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miércoles, 20 de octubre de 2010

Presentación de un legado táctico

Prólogo a la primera edición de los textos íntegros de la revista Internationale Situationniste en castellano (Literatura Gris, 1999).

por Luis Navarro

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La recepción del legado de los situacionistas está hoy condicionada a un pro­nunciamiento de las condiciones de especialización del conocimiento que los situa­cionistas denunciaban y querían superar en su proyecto. El resultado es la mayoría de las veces una asimilación parcial de sus propuestas, que se planteaban sin embargo como una perspectiva unitaria y dinámica. Este tipo de recepción se ha visto reforza­do para el lector en castellano por la publicación sucesiva de recopilaciones temáticas que cubrían diversos aspectos del proyecto situacionista (vida cotidiana, arte, urbanis­mo, consejos obreros...). Estas compilaciones, con criterios de selección y de organi­zación del material no siempre adecuados, eran a menudo resultado de aventuras emprendidas por particulares sin otra intención que la de ver extendida la influencia de la más ambiciosa propuesta de transformación del mundo que ha producido nuos­tro siglo, cuando no lo han sido de empresas directamente interesadas en reducir su impacto a un determinado estilo de gesticulación que no logra sin embargo implan­tarse en las portadas de los dominicales. En los treinta años de ocultación transcurti­dos cubrían una función importantísima si tenemos en cuenta la falta de disposición académica y el desinterés del mercado hacia un material capaz de corromper su diná­mica. Nuestra confusa información llegaba a través de ellas y determinaba una recep­ción tensa, envuelta en un aura de misterio y conspiración. Un cierto género de "underground" ha sabido pues sacar "partido" de canales y dispositivos creados para integrar y mantener a raya el movimiento de negación que en los ochenta parecía ple­namente superado, y ha sabido también aguardar su momento. Éste, aún no ha llega­do. Pero su rastro, que no es de carmín, sobrevive a la moda.

Lo que hasta ahora este rastro no nos había permitido reconstruir más que a costa de grandes esfuerzos y de conocimientos que no siempre estaban al alcance del más interesado en actualizarlos era el carácter unitario de un pensamiento y una prác­tica cuyos diversos elementos no eran aislables ni realizables por separado. No es posible comprender las tesis situacionistas sobre la imposibilidad práctica del urba­nismo unitario en el marco de las relaciones capitalistas de producción sin percibir la sombra de la descomposición de las artes separadas; ni asimilar el sentido y el alcan­ce de esta descomposición sin asumir la necesidad práctica de subvertir las condicio­nes de vida existentes; ni llevar esta subversión finalmente a cabo sin comprometer en un proyecto colectivo las capacidades creadoras y organizativas que todas comparti­mos. El carácter profundamente subversivo e irrecuperable de la teoría-praxis situa­cionista reside en esta reintegración de esferas en la vida cotidiana y en el gesto total, pleno de sentido, que no forma parte de ningún discurso especializado.

No confundir este integralismo de las actitudes con el integrismo de las doc­trinas. Hablamos del carácter unitario de su pensamiento e inmediatamente tenemos que hacerlo de su tendencia dinámica, procesual. No se puede deducir un sistema de ideas que esquematice la aplicación actualizadora del bagaje cultural occidental que los situacionistas llevaban a cabo ante cada fenómeno de su tiempo, ni determinar con claridad a partir de los textos una serie de supuestos organizativos que articulasen para siempre la dinámica de nuestros encuentros (la política). Es cierto que los situacionis­tas no aportaron criterios claros de organización y que su reflexiones al respecto se resuelven siempre en la evocación abstracta y exaltada de los consejos obreros como único dispositivo aceptable de deliberación y decisión. Tampoco produjeron ninguna "obra". Pero no debemos apresurarnos a interpretar esto como un rasgo de impotencia o de falta de profundidad en su teoría, sino en todo caso como incompetencia de la teo­ría y de ellos mismos en cuanto que vanguardia revolucionaria para señalar algo más que el marco donde esas nuevas realizaciones podían y debían darse. Lejos de esta­blecer un estilo y, por tanto, lejos de sostener un programa único y permanente, lo que define la actividad situacionista como un todo es una perspectiva de futuro y la voluntad de avanzar siempre en el sentido de una afirmación de las posibilidades vitales y creadoras del individuo colectivamente organizado, superando cualquier tipo de deter­minismo y en primer lugar los determinantes sociales caducos.

Si se examinan con atención las exclusiones, los renuncias y cismas que jalo­nan la trayectoria de la Internacional situacionista y que tanto han dado que hablar en medios afines, veremos que su objetivo no es nunca preservar una supuesta "pureza" ideológica del movimiento, ni la neutralización de elementos perturbadores, sino pre­cisamente impedir que quedase fijado a un código formal o reducido al enunciado de una nueva utopía con la que alimentar el género. Ante cada crisis, la I.S. no reacciona expulsando disidentes, sino que disiente expulsando reaccionarios. No se atrinchera sobre antiguas posiciones, sino que reformula todo su proyecto y su modo de organi­zación. Desde este punto de vista, la práctica de la exclusión en el seno de la I.S. se presenta como un campo de análisis interesante, un ejemplo bastante raro entre las organizaciones de su naturaleza. Concebida a veces como un arma de autodefensa es en realidad un elemento táctico, un desencadenante de situaciones. Es la expresión en el plano organizativo del desvío (détournement), la práctica unitaria que define la acción de la I.S. en todos los órdenes sobre los que intervino, y más genéricamente el modo recurrente e inevitable de actualización de los contenidos históricos a nuevos contextos. Se trata en realidad del modo específico de desvío que los letristas ya lla­maban ultradesvío, es decir, la aplicación del desvío, inicialmente concebido como un procedimiento de intervención en la esfera de la cultura, a la vida social y cotidiana. La propia idea de urbanismo unitario se plantea como un desvío general de todos los recursos ambientales, que desarrollan una dinámica propia, en su permanente interac­ción con la producción de vida cotidiana.

El desvío es el modo de enfrentarse radical y eficazmente a la reificiación, su opuesto en la recepción. Mediante el desvío se da siempre un nuevo sentido a los con­tenidos de la cultura y se revitaliza la experiencia. Hay en él un componente de plagio y otro de subversión íntimamente trabados. La mera práctica del plagio, por muy cons­cientemente que se ejerza como respuesta a las dinámicas estructurales capitalistas, no aporta nada creativo, consistiendo en una mera repetición degradada de contenidos no mediatizados por la conciencia. La cita, el argumento de autoridad no deja de ser pla­gio por ser explícito. La mera subversión, por muy liberadora que resulte como expe­riencia subjetiva, se resuelve en sí misma y no es capaz de transcender lo viejo, reca­yendo en él inadvertidamente. Plagio y subversión, concebidos unitariamente en un mismo gesto de apropiación por el uso, permiten concebir valores nuevos a partir de los que ya no sirven. Al cuestionar los valores, el desvío los recrea y los mejora -o los pone, al menos, a la altura de las circunstancias-. Al extenderlos, los libera, y al libe­rarlos, los critica. El sentido se reactiva en cada relación y no se impone unívocamente ni se consume en la inercia. El desvío por tanto no se agota en el resultado de su propia práctica inmediata y evidente. Es un medio eficaz de autodefensa en nuestra interacción cotidiana con las diversos medios de condicionamiento, pero su funda­mento último es más profundo, y sus aplicaciones también más amplias: atañe gené­ricamente a nuestra relación con el saber y con el mundo.

Es por este motivo por el que aquí tampoco hay respuestas determinables de antemano: todo se resuelve en última instancia en una determinada actitud frente a las dinámicas de producción de sentido, hoy fuertemente mediatizadas. Nos hallamos frente a un legado táctico.

Si, como hemos comentado al principio, la lectura aislada de los textos situa­cionistas ha contribuido a la asimilación reductiva de sus propuestas, especialmente esa lectura que sigue, en un sentido o en otro, una orientación temática, este aspecto procesual y eternamente orientado de su teoría ha quedado completamente oculto tras tensas afirmaciones de principios y agresivas declaraciones de intenciones que se recortan en su recepción aislada sobre la vulnerabilidad real del movimiento, desde el momento en que éste reclamaba la cultura como ámbito preferente de actividad. La I.S. integra ópticas diversas que enriquecen su legado (y llamo la atención en este volumen acerca de la fecundidad de un pensamiento, el de Asger Jorn, que ha resul­tado oscurecido por los aportes más espectaculares de Debord y por los más accesi­bles de Vaneigem; o acerca de un punto de vista relegado más tarde como el de Constant, no tanto por tomar partido en las discusiones como por revisar un campo de posibilidades frustrado). Su desarrollo efectivo no fue sino un desarrollo posible entre otros. La complejidad de sus planteamientos requiere que situemos cada uno de los documentos en el contexto de los demás y que asistamos con pasión intelectual a sus debates. Sólo en el curso de los mismos, del enfrentamiento de sus "tesis" y "contri­buciones" con los problemas concretos y con las circunstancias sociopolíticas que frustraron muchas de sus expectativas, adquiere sentido su teoría: serie de enunciados efímeros de los que se sirvió una agrupación especialmente brillante de creadores para sobrevivir y enfrentarse a los nuevos, dispositivos de condicionamiento que todavía estaban en fase de formación. Sentido, naturalmente, para nosotros: hoy que estos dis­positivos están plenamente integrados y empiezan a experimentar un cierto desgaste, veremos que podemos aprender mucho no sólo de los fundamentos teóricos de la I. S., sino sobre todo de su experiencia global.

"Lo que nos impide abandonarnos a un sólo vicio es que tenemos varios", decía Debord parodiando a La Rochefoucauld. "No todo es un modelo en esta vida, pero sí que todo es ejemplar", señalaba Walter Benjamin. La presente edición en cas­tellano de los textos completos de la revista francesa Internationale Situationniste se propone recrear la apasionante aventura de la I.S. sin más desvíos de los necesarios. Su articulación en dos volúmenes no obedece a ninguna división temática, ni tampo­co al supuesto de una multiplicidad de etapas que, por otra parte, pueden establecerse en función de la propia historia del movimiento, sino a criterios editoriales que admi­to discutibles. Hemos incluído como apéndice en este volumen el "Informe sobre la construcción de situaciones", documento fundacional leído por Guy Debord en 1957 en la Conferencia de Cosio d'Arroscia donde se definen las líneas generales de un movimiento surgido como "vanguardia artística"; e incluiremos en el siguiente las "Tesis sobre la Internacional Situacionista y su tiempo", balance apasionado después de su disolución e interpretación del nuevo contexto en que otros deberían intervenir. Entre ambos documentos se desarrolla la actividad práctica de la I.S., de la que fue tes­tigo excepcional su boletín central. Es evidente que no se trata aquí de un pensamien­to asentado, sino de una serie de ideas en formación que comportan siempre una prác­tica y toman el pulso a los acontecimientos más inmediatos. Pero el mayor fracaso de La sociedad del espectáculo, como la gran obra literaria que es entre otras cosas, con­siste en haber producido lectores incapaces de mover una coma. El "pensamiento" situacionista es sobre todo un "hacer" (poesía) que no quiere ser leído con más admi­ración o condescendencia que otros, y que no se formula para consumirse en su pro­pia lucidez.



