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martes, 19 de octubre de 2010

Tiempo de carnaval

por José Manuel Rojo
publicado en Maldeojo # 1 (2000)


* * *

Hay una pesadilla que ronda detrás de cada teoría revolucionaria y de cada acto que se pretende radical, que lo debilita e incluso a veces paraliza, y no sin razón. Es la ame­naza de la recuperación de las ideas y movimientos revolu­cionarios por parte del mismo poder que se quiere destruir. Conocemos las constantes históricas de esta recuperación, que se vienen repitiendo desde 1789. Se puede intentar com­prar a los líderes (autoproclamados o no) de la subversión, o mejor cooptarlos abriéndoles un hueco en la élite dominan­te, que además así se regenera. Esta técnica, grosera donde las haya, puede mejorarse asumiendo algunos aspectos del programa revolucionario adulterando o reprimiendo el resto, desactivando así su peligro; se conoce sin duda esa interac­ción siniestra entre el capitalismo y las fuerzas que sucesi­vamente lo han negado, de tal forma que las conquistas que le han sido arrancadas son digeridas y reconducidas hacia un nuevo fortalecimiento y modernización de su maquinaria. Finalmente, un procedimnto más lento y menos llamativo, pero más sutil y seguramente más eficaz: la asunción y glo­rificación del pensamiento y la vida de los principales teóri­cos y activistas del movimiento revolucionario, una vez que han muerto o han claudicado, y desde luego una vez que ha pasado el tiempo suficiente para que sean inofensivos. La reconversión de los viejos enemigos en estrellas de la indus­tria cultural no sólo da réditos políticos y económicos evi­dentes, sino que consagra al sistema con una oportuna páti­na de liberalismo y tolerancia.

La amenaza de la recuperación, siempre presente, se ha multiplicado en los últimos tiempos, de tal forma que parece que ya desde el principio, desde el primer momento en que la palabra sacrílega se pronuncia o el acto de rebelión se comete, ya están recuperados; como si todo aquello que se va a emprender contra el sistema ya se conociera y tuviera su respuesta, su antídoto. No cabe duda de que la publicidad, y los todopoderosos medios de comunicación con los que dispone, cumple un papel fundamental en esta recuperación contemporánea. Su propia desmesura, la concentración exa­gerada de capital y tecnología que la publicidad tiene a su disposición, así como el papel reconocido de apostolado reli­gioso del capitalismo (incluyendo estilos de vida y códigos morales de conducta), dan una dimensión aún más inquie­tante y ominosa, a su potencial recuperador, difuso, anóni­mo, invisible e implacable. (1)

Algunas técnicas publicitarias de recuperación son por supuesto obvias y pueden hacer sonreír; la utilización de ciertos movimientos sociales (hippies, punks, minorías étni­cas, homosexuales, feministas...) como protagonistas ama­bles o bufonescos de los anuncios, normalizándoles por la vía de la falsa complicidad o del ridículo real. 0 convirtién­dolos en rentables sectores de mercado a los que atraer (inte­gración mediante el consumo, único melting polt permitido). Se ha observado también cómo la publicidad utiliza ciertas técnicas o procedimientos usurpados directamente de movi­mientos artísticos o culturales revolucionarios: así, el colla­ge surrealista, o la detournament situacionista, copiados y vaciados de sentido hasta la exasperación, quedan integrados en el catálogo de las imágenes ya vistas, y quedan desacti­vadas como posibles armas de lucha.

Pero hay otros métodos recuperadores, más nuevos y peligrosos, que tal vez sería provechoso analizar, de una forma evidentemente provisional, precaria, sin ninguna intención de agotar un tema inagotable o de elegir los ejem­plos más idóneos. Se trata de una publicidad que se hace su propia autocrítica, que incorpora en el anuncio pequeñas (o grandes) dosis del análisis y de la denuncia de su misma ide­ología que proponen los movimientos radicales, configurán­dose así una especie de anticuerpo o vacuna que neutraliza ya de entrada la eficacia de la crítica de esos movimientos. Por otra parte, asistimos también a la recuperación de algu­nas de las demandas revolucionarias más atrevidas, que son apreciadas en su justa medida por el capital, y por lo tanto transformadas en nuevos productos y nuevas formas de pro­paganda por un sistema que parece capaz de deglutir todos los ataques y todas las reivindicaciones, tal vez porque ya no se hace ninguna ilusión sobre la bondad de su verdadera naturaleza. En ambos casos, el efecto buscado se combina con una estética no sólo bella o imaginativa sino también irónica, festiva, autocomplaciente y descarada, como cele­brando el hecho de que, en fin, el capitalismo es tan fuerte, tan sin enemigos aparentes, que se permite autoparodiarse y desvelar, sin tapujos ni hipocresía, sus mentiras y manipula­ciones. Hay un exhibicionismo impúdico, un cinismo brutal que es propio del que ha vencido y lo sabe. El capitalismo se puede permitir el lujo entonces de desnudarse él mismo ante nosotros, de reconocer que su traje es pura ilusión, que está desnudo, y esto con nuestros propios argumentos, que admi­te y hasta propaga con una alegría no sabemos si temeraria. El resultado es que demuestra su fuerza a la vez que inevita­blemente nos desarma. Hay un ejemplo que puede servir de introducción, relativamente nuevo pero ya canónico. El desarrollo de un tópico anuncio de automóviles es interrum­pido de repente, apareciendo un grupo de jóvenes que se entregan a un riguroso análisis de las trampas y estrategias del mercado: "Qué es lo que te gusta, el coche o el anun­cio'?".

Entrando más en detalle, se sabe por ejemplo que algunos movimientos, como el Surrealismo o la Internacional Situacionista, han llevado a cabo una crítica del lenguaje y del objeto que en general ha pasado desaper­cibida, o cuando menos incomprendida. Se considera así, desde Mallarmé, que el lenguaje ya no puede nombrar el mundo, que es ineficaz como medio de comunicación, ante todo porque ha sido reducido a unas dimensiones exclusi­vamente instrumentales en un mundo que está también cosi­ficado. De ahí la escritura automática, intento de ir hasta la fuente de un lenguaje en estado puro, o los experimentos dadás y letristas para construir otro completamente nuevo. En uno y otro caso, se trataba de que el ser humano sea capaz de pronunciar nuevas palabras, nuevos sentidos que tarde o temprano se harán realidad, y que serán la base de un nuevo diálogo. En el caso del objeto, también desde el Simbolismo se constata una "crisis del objeto", o de la relación del hom­bre con los objetos, los productos, las mercancías de la industrialización, que se reproducen hasta el infinito iguales a sí mismas hasta perder cualquier relación afectiva, imagi­naria o simbólica con su supuesto dueño, al que además se le imponen: son "apariencias de cosas, simulacros de vida", en palabras de Rilke. Pero no se puede afirmar que estas teorí­as hayan tenido un eco excesivo en su único destinatario posible, el movimiento obrero revolucionario. En general, han sido ignoradas, o entendidas como ideas absurdas, el¡­tistas, esotéricas o "artísticas". Sin embargo, la publicidad, máximo exponente de la devaluación del lenguaje y del objeto, las asume y utiliza, porque sabe que nacen de la experiencia de angustias reales, auténticas, de las que como de todo siempre se puede sacar partido. Así, en un anuncio de automóviles, el protagonista se ve incapaz de explicar con palabras qué es un automóvil, equiparándolo a lo no comu­nicable (el amor, la paternidad...), reconociendo como si fuera el mismísimo Lord Chandos de Hoffmansthal que el lenguaje fracasa ante las experiencias inefables. Pero otro anuncio va más lejos: todo es en realidad explicable, la esen­cia del coche, no. En cuanto al objeto, la publicidad nos des­cubría que los artilugios del consumo nos son hostiles, y que necesitábamos "objetos que nos amen", humanizados... como un televisor.

Hay sin duda ejemplos mucho más concretos. Es casi un tópico hablar de la emancipación de la economía, que no responde ya a las necesidades de una población que por otra parte nunca ha tenido ninguna capacidad de control o deci­sión sobre el desarrollo de la misma. Para qué insistir, si una campaña publicitaria de una caja de ahorros presentaba a unos clientes que no sabían que su dinero se estaba utilizan­do en unas supuestas "obras filantrópicas", a su espalda, sin su consentimiento, tráfico financiero del que encima estaban obligados a sentirse orgullosos. Así se reconoce y se exalta con desfachatez la ignorancia y la impotencia del ciudadano empequeñecido y aislado ante los movimientos incompren­sibles de una economía que tiene unas dimensiones y una lógica sobrehumanas. Un cinismo parecido nos aturde en un anuncio más reciente, que admite que de lo que se trata es de engañar al consumidor, y sobre todo al joven: "venderle la moto", Y lo proclaman con un estilo agresivo, provocador, como guiñando el ojo a ese sector de mercado al que se quie­re hacer cómplice de su propia esclavitud. Ya no se sabe muy bien qué decir entonces contra el consumismo, si la denun­cia de sus estratagemas es utilizada a su favor, como una nueva mercadotecnia.

