, habría desmontado este programa frase por frase, habría analizado el contenido real de cada afirmación, demostrado su sinsentido con la mayor claridad y revelado sus contradicciones y sus gazapos económicos... hubiese puesto terriblemente en ridículo a nuestro partido”, describía como un defecto de la prensa burguesa lo que más bien era precisamente un defecto del movimiento revolucionario de su tiempo.
La expresión concentrada de la actual subversión histórica se ha descentralizado a sí misma. El mito monolítico de la I.S. ha estallado para siempre. En la primera fase, este mito tuvo cierta base objetiva: en el nivel en el que estaba operando, la I.S. no tenía rivales serios. Ahora vemos una confrontación pública e internacional de teorías e ideologías situacionistas autónomas que ninguna tendencia puede monopolizar. Toda ortodoxia situacionista ha perdido su referente central. A partir de este punto, todo situacionista o que se pretenda tal debe seguir su propio camino.
Las primeras críticas del situacionismo siguieron siendo fundamentalmente ahistóricas. Ellas medían las pobrezas teóricas de los pro-situs con respecto a la teoría de la primera fase. Veían las miserias subjetivas y la inconsistencia interna de este medio, pero no su posición en relación con la suma de los vectores teóricos y prácticos en un momento determinado; no supieron tomar esta “primera aplicación no dialéctica” como debilidad cualitativa del conjunto, como un necesario “momento en el trayecto de la verdad”. Incluso las Tesis sobre la I.S. y su tiempo — que en muchos de sus aspectos son la recapitulación de la primera fase en su momento de transición a la segunda — apenas abordan el aspecto propiamente histórico del situacionismo.
En cada etapa de esta lucha, la realización parcial de la crítica engendra un nuevo punto de equilibrio propio con la sociedad dominante. Como la teoría escapa a sus formuladores, tiende, a través de su inercia ideológica autónoma, a formularse a través de todas las permutaciones y combinaciones posibles, aunque principalmente de aquellas que reflejan los nuevos desarrollos e ilusiones del momento. Captados en su transición de la primera fase a la segunda, los pro-situacionistas del “reflujo posterior a mayo” del 68 fueron la personificación de la inercia de una teoría confirmada. Esta inercia ideológica, a través de la cual los partidarios de la teoría situacionista dejaban de lado los nuevos desarrollos de su propia práctica, los del proletariado y los de la sociedad como un todo, dio la medida de la debilidad del movimiento situacionista, mientras que la rapidez sin precedentes con que engendró su propia negación interna — saboteándose a sí misma efectivamente para afirmar la explosión que ya se le había escapado y limpiar el terreno para la nueva fase — confirma su verdad fundamental.
Los pro-situacionistas vieron las cuestiones de la segunda fase en los mismos términos que las de la primera. Al contemplar las nuevas luchas de los trabajadores, ampliadas y relativamente conscientes, como si fueran actos nihilistas aislados de un periodo anterior al que faltó por consiguiente, antes que nada, la proverbial “conciencia de lo que ya habían hecho”, los pro-situs sólo demostraron que carecían de conciencia de lo que otros ya estaban haciendo y de todo lo que falta por hacer todavía. En cada simple lucha veían la misma simple conclusión total, e identificaban el progreso de la revolución con la apropiación de esta conclusión por el proletariado. Así, concentrando abstractamente la inteligencia de la práctica humana sobre el complejo proceso del desarrollo de la lucha de clases, los activistas pro-situs fueron aspirantes a bolcheviques de un fantaseado golpe de la conciencia de clase, esperando con este recurso hacer pasar su programa consejista, cuyas implicaciones descuidaron por incomprensión o por impaciencia.
La I.S. no aplicó su teoría a la propia actividad de la formulación de esta teoría, aunque la naturaleza de la misma implicase su eventual democratización y pusiese así esta cuestión a la orden del día. En la resaca de mayo, ni la I.S. ni la nueva generación de insurgentes a la que inspiró habían examinado el proceso de producción teórica, ni en sus métodos ni en sus ramificaciones subjetivas, al margen de algunos vagos procedimientos empíricos. El contragolpe de la realización parcial de la teoría situacionista les arrojó sin defensas del delirio megalómano a la incoherencia, al desencadenamiento de rupturas sin contenido a la impotencia y, finalmente, a la represión psicológica masiva de toda la experiencia, sin preguntarse nunca lo que les estaba pasando.