Si hay algo que hace reír cuando se habla de revolu­ción, es evidentemente porque el movimiento revolucio­nario organizado desapareció hace tiempo en los países modernos, donde se concentran precisamente las posi­bilidades de una transformación decisiva de la sociedad. Pero el resto es mucho más irrisorio todavía, puesto que se trata de lo existente y de las diversas formas de su aceptación. El término "revolucionario" está despresti­giado hasta el punto de designar en la publicidad los cambios mínimos en los detalles de la producción incesantamente modificada de mercancías, porque expresan todavía en ninguna parte las posibilidades de un cambio central deseable. El proyecto revolucionario de nuestros días comparece como acusado ante la histo­ria: se le acusa de haber fracasado, de haber producido una nueva alienación. Esto vuelve a constatarnos que la sociedad dominante ha sabido defenderse, en todos los planos de la realidad, mucho mejor de lo que preve­ían los revolucionarios. No es que se haya vuelto más aceptable. Lo que pasa es que hay que reinventar la revolución. [Internationale Situationniste # 1, extracto publicado en Maldeojo # 1]

martes, 19 de octubre de 2010

Tiempo de carnaval

por José Manuel Rojo
publicado en Maldeojo # 1 (2000)


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Hay una pesadilla que ronda detrás de cada teoría revolucionaria y de cada acto que se pretende radical, que lo debilita e incluso a veces paraliza, y no sin razón. Es la ame­naza de la recuperación de las ideas y movimientos revolu­cionarios por parte del mismo poder que se quiere destruir. Conocemos las constantes históricas de esta recuperación, que se vienen repitiendo desde 1789. Se puede intentar com­prar a los líderes (autoproclamados o no) de la subversión, o mejor cooptarlos abriéndoles un hueco en la élite dominan­te, que además así se regenera. Esta técnica, grosera donde las haya, puede mejorarse asumiendo algunos aspectos del programa revolucionario adulterando o reprimiendo el resto, desactivando así su peligro; se conoce sin duda esa interac­ción siniestra entre el capitalismo y las fuerzas que sucesi­vamente lo han negado, de tal forma que las conquistas que le han sido arrancadas son digeridas y reconducidas hacia un nuevo fortalecimiento y modernización de su maquinaria. Finalmente, un procedimnto más lento y menos llamativo, pero más sutil y seguramente más eficaz: la asunción y glo­rificación del pensamiento y la vida de los principales teóri­cos y activistas del movimiento revolucionario, una vez que han muerto o han claudicado, y desde luego una vez que ha pasado el tiempo suficiente para que sean inofensivos. La reconversión de los viejos enemigos en estrellas de la indus­tria cultural no sólo da réditos políticos y económicos evi­dentes, sino que consagra al sistema con una oportuna páti­na de liberalismo y tolerancia.

La amenaza de la recuperación, siempre presente, se ha multiplicado en los últimos tiempos, de tal forma que parece que ya desde el principio, desde el primer momento en que la palabra sacrílega se pronuncia o el acto de rebelión se comete, ya están recuperados; como si todo aquello que se va a emprender contra el sistema ya se conociera y tuviera su respuesta, su antídoto. No cabe duda de que la publicidad, y los todopoderosos medios de comunicación con los que dispone, cumple un papel fundamental en esta recuperación contemporánea. Su propia desmesura, la concentración exa­gerada de capital y tecnología que la publicidad tiene a su disposición, así como el papel reconocido de apostolado reli­gioso del capitalismo (incluyendo estilos de vida y códigos morales de conducta), dan una dimensión aún más inquie­tante y ominosa, a su potencial recuperador, difuso, anóni­mo, invisible e implacable. (1)

Algunas técnicas publicitarias de recuperación son por supuesto obvias y pueden hacer sonreír; la utilización de ciertos movimientos sociales (hippies, punks, minorías étni­cas, homosexuales, feministas...) como protagonistas ama­bles o bufonescos de los anuncios, normalizándoles por la vía de la falsa complicidad o del ridículo real. 0 convirtién­dolos en rentables sectores de mercado a los que atraer (inte­gración mediante el consumo, único melting polt permitido). Se ha observado también cómo la publicidad utiliza ciertas técnicas o procedimientos usurpados directamente de movi­mientos artísticos o culturales revolucionarios: así, el colla­ge surrealista, o la detournament situacionista, copiados y vaciados de sentido hasta la exasperación, quedan integrados en el catálogo de las imágenes ya vistas, y quedan desacti­vadas como posibles armas de lucha.

Pero hay otros métodos recuperadores, más nuevos y peligrosos, que tal vez sería provechoso analizar, de una forma evidentemente provisional, precaria, sin ninguna intención de agotar un tema inagotable o de elegir los ejem­plos más idóneos. Se trata de una publicidad que se hace su propia autocrítica, que incorpora en el anuncio pequeñas (o grandes) dosis del análisis y de la denuncia de su misma ide­ología que proponen los movimientos radicales, configurán­dose así una especie de anticuerpo o vacuna que neutraliza ya de entrada la eficacia de la crítica de esos movimientos. Por otra parte, asistimos también a la recuperación de algu­nas de las demandas revolucionarias más atrevidas, que son apreciadas en su justa medida por el capital, y por lo tanto transformadas en nuevos productos y nuevas formas de pro­paganda por un sistema que parece capaz de deglutir todos los ataques y todas las reivindicaciones, tal vez porque ya no se hace ninguna ilusión sobre la bondad de su verdadera naturaleza. En ambos casos, el efecto buscado se combina con una estética no sólo bella o imaginativa sino también irónica, festiva, autocomplaciente y descarada, como cele­brando el hecho de que, en fin, el capitalismo es tan fuerte, tan sin enemigos aparentes, que se permite autoparodiarse y desvelar, sin tapujos ni hipocresía, sus mentiras y manipula­ciones. Hay un exhibicionismo impúdico, un cinismo brutal que es propio del que ha vencido y lo sabe. El capitalismo se puede permitir el lujo entonces de desnudarse él mismo ante nosotros, de reconocer que su traje es pura ilusión, que está desnudo, y esto con nuestros propios argumentos, que admi­te y hasta propaga con una alegría no sabemos si temeraria. El resultado es que demuestra su fuerza a la vez que inevita­blemente nos desarma. Hay un ejemplo que puede servir de introducción, relativamente nuevo pero ya canónico. El desarrollo de un tópico anuncio de automóviles es interrum­pido de repente, apareciendo un grupo de jóvenes que se entregan a un riguroso análisis de las trampas y estrategias del mercado: "Qué es lo que te gusta, el coche o el anun­cio'?".

Entrando más en detalle, se sabe por ejemplo que algunos movimientos, como el Surrealismo o la Internacional Situacionista, han llevado a cabo una crítica del lenguaje y del objeto que en general ha pasado desaper­cibida, o cuando menos incomprendida. Se considera así, desde Mallarmé, que el lenguaje ya no puede nombrar el mundo, que es ineficaz como medio de comunicación, ante todo porque ha sido reducido a unas dimensiones exclusi­vamente instrumentales en un mundo que está también cosi­ficado. De ahí la escritura automática, intento de ir hasta la fuente de un lenguaje en estado puro, o los experimentos dadás y letristas para construir otro completamente nuevo. En uno y otro caso, se trataba de que el ser humano sea capaz de pronunciar nuevas palabras, nuevos sentidos que tarde o temprano se harán realidad, y que serán la base de un nuevo diálogo. En el caso del objeto, también desde el Simbolismo se constata una "crisis del objeto", o de la relación del hom­bre con los objetos, los productos, las mercancías de la industrialización, que se reproducen hasta el infinito iguales a sí mismas hasta perder cualquier relación afectiva, imagi­naria o simbólica con su supuesto dueño, al que además se le imponen: son "apariencias de cosas, simulacros de vida", en palabras de Rilke. Pero no se puede afirmar que estas teorí­as hayan tenido un eco excesivo en su único destinatario posible, el movimiento obrero revolucionario. En general, han sido ignoradas, o entendidas como ideas absurdas, el¡­tistas, esotéricas o "artísticas". Sin embargo, la publicidad, máximo exponente de la devaluación del lenguaje y del objeto, las asume y utiliza, porque sabe que nacen de la experiencia de angustias reales, auténticas, de las que como de todo siempre se puede sacar partido. Así, en un anuncio de automóviles, el protagonista se ve incapaz de explicar con palabras qué es un automóvil, equiparándolo a lo no comu­nicable (el amor, la paternidad...), reconociendo como si fuera el mismísimo Lord Chandos de Hoffmansthal que el lenguaje fracasa ante las experiencias inefables. Pero otro anuncio va más lejos: todo es en realidad explicable, la esen­cia del coche, no. En cuanto al objeto, la publicidad nos des­cubría que los artilugios del consumo nos son hostiles, y que necesitábamos "objetos que nos amen", humanizados... como un televisor.

Hay sin duda ejemplos mucho más concretos. Es casi un tópico hablar de la emancipación de la economía, que no responde ya a las necesidades de una población que por otra parte nunca ha tenido ninguna capacidad de control o deci­sión sobre el desarrollo de la misma. Para qué insistir, si una campaña publicitaria de una caja de ahorros presentaba a unos clientes que no sabían que su dinero se estaba utilizan­do en unas supuestas "obras filantrópicas", a su espalda, sin su consentimiento, tráfico financiero del que encima estaban obligados a sentirse orgullosos. Así se reconoce y se exalta con desfachatez la ignorancia y la impotencia del ciudadano empequeñecido y aislado ante los movimientos incompren­sibles de una economía que tiene unas dimensiones y una lógica sobrehumanas. Un cinismo parecido nos aturde en un anuncio más reciente, que admite que de lo que se trata es de engañar al consumidor, y sobre todo al joven: "venderle la moto", Y lo proclaman con un estilo agresivo, provocador, como guiñando el ojo a ese sector de mercado al que se quie­re hacer cómplice de su propia esclavitud. Ya no se sabe muy bien qué decir entonces contra el consumismo, si la denun­cia de sus estratagemas es utilizada a su favor, como una nueva mercadotecnia.

Este proceso de desnaturalización ha contaminado también a otros puntos fuertes de la crítica revolucionaria, que ve así cómo se emplean sus propias armas contra sí misma. Por ejemplo, se ha insistido hasta la saciedad en la producción espectacular de falsas polémicas entre alternati­vas perfectamente intercambiables, que justificarían tanto el juego aparentemente democrático como la organización del consumo y la soberanía del consumidor. Vaneigem podía desvelarnos (como quien desvela y profana el tabernáculo sagrado) que "el poder presiona a cada uno para que esté a favor o en contra de B.B., la noveau roman, el 2CV, los spaghetti, el mescal, las faldas cortas, la ONU, las antiguas civilizaciones, la nacionalización, la guerra termonuclear, y el autostop"; pues bien , hoy tenemos un anuncio que se hace cargo de tan demoledor ataque, y lo utiliza para hacer una parodia tanto de la rivalidad espectacular como de su crítica, a la que deja herida de muerte, reducida al absurdo por el procedimiento de la saturación y de la redundancia. El spot presenta dos sabores de la misma marca de refrescos, naran­ja y limón, ante los que la población se divide al 50%, en bandos irreconciliables, puesto hay que tomar partido por uno de ellos so pena de verse marginado por la humanidad entera ("¿Y tú de quien eres?". De mi amo, claro...). Esta "caricatura de los antagonismos" es eso, caricatura: la muchedumbre enfervorecida reacciona cual perro de Pavlov al cambio de un semáforo, aplaudiendo su "sabor favorito". En la misma línea, el personaje de otro anuncio, especial­mente imbécil, vive inmerso en una eterna duda que le impi­de tomar la más mínima decisión. Consciente de su debili­dad mental, una voz en off le tranquiliza (nos tranquiliza) recordándole que "tiene tiempo" para elegir. Aquí, la paro­dia de la falsa elección llega a su cima, ya que los dilemas que atormentan al protagonista llegan, premeditadamente sin duda, hasta el ridículo más bochornoso: elegir entre carne y pescado, entre dos corbatas, entre dos pares de zapa­tos, entre... ¿Se trataría entonces de una infiltración situacio­nista, de una trampa de Luther Blisset, de una conspiración de radicales que denuncian los códigos estéticos e ideológi­cos del enemigo? No, es otro anuncio de automóviles.