Este proceso de desnaturalización ha contaminado también a otros puntos fuertes de la crítica revolucionaria, que ve así cómo se emplean sus propias armas contra sí misma. Por ejemplo, se ha insistido hasta la saciedad en la producción espectacular de falsas polémicas entre alternati­vas perfectamente intercambiables, que justificarían tanto el juego aparentemente democrático como la organización del consumo y la soberanía del consumidor. Vaneigem podía desvelarnos (como quien desvela y profana el tabernáculo sagrado) que "el poder presiona a cada uno para que esté a favor o en contra de B.B., la noveau roman, el 2CV, los spaghetti, el mescal, las faldas cortas, la ONU, las antiguas civilizaciones, la nacionalización, la guerra termonuclear, y el autostop"; pues bien , hoy tenemos un anuncio que se hace cargo de tan demoledor ataque, y lo utiliza para hacer una parodia tanto de la rivalidad espectacular como de su crítica, a la que deja herida de muerte, reducida al absurdo por el procedimiento de la saturación y de la redundancia. El spot presenta dos sabores de la misma marca de refrescos, naran­ja y limón, ante los que la población se divide al 50%, en bandos irreconciliables, puesto hay que tomar partido por uno de ellos so pena de verse marginado por la humanidad entera ("¿Y tú de quien eres?". De mi amo, claro...). Esta "caricatura de los antagonismos" es eso, caricatura: la muchedumbre enfervorecida reacciona cual perro de Pavlov al cambio de un semáforo, aplaudiendo su "sabor favorito". En la misma línea, el personaje de otro anuncio, especial­mente imbécil, vive inmerso en una eterna duda que le impi­de tomar la más mínima decisión. Consciente de su debili­dad mental, una voz en off le tranquiliza (nos tranquiliza) recordándole que "tiene tiempo" para elegir. Aquí, la paro­dia de la falsa elección llega a su cima, ya que los dilemas que atormentan al protagonista llegan, premeditadamente sin duda, hasta el ridículo más bochornoso: elegir entre carne y pescado, entre dos corbatas, entre dos pares de zapa­tos, entre... ¿Se trataría entonces de una infiltración situacio­nista, de una trampa de Luther Blisset, de una conspiración de radicales que denuncian los códigos estéticos e ideológi­cos del enemigo? No, es otro anuncio de automóviles.

En relación estrecha con el debate de las polémicas falsas, se extiende el problema más general de la partici­pación, del déficit de participación real de los hombres y mujeres en todos los órdenes de la realidad, y de la negación del libre diálogo social que lo haría posible. Como conse­cuencia lógica, vivimos dominados por la ideología de la falsa participación, que se hace cada vez más fuerte con las nuevas tecnologías. No hay ejemplo mejor que un recientí­simo anuncio de teléfonos, que perpetra la crítica rigurosa de la falta de participación y la superación de la misma mediante la exaltación de la participación falsa del consumo. Ante un auditorio mudo y sumiso, un personaje que repre­senta la autoridad (anciano, varón, blanco, vestido como un gran burgués) ejecuta un discurso ininteligible de tintes hitlerianos, hasta que un "rebelde" joven, amable, vestido de forma desenfadada) le desafía y ofrece a la masa el nuevo fuego de los dioses: infinidad de teléfonos para que, por una vez, no sólo escuchemos sino que también "tomemos la palabra". Para qué y de qué cosas vamos a hablar, y con qué consecuencias prácticas, eso ya no nos lo dicen, quizás por­que el verdadero vacío no resulta telegénico.

Pero no basta con la tergiversación de las teorías de aquellos que impugnan el orden dominante. ¿Por qué no ir un poco más lejos, apropiándose no sólo de su pensamiento sino de sus propias acciones, y mejor aún, convertirlos en fantoches guiñolescos de la publicidad que tanto odian y combaten? La campaña (muy ingeniosa por cierto) de una marca de todoterrenos explora las posibilidades de este terri­torio, todavía virgen. Primero, contemplamos un mundo dominado por la mercancía, pesadillesco, en el que "todos" tendrán el mismo modelo de coche, circulando como zom­bies por una naturaleza devastada, propia de una película de Mad Max: es decir, el diagnóstico exacto que los grupos revolucionarios hacen de la realidad social, y sobre todo de su futuro. Y ahí tenemos a los revolucionarios, en el propio anuncio, presentados como obsesos recalcitrantes, viviendo en la clandestinidad del underground como desdichados oku­pas olvidados por todos, convertidos en despojos humanos, tarados, deformes, posesos e iluminados que se resisten patéticamente, y sin ninguna posibilidad por supuesto, a la marcha invencible del Progreso. En uno de los spots, esta curiosa parada de los monstruos antagonistas secuestra, pre­cisamente, a los otros personajes de la misma campaña publicitaria, ¡incluso de otras diferentes! Ejercicio autore­ferencial (y por lo tanto artístico) que pone en evidencia el alto nivel de reflexión de los creadores del anuncio, que no ignoran que la crítica que se pretende esterilizar se ejerce a la vez contra la mercancía y contra la publicidad fetichista de esa mercancía. No hace falta insistir por otro lado en que la comicidad ridícula de los "rebeldes" bebe de una fuente emponzoñada: la película Acción Mutante, todo un manual de confusionismo y de creación de estereotipos risibles e inofensivos.

Si pasamos de la astracanada a la tragedia, nos encon­traremos con un modelo de manipulación más serio, y tal vez más peligroso. Un anuncio de teléfonos nos mostraba a un simpático caradura que se paseaba por un supermercado, probando los productos, coqueteando las mercancías, curio­seando todo lo que encontraba a su paso, sin pagar ni com­prar nada, abandonándolo desdeñoso como un aristócrata en un festín cortesano o un buen salvaje en un potlach. La excu­sa de tan extraño comportamiento es algo con lo que todos estaríamos de acuerdo: antes de comprar, se debería tener permiso de probar la calidad del producto. Pero este argu­mento banal tiene una cara oscura que posiblemente pase desapercibida a muchos: lo que aquí se representa no es sino una táctica que estan ensayando los grupos radicales, es decir, el saqueo de supermercados como acción simbólica contra la pervivencia injustificable de la idea de la propiedad privada, que condena al hambre y a la dependencia del tra­bajo a la mayoría de las personas, etc. Pero la eficacia de esta acción queda en entredicho desde que es simulada en un anuncio. La próxima vez que se lleve a cabo, quedará irre­mediablemente devaluada entre aquellos que la presencien (y a los que se supone que va dirigida) por el recuerdo del spot. Así, la publicidad se asegura tanto una idea original, nueva, que atraerá a los espectadores, como la neutralización del acto y del significado reales que están tras esa idea y que la justifican en su peligrosidad.

Por último y como resumen, podríamos observar cómo el núcleo principal del análisis revolucionario más acertado, la transformación de la vida en una supervivencia en la que las experiencias y las pasiones reales son reducidas a simulacros, se ve también asumido y sometido por la publicidad. Y no podía ser de otra forma, en cuanto que supone la crítica principal, la impugnación a la totalidad del sistema de dominación, y el rechazo primero y espontáneo a la manifestación más sensible y cotidiana de ese dominio. Y así vemos cómo proliferan los anuncios que de una u otra forma se refieren a la crisis de la supervivencia, que no la discuten, que la aceptan como parte constitutiva del sistema, normalizándola en fin, haciéndola más familiar, más sopor­table que si se intentara ocultar o disfrazar su existencia. Los ejemplos abundan. Un anuncio de consolas presentaba a personas de diferente condición, edad, sexo, raza, que desfi­laban en poses heroicas proclamando que ellos "sí podían decir que han vivido"...por poderes, gracias al juego de orde­nador. Despues de esto, ¿cómo hacer una crítica efectiva del espectáculo y de la vida delegada? Pero la misma marca ha puesto en circulación otro spot, muy hermoso y muy triste, en el que insiste sobre la misma idea. Una joven de rasgos orientales se queja de la pasividad a la que durante toda su (corta) vida ha estado sometida. Para ella, todos los logros de la Humanidad (subir montañas, llegar a la Luna...) no sig­nifican nada si no puede experimentarlos directamente, si sólo accede a ellos como espectáculos destinados a sobreco­gerla, y por lo tanto a anularla. "¿Y qué me importa, si yo no he salido de mi barrio?"; tras su protesta clarividente, late la necesidad de una vida apasionante que supere el aburri­miento y la pasividad. Al final, la joven presume de haber encontrado la llave que abrirá su prisión: nada menos que la "riqueza mental". Que esta conmovedora heroína sea una mera imagen de ordenador, y que la salida a la pasividad sea entregarse a una pasividad aún mayor y definitiva (los vide­ojuegos como simulacro de las vivencias que nos están vedadas, desde ahora y para siempre), no sólo es atroz, sino que tiñe el anuncio de una involuntaria poesía, de una belle­za melancólica y crepuscular.

Claro que también se pueden invertir los términos para llegar a un fin equivalente. No, los actos de placer y entusiasmo de la vida real no se encuentran en la televisión ni en los juegos de ordenador: están "ahí fuera", mientras que, como se burla un anuncio reciente, aquellos que se resignan a permanecer sentados en el plató de sus casas cableadas, atentos al espectáculo, momificados con un lien­zo de bandas anchas, se conforman tan sólo con su aburrido reflejo ("sabes lo que otros hacen mientras que tú ves la televisión? Vivir"). Pero semejante tesis debería ser (ha sido, es) una consigna revolucionaria, no una ocurrencia de la publicidad, que se vería condenada a la ruina (y con ella todo lo demás) desde el instante en que la población se tomara al pie de la letra tan perturbadora invitación. He aquí las ventajas de la medicina preventiva, aplicada al campo de la lucha social: la administración cuidadosa en el circuito ideológico del sistema de pequeñas dosis del veneno del enemigo, de tal forma que se comporten como vacunas que hagan inocuas las infecciones futuras. No le matamos pero le hacemos más fuerte...