Aun cuando la I.S. atrajese a muchos partidarios poco preparados, el propio hecho de que esa masa de personas sin experiencia política revolucionaria particular, sin aptitudes ni gusto por ella, creyesen encontrar en la actividad situacionista un terreno donde comprometerse autónoma y consecuentemente, confirma la radicalidad tanto de la teoría como de la época. Si el medio situacionista ha manifestado tantas pretensiones e ilusiones, éste era simplemente el efecto colateral normal de la primera victoria de una crítica que hace estallar tantas pretensiones de dominar la sociedad, y las ilusiones acerca de ello.
En la medida en que las ideologías de la primera fase suprimieron todo lo que tenía que ver con los situacionistas — incluyendo por consiguiente los conceptos más explícitamente asociados con ellos —, el eventual descubrimiento de la crítica situacionista tuvo un exagerado efecto contrario, dando a los situacionistas un monopolio aparente de la comprensión radical de la sociedad moderna y de su oposición. De ahí que la adhesión a la crítica situacionista tuviese el carácter abrupto y fanático de una súbita conversión religiosa (que ha menudo ha dado lugar ulteriormente, debido a una actitud exactamente simétrica, a un rechazo de ella in toto). Por el contrario, el joven revolucionario que ahora se adhiere a las posiciones situacionistas tiende a estar menos sujeto a este exceso fanático, precisamente porque los diversos matices de la lucha situacionista y de su recuperación son un aspecto familiar de su mundo.
En la segunda fase, la revolución ya no es un fenómeno aparentemente marginal, sino claramente central. Los países subdesarrollados han perdido el monopolio evidente de la contestación; pero las revoluciones no se han detenido, sólo se han hecho modernas y se parecen cada vez más a las luchas de los países avanzados. La sociedad que proclamó su bienestar está ahora oficialmente en crisis. Los anteriores gestos aislados de revuelta contra miserias al parecer aisladas se conocen ahora por ser generales, y proliferan sin que pueda llevarse la cuenta de ellos. 1968 fue el momento en que los movimientos revolucionarios empezaron a verse en compañía internacional, y fue esta visibilidad global la que hizo definitivamente pedazos las ideologías, que veían la revolución en todas partes, salvo en el proletariado. 1968 fue también la última vez que las revueltas importantes pudieron ser contempladas como revueltas estudiantiles.
El proletariado ha comenzado a actuar por sí mismo, pero apenas hasta ahora para sí mismo. Las revueltas siguen siendo, como durante los últimos cien años, reacciones principalmente defensivas: apropiación de fábricas abandonadas por sus propietarios o de luchas abandonadas por sus líderes (particularmente en las secuelas de las guerras). Aunque hay sectores del proletariado que han empezado a hablar para sí mismos, tienen todavía que elaborar un programa revolucionario abiertamente internacionalista y expresar sus objetivos y tendencias internacionalmente. Aunque sirven como ejemplo de los proletarios de otros países, todavía lo hacen a través de la mediación de facto de los grupos radicales y de la información espectacular.
La ideología de la primera fase, que ponía el énfasis en la realización del cambio radical sin comprender lo negativo o la totalidad, ha encontrado su realización en la proliferación de las llamadas instituciones alternativas. Las instituciones alternativas difieren del reformismo clásico en que son principalmente un reformismo autogestionado inmediato que no espera al Estado. Recuperan la iniciativa y la energía de los ligeramente descontentos y son un sensor de los defectos del sistema y de sus posibles soluciones. La producción alternativa — cuyo desarrollo en los márgenes de la economía recapitula el desarrollo histórico de la producción de mercancías — funciona como un correctivo de la economía burocratizada, debido a que es una empresa libre. Pero la democratización y la “autogestionarización” de las estructuras sociales, aunque genera ilusiones, es también un factor que favorece el desarrollo de la crítica revolucionaria. Deja atrás las cuestiones superficiales de la lucha, mientras procura un terreno más seguro y sencillo a partir del cual resulta posible llegar a lo esencial. Las contradicciones en la producción basada en la participación democrática y en la distribución alternativa hacen fácil el desvío de sus bienes y de sus medios, hasta el punto de hacer posibles “Estrasburgos de las fábricas” casi legales.