En relación estrecha con el debate de las polémicas falsas, se extiende el problema más general de la partici­pación, del déficit de participación real de los hombres y mujeres en todos los órdenes de la realidad, y de la negación del libre diálogo social que lo haría posible. Como conse­cuencia lógica, vivimos dominados por la ideología de la falsa participación, que se hace cada vez más fuerte con las nuevas tecnologías. No hay ejemplo mejor que un recientí­simo anuncio de teléfonos, que perpetra la crítica rigurosa de la falta de participación y la superación de la misma mediante la exaltación de la participación falsa del consumo. Ante un auditorio mudo y sumiso, un personaje que repre­senta la autoridad (anciano, varón, blanco, vestido como un gran burgués) ejecuta un discurso ininteligible de tintes hitlerianos, hasta que un "rebelde" joven, amable, vestido de forma desenfadada) le desafía y ofrece a la masa el nuevo fuego de los dioses: infinidad de teléfonos para que, por una vez, no sólo escuchemos sino que también "tomemos la palabra". Para qué y de qué cosas vamos a hablar, y con qué consecuencias prácticas, eso ya no nos lo dicen, quizás por­que el verdadero vacío no resulta telegénico.

Pero no basta con la tergiversación de las teorías de aquellos que impugnan el orden dominante. ¿Por qué no ir un poco más lejos, apropiándose no sólo de su pensamiento sino de sus propias acciones, y mejor aún, convertirlos en fantoches guiñolescos de la publicidad que tanto odian y combaten? La campaña (muy ingeniosa por cierto) de una marca de todoterrenos explora las posibilidades de este terri­torio, todavía virgen. Primero, contemplamos un mundo dominado por la mercancía, pesadillesco, en el que "todos" tendrán el mismo modelo de coche, circulando como zom­bies por una naturaleza devastada, propia de una película de Mad Max: es decir, el diagnóstico exacto que los grupos revolucionarios hacen de la realidad social, y sobre todo de su futuro. Y ahí tenemos a los revolucionarios, en el propio anuncio, presentados como obsesos recalcitrantes, viviendo en la clandestinidad del underground como desdichados oku­pas olvidados por todos, convertidos en despojos humanos, tarados, deformes, posesos e iluminados que se resisten patéticamente, y sin ninguna posibilidad por supuesto, a la marcha invencible del Progreso. En uno de los spots, esta curiosa parada de los monstruos antagonistas secuestra, pre­cisamente, a los otros personajes de la misma campaña publicitaria, ¡incluso de otras diferentes! Ejercicio autore­ferencial (y por lo tanto artístico) que pone en evidencia el alto nivel de reflexión de los creadores del anuncio, que no ignoran que la crítica que se pretende esterilizar se ejerce a la vez contra la mercancía y contra la publicidad fetichista de esa mercancía. No hace falta insistir por otro lado en que la comicidad ridícula de los "rebeldes" bebe de una fuente emponzoñada: la película Acción Mutante, todo un manual de confusionismo y de creación de estereotipos risibles e inofensivos.

Si pasamos de la astracanada a la tragedia, nos encon­traremos con un modelo de manipulación más serio, y tal vez más peligroso. Un anuncio de teléfonos nos mostraba a un simpático caradura que se paseaba por un supermercado, probando los productos, coqueteando las mercancías, curio­seando todo lo que encontraba a su paso, sin pagar ni com­prar nada, abandonándolo desdeñoso como un aristócrata en un festín cortesano o un buen salvaje en un potlach. La excu­sa de tan extraño comportamiento es algo con lo que todos estaríamos de acuerdo: antes de comprar, se debería tener permiso de probar la calidad del producto. Pero este argu­mento banal tiene una cara oscura que posiblemente pase desapercibida a muchos: lo que aquí se representa no es sino una táctica que estan ensayando los grupos radicales, es decir, el saqueo de supermercados como acción simbólica contra la pervivencia injustificable de la idea de la propiedad privada, que condena al hambre y a la dependencia del tra­bajo a la mayoría de las personas, etc. Pero la eficacia de esta acción queda en entredicho desde que es simulada en un anuncio. La próxima vez que se lleve a cabo, quedará irre­mediablemente devaluada entre aquellos que la presencien (y a los que se supone que va dirigida) por el recuerdo del spot. Así, la publicidad se asegura tanto una idea original, nueva, que atraerá a los espectadores, como la neutralización del acto y del significado reales que están tras esa idea y que la justifican en su peligrosidad.

Por último y como resumen, podríamos observar cómo el núcleo principal del análisis revolucionario más acertado, la transformación de la vida en una supervivencia en la que las experiencias y las pasiones reales son reducidas a simulacros, se ve también asumido y sometido por la publicidad. Y no podía ser de otra forma, en cuanto que supone la crítica principal, la impugnación a la totalidad del sistema de dominación, y el rechazo primero y espontáneo a la manifestación más sensible y cotidiana de ese dominio. Y así vemos cómo proliferan los anuncios que de una u otra forma se refieren a la crisis de la supervivencia, que no la discuten, que la aceptan como parte constitutiva del sistema, normalizándola en fin, haciéndola más familiar, más sopor­table que si se intentara ocultar o disfrazar su existencia. Los ejemplos abundan. Un anuncio de consolas presentaba a personas de diferente condición, edad, sexo, raza, que desfi­laban en poses heroicas proclamando que ellos "sí podían decir que han vivido"...por poderes, gracias al juego de orde­nador. Despues de esto, ¿cómo hacer una crítica efectiva del espectáculo y de la vida delegada? Pero la misma marca ha puesto en circulación otro spot, muy hermoso y muy triste, en el que insiste sobre la misma idea. Una joven de rasgos orientales se queja de la pasividad a la que durante toda su (corta) vida ha estado sometida. Para ella, todos los logros de la Humanidad (subir montañas, llegar a la Luna...) no sig­nifican nada si no puede experimentarlos directamente, si sólo accede a ellos como espectáculos destinados a sobreco­gerla, y por lo tanto a anularla. "¿Y qué me importa, si yo no he salido de mi barrio?"; tras su protesta clarividente, late la necesidad de una vida apasionante que supere el aburri­miento y la pasividad. Al final, la joven presume de haber encontrado la llave que abrirá su prisión: nada menos que la "riqueza mental". Que esta conmovedora heroína sea una mera imagen de ordenador, y que la salida a la pasividad sea entregarse a una pasividad aún mayor y definitiva (los vide­ojuegos como simulacro de las vivencias que nos están vedadas, desde ahora y para siempre), no sólo es atroz, sino que tiñe el anuncio de una involuntaria poesía, de una belle­za melancólica y crepuscular.

Claro que también se pueden invertir los términos para llegar a un fin equivalente. No, los actos de placer y entusiasmo de la vida real no se encuentran en la televisión ni en los juegos de ordenador: están "ahí fuera", mientras que, como se burla un anuncio reciente, aquellos que se resignan a permanecer sentados en el plató de sus casas cableadas, atentos al espectáculo, momificados con un lien­zo de bandas anchas, se conforman tan sólo con su aburrido reflejo ("sabes lo que otros hacen mientras que tú ves la televisión? Vivir"). Pero semejante tesis debería ser (ha sido, es) una consigna revolucionaria, no una ocurrencia de la publicidad, que se vería condenada a la ruina (y con ella todo lo demás) desde el instante en que la población se tomara al pie de la letra tan perturbadora invitación. He aquí las ventajas de la medicina preventiva, aplicada al campo de la lucha social: la administración cuidadosa en el circuito ideológico del sistema de pequeñas dosis del veneno del enemigo, de tal forma que se comporten como vacunas que hagan inocuas las infecciones futuras. No le matamos pero le hacemos más fuerte...

Pero el escarnio se prolonga mucho más allá de la realidad o no realidad de nuestras experiencias. Es la vida entera en su totalidad la que no nos pertenece, como se encargan de recordarnos los insidiosos anuncios de una lote­ría, que invitan al ciudadano a que "se gane una vida" pues­to que, efectivamente, lo que tiene ahora no lo es. Que el tra­bajo asalariado (y la existencia del mismo trabajo), que la falta de participación y la apatía organizada nos condenen a la supervivencia y nos prohíban el acceso a una vida digna de ser vivida, eso ya se ha dicho y es moneda corriente entre los movimientos revolucionarios desde los milenaristas de la Edad Media, si no antes; ya es más original que sea la publi­cidad, altiva y despreocupada, la que nos aclare uno de los subterfugios más decisivos del orden social y de sí misma. "Sé tú mismo, tú mismo", porque ahora no lo eres, sólo un rol que aceptar como trabajador y que adquirir como consu­midor. Y no será una casualidad que la protagonista de uno de los anuncios sea una conocida actriz, una artista, profe­sión que se asocia inmediatamente en el imaginario colecti­vo al disfrute de un estilo de vida puede que inseguro o mar­ginal, pero sin duda libre, original y emocionante. Y es toda­vía menos casual que se haya elegido a esa actriz, Nawja Nimri, prototipo de la vedette extravagante, fuera de la norma y de los convencionalismos, tanto por los papeles de sus películas como por su cuidada imagen pública. Su com­portamiento es justo lo contrario que el del ciudadano ven­cido: el rostro de la libertad se parece a ella en muchos sue­ños. Porque es verdad que no estamos vivos, que la verda­dera vida está ausente, evidencia desgarradora que de nin­guna manera indigna o preocupa a la ideología dominante, ansiosa por reconocer sus fallas para integrarlas como atrac­ciones en el sinuoso decorado del gran parte temático donde se representa la supervivencia aceptada y asumida como tal, pues todo tiene que tener y cumplir un papel, incluso la miseria que ya no hace falta esconder. No puede extrañar ya entonces que un portal de Internet se anuncie como "el lugar donde vas a poder ser". Promesa embriagadora que proclama el renacimiento del "verdadero yo" (sea eso lo que sea), trampa inevitable de una nueva frustración, no sólo porque ­ese supuesto despliegue de la auténtica personalidad sea vir­tual, sino porque lo que se exhibe en Internet tiene muy poca relación con las inquietudes, esperanzas y deseos verdaderos de la persona, sublimadas y suplantadas por medio de una ficción consoladora, como oportunamente sugieren los anuncios citados, en los que se presentan fantoches lamen­tables que dicen ser lo que no son. Estos mentirosos com­pulsivos han saltado de la pantalla de la televisión a las vallas publicitarias de calles y cunetas, como heraldos de una invasión extraterrestre, para confirmarnos que todo tiempo es ya el tiempo del Carnaval. Porque la operación de vaciamiento de las reivindicaciones más extremas del movi­miento revolucionario (la participación, la comunicación, la cooperación, el juego, la vida apasionante) no se detiene en la publicidad, en el campo de las ideas, sino que se extiende a la misma realidad social, a los nuevos métodos de explo­tación y dominación, donde encontramos su rastro difumi­nado, genéticamente alterado, como oportunos injertos que rejuvenecen el viejo tronco del árbol cuyo peso nos oprime. Hay entonces un movimiento que va de la publicidad al orden social por el que ésta acompaña, prepara y acostumbra a la población a la nueva gestión e intimidación econó­mica, de tal forma que carece de sentido preguntarse qué fenómeno se da en primer lugar, si la integración y desnatu­ralización de las ideas revolucionarias mediante la degluti­ción publicitaria, o la aplicación en la realidad de la parte más conveniente y menos peligrosa (y que mejor se adapta a los cambios tecnológicos) de las mismas.