Pero el escarnio se prolonga mucho más allá de la realidad o no realidad de nuestras experiencias. Es la vida entera en su totalidad la que no nos pertenece, como se encargan de recordarnos los insidiosos anuncios de una lote­ría, que invitan al ciudadano a que "se gane una vida" pues­to que, efectivamente, lo que tiene ahora no lo es. Que el tra­bajo asalariado (y la existencia del mismo trabajo), que la falta de participación y la apatía organizada nos condenen a la supervivencia y nos prohíban el acceso a una vida digna de ser vivida, eso ya se ha dicho y es moneda corriente entre los movimientos revolucionarios desde los milenaristas de la Edad Media, si no antes; ya es más original que sea la publi­cidad, altiva y despreocupada, la que nos aclare uno de los subterfugios más decisivos del orden social y de sí misma. "Sé tú mismo, tú mismo", porque ahora no lo eres, sólo un rol que aceptar como trabajador y que adquirir como consu­midor. Y no será una casualidad que la protagonista de uno de los anuncios sea una conocida actriz, una artista, profe­sión que se asocia inmediatamente en el imaginario colecti­vo al disfrute de un estilo de vida puede que inseguro o mar­ginal, pero sin duda libre, original y emocionante. Y es toda­vía menos casual que se haya elegido a esa actriz, Nawja Nimri, prototipo de la vedette extravagante, fuera de la norma y de los convencionalismos, tanto por los papeles de sus películas como por su cuidada imagen pública. Su com­portamiento es justo lo contrario que el del ciudadano ven­cido: el rostro de la libertad se parece a ella en muchos sue­ños. Porque es verdad que no estamos vivos, que la verda­dera vida está ausente, evidencia desgarradora que de nin­guna manera indigna o preocupa a la ideología dominante, ansiosa por reconocer sus fallas para integrarlas como atrac­ciones en el sinuoso decorado del gran parte temático donde se representa la supervivencia aceptada y asumida como tal, pues todo tiene que tener y cumplir un papel, incluso la miseria que ya no hace falta esconder. No puede extrañar ya entonces que un portal de Internet se anuncie como "el lugar donde vas a poder ser". Promesa embriagadora que proclama el renacimiento del "verdadero yo" (sea eso lo que sea), trampa inevitable de una nueva frustración, no sólo porque ­ese supuesto despliegue de la auténtica personalidad sea vir­tual, sino porque lo que se exhibe en Internet tiene muy poca relación con las inquietudes, esperanzas y deseos verdaderos de la persona, sublimadas y suplantadas por medio de una ficción consoladora, como oportunamente sugieren los anuncios citados, en los que se presentan fantoches lamen­tables que dicen ser lo que no son. Estos mentirosos com­pulsivos han saltado de la pantalla de la televisión a las vallas publicitarias de calles y cunetas, como heraldos de una invasión extraterrestre, para confirmarnos que todo tiempo es ya el tiempo del Carnaval. Porque la operación de vaciamiento de las reivindicaciones más extremas del movi­miento revolucionario (la participación, la comunicación, la cooperación, el juego, la vida apasionante) no se detiene en la publicidad, en el campo de las ideas, sino que se extiende a la misma realidad social, a los nuevos métodos de explo­tación y dominación, donde encontramos su rastro difumi­nado, genéticamente alterado, como oportunos injertos que rejuvenecen el viejo tronco del árbol cuyo peso nos oprime. Hay entonces un movimiento que va de la publicidad al orden social por el que ésta acompaña, prepara y acostumbra a la población a la nueva gestión e intimidación econó­mica, de tal forma que carece de sentido preguntarse qué fenómeno se da en primer lugar, si la integración y desnatu­ralización de las ideas revolucionarias mediante la degluti­ción publicitaria, o la aplicación en la realidad de la parte más conveniente y menos peligrosa (y que mejor se adapta a los cambios tecnológicos) de las mismas.

¿Entonces no hay nada que decir? ¿Es mejor quizás permanecer en silencio, no materializar el pensamiento y la crítica, para evitar que se vea recuperada? Se ha dicho ya que lo único que consiguen los que luchan contra el sistema es perfeccionar el mecanismo de su propia dominación. Sin ir tan lejos, deberemos ser aun más conscientes del peligro de la recuperación. Lo primero que debería llamar nuestra atención es por qué son tan fácilmente recuperables unas ideas que, al fin y al cabo, se pretenden revolucionarias; o no lo son tanto, o el sistema es indestructible porque ha lle­gado a un grado tal de ductilidad que no ofrece una estruc­tura a la que atacar, como un monstruo de ciencia ficción, una Cosa, una masa de gelatina inteligente que todo lo devo­ra y que no se puede romper porque carece de eslabones fuertes sobre los que golpear. Pero entonces se convierte en una atmósfera omnipresente que tal vez llegue a hacerse irrespirable, de tal forma que la posibilidad de su desapari­ción se afirme por sí misma como algo urgente, como una necesidad ecológica que no tiene otra alternativa que la muerte de la especie. Y que no admite ninguna negociación más, ninguna transacción o reforma que dilate su final, por­que su mera existencia es ya para todos insoportable. Ya no tendrá nada que recuperar porque todo lo que toque, todo lo que provenga de sus manos de nuevo Rey Midas será abo­rrecido, maldito, contaminado. Por supuesto que no nos encontramos todavía en este estadio; puede que nunca lle­guemos a él, que nos engañemos de nuevo con una falsa esperanza. Pero hay atisbos, señales de una próxima satura­ción. Algunos anuncios son tan descarados, tan excesivos, que empiezan a provocar sobresaltos y movimientos reflejos defensivos en la sociedad anestesiada. Parece como si las viejas maldiciones pudieran todavía cumplirse; en su soberbia, en su apoteosis triunfal que le permite quitarse todas las máscaras y disfraces, quizás el capitalismo se ciegue y corra hacia su perdición, empujado tal vez por la ausencia de los dioses que ha matado y a los que ya no teme. Así, las pro­testas (todavía aisladas, separadas, incongruentes) contra ese anuncio que propone "vender a la madre" para poder comprar un coche, o contra aquel otro que muestra la subas­ta cruel que emprenden unos bomberos para vender al mejor postor la salvación a los desesperados inquilinos de una casa devorada por el fuego, ejemplos de la reducción del ser humano a mera mercancía, y como consecuencia, la des­trucción de cualquier vínculo o solidaridad comunitaria. Las reacciones a estos anuncios son todavía ingenuas (hemos podido leer en los periódicos protestas contra "la minusva­loración de la mujer" o "el desprestigio del esforzado cuer­po de bomberos"), pero denotan un estado de malestar, de cansancio, de agotamiento ante la intrusión de la economía en todos y cada uno de los ámbitos de la vida, de insatisfac­ción en suma, semilla de conflicto y germen de contestación en potencia. Sería muy conveniente y provechoso contribuir a que el desengaño se hiciese contagioso, para lo que en rea­lidad no se necesita ninguna crítica exhaustiva, formalizada, sobre esto o aquello, que corra peligro de ser recuperada; esta actividad, seguramente mediocre y deprimente pero necesaria, es también la única que tal vez esté hoy al alcan­ce de nuestras manos.


NOTAS

(1) Seguramente no es indispensable perder mucho tiem­po en recordar los métodos y técnicas utilizadas por la publicidad (y la ideología capitalista en general) para estar al día y bien infor­mada de las tendencias y debates de los grupos radicales. Aunque Courtney Love no sea quizás una autoridad en la materia del todo fiable, no se equivoca cuando observa que "Nike tiene cámaras de vídeo en los rave clubs, espían a los chicos y anotan todo lo que hacen, pueden meterse en el East Village y entrar a dos lesbianas, preguntarles ¿cual es vuestro grupo favorito, Propellerheads o Pussy Galore? ¿Qué drogas usáis? Heroína, éxtasis. Al final toda la información va a parar a Nike y maquinan cómo vendémoslo luego a nosotros" (
Mondo Sonoro nº 44, 1998). Y no sólo preguntan lo que les gusta, sino más aún lo que odian. No vale la pena detener­se tampoco en el conocido caso de los antiguos "activistas", hoy arribistas, que proporcionan al sistema toda su experiencia y todo su conocimiento de las teorías y formas de lucha de los movimien­tos revolucionarios. Ex-surrealistas, prositus... ponen al servicio del poder todo aquello que han aprendido y que, desafortunada­mente, ya nunca olvidarán. Sí se ha perdido en cambio, y es gran desgracia, el recuerdo de ciertas medidas de disciplina y de auto­protección contra los traidores, drásticas pero certeras. Los nihilis­tas rusos, por ejemplo...

domingo, 5 de septiembre de 2010

Todavía no se han parado tod@s

Texto publicado por el Grupo Surrealista de Madrid en el boletín de agitación ¿Qué hay de nuevo? (Madrid, 1998) con la adhesión de Industrias Mikuerpo.

por José Manuel Rojo

* * *

No hay peor esclavo que el esclavo feliz. No hay tiranía más segura que la que se soporta con alegría. Ante la proliferación de víctimas voluntarias no se puede hablar de libertad o de revolución. Hablemos, para empezar, de pesimismo: pesimismo sobre la cualidad intelectual y moral del ser humano, sobre su capacidad de rebeldía, sobre la fuerza de sus deseos. Porque hay muchas razones para alimentar ese pesimismo, que por fuerza ha de actuar como perturbación y ruido de la sintonía del sistema.