La noción hip de viaje [trip]* expresa el hecho de que cuando las mercancías se hacen más abundantes, adaptables y disponibles, la mercancía individual se devalúa en favor del conjunto. El viaje no ofrece sólo una mercancía o idea, sino un principio de organización que permite escoger entre todas las mercancías o ideas. En contraste con el bloque de tiempo donde “todo está incluído”, que se vende todavía como una mercancía distinta, el carácter mercantil del viaje en esta acepción indefinidamente ampliada (arte, artesanía, pasatiempos, moda, estilos de vida, subculturas, proyectos sociales, religión), y que comporta un complejo más flexible de mercancías y celebridades, esconde detrás una actividad casi autónoma que el individuo tiene la impresión de dominar. Este “viaje” representa el momento en que el espectáculo se ha hiperdesarrollado tanto que se hace participativo. Restablece la actividad subjetiva que falta en el espectáculo, pero tropieza con los límites del mundo dominado por él; límites ausentes en el espectáculo, precisamente porque está separado de la vida cotidiana.
*La noción de “trip” de la tradición underground americana es más abierta de lo que sugiere la traducción castellana “viaje”, incorporando aspectos psicológicos, de “estilo de vida” y de “concepción del mundo” que pueden detectarse no obstante en ciertos usos dados a esta palabra por movimientos análogos de los 70 en España y de forma más extendida en el sentido callejero del término “rollo”. [N. del T.]
La disminución del dominio exclusivo del trabajo y la fragmentación del ocio consiguientemente ampliado dan nacimiento a un diletantismo cada vez más extendido en la sociedad moderna. El espectáculo representa al superagente que conoce la temperatura correcta a la que debe servirse el sake, e inicia a las masas en técnicas de vida exóticas y en placeres sofisticados anteriormente reservados a las clases superiores. Pero el anunciado “nuevo hombre del Renacimiento” sigue alejado del control de su propia vida. Cuando el espectáculo se hace hiperdesarrollado y quiere deshacerse de la miseria y de la unilateralidad de su origen, se revela simplemente como un pariente pobre del proyecto revolucionario. Puede multiplicar las diversiones y hacerlas más participativas, pero su base mercantil le obliga ineluctablemente a volver a la matriz del consumo. Individuos aislados pueden, en una caricatura de Fourier, reunirse alrededor de los matices más precisos de gustos espectaculares comunes, pero estos nexos les dejan a pesar de todo separados los unos de los otros y de la totalidad social, y la actividad pasional buscada se hunde en su trivialidad. El nuevo cosmopolita sigue siendo históricamente provinciano.
A la insatisfacción creciente, suscitada por su tendencia a la uniformidad del mínimo denominador común, el espectáculo responde diversificándose. Las luchas son canalizadas en luchas por un lugar en el espectáculo, llevando al desarrollo de espectáculos semi-autónomos hechos a medida para grupos sociales específicos. Pero el poder singular de un espectáculo procede de haber estado situado por un momento en el centro de la vida social. De esta forma, el incremento de las elecciones espectaculares reduce al mismo tiempo el poder espectacular, que depende de la propia magnitud y del hechizo totalitario de la pseudo-comunidad que el espectáculo reúne. El espectáculo debe ser contradictoriamente todo, para todos e individualmente, mientras se reafirma continuamente como su único y exclusivo principio de unificación.
El espectáculo resucita lo que está muerto, importa lo que es extranjero y reinterpreta lo que existe. El tiempo necesario para que las cosas adquieran el grado necesario de pintoresca banalidad para hacerse “retro” disminuye continuamente; lo original es lanzado al mercado simultáneamente con su parodia, de la que a menudo apenas se distingue. Las discusiones estéticas se circunscriben cada vez más a la mera cuestión de si algo es parodia o no. Esto expresa el creciente desprecio que sienten por el espectáculo cultural sus propios productores y consumidores. La sociedad produce un movimiento cada vez más rápido de estilos e ideologías, llegando a un delirio que no escapa a nadie. A medida que se consumen todas las permutaciones y combinaciones posibles, se dan a conocer las miserias y las contradicciones individuales y empieza a discernirse la forma común que subyace a contenidos diversos; “cambiar de ilusiones a un ritmo acelerado disuelve gradualmente la ilusión del cambio”. Con la unificación global que ejerce el espectáculo, se hace cada vez más difícil idealizar un sistema porque se halle en una parte del mundo diferente, y la circulación global de mercancías, y por lo tanto de personas, acerca cada vez más el histórico encuentro de los proletarios del este y del oeste. El reciclaje de la cultura deseca y disuelve todas las viejas tradiciones, dejando sólo la “tradición de lo nuevo” espectacular. Pero lo nuevo pierde su novedad, y la impaciencia por las novedades generada por el espectáculo puede transformarse en impaciencia por realizar y destruir el espectáculo, la única idea que permanece siempre realmente “nueva y diferente”.