¿Entonces no hay nada que decir? ¿Es mejor quizás permanecer en silencio, no materializar el pensamiento y la crítica, para evitar que se vea recuperada? Se ha dicho ya que lo único que consiguen los que luchan contra el sistema es perfeccionar el mecanismo de su propia dominación. Sin ir tan lejos, deberemos ser aun más conscientes del peligro de la recuperación. Lo primero que debería llamar nuestra atención es por qué son tan fácilmente recuperables unas ideas que, al fin y al cabo, se pretenden revolucionarias; o no lo son tanto, o el sistema es indestructible porque ha lle­gado a un grado tal de ductilidad que no ofrece una estruc­tura a la que atacar, como un monstruo de ciencia ficción, una Cosa, una masa de gelatina inteligente que todo lo devo­ra y que no se puede romper porque carece de eslabones fuertes sobre los que golpear. Pero entonces se convierte en una atmósfera omnipresente que tal vez llegue a hacerse irrespirable, de tal forma que la posibilidad de su desapari­ción se afirme por sí misma como algo urgente, como una necesidad ecológica que no tiene otra alternativa que la muerte de la especie. Y que no admite ninguna negociación más, ninguna transacción o reforma que dilate su final, por­que su mera existencia es ya para todos insoportable. Ya no tendrá nada que recuperar porque todo lo que toque, todo lo que provenga de sus manos de nuevo Rey Midas será abo­rrecido, maldito, contaminado. Por supuesto que no nos encontramos todavía en este estadio; puede que nunca lle­guemos a él, que nos engañemos de nuevo con una falsa esperanza. Pero hay atisbos, señales de una próxima satura­ción. Algunos anuncios son tan descarados, tan excesivos, que empiezan a provocar sobresaltos y movimientos reflejos defensivos en la sociedad anestesiada. Parece como si las viejas maldiciones pudieran todavía cumplirse; en su soberbia, en su apoteosis triunfal que le permite quitarse todas las máscaras y disfraces, quizás el capitalismo se ciegue y corra hacia su perdición, empujado tal vez por la ausencia de los dioses que ha matado y a los que ya no teme. Así, las pro­testas (todavía aisladas, separadas, incongruentes) contra ese anuncio que propone "vender a la madre" para poder comprar un coche, o contra aquel otro que muestra la subas­ta cruel que emprenden unos bomberos para vender al mejor postor la salvación a los desesperados inquilinos de una casa devorada por el fuego, ejemplos de la reducción del ser humano a mera mercancía, y como consecuencia, la des­trucción de cualquier vínculo o solidaridad comunitaria. Las reacciones a estos anuncios son todavía ingenuas (hemos podido leer en los periódicos protestas contra "la minusva­loración de la mujer" o "el desprestigio del esforzado cuer­po de bomberos"), pero denotan un estado de malestar, de cansancio, de agotamiento ante la intrusión de la economía en todos y cada uno de los ámbitos de la vida, de insatisfac­ción en suma, semilla de conflicto y germen de contestación en potencia. Sería muy conveniente y provechoso contribuir a que el desengaño se hiciese contagioso, para lo que en rea­lidad no se necesita ninguna crítica exhaustiva, formalizada, sobre esto o aquello, que corra peligro de ser recuperada; esta actividad, seguramente mediocre y deprimente pero necesaria, es también la única que tal vez esté hoy al alcan­ce de nuestras manos.


NOTAS

(1) Seguramente no es indispensable perder mucho tiem­po en recordar los métodos y técnicas utilizadas por la publicidad (y la ideología capitalista en general) para estar al día y bien infor­mada de las tendencias y debates de los grupos radicales. Aunque Courtney Love no sea quizás una autoridad en la materia del todo fiable, no se equivoca cuando observa que "Nike tiene cámaras de vídeo en los rave clubs, espían a los chicos y anotan todo lo que hacen, pueden meterse en el East Village y entrar a dos lesbianas, preguntarles ¿cual es vuestro grupo favorito, Propellerheads o Pussy Galore? ¿Qué drogas usáis? Heroína, éxtasis. Al final toda la información va a parar a Nike y maquinan cómo vendémoslo luego a nosotros" (
Mondo Sonoro nº 44, 1998). Y no sólo preguntan lo que les gusta, sino más aún lo que odian. No vale la pena detener­se tampoco en el conocido caso de los antiguos "activistas", hoy arribistas, que proporcionan al sistema toda su experiencia y todo su conocimiento de las teorías y formas de lucha de los movimien­tos revolucionarios. Ex-surrealistas, prositus... ponen al servicio del poder todo aquello que han aprendido y que, desafortunada­mente, ya nunca olvidarán. Sí se ha perdido en cambio, y es gran desgracia, el recuerdo de ciertas medidas de disciplina y de auto­protección contra los traidores, drásticas pero certeras. Los nihilis­tas rusos, por ejemplo...

domingo, 17 de octubre de 2010

"...el rostro vuelto hacia el pasado..."

Experiencia y memoria en la definición de las nuevas prácticas antagonistas

Editorial de la revista Maldeojo # 1 (junio 2000).

por Maldeojo

* * *
"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspec­to del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos mani­fiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irre­mediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas cre­cen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso". [Walter Benjamín, Tesis de filosofía de la historia]


La tesis de filosofía de la historia más conocida de Walter Benjamin mantiene intacto el mérito de iluminar nuestro presente. Puede ser incluso que lo haga ahora con más fuer­za que hace unos años, puesto que el movimiento de devas­tación de la profundidad histórica no ha hecho más que ampliarse. En efecto, a final de los años cincuenta los situa­cionistas podían todavía considerarse como "partidarios del olvido" y afirmar que todo aquello que tiende a permanecer colabora con la policía. Para ellos se trataba entonces de reinventar el proyecto revolucionario de una sociedad sin clases prácticamente desde cero (sólo debían salvarse las formas democráticas de organización del viejo movimiento obrero, como los consejos obreros, la "parte no vencida de un proyecto vencido"). En un contexto al menos igual de lúgubre que el nuestro, los situacionistas decidieron trans­formar radicalmente las formas de entender y hacer política. Los primeros números de su revista, editados ahora juntos por primera vez, atestiguan esa voluntad de acabar con el peso muerto del pasado para conferir todos sus derechos a la experimentación, la imaginación y los discursos utópicos. El proceso de maduración situacionista de la teoría revolucio­naria fue a la vez dinámico y coherente. La experimentación no se reducía, pues, a una mera yuxtaposición de ensayos caprichosos vividos en una irresponsabilidad galopante que permitía no dar cuentas de sus resultados, sino que respon­día más bien a la descripción que hacía Rimbaud del deve­nir vidente del poeta: "... por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos". Las experimentaciones situacionistas se inscribían, por tanto, en un marco general que determinaba finalmente su pertinencia. Por eso se puede decir correctamente que los situacionistas tenían un proyec­to. Como bien se explica en el prólogo a los primeros núme­ros de la I.S., las experimentaciones no quedaban simple­mente abandonadas cuando su resultado no era satisfactorio, sino que sus contenidos se actualizaban en formas superio­res. La fraseología hegeliana servía perfectamente para explicar este proceso unitario por el cual los deseos y exi­gencias que animaban las iniciativas (deriva, psicogeografia, etc.) se consevaban... suprimiéndose. También los situacio­nistas agotaron todos los venenos para no guardar de ellos sino las quintaesencias.

¿A qué venían esas investigaciones extravagantes tales como el desvío, la deriva o la psicogeografía? ¿Cuál era el contenido que podían aportar a una práctica política que pretendía la transformación histórica de la totalidad de lo instituido? Los situacionistas consideraban con bastante verosimilitud que sus tesis no eran más que la prolongación teórica de todos los gestos humanos que rechazaban que un día cualquiera fuese sólo 24 horas echadas a perder. "Nuestras ideas están en todas las cabezas", decían siempre, señalándose a sí mismos como la única formulación pública a la altura de las tendencias subterráneas que minaban los cimientos del Viejo Mundo, y solucionando quizá de forma demasiado apresurada su relación con "el movimiento real que suprime las condiciones existentes". Pero todo el proce­so de experimentación de la "primera I.S." no tenía más pro­pósito que el de bucear en la ciudad, los modos de vida, los comportamientos, el lenguaje, etc., para encontrar ahí dese­os colectivos que pudiesen desviarse hacia fines revolucio­narios, aspiraciones comunes susceptibles de ser cargadas con contenidos subversivos. "La fórmula para subvertir el mundo no la encontramos en los libros, sino errando". El hecho de que París amaneciese en mayo de 1968 entera­mente tatuada de consignas aparecidas con anterioridad en escritos situacionistas confirma que su experimentación durante los primeros años no fue en vano. La I.S. "política" no se entiende (de ninguna forma) sin la I.S. "artística" (empleando las comillas para resaltar el carácter, puramente referencias de la palabras, que no designan aquí ningún tipo de esencias-sustancias). Como decían hace poco dos anti­guos situacionistas, "fue la cuestión "artística", para decirlo crudamente -la presión continuada sobre la cuestión de las formas representacionales en política y vida cotidiana, y la negativa a cancelar la cuestión abierta entre representación y apropiación- la que hizo que su política fuese un arma mor­tal en algún momento".

Ciertamente, el proceso político de la I.S. es un modelo equívoco si se asume desde la contemplación ahis­tórica: el estado de "magnífico aislamiento" en el que entra­ron en determinado momento los situacionistas respecto a los demás grupos de la izquierda libertaria (más allá de todos los residuos leninistas, maoístas o trotskistas) encontró su redención en Mayo 68. Los situacionistas pudieron decir entonces que ellos representaron siempre la conciencia de las aspiraciones más radicales que atravesaban la sociedad en los años 60; y justificar así su rechazo tajante de los gru­pos libertarios a los que acusaban de "reformismo", "eclec­ticismo" o "incoherencia" (como hicieron, por ejemplo, con el movimiento 22 de marzo de Cohn-Bendit). "¿Véis como no estábamos equivocados al rechazaros?", pudieron decir los situacionistas a los demás grupúsculos en cualquier barricada del Barrio Latino, "vosotros sólo frenábais el movimiento con vuestras pacaterías. Aunque nosotros fué­semos infinitamente menos importantes cuantitativamente, aunque sólo fuésemos cinco o seis, hemos encarnado duran­te todo este tiempo lo cualitativo. En nuestro relativo aisla­miento, y gracias a él, la fuerza de lo cualitativo se ha man­tenido intacta". El objetivo de estas notas no es cuestionar la práctica de la I.S. ni nada parecido (aunque los que se limi­tan a repetir sus conclusiones treinta años más tarde aho­rrándose tranquilamente todo el trabajo que conduce a ellas nos animen cada vez más a hacerlo). Se trata más bien de plantear algunos problemas con la excusa de la I.S. Partiendo de la necesidad urgente de debate crítico sentida hoy ampliamente en el medio radical, y del énfasis en la apertura de nuevos espacios públicos donde el diálogo sobre "las verdades que conciernen a quienes están ahí pueda librarse de forma duradera de la apabullante presencia del discurso mediático", se impone la tarea de inventar respues­tas a las cuestiones que debe afrontar cualquier agrupación política seria: ¿cuáles son los deseos colectivos que hoy día, cuando la vida entera ha sido sometida al capital y sus imá­genes, se pueden llenar de sentido emancipatorio? ¿cómo descubrirlos o sobre qué nos podemos apoyar para crearlos en el caso de que hayan desaparecido? ¿y cómo hacerlo sin separarnos (hacia arriba como los iluminados o hacia a un lado esperando otro 68) de los ritmos autónomos que tiene la gente para ir adquiriendo lucidez sobre su vida y el mundo?