Precisamente 1997 terminó en Madrid con un ridículo “acontecimiento” que nos es muy útil como ilustración de lo que queremos decir. El 28 de diciembre se celebró la carrera San Silvestre Popular, organizada bajo el increíble lema “Movilización popular contra los excesos de las fiestas. Desafía la pereza”. Francamente, esto ya es demasiado. ¿Qué excesos? ¿Qué pereza?

¿Acaso se refieren los organizadores a los tímidos gastos extra que la clase trabajadora se permite por Navidad, como válvula de escape a los sacrificios cotidianos exigidos por el régimen del euro? El problema de los “excesos navideños” consiste en que se quedan cortos y duran muy poco tiempo. Dada la capacidad productiva del capitalismo que, reconozcámoslo sin prejuicios, es inmensa, habría que permitir el derroche desorbitado de los artículos de consumo, durante ciertas épocas del año, a modo de potlach gratuito por supuesto, y necesariamente universal, que saciara las necesidades materiales. Por otra parte, y seguramente en muy poco tiempo, la saturación del consumo actuaría como una vacuna contra el propio consumismo, restaurándole también así la noción de don o regalo desinteresado, fuera del cálculo monetario y del prestigio de la mercancía, volviendo a ser ejercicio imaginario, forma de comunicación humana, satisfacción de un deseo siempre reinventado.

En cuanto a la pereza denunciada por la San Silvestre… Hablar de pereza en el país de la economía sumergida, en el paraíso de las horas extraordinarias y de las ETTs, no es sino una broma de muy mal gusto. Pero además, ¡muera el trabajo y viva la pereza! Como se sabe o debería saber no hay dignidad, no hay belleza, no hay placer en el trabajo. En palabras de una consigna que debería proliferar cada vez más, “si el trabajo fuese cosa buena los ricos se lo guardarían para ellos sólos”. Pero, síntoma de envilecimiento y debilidad de nuestra época, decir que alguien es un “buen profesional”, no es un insulto abominable, sino un elogio.

Es que “la apología del trabajo, desde que la esclavitud ha desaparecido de la Europa Occidental, es una vieja idea de las clases dirigentes”. Es necesario pues enaltecer (encarecer) el trabajo para que así, mistificado en el “bien escaso” por excelencia, se puedan tolerar las condiciones insoportables en las que se desarrolla. Como decíamos en un panfleto repartido durante la huelga general de 1994, cuanto más escaso es el trabajo como medio para garantizar la subsistencia diaria, más se lo identifica con un fin metafísico de la existencia humana, llegándose a la definitiva deificación del trabajo como bien más alto, como deseo máximo, como ideal absoluto, como causa última de felicidad. Pero Paul Lafargue reclamaba ya en 1880 la jornada laboral de tres horas. En 1927, unos jóvenes obreros, en huelga por primera vez, proclamaban orgullosos que “estamos por la jornada de dos horas, y todavía, cuando sean dos horas, serán demasiadas horas”. Y en 1967, el grupo surrealista L’Ekart de Lyon defendía que “toda persona tiene el derecho de soñar a la luz del día, durante el trabajo, en la fábrica o en la oficina, desnudo o vestido”, lo que por fuerza implica una organización de la noche y del día, del ocio y del trabajo, en las antípodas de la que hoy se acepta como única posible.

Sin embargo, el siglo se apaga y las profecías están muy lejos de cumplirse. El desarrollo de la tecnología no deja lugar a dudas sobre la posibilidad de llevar a la práctica el fin del trabajo, que reducido al mínimo se convertiría en ese “condimento placentero de la pereza” soñado por Lafargue. Se confirma así que lo imaginario es lo que tiende a ser real (Breton), también en lo social, en lo económico. Pero el fin del trabajo supone el fin de los que dan y quitan el trabajo, y el triunfo de la tecnología anuncia la caducidad del pensamiento unilateral y utilitarista que la funda, permitiendo la superación histórica de ambos. Porque la realización de todos los deseos no sobrepasa los medios de acción actuales del hombre sobre el mundo material, sino la vieja organización social (Debord).

Es en nombre de esa “vieja organización social”, y de la clase dominante de la misma, que el trabajo forzado conoce una nueva fase de expansión y dominio a escala universal. En EEUU el tiempo libre para la comida en el trabajo se ha reducido de una hora a un cuarto, o a nada. La triste y banal propuesta del gobierno francés de la jornada de 35 horas es acogida en Europa como si fuera una utopía descabellada, mientras que en Inglaterra se aprestan a la resurrección de las workhouses. En Asia la “crisis” (que llega, como un aviso, castigo o penitencia, justo un año después del sobresalto casi revolucionario de los trabajadores surcoreanos) exige nuevos esfuerzos a una población exhausta. En África, en América del Sur…

¿Qué es entonces lo imaginario, qué es lo real? La abolición del trabajo fue el deseo imaginario de ayer que hoy se ha hecho alternativa real, mientras que, la supervivencia empeorada del trabajo no es sino la necesidad inevitable y real de ayer que hoy se ha convertido en excusa imaginaria, en impostura ideológica al servicio del capital.

No esperemos encontrar sin embargo, como arma de propaganda, la repetición mecánica del viejo discurso pseudo-religioso que cantaba las virtudes morales y moralizantes del trabajo. Junto al siempre efectivo “miedo al paro”, y confirmando que hoy todos los lenguajes se unifican en el lenguaje económico (suprema apropiación de la misma materia prima del imaginario social), las loas victorianas al trabajo han mutado en conceptos funcionalistas y supuestamente asépticos, lógicos, razonados ya que no del todo racionales, como la productividad o la competitividad, palabras sagradas que se marcan a fuego vivo sobre las conciencias. Sobre todo las juveniles. Los resultados de esta política infame están pues a la vista. Si medimos por ejemplo los efectos de los rayos JASP sobre los adolescentes, encontraremos que, según el último “Eurobarómetro” sobre los jóvenes europeos (abril-mayo de 1977), los españoles entre 15 y 24 años son los más dispuestos a aceptar cualquier trabajo, sin seguridad social, sin estabilidad, con poca paga, como sea, y dando las gracias.

Es aquí donde el deporte alcanza su punto de ebullición como instrumento ideológico. A la par que la publicidad, con la que por lo demás entra en constante simbiosis, el deporte es el gran medio de difusión e inoculación de las exigencias y órdenes de la economía. El argumento es siempre el mismo: un anuncio que asocia el esfuerzo del deportista con la explotación del trabajador que, convertido en un acto reflejo, en una caricatura degradada de la estrella que admira, acepta sin rechistar la conminación afable quien le pide que “siempre se exija más”, que de “lo mejor de sí mismo”.

Ante el poder de persuasión del deporte, los viejos altavoces del discurso del poder, la iglesia, el cuartel, la escuela se revelan como herramientas obsoletas, inservibles. Si por ejemplo se intenta llevar a la práctica ese proyecto odioso pero irrisorio de inculcar “los valores castrenses” a los niños y jóvenes, llevando a militares a los colegios e institutos, sólo se conseguirá, con la excepción de los tarados habituales, que se multiplique y fortalezca la indiferencia, el desprecio y la burla que los jóvenes ya sienten por estas instituciones desprestigiadas. Pero,que una estrella del deporte acuda a un aula, a una discoteca, que hable de sus sacrificios, de sus esfuerzos y sufrimientos, de su éxito final como recompensa mítica de todas las humillaciones, de todas las obediencias, de todas las traiciones. Veremos entonces cómo se le escucha, cómo se le hace caso, cómo se le cree, y sobre todo, cómo se le imita.

He aquí pues el factor clave de la alienación deportiva, cuya importancia decisiva para la reproducción ideológica del sistema no radica tanto en los efecto letárgicos y desmovilizadores que se deducen de su carácter de espectáculo de masas como en el cariz sorprendente de mito social, de historia ejemplar que todos los días y todas las noches pone en escena la agonía sagrada de los especialistas del dolor y del esfuerzo que lo sacrifican todo a cambio del “triunfo”. “Los madrugones de cada día a las seis de la mañana, el hecho de tener que sacar las asignaturas de segundo de INEF robándole horas al sueño, o el no poder pasar más tiempo con sus amigos o con su novio… son algunos capítulos del cuento de María que algunos no querrían leer. Ella los asume sin más”. En estos términos hagiográficos, edificantes, aleccionadores, se relata la peculiar forma de vida de una famosa nadadora, que presume libre y felizmente de su propio calvario: “Yo no me escaqueo ni un metro de los entrenamientos. Voy a tope aunque me duelan los brazos, y respiro cuando tengo que respirar”. Este es el ideal de vida que se propone y que todo el planeta asume, de rodillas ante el gran dios de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur. ¡Es realmente un dios vivo el que muestra su gloria ininterrumpida en los altares mediáticos del espectáculo integrado! Y son muchos sus oficiantes, y florecen por doquier los adeptos y los aspirantes al martirio.