Puesto que la teoría situacionista es una crítica de todos los aspectos de la vida alienada, los diversos matices del situacionismo deben reflejar, de una forma concentrada, las ilusiones generales de la sociedad; y las defensas ideológicas generadas por los situacionistas prefiguran las defensas ideológicas del sistema.
La teoría situacionista ha cerrado el círculo al proporcionar su crítica de la vida cotidiana el vocabulario sofisticado para una justificación del status quo. Por ejemplo, se ha reprochado a los individuos que expresan insatisfacción con pseudo-entretenimientos autocomplacientes en el medio situacionista su falta de “capacidad para el disfrute”, de “sentido del juego” e incluso de “subjetividad radical”, y se ha acusado de “voluntarismo” y de “militantismo” a los que han propuesto concretamente proyectos radicales o actividades más experimentales de lo habitual.
El vaneigemismo es una forma extrema del anti-puritanismo moderno que tiene que fingir que disfruta de lo que se supone que es disfrutable. Como los habitantes de la ciudad que afirman su preferencia por “vivir en el campo”, aunque por alguna razón nunca van allí, o si lo hacen pronto se aburren y vuelven a la ciudad, el vaneigemista debe fingir placer porque su actividad es, por definición, “apasionante”, incluso cuando esa actividad es tediosa o no existe. Haciendo saber a todo el mundo que “rechaza el sacrificio” y que “quiere todo”, sólo difiere del hombre de los anuncios que “exige lo mejor” por su grado de pretensión y su reconocimiento, a menudo sólo ideológico, de los obstáculos que sigue habiendo en el camino de su realización total. Olvidando la insatisfacción y el aburrimiento en su aburrida denuncia ritual, en el momento en que las ideologías más retrógradas se hacen francamente pesimistas y autocríticas en medio de su descomposición, el vaneigemista presenta una imagen efectiva de la satisfacción actual.
El egoísmo ideológico vaneigemista considera como esencia radical de la humanidad la condición más alienada de la humanidad que se reprochaba a la burguesía, que “no deja subsistir otro vínculo entre los hombres que el puro interés”, diferenciándose sólo accidentalmente de la versión burguesa en que concibe medios diferentes de realización para este montón de egos aislados. Esta postura es desmentida por la experiencia histórica real de las revoluciones, y a menudo también por las propias acciones de quienes la invocan.
El espíritu crítico de los situacionistas y su uso, calculado y a menudo conveniente de la “arrogancia” y el insulto — una vez sacados del contexto de la lucha activa por cambiar las cosas — encuentran su lugar natural en un mundo donde todos se presentan con un espectáculo de inferioridad y son llevados a pensar que son “diferentes”, donde todo turista trata de evitar a “los turistas” y todo consumidor se jacta de no creer en los anuncios (una ilusión de superioridad con frecuencia intencionalmente programada en los anuncios para facilitar la penetración simultánea del mensaje subliminal esencial). El individuo pseudo-crítico afirma su superioridad estática a través de sus críticas desdeñosas y sin consecuencias a otros individuos que tienen ilusiones más vulgares o al menos diferentes. El sentido del humor situacionista, producto de las contradicciones entre las posibilidades latentes de la época y su absurda realidad, una vez que deja de ser práctico se aproxima simplemente al humor popular medio de una sociedad en la que el buen espectador ha sido ampliamente suplantado por el espectador cínico.