Ahora bien, hay que señalar otra tendencia impor­tante. Los situacionistas se encontraron operando en un terreno medianamente estable que pretendían disolver para construir otro. Nosotros, por el contrario, nos encontramos en un terreno que se evapora bajo nuestros pies "con la sor­prendente velocidad de las catástrofes" y sin duda no en el sentido que queremos. Por si fuera poco, nosotros también nos disolvemos con ese terreno: nuestra memoria, nuestras ciudades, nuestras capacidades, etc. La inestabilidad desin­tegradora de todas las condiciones de vida que antes amena­zaba a la humanidad en momentos puntuales de desastre (natural o histórico) ha penetrado la realidad toda hasta con­vertirse en una necesidad y ya no en un accidente. Todo lo que desaparece durante una guerra se esfuma hoy bajo los embates del capitalismo: la realidad ("los años de la guerra no parecían ser años de verdad. Formaban parte de una pesa­dilla durante la cual la realidad estaba anulada", Agatha Christie), la verdad ("la primera víctima de una guerra es siempre la verdad", R. Kypling), el sentido de la lengua ("la guerra, al hacer desaparecer las facilidades de la vida diaria, se convierte en un maestro de violencias y pone a la a par las circunstancias imperantes con la conducta de la mayoría de los hombres. ( ... ) (Estos) llegaron incluso a cambiar, para su propia justificación, el significado habitual de las palabras: la audacia irreflexiva se tuvo por valiente adhesión al parti­do, la vacilación prudente, por cobardía disfrazada, la mode­ración, por una forma disimulada de falta de hombría... Y, de otro lado, la violencia insensata como algo necesario al hombre", Tucídides), etc. Lo que los situacionistas llamaban "colonización de la vida cotidiana" no designa, como se ha querido ver, la apropiación capitalista de una esencia social buena, sino la liquidación de las antiguas relaciones sociales que obstaculizaban la transformación total del mundo en mercancía (que constituyesen tal obstáculo no las convertía inmediatamente en aliadas de la voluntad transformadora). A nadie le puede extrañar entonces que muchos volvamos también el rostro hacia el pasado, como el angel de Paul Klee, con la intención de despertar a los muertos y recom­poner lo despedazado. La legitimidad de ese impulso es irre­prochable desde cualquier punto de vista. Por encima del deseo de transformar el mundo se impone en un primer momento la necesidad de impedir que éste se descomponga del todo. Luego se comprende que ambos deseos son las dos caras de la misma moneda. Como el huracán del desarrollo capitalista arruina en la cabeza de nuestros contemporáneos todo lo que no es "a corto plazo", la voluntad de interrogar a la tradición y conferir un sentido a lo que ha sido ningu­neado supone una resistencia al curso general de las cosas. El huracán capitalista es hoy el heraldo del olvido. Quizá se pueda ir incluso más alla y afirmar que la memoria no sólo resiste (como todo lo que dura), sino que constituye el punto de partida necesario para reinventar el proyecto de autono­mía. Ya sea porque supone una especie de "punto de com­paración" que nos recuerda el carácter contingente de la dominación y nos permite evaluar sus progresos, ya sea por su naturaleza mítica (en el sentido que le daba Sorel: movi­lizadora).

Si en un primer momento los situacionistas creye­ron conveniente poner el acento en lo efímero, como una manera de librarse del cadáver de los movimientos revolu­cionarios decimonónicos que arrastraba la izquierda antiau­toritaria, sus herederos no pueden sino constatar la necesi­dad de ponerlo sobre la consistencia. Quizá los primeros situacionistas tenían las espaldas a salvo cuando escogieron valorizar el instante por encima del proceso: la continuidad histórica acumulativa de la subversión estaba lo suficiente­mente asegurada (retomamos aquí los argumentos de la Encyclopédie des Nuisances expuestos en el artículo "Aboutissement"). Nosotros, por el contrario, tenemos la espalda de la historia al descubierto. Nuestra peor maldición es tener que empezarlo todo desde cero, sin ningún apoyo. Por eso quizá hoy sea más útil promover todo aquello que tenga que ver con la dimensión acumulativa del tiempo (acumulación que de ningún modo es lineal sino histórica). Esta tarea requiere a su vez unas facultades humanas basa­das en la consistencia y la firmeza. "Las leyes del pensa­miento dominante -el punto de vista exclusivo de la actual¡­dad- se reconocen en la abstracta voluntad de eficacia inme­diata, tanto cuando cae en los compromisos del reformismo como cuando se orienta hacia las acciones corrientes de los seudorevolucionarios residuales (... ) La crítica que va más allá del espectáculo debe, por el contrario, saber esperar" (Debord). Por tanto, como explica Jacques Philipponneau, esto significa también que tenemos que "inscribir nuestra actividad, práctica o teórica, en un largo plazo y no esperar milagrosos resultados inmediatos". Quizá más que hacer tábula rasa de las pocas prácticas que hoy intentan abrir una brecha en el sistema y sus legitimaciones discursivas, ahora resulte más pertinente inmiscuirse en ellas para enriquecer­las poco a poco. Las dosis de paciencia necesarias para esto son muy altas: por ningún lado se ven indicios esperanzadores de una pronta articulación subversiva de la insatisfacción generalizada. Pero tampoco se trata de acomodarse a la iner­cia de una práctica rutinaria con la excusa de que "no hay nada más" (esto no sería más que otra forma de abdicación), sino de elaborar una reflexión general y comprometerla con un proceso de luchas. "El único factor histórico que puede ser determinante en la crisis que entraría este mundo reposa sobre la constitución de un corpus de ideas capaz de arruinar las justificaciones dominantes y de plantear las bases de una alternativa social incompatible con los fundamentos de la sociedad actual. Y si los resultados inmediatos vienen en aumento, tanto mejor, no es incompatible" (J. Philipponneau). Ahora bien, precisamente la ausencia de todo esto es lo que explica la debilidad de algunos movi­mientos sociales recientes: la facilidad del eslogan ("reapro­piación de la vida", "abolición del trabajo", etc.) ocupa todo el espacio de la elaboración teórica, el paroxismo del instan­te vivido sustituye a la necesidad de una actividad continua­da, los simulacros y el autoilusionismo barren la compren­sión serena de las posibilidades reales, etc. Si queremos devolverle su potencia a la acción política no podemos con­formarnos con la fugacidad de las imágenes (ya sean lúdicas o radicales). Un movimiento con talante subversivo no triun­fa cuando encadena grandes manifestaciones, sino cuando socializa ideas de libertad. La diferencia entre Mayo 68 y diciembre del 95 es que en aquél germinaron y se hicieron comunes ideas de libertad que no encontraron expresión pública en éste.

A pesar de todo, los cambios cuantitativos y cuali­tativos que han experimentado las prácticas políticas de un tiempo a esta parte son innegables: búsqueda de un lenguaje crítico adecuado a los hechos, abandono consciente de las dinámicas autorreferenciales, rechazo del extremismo desencarnado, etc. La misma asunción de la necesidad de cambios es positiva. También durante estos últimos años las jóvenes generaciones de rebeldes sociales han sentido el deseo de reapropiarse de un pasado que es suyo por derecho, pues "todo pertenece a quien lo mejora" (B. Brecht). La pro­liferación de materiales sobre las luchas acaecidas durante la transición, el renacimiento del interés por la teoría crítica situacionista, por Mayo 68, por el movimiento italiano del año 77, etc., traducen esa voluntad de forjar una identidad que no esté definida por una igualdad niveladora que aplas­te las diferencias, sino por las coordenadas de memoria y proyecto. Ahí se expresa una tendencia general que recorre la sociedad entera. No hace falta ser demasiado perspicaz para advertir que el capitalismo, en su alocada empresa de destrucción del tejido social, suscita en la gente "el deseo de encontrar un sentido más amplio de comunidad, un sentido más pleno del carácter", como dice Richard Sennet, que ha analizado la destrucción sistemática de las bases prácticas de la libertad bajo el reinado de la "nueva economía". Las seudocomunicaciones tecnológicas y los delirios identitarios responden cada uno a su modo a esa voluntad de superar el despedazamiento. "Todas las condi­ciones emocionales que hemos explorado en el lugar de tra­bajo animan ese deseo: las incertidumbres de la flexibilidad; la ausencia de confianza y compromiso con raíces profun­das; la superficialidad del trabajo en equipo; y, más que nada, el fantasma de no conseguir hacer nada de uno mismo en el mundo, de "hacerse una vida" mediante el trabajo". Reconstruir una vida que se pueda contar (a los demás o a uno mismo): he ahí el sentido más actual del proyecto de realización del arte (fusión del arte y la vida) esbozado por las vanguardias históricas (dadaísmo, surrealismo, etc.). Ya no se trata de abolir toda obra individual en favor de "la vida" o de obras colectivamente decididas y ejecutadas, sino más bien de restaurar una relación viva entre los tres polos de la creación: el imaginario individual (los sueños o la memoria), el imaginario colectivo (las significaciones que definen la realidad) y las "obras" (ya sea un relato, un poema o una construcción).

Pero, ¿cómo impedir que la destrucción sistemática de la densidad histórica nos reduzca a la nostalgia de unas formas de vida que están destinadas a desaparecer? ¿Cómo evitar dar la espalda al futuro, o concebir la historia como una interminable pesadilla de opresión, al modo del ángel de Klee? ¿Cómo lograr que la recuperación de la memoria de un pasado glorioso de luchas no enturbie nuestros ojos a la hora de juzgar la importancia de las nuevas protestas? Mayo 68 fue considerado como una regresión bárbara por algunos pensadores que habían celebrado el ejemplo de la Comuna de París. Las luchas actuales de precarios y parados son con­templadas como un simulacro por los que participaron en Mayo 68. No se trata ahora de analizar la pertinencia de esos juicios, sino de investigar cómo se puede actualizar la memoria sin desenfocar el juicio, cómo pueden llegar a tener los recuerdos un sentido efectivo para las nuevas figuras sociales. "Lo que falta hoy en mayor medida allí donde pro­gresa el sentimiento de la urgencia, es el conocimiento exac­to, entusiasta y desengañado de los medios prácticos experi­mentados a través de la historia, en los que una voluntad a menudo desarmada de subversión y crítica podrían inspirar­se largamente. Esa ignorancia debe ser combatida por el ejemplo de una reapropiación positiva de los valores y de los métodos del viejo movimiento revolucionario" (Encyclopédie des Nuisances). Sólo el ejemplo, la práctica de la comunicación directa, de la participación igual de todos en la toma de decisiones, etc., puede reavivar el con­tenido que animaba las formas institucionales creadas por el viejo movimiento obrero.

Ahora bien, ¿quién va a dar ese ejemplo, cómo, dónde, cuándo? ¿Cuáles van a ser las nuevas figuras porta­doras de aspiraciones radicales en un mundo donde las fron­teras entre trabajo y no-trabajo se difuminan ahora que la mercancía ha puesto a su servicio directo la totalidad de lo social? ¿Qué formas de intervención van a inventar esas nuevas figuras sociales cuando los métodos del antiguo movimiento revolucionario se corresponden cada vez menos con posibilidades reales? ¿Cómo se va a recrear un lenguaje común que permita un diálogo real entre la gente de abajo dentro de la ruina general de las significaciones? ¿Qué espa­cios de acción autónoma se pueden encontrar en un mundo cada vez más fragmentado, en el que han quedado destrui­dos los "viejos lugares de comunicación práctica de los pro­letarios" (los barrios, las fábricas, los lugares públicos de ocio, etc.)? ¿Dónde y cuando puede, pues, encontrarse la gente descuartizada por horarios inverosímiles y movilida­des forzadas, sometida a una dominación coextensiva a todos y cada uno de los instantes vividos? Está claro que las respuestas a estas preguntas no pueden ser deducidas de nin­guna teoría. Eso significaría desconocer la creatividad de la historia. Pero el hecho de que no sea posible anticiparlo teo­ricamente todo no significa que no sea posible comprender algo. La acción irreflexiva concluye siempre con las mismas lamentaciones por "la pasividad de la gente" a la que no se había dedicado previamente ni un minuto de atención. Quizá nadie responde porque no había ningún interlocutor allí donde se pensaba. 0 debido a una ausencia total de lenguaje y signi­ficaciones comunes.