El martirio. Volviendo al caso práctico del que nos hemos servido como amena ilustración, oigamos a uno de los imbéciles que participaron en la San Silvestre Popular: “Ya por el hecho madrugar y por el frío que hemos pasado combatimos la pereza, la abulia, la apatía y lo que me digas”. Masoquismo enfermizo, sumisión cobarde al instinto de muerte, odio al principio del placer y depreciación miserabilista de la existencia, obediencia ciega y fanática a la voz de mando, eso decimos porque todo eso es lo que se esconde tras una opinión así, que se ve corroborada y esclarecida por la peligrosa estupidez de uno de los organizadores: “Es impresionante la imagen de tanta gente corriendo tan temprano”. Impresionante, sí, tanto como el espectáculo de un campo de concentración o de una plantación de esclavos. Por cierto que el inevitable “mecenas” de este evento de pesadilla no fue sino la multinacional de material deportivo Nike, famosa por su explotación salvaje de la mano de obra (incluso infantil) del Sureste Asiático. El círculo vicioso siempre tiende a cerrarse cortando el hilo de la vida.

Guerra pues al trabajo bajo todas sus formas, se esconda donde se esconda, y se disfrace como se disfrace.

La palabra-llave sigue siendo hoy la desmoralización, que debe aplicarse sin más tardanza a cualquier manifestación del espíritu del enemigo. para empezar, parece completamente necesario el sabotaje sistemático de esa peste ridícula de “carreras populares”, “gincanas por los derechos humanos” y “marchas contra la droga”, cuya nocividad social es solo comparable a los trances colectivos, antesalas del linchamiento y del progrom, que se generan en los estadios de fútbol, y que en todo caso son más peligrosas que el mero consumo pasivo de las retransmisiones deportivas en tanto y en cuanto que la participación en la carrera o prueba implica una ilusión de afirmación personal, un simulacro de decisión libre, un delirio de comunión mística que inevitablemente refuerzan la asunción de los valores de la clase dominante que sustentan y dan sentido a estas demostraciones. Como medios adecuados de perturbación y sabotaje, recomendamos desde medidas agresivas como alfombrar con chinchetas, canicas o alquitrán las calzadas donde se desarrollará la carrera, hasta otras posibilidades más hedonistas y quizá más efectivas: la puesta en práctica, al paso de la carrera, de ceremonias eróticas realizadas por dos o más personas, la exhibición festiva del estado de embriaguez, la organización de fiestas irresistibles y juegos tan apasionantes como inútiles, el ejemplo provocador de durmientes entregados al mejor de los sueños, o la instalación de objetos misteriosos que despierten la curiosidad de los “atletas”, incitándoles al abandono de la prueba. Se trataría en fin de la exaltación decidida y contagiosa de los placeres de la pereza, y, por contraste, del desenmascaramiento, por vía del humor y del goce, de la nueva dictadura eugenésica de la salud y el deporte, del puritanismo y el deber.

De estas acciones subversivas y otras parecidas, en realidad muy tímidas y, si se quiere, poco imaginativas, hay que pasar sin duda a la organización de un verdadero movimiento de objeción, mejor aún, de insumisión al trabajo, que bien podría inspirarse en los métodos y experiencias de los movimientos anti-militaristas y okupas. Sólo que, instalados en el corazón mismo del sistema, en la negación del trabajo asalariado (y hasta del trabajo sin más) que funda la dominación de la economía, es más difícil, tal vez imposible, la recuperación de esta nueva y definitiva forma de lucha. Se podría proponer así el colapso de las oficinas del INEM, inundadas por miles de renuncias al trabajo, o, por el contrario, por la demanda de trabajos imposibles; el boicoteo sistemático de las entrevistas de empleo mediante respuestas absurdas y violentas al psicólogo-capataz de turno, o exigiendo condiciones desorbitadas en el sueldo, horarios, etc; la okupación de las empresas por falsos trabajadores que, una vez contratados, se declaran insumisos al trabajo, negándose tanto a desempeñar sus tareas como al abandono del lugar, librándose en cambio a la propaganda por el acto del derecho a la pereza; declaración de insalubridad pública de las ETTs, y campaña de desinfección inmediata de las mismas, mediante la creación de cordones sanitarios (barricadas, cadenas humanas, cortinas de fuego) que aislaran a la población indefensa de semejantes focos de contagio; etc.

Por cierto que hablamos de una insumisión que exija con el mayor de los cinismos la satisfacción libre e inmediata de todas las necesidades materiales y, más aún, de todos los lujos. Esta actitud irresponsable caminaría varios pasos por delante de las provocaciones de los trabajadores franceses, por otra parte gratas y estimulantes (“autoinvitación” en hoteles y restaurantes de lujo, saqueo de supermercados, anulación del peaje de las autopistas), en el sentido de que la “tragedia del paro” no se utilizaría ya como coartada, como reclamo lastimero, que no se trata de reivindicar un puesto de trabajo porque se niega el trabajo: los invitados al reality-show se niegan a contestar las preguntas del entrevistador, el público abandona el escenario, el espectáculo se apaga.

En este sentido, no hay que temer sino más bien desear y provocar la incomprensión del resto de la sociedad, la hostilidad incluso, porque tal incomprensión, tal hostilidad, tal escándalo, tendrán un efecto desmoralizador sobre las verdades indiscutibles y las creencias universales. ROMPER, romper aún con el ejemplo aislado, romper siquiera en el plano del deseo, romper esa ley maldita, afirmar que ni el trabajo ni el dinero son ya necesarios, que se puede y se debe tener acceso a todo tipo de bienes, que todo bien es un bien libre porque gracias al triunfo de la economía ya no hay bienes económicos, es abrir la puerta a la duda y a la pregunta, y al juicio pesimista sobre la organización actual del mundo.

martes, 8 de junio de 2010

De máscaras y enigmas

por José Manuel Rojo

Prólogo del libro Industrias Mikuerpo. Un proyecto de gestión cultural independiente (1994-1999) [Madrid, Traficantes de Sueños, 2010).


* * *

La primera vez que tuve noticia de Luis Navarro fue bajo el signo de la conspiración, aura y estigma que no logro desprender ni de su vida ni de su actividad, para bien y para mal. Tampoco quiero hacerlo, pues las primeras impresiones son muchas veces las mejores. Y sólo un conspirador podía presentarse dejando en el buzón, sin previo aviso y sin que yo lo pudiera esperar, un ejemplar del nº 3 de su fanzine Amano, aquél que se componía de varios cuadernillos amorosamente guardados en un sobre de papel de embalaje, con una tarjeta en la que muy secamente se indicaba un número de teléfono y se proponía concertar una cita. El signo de una araña negra imprimida con un sello tanto en el sobre como en la tarjeta, el insólito nombre de Industrias Mikuerpo, los textos y las imágenes que hablaban de muerte del arte, decollage, atentado estético, todo sugería que una misteriosa organización estaba dispuesta a derribar el viejo mundo, y la invitación era, por tanto, irresistible.

Hay que confesar empero, siquiera para ser fiel al propio Luis desmitificando (pero sólo en parte) esa primera máscara de Blanqui o de Fantomas, que ya se había dado un primer contacto, aunque más por su parte que por la mía: unas semanas antes de depositar el fanzine en el buzón, Luis nos había encontrado, a los del Grupo Surrealista de Madrid, en el puesto que montábamos en aquellos años 90 los domingos por la mañana en el Rastro, más concretamente en la plaza de Tirso de Molina, junto al resto de tenderetes de la variopinta ultraizquierda de la época (¡todavía había maoístas!). Allí Luis se topó con el nº 7 de la revista Salamandra, dándose el encuentro casual sobre una mesita de camping de un situacionista (?) y unos materiales surrealistas que se correspondían en gran parte con sus propias preocupaciones [1]. La poca o mucha importancia que tuvo este encuentro para él ya lo comenta Luis en este libro, así como la posterior y duradera colaboración que nacería del mismo; en cuanto a nosotros, perdidos en un medio que interpretaba la palabra poesía única y exclusivamente como el poema escrito y encima con rima, y la vida poética, sobre todo si se identificaba con un proyecto político revolucionario, como un eufemismo de “estar en las nubes”, ese encuentro parecía ser ya no fundamental, sino fundacional [2]. El tiempo no lo desmentiría. Y ahora me encuentro prologando un libro que documenta los frutos agridulces de una aventura en la que fuí amigo, testigo y a veces cómplice, y reconozco que me es sencillamente imposible no remitirme a mi propia experiencia, revivir los debates que nos encendieron, fiarme de mi memoria, referirme incluso a la propia actividad surrealista. En mi descargo considero que no me alejo tanto del tema en cuanto que tales divagaciones pueden ayudar, por mero efecto reflejo, a iluminar el pensamiento y la acción de Luis Navarro; y si en este prólogo se vierten juicios falsos, exageraciones o apreciaciones peregrinas, la culpa es siempre del prologuista del libro y nunca de su autor.