Como reinversores de las riquezas culturales del pasado, los situacionistas, una vez que se ha perdido el uso de estas riquezas, se unen a la sociedad espectacular como simples promotores de cultura. El proceso de la revolución moderna — la comunicación que contiene su propia crítica, la dominación continua del presente sobre el pasado — engrana con el de una sociedad que depende del movimiento continuo de mercancías, donde cada nueva mentira critica a las anteriores. Que una obra tenga algo que ver con la crítica del espectáculo — manifestando un elemento de “radicalidad auténtica” o representando algún momento teóricamente articulado de la descomposición del espectáculo — apenas es desventajoso para ella desde el punto de vista de éste. Aunque los situacionistas tienen razón al subrayar los elementos desviables de sus predecesores, al hacerlo consiguen simultáneamente un lugar para ellos en el espectáculo, que debido a su grave carencia de lo cualitativo aprueba la afirmación de que se puede encontrar algo entre los bienes culturales que pone en el mercado. El fragmento desviado se redescubre como fragmento; cuando el uso desaparece, el consumo permanece: los desviadores son desviados.
Un concepto tan vital como “situacionista” tiene que conocer simultáneamente los usos más verdaderos y los más falsos, con multitud de confusiones intermedias.
Como otros conceptos teóricos fundamentales, no se puede suprimir la confusión interesada engendrada por el concepto situacionista suprimiendo esta etiqueta. Las ambigüedades del término “situacionista” reflejan las ambigüedades de la propia crítica situacionista, a la vez separada de la sociedad que combate y formando parte de ella, a la vez partido separado y negación de esta separación. La existencia de un “medio situacionista” distinto, que es a la vez la concentración social de conciencia revolucionaria avanzada y la personificación social del situacionismo concentrado, expresa las contradicciones del desarrollo desigual de la lucha consciente en este periodo; ya que, aunque ser explícitamente situacionista no garantiza una práctica inteligente, no serlo prácticamente garantiza que se tienen objetivos de falsificación o una ignorancia cada vez más difícil de mantener de forma involuntaria. Se considerará al espectáculo como un concepto específicamente situacionista en la medida en que se considere simplemente como un elemento periférico más de la sociedad. Pero al reprimir simultáneamente sus aspectos centrales y la teoría que los ha articulado de la forma más radical, y pretender luego matar dos pájaros de un tiro mezclando estas entidades que no se dejan subsumir en categorías, la sociedad confirma su unidad real, como cuando por ejemplo una bibliografía contiene una sección titulada: “Vida cotidiana, sociedad de consumo y temas situacionistas”.
Para la I.S., la etiqueta situacionista sirvió para trazar una línea entre la incoherencia prevalente y una nueva exigencia. La importancia del término se extingue en la medida en que se conocen y practican ampliamente las nuevas exigencias, en la medida en que el movimiento proletario se hace él mismo situacionista. Tal etiqueta facilita también una categorización espectacular de lo que representa. Pero esta misma categorización expone también la sociedad a la propia coherencia de las diversas posiciones situacionistas que posibilita una sola etiqueta, dependiendo la fuerza de su exposición de la red total de significaciones que arrastra el término en determinado momento. Es lo incisivo del término lo que está en juego en los diversos enfrentamientos acerca de si alguien o algo es situacionista, y el hecho de que el término “pro-situacionista” se haya reconocido universalmente de forma peyorativa es una medida notable de su carácter incisivo. Aunque su asociación con la etiqueta no sirve para defender determinados actos, en cierto sentido las acciones de los situacionistas defienden el término, contribuyendo a presentarlo como una bomba demasiado concentrada y peligrosa para que la sociedad juegue con ella. La sociedad que, sin excesivos problemas, presenta sectores de sí misma como “comunistas”, ”marxistas” o “libertarios” encuentra imposible o imprudente todavía presentar algún aspecto de sí misma como “situacionista”, aunque ciertamente lo habría hecho ya si hubiese prevalecido, por ejemplo, el sentido “nashista” (neoartista oportunista) del término.
En sus comienzos, mientras nadie se les aproximaba, la crítica situacionista parece tan intrínsecamente antiideológica que sus defensores apenas podían imaginar un situacionismo que no fuese una gran mentira o un malentendido. “No hay situacionismo”, este término está “privado de sentido”, declara I.S. 1. Una simple distinción basta para defender al término del mal uso: la 5ª Conferencia de la I.S. decide que todas las obras de arte producidas por sus miembros deben ser explícitamente etiquetadas como “antisituacionistas”. Pero la crítica que se opone por definición a su ideologización no puede separarse de ella definitiva o absolutamente. La I.S. descubre una tendencia “infinitamente más peligrosa que la vieja concepción artística contra la que tanto hemos luchado. Es más moderna, y por tanto menos evidente... Nuestro proyecto toma forma al mismo tiempo que las tendencias modernas a la integración. Se da así una similaridad tanto como una oposición directa, en esto de lo que somos realmente contemporáneos... Estamos necesariamente en la misma senda que nuestros enemigos, casi siempre por delante de ellos” (I.S. 9).