Si imaginamos por un momento que el campo de la acción política es una pista de tenis, podríamos decir que nues­tro juego se limita por ahora a responder lo mejor posible los golpes que nos lanza el adversario. Algunos piensan que mien­tras tanto estamos recuperando fuerzas y que en este momento otra estrategia sería suicida. En cualquier caso, más pronto o más tarde habrá que lanzarse a coger la iniciativa, subir a la red. Para eso deberíamos movilizar toda la energía disponible, heredar el instinto de anticipación de las viejas vanguardias artísticas superando su incapacidad para formular fuera del estrecho campo artístico las exigencias intuidas en el aire de los tiempos, corregir el pasado actualizando toda la memoria de luchas, producir una teoría crítica que pueda apropiarse teo­ricamente de una realidad en permanente transformación, experimentar prácticas colectivas de intervención política, etc. Sólo así será posible lanzar con alguna garantía un tercer asal­to contra el proyecto demencial del capitalismo: acabar con la autonomía de los hombres y la vida en la Tierra.

domingo, 3 de octubre de 2010

La sociedad del situacionismo

Versión española de The Society Of The Situationism, de Ken Knabb (Bureau Of Public Secrets, 1976). Traducción de Luis Navarro revisada por el autor. Incluida en el libro Secretos a voces (Literatura Gris, 2001). El contenido íntegro de este libro y otros textos en español de Ken Knabb en la página oficial del Bureau Of Public Secrets.

por Ken Knabb

* * *

“Aunque nunca hubiese existido una teoría situacionista constituida como potencial fuente de inspiración, el sistema de consumo mercantil contiene implícitamente su propio situacionismo.” [Daniel Denevert, Teoría de la miseria, miseria de la teoría]


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El segundo asalto proletario a la sociedad de clases ha entrado en su segunda fase.


2

La primera fase — que empezó difusamente en los años 50 y culminó con las luchas abiertas de finales de los 60 — encontró su expresión teórica más avanzada en la Internacional Situacionista. El situacionismo es la ideologización directa o implícita de la teoría situacionista dentro del movimiento revolucionario y de la sociedad en su conjunto.


3

La I.S. articuló todo el movimiento global al tiempo que tomaba parte en él, llevando “la violencia de los delincuentes al plano de las ideas” y dando una implicación práctica inmediata a sus posiciones teóricas. De esta manera, presentó un modelo al movimiento revolucionario, no sólo en la forma de sus conclusiones, sino también al ejemplificar el método de la negación permanente; con este método, sus conclusiones fueron casi siempre acertadas.


4

Al generar en muchos de sus partidarios las mismas exigencias que practicó ella misma y obligar a los menos autónomos a serlo al menos respecto de ella, la I.S. demostró que sabía educar revolucionariamente. En el espacio de algunos años hemos visto una democratización de la actividad teórica que no se había obtenido — aunque se había buscado — en el viejo movimiento durante un siglo. Marx y Engels no fueron capaces de suscitar rivales; ninguna de las corrientes del marxismo mantuvo la perspectiva unitaria de Marx. La observación de Lenin en 1914 de que “ninguno de los marxistas del pasado medio siglo ha entendido a Marx” es en realidad una crítica de la teoría de Marx, no porque sea demasiado difícil, sino porque no reconoció ni calculó su relación con la totalidad.


5

La propia naturaleza de los errores de los situacionistas — expuestos y criticados por ellos mismos sin ninguna piedad — es una confirmación de sus métodos. Sus fracasos sirven, tanto como sus logros, para enfocar, clarificar y polarizar. Ninguna otra corriente radical en la historia ha conocido un grado semejante de debate teórico, público y deliberado. En el viejo movimiento proletario, la polarización teórica consiguiente era siempre la excepción, la explosión que contradecía finalmente las intenciones de los propios teóricos, y un último recurso cuando se veía que era imposible seguir manteniendo una unidad ficticia. Marx y Engels no se disociaron públicamente del programa de Gotha porque “los asnos de los periódicos burgueses tomaron este programa muy en serio, leyeron lo que no contiene y lo interpretaron de forma comunista; y los trabajadores parecen haber hecho lo mismo” (Engels a Bebel, 12 de octubre de 1985). Así, al apoyar mediante el silencio un programa frente a sus enemigos, lo defendían igualmente contra sus amigos. Cuando Engels decía en la misma carta que “si hubiese un sólo individuo con espíritu crítico en la prensa burguesa, habría desmontado este programa frase por frase, habría analizado el contenido real de cada afirmación, demostrado su sinsentido con la mayor claridad y revelado sus contradicciones y sus gazapos económicos... hubiese puesto terriblemente en ridículo a nuestro partido”, describía como un defecto de la prensa burguesa lo que más bien era precisamente un defecto del movimiento revolucionario de su tiempo.


6

La expresión concentrada de la actual subversión histórica se ha descentralizado a sí misma. El mito monolítico de la I.S. ha estallado para siempre. En la primera fase, este mito tuvo cierta base objetiva: en el nivel en el que estaba operando, la I.S. no tenía rivales serios. Ahora vemos una confrontación pública e internacional de teorías e ideologías situacionistas autónomas que ninguna tendencia puede monopolizar. Toda ortodoxia situacionista ha perdido su referente central. A partir de este punto, todo situacionista o que se pretenda tal debe seguir su propio camino.


7

Las primeras críticas del situacionismo siguieron siendo fundamentalmente ahistóricas. Ellas medían las pobrezas teóricas de los pro-situs con respecto a la teoría de la primera fase. Veían las miserias subjetivas y la inconsistencia interna de este medio, pero no su posición en relación con la suma de los vectores teóricos y prácticos en un momento determinado; no supieron tomar esta “primera aplicación no dialéctica” como debilidad cualitativa del conjunto, como un necesario “momento en el trayecto de la verdad”. Incluso las Tesis sobre la I.S. y su tiempo — que en muchos de sus aspectos son la recapitulación de la primera fase en su momento de transición a la segunda — apenas abordan el aspecto propiamente histórico del situacionismo.


8

En cada etapa de esta lucha, la realización parcial de la crítica engendra un nuevo punto de equilibrio propio con la sociedad dominante. Como la teoría escapa a sus formuladores, tiende, a través de su inercia ideológica autónoma, a formularse a través de todas las permutaciones y combinaciones posibles, aunque principalmente de aquellas que reflejan los nuevos desarrollos e ilusiones del momento. Captados en su transición de la primera fase a la segunda, los pro-situacionistas del “reflujo posterior a mayo” del 68 fueron la personificación de la inercia de una teoría confirmada. Esta inercia ideológica, a través de la cual los partidarios de la teoría situacionista dejaban de lado los nuevos desarrollos de su propia práctica, los del proletariado y los de la sociedad como un todo, dio la medida de la debilidad del movimiento situacionista, mientras que la rapidez sin precedentes con que engendró su propia negación interna — saboteándose a sí misma efectivamente para afirmar la explosión que ya se le había escapado y limpiar el terreno para la nueva fase — confirma su verdad fundamental.


9

Los pro-situacionistas vieron las cuestiones de la segunda fase en los mismos términos que las de la primera. Al contemplar las nuevas luchas de los trabajadores, ampliadas y relativamente conscientes, como si fueran actos nihilistas aislados de un periodo anterior al que faltó por consiguiente, antes que nada, la proverbial “conciencia de lo que ya habían hecho”, los pro-situs sólo demostraron que carecían de conciencia de lo que otros ya estaban haciendo y de todo lo que falta por hacer todavía. En cada simple lucha veían la misma simple conclusión total, e identificaban el progreso de la revolución con la apropiación de esta conclusión por el proletariado. Así, concentrando abstractamente la inteligencia de la práctica humana sobre el complejo proceso del desarrollo de la lucha de clases, los activistas pro-situs fueron aspirantes a bolcheviques de un fantaseado golpe de la conciencia de clase, esperando con este recurso hacer pasar su programa consejista, cuyas implicaciones descuidaron por incomprensión o por impaciencia.


10

La I.S. no aplicó su teoría a la propia actividad de la formulación de esta teoría, aunque la naturaleza de la misma implicase su eventual democratización y pusiese así esta cuestión a la orden del día. En la resaca de mayo, ni la I.S. ni la nueva generación de insurgentes a la que inspiró habían examinado el proceso de producción teórica, ni en sus métodos ni en sus ramificaciones subjetivas, al margen de algunos vagos procedimientos empíricos. El contragolpe de la realización parcial de la teoría situacionista les arrojó sin defensas del delirio megalómano a la incoherencia, al desencadenamiento de rupturas sin contenido a la impotencia y, finalmente, a la represión psicológica masiva de toda la experiencia, sin preguntarse nunca lo que les estaba pasando.


11

Aun cuando la I.S. atrajese a muchos partidarios poco preparados, el propio hecho de que esa masa de personas sin experiencia política revolucionaria particular, sin aptitudes ni gusto por ella, creyesen encontrar en la actividad situacionista un terreno donde comprometerse autónoma y consecuentemente, confirma la radicalidad tanto de la teoría como de la época. Si el medio situacionista ha manifestado tantas pretensiones e ilusiones, éste era simplemente el efecto colateral normal de la primera victoria de una crítica que hace estallar tantas pretensiones de dominar la sociedad, y las ilusiones acerca de ello.


12

En la medida en que las ideologías de la primera fase suprimieron todo lo que tenía que ver con los situacionistas — incluyendo por consiguiente los conceptos más explícitamente asociados con ellos —, el eventual descubrimiento de la crítica situacionista tuvo un exagerado efecto contrario, dando a los situacionistas un monopolio aparente de la comprensión radical de la sociedad moderna y de su oposición. De ahí que la adhesión a la crítica situacionista tuviese el carácter abrupto y fanático de una súbita conversión religiosa (que ha menudo ha dado lugar ulteriormente, debido a una actitud exactamente simétrica, a un rechazo de ella in toto). Por el contrario, el joven revolucionario que ahora se adhiere a las posiciones situacionistas tiende a estar menos sujeto a este exceso fanático, precisamente porque los diversos matices de la lucha situacionista y de su recuperación son un aspecto familiar de su mundo.


13

En la segunda fase, la revolución ya no es un fenómeno aparentemente marginal, sino claramente central. Los países subdesarrollados han perdido el monopolio evidente de la contestación; pero las revoluciones no se han detenido, sólo se han hecho modernas y se parecen cada vez más a las luchas de los países avanzados. La sociedad que proclamó su bienestar está ahora oficialmente en crisis. Los anteriores gestos aislados de revuelta contra miserias al parecer aisladas se conocen ahora por ser generales, y proliferan sin que pueda llevarse la cuenta de ellos. 1968 fue el momento en que los movimientos revolucionarios empezaron a verse en compañía internacional, y fue esta visibilidad global la que hizo definitivamente pedazos las ideologías, que veían la revolución en todas partes, salvo en el proletariado. 1968 fue también la última vez que las revueltas importantes pudieron ser contempladas como revueltas estudiantiles.