Volviendo al punto de partida, antes he definido a Luis como “situacionista” para inmediatamente ponerlo en duda con un signo de interrogación. Es que así fue catalogado desde fuera, y así es como hoy fundamentalmente se le recuerda, lo que es irónico en una persona que siempre combatió las ideologías, las mitificaciones (que no exactamente los mitos) y las etiquetas, las suyas y las de las demás [3]. Y basta con revisar estas páginas para comprender qué limitadora es, cómo cercena las otras personalidades de Luis, de qué manera borra todas las máscaras menos una, aunque es posible que algunos prefirieran que fuera la única y exclusiva. Puede que el retrato quedara más revolucionariamente correcto, pero también más falso. En efecto, individualista que niega al individuo invitando a los otros a participar en el juego [4], Luis se ha escondido detrás de varios nombres múltiples, muchos seudónimos y algún que otro fantasma colectivo, en una aventura irónicamente ambiciosa, con algunos éxitos y más fracasos, en la que cada avatar era derribado, o caía desfallecido al suelo de puro aburrimiento, para levantarse de nuevo con un antifaz distinto. Porque la estrategia es una, pero las tácticas no son tres, sino tres mil si fuera necesario: Industrias Mikuerpo como santo y seña y punto de encuentro, el fanzine Amano y sus dobles del Signzine y del Cuaderno Itinerante, la red de creadores y esos experimentos tan conmovedores en su ingenuidad y en su osadía que fueron Artesaldo o No te vendo más que la herida, las campañas de violencia mental ejemplificada en los atentados estéticos, propios o de otros, la agitación de los nombres múltiples, la Resistencia Vírica y la Huelga de Arte como resumen y en cierto modo apoteosis de todas las experiencias anteriores. Así se explica que a menudo Luis hablara de sus proyectos en primera persona del plural, pero este “nosotros” no era el Nos del rey absoluto, sino la sedienta y anónima voz colectiva que vaga pidiendo venganza en pos de ese “horizonte de verdad que es irrenunciable, como demuestra la existencia, ésta sí constatable a cada instante, de la falsedad y la violencia” [5]. Es evidente que semejante trasmigración experimental de la identidad no tiene nada que ver con el relativismo posmoderno, pues la verdad absoluta no existe pero sí su búsqueda eterna, sino con la gran paradoja que supone que, para aprehender esa verdad en un mundo falsificado de espejos y laberintos y muñecas katiuska, quizás es necesario habitar siquiera un instante en el reflejo para evitar el deslumbramiento [6].

Dicho esto, resulta innegable y a mucha honra todo lo que Luis debe a la I. S. y todo lo que ha devuelto con creces gracias a su labor impagable de agente contaminante del virus situacionista en particular y del revolucionario en general, con la editorial Literatura Gris, la colección de folletos de radikales livres, o el Archivo Situacionista Hispano y la página de Altediciones en Internet [7]. Ya el propio interesado se encarga de reconocer esta deuda, pero yo diría que la lección situacionista, tanto la utópica como la científica, está tamizada y coloreada por la sensitiva mirada hacia lo sensible de Walter Benjamin, que permite encontrar aquella pequeña ventana tan temida por Trotsky, abierta de par en par no hacia el más allá, sino a la magia y al misterio del más acá, hasta el punto de que el aire embriagador que por ella circula es capaz de integrar en el materialismo “lo maravilloso y lo desconocido dentro de su sustancia” [8]. A esta base nada banal habría que añadir los aciertos puntuales del mail-art más bruto, la curiosidad por las fantasmadas de provocadores tan pintorescos (y en el fondo insustanciales) como Stewart Home, y la ética, estética y angst adolescente del punk y su filosofía DIY, genéticamente modificada, me atrevería a decir y que me perdone quien me tenga que perdonar, por la relación personal y afectiva, siempre conflictiva y crítica pero también real, con la Movida [9]. A partir de estos ingredientes, el rol de mero difusor de las ideas de Debord y sus amigos se desdobla en otras muchas líneas de fuerza, de las destacaría dos que me parecen fundamentales: la reflexión teórica, que ha sido capaz de ir más allá de sus modelos en un análisis muy personal e innovador de las delicuescencias del espectáculo, la técnica o la cultura de masas, y el replanteamiento radical de la crítica del arte y de su famosa muerte, con todo lo que esto implica. Y aunque parezca lo contrario, esta última es la más rica y compleja y contiene y desarrolla las dos anteriores, pues toda la actividad de Luis a través de sus sucesivas máscaras está penetrada de esta verdad: que si se impugna al arte y al artista es para exaltar la creatividad social, y que se pueden y deben utilizar en la lucha por la emancipación las tácticas de las utopías que pretendieron ir más allá del arte separado desde una práctica que, precisamente por ser utopista, se reveló limitada e insatisfactoria. Es obvio también que tal planteamiento era el que más podía interesar en un principio al grupo surrealista y por tanto a mí mismo, y por eso también empezaré por aquí.

En efecto, desde el principio coincidimos en la defensa e ilustración de la poesía por otros medios, gracias sin duda a que la construcción sistemática de situaciones utilizando todos los recursos económicos y técnicos disponibles etc, etc, estaba afortunadamente contaminada en Luis por la benéfica influencia de Benjamin y su noción de la iluminación profana, que tanto se corresponde con la teoría y práctica surrealistas de lo maravilloso. Por supuesto había diferencias, terminológicas en primer lugar, pero no sólo: si para el surrealismo lo maravilloso se manifiesta como un descubrimiento cualitativamente superior con y en la realidad que sublima la pintada, el objeto encontrado o la persona desconocida que el azar nos acerca, elevándolas a otra dimensión afectiva y psicológica que ilumina la realidad sórdida, Luis se centraba en la sordidez desvalida del gadget tirado a la basura, la canción pasada de moda, el cartel publicitario despegado y caído en la acera, pecios del consumismo que no son espectacularmente extraordinarios o inspiradores, pero que al moverse del sitio que la economía les había adjudicado daban la vuelta a su ideología y a sí mismos, permitiendo además que en la crítica de su propia miseria se colara la poesía. De esta manera, todo aquel que supiera ver se convertía un poeta que no utilizaría palabras sino miradas, pero puesto que esta estética de la percepción partía de un mundo desencantado, reclamaba para ser eficaz y obrar milagros un distanciamiento y una desmitificación de sí misma que nosotros no siempre teníamos en cuenta. La cuestión ya no era, por tanto, si los medios a utilizar para el advenimiento de la poesía tenían que ser racionales o irracionales, o si ésta tenía que desafiar a la religión o a la moral burguesa; el problema radicaba sobre todo en que la economía había cambiado las reglas del Gran Juego mediante la reificación constante del deseo.

Y es que, ¡quien lo diría!, ya en 1994 y, lo que resulta aún más asombroso, desde hace muchos años antes según aseguraban algunos viejos del lugar, se había producido la “disolución entrópica del individuo en inmensas masas líquidas llamadas corrientes y su liquidación burocrática”, lo que hacía casi imposible abrir brecha en “los condicionantes mercantiles de los signos y las ideas” [10]. El urbanismo, por su parte, se había encargado de domesticar la ciudad reduciéndola a un enorme centro comercial, haciendo casi imposible la deriva; y hasta la imaginación “ocupa un ministerio adjunto en el poder y rige sin competencia en el mercado”, y esas eran casi las únicas funciones que le quedaban. Pero ese casi no significaba un salvoconducto para la pasividad y el abatimiento, sino para el todo de la verdadera vida; no, “la crítica de una cultura entendida como espectáculo es un paso necesario para el reconocimiento de la alienación presente, pero debe ir pareja con la experimentación de nuevas formas de relación e intercambio simbólico que permitan hacerle frente”, por lo que lejos de regodearse en el diagnóstico lúcido pero también cómodo y estéril tiene que llevar a la superación del marasmo sensible y sensitivo que ha forjado la dominación. Aparte de la experiencia cotidiana de la poesía por medio de la estética de la percepción y sus aledaños (derivas, iluminación profana, etc), esta guerra al espectáculo en el campo de batalla que parecía más favorable a sus intereses [11] pasaría por la reconsideración de la creatividad, que tradicionalmente se ha identificado con las prácticas artísticas, y por el atentado estético y la guerrilla cultural. Ambas tácticas, como ya sabían los situacionistas, no se concebían como herramientas autosuficientes, sino que su triunfo final hubiera sido “unir el potencial revolucionario del arte y la cultura a la actividad de los revolucionarios”, y su honor el haberlo intentado.

En cuanto al problema de la creatividad, lo que interesaba a Luis era ante todo la energía del acto creador, entendido como tiempo robado a los dispositivos del ocio dirigido, y liberado tanto de la dictadura del canon como de la rentabilidad del mercado. En consecuencia, importaban mucho menos las cuestiones formales o cualitativas de la obra en sí, pues “en nuestra iconoclastia podíamos prescindir de la realización virtuosa y del culto a la imagen” [12]. A partir de esta premisa se descifra mejor la atención esperanzada hacia experiencias de “imaginación colectiva” como el graffiti, el elogio interesado de las técnicas que hipotéticamente ayudarían a que todos hicieran la poesía como el copy-art, y las campañas quijotescas de Industrias Mikuerpo para lanzar la red de creadores o el Artesaldo: estos juegos de guerra no pretendían sino “abrir espacios de intervención social desde la cultura ensayando nuevas formas de producción, recepción y gestión simbólica”. Y si digo “quijotescas” es porque así es el esfuerzo que supone enfrentarse a los gigantes muy reales de la vanidad y de la ambición, que por desgracia siguen existiendo, como rémoras o excrecencias del pasado que se quiere abolir, en toda persona que ensaya la creación a pesar de que no se considere artista, que lo niegue incluso… o quizás por ello mismo. Como se comprobará, el propio autor reflexiona sobre esta deriva indeseable, por lo que solamente me gustaría añadir que un continuo infortunio parecido, pero también una esperanza análoga que merecía la pena avivar, acompañó e inspiró la actividad de Amano como fanzine. En efecto, Amano apoyó sistemática y generosamente a toda la prensa marginal para consolidar una red de fanzines que se hiciera consciente de sí misma, es decir, que a pesar de la diversidad irremediable e irrenunciable cada publicación se sintiera parte de un mismo movimiento, y que ese movimiento fuera verdaderamente marginal, en el sentido de enfrentado por su propia esencia al espectáculo, en cuanto que ensayaba lo que podría ser la libre comunicación de una sociedad liberada. De ahí artículos como “Tú mism@: manual de fanedición”, una verdadera llamada a las armas para montar uno, dos, mil fanzines que fueran las flores del mal y las cerezas envenenadas de un mayo eterno, o la sección de publicaciones, calidoscopio nada ecléctico, sino muy estudiado, donde se pasaba revista a un amplísimo arco temático: mail-art (P. O. Box), poesía visual (Stidna!), cómic (TMEO, El Cosmonauta Eléctrico), punk (Suburbio), contrainformación y anarquismos varios (Resiste, El Acratador, Molotov, La Lletra A)…y hasta cierta emanación de la cultura basura (¡Mondo Brutto!) que parecía tener algo que decir sobre cómo era la vida en el vertedero. El objetivo era una vez más que los unos leyeran a los otros, las ideas fluyeran y la pasión se contagiara, pero que esta conspiración desde la fanprensa era un bello gesto más que una realidad cierta lo sabía el propio conspirador, que ya se encargaba de arrojar un poco de agua fría a la olla a presión de la ideología fanzinera en un texto del nº 9 de Amano, donde avisaba contra los que pensaban el fanzine como un meritoriaje para escalar las altas cimas profesionales de la industria del entretenimiento [13].