Es notorio que la intelectualidad moderna ha utilizado a menudo elementos de la teoría situacionista, antes sin reconocerlo, y recientemente — al hacerse semejante plagio más difícil, y considerando al mismo tiempo que la asociación espectacular con los situacionistas añade más prestigio del que les quita el conocimiento de su dependencia — casi siempre reconociéndolo. Pero son aún más significativas las numerosas manifestaciones teóricas e ideológicas que, a pesar de no tener ninguna influencia directa de los situacionistas, e incluso sin conocer su existencia, son ineluctablemente atraídas hacia los mismos temas y las mismas formulaciones, porque éstas no son otra cosa que los aspectos fundamentales intrínsecos de la sociedad moderna y de sus contradicciones.
A medida que la teoría situacionista se desarrolla y profundiza, la sociedad moderna, aunque sólo sea para comprender mínimamente su propio funcionamiento y su oposición o para presentar el espectáculo que refleja lo que generalmente es más deseado, debe recuperar cada vez más elementos de esta crítica o convertirse, rechazándola, en víctima de sus propios ángulos muertos, que se incrementan consiguientemente.
En todas partes se divulga todo lo que la I.S. ha dicho sobre arte, proletariado, urbanismo o espectáculo, todo menos lo esencial. En la anarquía del mercado ideológico, las ideologías individuales incorporan elementos de la teoría situacionista separándolos de su totalidad concreta, cuando en su conjunto reúnen efectivamente los fragmentos como una totalidad abstracta. Toda la ideología modernista, tomada en bloque, constituye el situacionismo.
El situacionismo es el robo de la iniciativa del movimiento revolucionario, la crítica de la vida cotidiana tomada por el poder. El espectáculo se presenta, si no como el iniciador, al menos como el necesario foro de discusión de las ideas de su destrucción. Las tesis revolucionarias no aparecen como ideas de los revolucionarios, es decir, vinculadas a una experiencia y un proyecto específicos, sino más bien como un acceso de lucidez por parte de los dirigentes, estrellas y mercaderes de ilusiones. La revolución se convierte en un momento del situacionismo.
La sociedad del situacionismo no sabe que lo es; esto sería darle demasiado crédito. Sólo el proletariado puede comprender su totalidad destruyéndola. Es principalmente el campo revolucionario el que genera diversas ilusiones y matices ideológicos que pueden reforzar el sistema y justificar un status-quo restaurado. Después de haber llegado a un punto de equilibrio con el sistema, los propios éxitos de las revueltas sirven en parte para publicitar la grandeza de un sistema que puede generar y acomodar logros tan radicales.
Por su propia naturaleza, el situacionismo no puede ser realizado plena e inmediatamente. No pretende ser tomado al pie de la letra, sino seguido a algunos pasos de distancia. Si esta pequeña distancia se suprime, aparece la mistificación.
Al producir su situacionismo, la sociedad hace saltar en pedazos la cohesión de otras ideologías, quita del medio las falsificaciones accidentales y arcaicas y reúne los fragmentos que puede volver a integrar. Pero, concentrando así la falsa conciencia social, la sociedad prepara el camino de la expropiación de su conciencia expropiada. La sofisticación de la recuperación desengaña por fuerza a los revolucionarios, su unidad empuja el conflicto a un nivel más alto, y los elementos del situacionismo difundidos globalmente provocan su propia superación en las regiones donde todavía no se habían desarrollado a partir de una base teórica indígena.
La I.S. fue ejemplar no sólo por lo que dijo, sino sobre todo por todo lo que no dijo. La prolijidad diluye el poder de la crítica. La discusión de lo que no plantea ninguna diferencia oscurece lo que sí la plantea. Subir a la tribuna del pseudo-diálogo dominante convierte la verdad en un momento de la mentira. Los revolucionarios deben saber callar.

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