14

El proletariado ha comenzado a actuar por sí mismo, pero apenas hasta ahora para sí mismo. Las revueltas siguen siendo, como durante los últimos cien años, reacciones principalmente defensivas: apropiación de fábricas abandonadas por sus propietarios o de luchas abandonadas por sus líderes (particularmente en las secuelas de las guerras). Aunque hay sectores del proletariado que han empezado a hablar para sí mismos, tienen todavía que elaborar un programa revolucionario abiertamente internacionalista y expresar sus objetivos y tendencias internacionalmente. Aunque sirven como ejemplo de los proletarios de otros países, todavía lo hacen a través de la mediación de facto de los grupos radicales y de la información espectacular.


15

La ideología de la primera fase, que ponía el énfasis en la realización del cambio radical sin comprender lo negativo o la totalidad, ha encontrado su realización en la proliferación de las llamadas instituciones alternativas. Las instituciones alternativas difieren del reformismo clásico en que son principalmente un reformismo autogestionado inmediato que no espera al Estado. Recuperan la iniciativa y la energía de los ligeramente descontentos y son un sensor de los defectos del sistema y de sus posibles soluciones. La producción alternativa — cuyo desarrollo en los márgenes de la economía recapitula el desarrollo histórico de la producción de mercancías — funciona como un correctivo de la economía burocratizada, debido a que es una empresa libre. Pero la democratización y la “autogestionarización” de las estructuras sociales, aunque genera ilusiones, es también un factor que favorece el desarrollo de la crítica revolucionaria. Deja atrás las cuestiones superficiales de la lucha, mientras procura un terreno más seguro y sencillo a partir del cual resulta posible llegar a lo esencial. Las contradicciones en la producción basada en la participación democrática y en la distribución alternativa hacen fácil el desvío de sus bienes y de sus medios, hasta el punto de hacer posibles “Estrasburgos de las fábricas” casi legales.


16

La noción hip de viaje [trip]* expresa el hecho de que cuando las mercancías se hacen más abundantes, adaptables y disponibles, la mercancía individual se devalúa en favor del conjunto. El viaje no ofrece sólo una mercancía o idea, sino un principio de organización que permite escoger entre todas las mercancías o ideas. En contraste con el bloque de tiempo donde “todo está incluído”, que se vende todavía como una mercancía distinta, el carácter mercantil del viaje en esta acepción indefinidamente ampliada (arte, artesanía, pasatiempos, moda, estilos de vida, subculturas, proyectos sociales, religión), y que comporta un complejo más flexible de mercancías y celebridades, esconde detrás una actividad casi autónoma que el individuo tiene la impresión de dominar. Este “viaje” representa el momento en que el espectáculo se ha hiperdesarrollado tanto que se hace participativo. Restablece la actividad subjetiva que falta en el espectáculo, pero tropieza con los límites del mundo dominado por él; límites ausentes en el espectáculo, precisamente porque está separado de la vida cotidiana.

*La noción de “trip” de la tradición underground americana es más abierta de lo que sugiere la traducción castellana “viaje”, incorporando aspectos psicológicos, de “estilo de vida” y de “concepción del mundo” que pueden detectarse no obstante en ciertos usos dados a esta palabra por movimientos análogos de los 70 en España y de forma más extendida en el sentido callejero del término “rollo”. [N. del T.]


17

La disminución del dominio exclusivo del trabajo y la fragmentación del ocio consiguientemente ampliado dan nacimiento a un diletantismo cada vez más extendido en la sociedad moderna. El espectáculo representa al superagente que conoce la temperatura correcta a la que debe servirse el sake, e inicia a las masas en técnicas de vida exóticas y en placeres sofisticados anteriormente reservados a las clases superiores. Pero el anunciado “nuevo hombre del Renacimiento” sigue alejado del control de su propia vida. Cuando el espectáculo se hace hiperdesarrollado y quiere deshacerse de la miseria y de la unilateralidad de su origen, se revela simplemente como un pariente pobre del proyecto revolucionario. Puede multiplicar las diversiones y hacerlas más participativas, pero su base mercantil le obliga ineluctablemente a volver a la matriz del consumo. Individuos aislados pueden, en una caricatura de Fourier, reunirse alrededor de los matices más precisos de gustos espectaculares comunes, pero estos nexos les dejan a pesar de todo separados los unos de los otros y de la totalidad social, y la actividad pasional buscada se hunde en su trivialidad. El nuevo cosmopolita sigue siendo históricamente provinciano.


18

A la insatisfacción creciente, suscitada por su tendencia a la uniformidad del mínimo denominador común, el espectáculo responde diversificándose. Las luchas son canalizadas en luchas por un lugar en el espectáculo, llevando al desarrollo de espectáculos semi-autónomos hechos a medida para grupos sociales específicos. Pero el poder singular de un espectáculo procede de haber estado situado por un momento en el centro de la vida social. De esta forma, el incremento de las elecciones espectaculares reduce al mismo tiempo el poder espectacular, que depende de la propia magnitud y del hechizo totalitario de la pseudo-comunidad que el espectáculo reúne. El espectáculo debe ser contradictoriamente todo, para todos e individualmente, mientras se reafirma continuamente como su único y exclusivo principio de unificación.


19

El espectáculo resucita lo que está muerto, importa lo que es extranjero y reinterpreta lo que existe. El tiempo necesario para que las cosas adquieran el grado necesario de pintoresca banalidad para hacerse “retro” disminuye continuamente; lo original es lanzado al mercado simultáneamente con su parodia, de la que a menudo apenas se distingue. Las discusiones estéticas se circunscriben cada vez más a la mera cuestión de si algo es parodia o no. Esto expresa el creciente desprecio que sienten por el espectáculo cultural sus propios productores y consumidores. La sociedad produce un movimiento cada vez más rápido de estilos e ideologías, llegando a un delirio que no escapa a nadie. A medida que se consumen todas las permutaciones y combinaciones posibles, se dan a conocer las miserias y las contradicciones individuales y empieza a discernirse la forma común que subyace a contenidos diversos; “cambiar de ilusiones a un ritmo acelerado disuelve gradualmente la ilusión del cambio”. Con la unificación global que ejerce el espectáculo, se hace cada vez más difícil idealizar un sistema porque se halle en una parte del mundo diferente, y la circulación global de mercancías, y por lo tanto de personas, acerca cada vez más el histórico encuentro de los proletarios del este y del oeste. El reciclaje de la cultura deseca y disuelve todas las viejas tradiciones, dejando sólo la “tradición de lo nuevo” espectacular. Pero lo nuevo pierde su novedad, y la impaciencia por las novedades generada por el espectáculo puede transformarse en impaciencia por realizar y destruir el espectáculo, la única idea que permanece siempre realmente “nueva y diferente”.


20

Puesto que la teoría situacionista es una crítica de todos los aspectos de la vida alienada, los diversos matices del situacionismo deben reflejar, de una forma concentrada, las ilusiones generales de la sociedad; y las defensas ideológicas generadas por los situacionistas prefiguran las defensas ideológicas del sistema.


21

La teoría situacionista ha cerrado el círculo al proporcionar su crítica de la vida cotidiana el vocabulario sofisticado para una justificación del status quo. Por ejemplo, se ha reprochado a los individuos que expresan insatisfacción con pseudo-entretenimientos autocomplacientes en el medio situacionista su falta de “capacidad para el disfrute”, de “sentido del juego” e incluso de “subjetividad radical”, y se ha acusado de “voluntarismo” y de “militantismo” a los que han propuesto concretamente proyectos radicales o actividades más experimentales de lo habitual.


22

El vaneigemismo es una forma extrema del anti-puritanismo moderno que tiene que fingir que disfruta de lo que se supone que es disfrutable. Como los habitantes de la ciudad que afirman su preferencia por “vivir en el campo”, aunque por alguna razón nunca van allí, o si lo hacen pronto se aburren y vuelven a la ciudad, el vaneigemista debe fingir placer porque su actividad es, por definición, “apasionante”, incluso cuando esa actividad es tediosa o no existe. Haciendo saber a todo el mundo que “rechaza el sacrificio” y que “quiere todo”, sólo difiere del hombre de los anuncios que “exige lo mejor” por su grado de pretensión y su reconocimiento, a menudo sólo ideológico, de los obstáculos que sigue habiendo en el camino de su realización total. Olvidando la insatisfacción y el aburrimiento en su aburrida denuncia ritual, en el momento en que las ideologías más retrógradas se hacen francamente pesimistas y autocríticas en medio de su descomposición, el vaneigemista presenta una imagen efectiva de la satisfacción actual.


23

El egoísmo ideológico vaneigemista considera como esencia radical de la humanidad la condición más alienada de la humanidad que se reprochaba a la burguesía, que “no deja subsistir otro vínculo entre los hombres que el puro interés”, diferenciándose sólo accidentalmente de la versión burguesa en que concibe medios diferentes de realización para este montón de egos aislados. Esta postura es desmentida por la experiencia histórica real de las revoluciones, y a menudo también por las propias acciones de quienes la invocan.


24

El espíritu crítico de los situacionistas y su uso, calculado y a menudo conveniente de la “arrogancia” y el insulto — una vez sacados del contexto de la lucha activa por cambiar las cosas — encuentran su lugar natural en un mundo donde todos se presentan con un espectáculo de inferioridad y son llevados a pensar que son “diferentes”, donde todo turista trata de evitar a “los turistas” y todo consumidor se jacta de no creer en los anuncios (una ilusión de superioridad con frecuencia intencionalmente programada en los anuncios para facilitar la penetración simultánea del mensaje subliminal esencial). El individuo pseudo-crítico afirma su superioridad estática a través de sus críticas desdeñosas y sin consecuencias a otros individuos que tienen ilusiones más vulgares o al menos diferentes. El sentido del humor situacionista, producto de las contradicciones entre las posibilidades latentes de la época y su absurda realidad, una vez que deja de ser práctico se aproxima simplemente al humor popular medio de una sociedad en la que el buen espectador ha sido ampliamente suplantado por el espectador cínico.


25

Como reinversores de las riquezas culturales del pasado, los situacionistas, una vez que se ha perdido el uso de estas riquezas, se unen a la sociedad espectacular como simples promotores de cultura. El proceso de la revolución moderna — la comunicación que contiene su propia crítica, la dominación continua del presente sobre el pasado — engrana con el de una sociedad que depende del movimiento continuo de mercancías, donde cada nueva mentira critica a las anteriores. Que una obra tenga algo que ver con la crítica del espectáculo — manifestando un elemento de “radicalidad auténtica” o representando algún momento teóricamente articulado de la descomposición del espectáculo — apenas es desventajoso para ella desde el punto de vista de éste. Aunque los situacionistas tienen razón al subrayar los elementos desviables de sus predecesores, al hacerlo consiguen simultáneamente un lugar para ellos en el espectáculo, que debido a su grave carencia de lo cualitativo aprueba la afirmación de que se puede encontrar algo entre los bienes culturales que pone en el mercado. El fragmento desviado se redescubre como fragmento; cuando el uso desaparece, el consumo permanece: los desviadores son desviados.


26

Un concepto tan vital como “situacionista” tiene que conocer simultáneamente los usos más verdaderos y los más falsos, con multitud de confusiones intermedias.