Otro tanto, en lo bueno y en lo malo, se podría decir del atentado estético, que buscaba nada menos que “señalar una contradicción estructural del sistema, denunciar los actos fallidos del lenguaje público, promover la agitación psíquica, crear líneas de resistencia y herramientas de crítica, delimitar el espacio privado o marcar el espacio conquistado, etc.”. Puesto que estas páginas recogen buenos ejemplos de estos atentados y de su genealogía, me limitaré a comentar dos elaboraciones especialmente significativas que estaban además intrínsecamente relacionadas: las acciones de violencia mental amparadas en Luther Blissett y la Huelga de Arte. Sobre el primero, la evolución, equívoca como poco y más bien muy decepcionante de su original italiano, seguramente ha desprestigiado la labor de sus replicantes, pero me parece que en el caso de los hispanos existían condicionantes peculiares que le daban una dimensión distinta y de mayor interés. Aparte del valor específico que puedan tener acciones como la de interrumpir la visita oficial de una Infanta en una inauguración de ARCO, me refiero al hecho de que brotaron “luthers blissetts” de base en sitios insospechados y entre gente bastante ajena a las facultades de Bellas Artes, sin duda algo toscos pero por ello mismo capaces, como se comprobará más adelante, de cruzar la fina línea de sombra que separa las páginas satinadas de cultura de las amarillas de sucesos y crónicas policiales [14]. En cuanto a la Huelga de Arte, hoy puede parecer también una aventura frívola y artística, pero para los que recordamos su gestación y participamos en alguno de sus asaltos la percepción es muy otra. Hay que leer (o releer) un texto como “Por una huelga espectacular”, para saborear y hacerse una idea de la urgencia y el peligro de esta iniciativa, que mezclaba la arrogancia situacionista con el profetismo milenarista para condenar a una muerte inexorable al espectáculo. Todo era posible, parecía en efecto que se podía parar el circo artístico y cultural para abrir un debate sobre el papel del arte contemporáneo en la producción de mercancías, y sobre la existencia de una potencia creadora universal que estaba siendo, que siempre había sido confiscada por la figura sagrada del “artista”. Muy al contrario, “la Huelga de Arte no es una huelga de artistas”, pero tampoco de anti-artistas que se olvidaran de que la creatividad existe; y “la Huelga de Arte no es una huelga de silencio”, porque consideraba el sabotaje como herramienta idónea contra las galerías y exposiciones esquirolas; y, en fin, “la Huelga de Arte no es una huelga de producción”, sino de consumo. Tres condiciones que bien podrían hoy inspirar nuevos modelos de lucha contra los roles especializados [15], la pasividad disfrazada de participación o no, el consumo incesante.

Como era de rigor, tampoco la Huelga de Arte se iba a librar de su correspondiente vacuna anti-ideológica, y sus ilusiones, una vez inservibles como conductor de energía, serían diseccionados en “Una inmensa acumulación de nada. Una mirada de lechuza sobre la huelga de arte 2000-2001”. De cualquier manera, y para que no quedara ninguna duda de qué va todo esto, en este artículo se asocia la Huelga de Arte con la huelga salvaje, y esta, “desarrollada al margen de los sindicatos, no es un simple parón productivo de carácter excepcional que apunta a ciertas reformas expresadas en su tabla de reivindicaciones, sino una situación insurreccional que reclama una transformación radical de las condiciones existentes”. Así que volvemos al punto de partida, centro neurálgico que nunca hemos perdido de vista: el objetivo último y el anhelo primero de Industrias Mikuerpo era asociar las franjas del “arte” más marginales y más (aparentemente) a la contra (mail-art, poesía visual, terrorismo poético…), con los colectivos e individuales anarquistas, okupas, punks, y toda la nebulosa contestataria de movimientos sociales que saldría de la topera en Seattle y Génova con todas sus luces y sombras; en definitiva, lograr el viejo sueño de rimar en un mismo movimiento revolucionario la acción y el sueño. ¿Se logró? ¿Y ese sueño, era tal o pesadilla? Bueno, ya explica Luis que “todavía no estábamos a la altura de poder conectar las fuerzas subversivas del arte con los movimientos sociales en cuyo ámbito nos desenvolvíamos, pero aunque solíamos encontrar cierta incomprensión considerábamos irrenunciable esta tarea”. Es verdad que esa incomprensión se mostró terca y parecía irrompible, pero en algunos momentos las barreras entre los dos mundos se rompían, y desde los dos lados [16]. Y aunque entre ambientes tan distintos se tensaba una desconfianza mutua, y el aislamiento y la especialización existían como ahora, no es menos cierto que había también curiosidad, atención y hasta promiscuidad (estrictamente intelectual por desgracia), lo que explica que radikales livres como el de Acción directa sobre el arte y la cultura o los refritos hipervitaminados de Hakim Bey fueran leídos atentamente en los círculos más impacientes que se estaban reuniendo bajo la bandera insurreccionalista, por lo menos por algunas personas, en algunos momentos, evidentemente entre muchísimas cosas más. En este proceso tuvo un papel clave Amano y Literatura Gris y el Archivo Situacionista Hispano, y creo no equivocarme tanto si digo que no sólo en la transmisión de la versión “ortodoxa” o “política” de la I. S. [17] . Me parece que también algunos presupuestos del atentado estético como el juego, el humor, la transformación poética de la existencia, la creatividad personal como antídoto de la cultura dirigida, interpretados de la manera que tenían que ser interpretados por los que no eran artistas ni maldita falta les hacía, pudieron filtrarse en otras tácticas y otra mentalidad ya sí plenamente de acción directa [18]. Otra cosa es lo que sucedió después, acaso inmediatamente después, y puede que hasta a la vez.

En fin, para entender qué cosa fue la cosa que sucedió hay que releer una nota editorial sin firma aparecida en el nº 2 de Maldeojo sobre los límites del accionismo, y en especial de la acción estética cuando esta empezó a mutar en la llamada acción simbólica, malentendido acaso inevitable pero sumamente dañino. Porque un libro de cocina poética como el folleto Acción directa sobre el arte y la cultura podía sugerir la interrupción de la corriente de imágenes conductistas del espectáculo mediante la imaginación realizada en la calle, para revelar su vacío y, con un poco de suerte, suspender el espíritu del paseante haciéndole intuir que existen otros mundos en este tan espantoso, pero semejante ejemplo de revolución por otros medios no trataba de suplantar los medios revolucionarios habituales, sólo ser su complemento. En cambio, la acción simbólica empezó a tomarse demasiado en serio, olvidó la necesaria modestia, se emborrachó de entusiasmo y del presunto éxito que le empezaban a brindar las cámaras de televisión, y pasó de considerarse una forma de lucha a ser La Lucha que estaba a la altura de nuestro tiempo posmoderno. Imposible por tanto que pudiera agotarse en sí misma, que no fuera usada por nadie más que por sus protagonistas, que se justificara en su espléndida inutilidad, sino que era imprescindible convocar a los periodistas, pasar no a la acción sino a la performance, dirigiéndose no ya al cómplice, al compañero o al simple paseante, sino al espectador que todo lo ve desde su pantalla de plasma porque todos contribuimos a ponérselo en bandeja de hojalata. Detrás de tanto desvarío estaba la ilusión de que se podía cabalgar al tigre de los medios de comunicación y de las instituciones, ser más listos que ellos, manipularlas en nuestro provecho, jugar con sus posibilidades técnicas, colar el mensaje por sus entresijos imperfectamente sellados… ilusión perniciosa, pero también comprensible, que iba a llevarnos demasiado lejos por el camino casuístico de las componendas, en concreto hasta la famosa exposición Desacuerdos, donde la “creatividad difusa” bailó la danza de los siete velos ante el poder, le cortaron la cabeza y de ella nunca más se supo… aparentemente. Pero hay que reconocer que el nombre de la exposición del 2005 en Barcelona fue muy acertado, pues ya desde el ensayo general que supusieron los talleres De la acción directa como una de las bellas artes [19], realizados también en el MACBA cinco años antes, fermentaron y estallaron no sólo desacuerdos, sino discusiones, enfrentamientos y, en fin, rupturas más o menos dolorosas, más o menos necesarias, más o menos estériles entre las mismas personas y colectivos que habían defendido y practicado estos métodos.