27

Como otros conceptos teóricos fundamentales, no se puede suprimir la confusión interesada engendrada por el concepto situacionista suprimiendo esta etiqueta. Las ambigüedades del término “situacionista” reflejan las ambigüedades de la propia crítica situacionista, a la vez separada de la sociedad que combate y formando parte de ella, a la vez partido separado y negación de esta separación. La existencia de un “medio situacionista” distinto, que es a la vez la concentración social de conciencia revolucionaria avanzada y la personificación social del situacionismo concentrado, expresa las contradicciones del desarrollo desigual de la lucha consciente en este periodo; ya que, aunque ser explícitamente situacionista no garantiza una práctica inteligente, no serlo prácticamente garantiza que se tienen objetivos de falsificación o una ignorancia cada vez más difícil de mantener de forma involuntaria. Se considerará al espectáculo como un concepto específicamente situacionista en la medida en que se considere simplemente como un elemento periférico más de la sociedad. Pero al reprimir simultáneamente sus aspectos centrales y la teoría que los ha articulado de la forma más radical, y pretender luego matar dos pájaros de un tiro mezclando estas entidades que no se dejan subsumir en categorías, la sociedad confirma su unidad real, como cuando por ejemplo una bibliografía contiene una sección titulada: “Vida cotidiana, sociedad de consumo y temas situacionistas”.


28

Para la I.S., la etiqueta situacionista sirvió para trazar una línea entre la incoherencia prevalente y una nueva exigencia. La importancia del término se extingue en la medida en que se conocen y practican ampliamente las nuevas exigencias, en la medida en que el movimiento proletario se hace él mismo situacionista. Tal etiqueta facilita también una categorización espectacular de lo que representa. Pero esta misma categorización expone también la sociedad a la propia coherencia de las diversas posiciones situacionistas que posibilita una sola etiqueta, dependiendo la fuerza de su exposición de la red total de significaciones que arrastra el término en determinado momento. Es lo incisivo del término lo que está en juego en los diversos enfrentamientos acerca de si alguien o algo es situacionista, y el hecho de que el término “pro-situacionista” se haya reconocido universalmente de forma peyorativa es una medida notable de su carácter incisivo. Aunque su asociación con la etiqueta no sirve para defender determinados actos, en cierto sentido las acciones de los situacionistas defienden el término, contribuyendo a presentarlo como una bomba demasiado concentrada y peligrosa para que la sociedad juegue con ella. La sociedad que, sin excesivos problemas, presenta sectores de sí misma como “comunistas”, ”marxistas” o “libertarios” encuentra imposible o imprudente todavía presentar algún aspecto de sí misma como “situacionista”, aunque ciertamente lo habría hecho ya si hubiese prevalecido, por ejemplo, el sentido “nashista” (neoartista oportunista) del término.


29

En sus comienzos, mientras nadie se les aproximaba, la crítica situacionista parece tan intrínsecamente antiideológica que sus defensores apenas podían imaginar un situacionismo que no fuese una gran mentira o un malentendido. “No hay situacionismo”, este término está “privado de sentido”, declara I.S. 1. Una simple distinción basta para defender al término del mal uso: la 5ª Conferencia de la I.S. decide que todas las obras de arte producidas por sus miembros deben ser explícitamente etiquetadas como “antisituacionistas”. Pero la crítica que se opone por definición a su ideologización no puede separarse de ella definitiva o absolutamente. La I.S. descubre una tendencia “infinitamente más peligrosa que la vieja concepción artística contra la que tanto hemos luchado. Es más moderna, y por tanto menos evidente... Nuestro proyecto toma forma al mismo tiempo que las tendencias modernas a la integración. Se da así una similaridad tanto como una oposición directa, en esto de lo que somos realmente contemporáneos... Estamos necesariamente en la misma senda que nuestros enemigos, casi siempre por delante de ellos” (I.S. 9).


30

Es notorio que la intelectualidad moderna ha utilizado a menudo elementos de la teoría situacionista, antes sin reconocerlo, y recientemente — al hacerse semejante plagio más difícil, y considerando al mismo tiempo que la asociación espectacular con los situacionistas añade más prestigio del que les quita el conocimiento de su dependencia — casi siempre reconociéndolo. Pero son aún más significativas las numerosas manifestaciones teóricas e ideológicas que, a pesar de no tener ninguna influencia directa de los situacionistas, e incluso sin conocer su existencia, son ineluctablemente atraídas hacia los mismos temas y las mismas formulaciones, porque éstas no son otra cosa que los aspectos fundamentales intrínsecos de la sociedad moderna y de sus contradicciones.


31

A medida que la teoría situacionista se desarrolla y profundiza, la sociedad moderna, aunque sólo sea para comprender mínimamente su propio funcionamiento y su oposición o para presentar el espectáculo que refleja lo que generalmente es más deseado, debe recuperar cada vez más elementos de esta crítica o convertirse, rechazándola, en víctima de sus propios ángulos muertos, que se incrementan consiguientemente.


32

En todas partes se divulga todo lo que la I.S. ha dicho sobre arte, proletariado, urbanismo o espectáculo, todo menos lo esencial. En la anarquía del mercado ideológico, las ideologías individuales incorporan elementos de la teoría situacionista separándolos de su totalidad concreta, cuando en su conjunto reúnen efectivamente los fragmentos como una totalidad abstracta. Toda la ideología modernista, tomada en bloque, constituye el situacionismo.


33

El situacionismo es el robo de la iniciativa del movimiento revolucionario, la crítica de la vida cotidiana tomada por el poder. El espectáculo se presenta, si no como el iniciador, al menos como el necesario foro de discusión de las ideas de su destrucción. Las tesis revolucionarias no aparecen como ideas de los revolucionarios, es decir, vinculadas a una experiencia y un proyecto específicos, sino más bien como un acceso de lucidez por parte de los dirigentes, estrellas y mercaderes de ilusiones. La revolución se convierte en un momento del situacionismo.


34

La sociedad del situacionismo no sabe que lo es; esto sería darle demasiado crédito. Sólo el proletariado puede comprender su totalidad destruyéndola. Es principalmente el campo revolucionario el que genera diversas ilusiones y matices ideológicos que pueden reforzar el sistema y justificar un status-quo restaurado. Después de haber llegado a un punto de equilibrio con el sistema, los propios éxitos de las revueltas sirven en parte para publicitar la grandeza de un sistema que puede generar y acomodar logros tan radicales.


35

Por su propia naturaleza, el situacionismo no puede ser realizado plena e inmediatamente. No pretende ser tomado al pie de la letra, sino seguido a algunos pasos de distancia. Si esta pequeña distancia se suprime, aparece la mistificación.


36

Al producir su situacionismo, la sociedad hace saltar en pedazos la cohesión de otras ideologías, quita del medio las falsificaciones accidentales y arcaicas y reúne los fragmentos que puede volver a integrar. Pero, concentrando así la falsa conciencia social, la sociedad prepara el camino de la expropiación de su conciencia expropiada. La sofisticación de la recuperación desengaña por fuerza a los revolucionarios, su unidad empuja el conflicto a un nivel más alto, y los elementos del situacionismo difundidos globalmente provocan su propia superación en las regiones donde todavía no se habían desarrollado a partir de una base teórica indígena.


37

La I.S. fue ejemplar no sólo por lo que dijo, sino sobre todo por todo lo que no dijo. La prolijidad diluye el poder de la crítica. La discusión de lo que no plantea ninguna diferencia oscurece lo que sí la plantea. Subir a la tribuna del pseudo-diálogo dominante convierte la verdad en un momento de la mentira. Los revolucionarios deben saber callar.


Bureau Of Public Secrets, 1981
Acción estética Acción postal Adolfo Marchena Aeron Bergman y Alejandra Salinas AIR Aitor Onaindía Al-Ma Alabastro Alan Turner Alberto Conderana Alejandro Thornton Amador Savater amanita Amano 0 Amano 1 Amano 2 Amano 3 Amano 4 Amano 5 Amano 6 Amano 7 Amano 8 Amano 9 ambos Ana Lucas Ana Ortega Andrés Morte Angela Serna Anki Toner ANNA ANO Antonio Cantarero Antonio Dantas Antonio Gómez Antonio Langoyo Antonio Nelos Antonio Orihuela Antonio Pérez-Cares Añino Archivo Situacionista Hispano Arte Correo Arte Marrón Arte por fotocopia Artesaldo Asger Jorn Asociacione Psicogeográfica de Bologna Barry Smylie Bartolomé Ferrando Basilio Rivero Bertold Brecht Bill Brown Blues Visto Bob Jones BOEK Buitre No Come Alpiste Bureau Of Public Secrets Carles Hac Mor Carlos Barona Carlos T. Mori Carmen Cámara CCPLNDVCTDE Cecilia Cruz Olivares César Figueiredo César Otero César Pesqueras César Reglero Chema de Francisco cine citas y referencias Clemente Padín Coe Col.lectiu Reçerca collage cómic e ilustración Coordinadora de artistas kontra el Arte Corpá Cristina R. Alcalá crítica cultural crítica social Cuadernos Itinerantes Damego Dana Crane Dave-Baptiste Chirot decolage Demon Lugman deriva Dirk Schwarze Domingo Mestre Dorian Ribas Marinho Dragan Zivancevic Dug Brent E. A. Graphix Edgar Prodeo Edgardo-Antonio Vigo El Bellotino de oro El Club de los Estetas Patéticos El Cosmonauta Eléctrico El Lissitzky el relato El Terrible Burgués Elena Cabrera Elisa Velasco Elvis Pérez Emerenciano Encuentros por la Humanidad y contra el Neoliberalismo Encyclopédie des Nuisances entrevistas Eugenio Castro Extraños con Linternas Fanzine Amano fanzines Fausto Grossi Fernando Aguiar Fernando García Delgado Fernando Márquez Fernando Martínez Fernando Millán fotografía Foucault Genealogía de la prensa marginal española Gil G. Wolman Giordano Genghini grafiti Grupo Redondo Grupo Surrealista de Madrid Gustav Metzger Guy Bleus Guy Debord Hakim Bey Hans Braumüller Huelga de arte Ibirico Inismo Internacional Situacionista J. Seafree Jean Terrosian Jesús Camarero John Bennett John Held Jr. Jorge Matamoros Jose Luis Campal José Luis Castillejo José Manuel Rojo José Manuel Vázquez Juan Angel Fernández García Juan Angel Sáiz Manrique Juan José Espinosa Vargas Julia Masvernat Kalvellido Kamen Nedev Karen Eliot Ken Knabb Kike Babas Kike Turrón Kiki de Noche Koldo Guinea komandos de acción kultural anónima (kks) La Compañía La Guerrilla La Más Bella La Voz de mi Madre Laboratorio Excéntrico Laura Baigorri Lautréamont Lesoj Literatura Gris Lluís Guiu Soler López de Ael Los Incontrolados Luis Navarro Luis Ruid Lusmore Luther Blissett Mabel Quiñones Macromassa Maite Barrera Maldeojo manifiestos Manuel Almeida e Sousa Manuel Portela Mari Luz Bermejo Merz Mail Miguel Amorós Miguel Guzmán Misola Dorela mitopoiesis Molero Prior Monty Cantsin muerte del arte Mumia Abu-Jamal Mundo Corvo música experimental Narradores de la red Nel Amaro Nelo Vilar neoísmo net art Nidia Palomo Nietzsche Nikolaus Marr No Copyright nombres múltiples Not Bored nuara nuevas tecnologías Obra/Abre Orfilia P. O. Box Paul Nougé Pedro Gonzalves Pere Foix Pere Sousa performance Phayum pintura plagiarismo poesía visual Poetas desenchufados Preiswert Arbeitskollegen Producciones Imposibles prospectos del Laboratorio psicogeografía radikales livres Raffaelle Gallucci Refractor Resistencia Vírica Ribota Richard Paget Robert Filliou Roger Sesan Sign'zine Silvia Díaz Chica Sotos Spencer Selby Stewart Home Stidna Timothy C. Mayo Tomás Caro TOTEM Traficantes de Sueños United Artists Of The Museum Vda. de Blissett Vicente Muñoz Victor Zygonov Vittore Baroni Von Beetfarmer DeBoring Vanaygum y Poe Vórtice Walter Benjamin Wilderness Wu Ming Yolanda Pérez Herreras zaj