Y si la infatuación del accionismo simbólico terminó por envenenar un ambiente propicio al mismo, qué se podía esperar de los medios directamente “políticos”, donde estos métodos nunca habían gozado precisamente de una aceptación general: así nació un amargo rencor hacia lo que fue interpretado como payasadas ciudadanistas e intentos de recuperación del “artistariado”, creándose una confusión lamentable con las posibilidades de verdadera subversión que ofrecía el arsenal de la poesía por otros medios [20]. Ese rencor y esa confusión duran hasta hoy, y son tanto más lamentables cuanto que hubo un tiempo en el que poesía y acción hablaban el mismo lenguaje, o empezaban a hacerlo, y hasta puede que un eco psicofónico de esa conversación llegue todavía hasta nuestros días a través de nuevos conspiradores como La Felguera, Huérfanos Salvajes o los Críticos Crónicos [21]. Pero para entender los errores del pasado hay que acordarse y comprender también cómo podía influir en estas actitudes la difusión de aquellas teorías que exaltaban a los trabajadores postindustriales y al común de los ciudadanos, como poseedores de un mundo inagotable de riquezas ocultas que la economía robaba para sobrevivir, pues era la vida la que se había puesto a trabajar y no tanto las máquinas. Hablo, claro está, de antes de la Era del Bloom, y parece que han pasado mil años y no diez cuando estábamos rodeados de prodigiosas subjetividades que compartían su inteligencia para producir un sinfín de maravillas inmateriales que solamente la maldad, qué digo, la mera torpeza del poder estropeaba, al ponerles un precio en vez de dejarlas corretear libres y salvajes cual mp3 en el Soulseek. Lo que hicieran esas subjetividades con sus afectos y deseos y cuerpos parecía dar igual, fueran tristes imbecilidades dignas de un reality show o campañas de lavado de imagen de una multinacional cualquiera, igual que parecía dar igual que esa multiplicidad afectiva tuviera un defecto de fábrica clamoroso, pues en efecto la pantalla del espectáculo nos devuelve formulaciones aceptables de todos los deseos. De tan pésimos principios se dedujeron conclusiones aún más contraproducentes, como la triste cantinela que insistía en la dificultad moral que tenía el trabajador inmaterial a la hora de sabotear una labor que se basaba en la autoexplotación de sus afectos y deseos más íntimos, lo que podría explicar tal vez la increíble mansedumbre de tanto becario, de tanto neoprofesional, de tanto creativo mileurista durante los últimos años. Sin embargo, Paolo Virno y demás tenores del general intellect tenían parte de razón en su diagnóstico, en cuanto que la economía ha ampliado su campo de batalla y sus métodos de producción, al menos en el primer mundo, sin entrar a discutir qué sucede con las bases materiales y la energía que permiten soportar tanta inmaterialidad, y que existen deseos y emociones de los que el espectáculo se apropia pero no siempre prefabrica, pero en vez de proponer a partir de aquí una guerra total contra el totalitarismo económico que estaba expropiando nuestra vida pública y privada, se cayó en una vanidosa complacencia, por la que parecía que el ciudadano-espectador aceptaba con sumo gusto solucionar la crisis de la imaginación del espectáculo de la que hablaba Luis Navarro. Es lógico que semejante ideología segregara la forma de lucha que mejor le correspondía, y que ese accionismo terminara dirigiéndose a los mass-media, obsesionándose por ser acogido en su regazo, por alimentarlos a fin de cuentas [22].

Ya que volvemos a mentar a la bicha, de ella y de las nocividades que genera en el medio radical es justamente de lo que habla “No veis lo que está pasando”, publicado en Maldeojo nº 1. Este texto, además de poner en duda que la célebre horizontalidad y democratización de la comunicación de Internet consiga cerrar la boca del monólogo del poder [23], describe el paso de la fase pasiva a la activa del espectáculo, por el que las personas participan libre y voluntariamente en los mecanismos de estupidización y amaestramiento que parodian la vida real, degradando toda experiencia en número de circo: gracias a tan exitosa domesticación, ya no sólo tenemos un policía dentro de nuestro cuerpo sino también un periodista y un paparazzi y una presentadora de televisión y un concursante de Gran Hermano y un publicista, sobre todo un publicista de uno mismo y de todo lo demás. Por otro lado, el espectáculo hoy no se contentaría exclusivamente con la distorsión de la realidad mediante la proyección de noticias falsas y de simulacros materializados en las fantasías de las mercancías, sino que directamente delira, inventa, fabula, crea esa realidad, como una performance permanente que nos sumergiera en su realidad paralela. La experiencia irrealista de estos últimos años con las fábulas de Bush, el terrorismo espectral, la economía-ficción, la locura científica y las quimeras transgénicas, parecen darle la razón. Y sin embargo, y a diferencia de otras interpretaciones, la critica de Luis nunca rompió las amarras con esa realidad que nunca puede ser completamente abolida, como tampoco lo es la verdad, porque entonces se caería en la trampa de limitarse a denunciar “la situación ideal que estos medios define como propia y de sus contradicciones con el mundo real, el mundo de la vida”, cuando “éste sigue gobernado por el conflicto” [24]. Tampoco queda abolida la economía, y como se comprobará leyendo los textos de este libro, una virtud de su reflexión es no olvidarse de que el espectáculo, la dominación, la atenuación de las formas-de-vida, la megamáquina que se rebela contra su progenitor, la mala cabeza del Hombre de Neardenthal, o lo-que-sea, no son abstracciones sin rostro humano o inteligencias superiores del espacio exterior que se han apoderado de nuestros cuerpos gracias al infalible Plan 9, sino que responden a unos intereses económicos y de clase muy precisos y muy evidentes; que, parafraseando a la película Excalibur de John Boorman, la pregunta a la que también hay que responder es “¿Cuál es el secreto del espectáculo? ¿A quien sirve?”, o si no, ni preguntamos ni entendemos nada. A esto Luis responde, en el contexto de la Huelga de Arte, que “es el Capital, como fuerza separada del control humano, quien se agazapa tras un encadenamiento uniforme de espectáculos que impiden retirar la mirada para comprender. Es el Capital quien admite esa metáfora como uno de sus Nombres Divinos. Y si el Capital siempre tuvo una lógica prevención hacia las huelgas, pondrá todos los recursos para eliminar los recursos que puedan cuestionar el mundo que ha construido de arriba a abajo, un mundo que se disolvería apenas retirásemos la mirada”. Me parece que en todos sus textos esta idea aletea, se explicita a veces y siempre se sobreentiende, y sería innecesario destacarla como un acierto si no se hubiera olvidado, o mejor dicho no se quisiera olvidar en nuestros días.

Por cierto que yo tampoco me olvido de terminar este prólogo. Sólo que antes de despedirme desearía que el libro que nos okupa no sea interpretado como letra muerta del pasado y munición gastada de una guerra perdida; que vuelva a repetirse la reacción que provocaba Amano en sus mejores lectores, que después de leerlo “entren ganas de hacer cosas”; que, como gritaba el cantante Abbo al final del ultimo concierto de UK Decay, este libro también gritara que “esto no es un final, es un nuevo comienzo”. ¿De qué? A esta pregunta sólo el lector podrá responder si quiere y puede, y cualquier respuesta será mejor que el silencio y la comodidad y el aburrimiento. Porque sigue habiendo máscaras y enigmas hasta que la última máscara revele el último enigma.

A fin de cuentas, lo que no nos da la gana olvidar es que el problema más urgente sigue siendo combatir la dictadura en el mundo.


NOTAS

1 Como luego nos explicaría, se trataba del texto que abría la revista, «Los días en rojo: por un proyecto político de vida poética», que teorizaba sobre la acción poética como forma de agitación subversiva y de experimentación de la poesía, y el «Juego de la isla», aplicación práctica en la forma de exploración psicogeográfica de Tirso de Molina.

2 Hay que recordar que el simple y modesto homenaje a Guy Debord que incluimos en el núm. 3 del periódico ¿Qué hay de nuevo? con motivo de su suicidio, las fechas de su nacimiento y muerte y la famosa frase de «in girum noctis…», era suficiente para que algunas personas, muy curtidas en la IS y en las viejas luchas obreras asamblearias de los años 70, entraran en contacto con nosotros. Por supuesto que no éramos los únicos en manejar esas ideas, que ya en esos años 70 se habían ensayado con un fulgor difícil de igualar, que ya existía Preiswert e Industrias Mikuerpo y Stidna! y La Fiambrera Obrera y P.O. Box, o estaban a punto de existir, pero eso no lo sabíamos o no lo suficientemente. Baste esta anécdota para ilustrar el vacio informativo general en el que iba a irrumpir la labor de divulgación (entre otras cosas) de Industrias Mikuerpo.

3 Como advertía en el marco de un ciclo de charlas dedicadas a la IS., «asumir con toda consecuencia un movimiento que ha dejado de existir tan pública y notoriamente, y que jamás pudo ver realizados ninguno de los puntos de su programa, es llevar una careta o ser un fantasma. Así que, situacionistas, ni uno (…) Hoy, que ya no hay situacionistas, existe en cambio el situacionismo: es una ideología» («¿Situacionistas hoy?», en Laberinto Minos núm. 4, p. 15, Sevilla 2003).

4 Hasta el punto de que la aventura de Amano e Industrias Mikuerpo, teniendo las características inconfundibles de su principal animador, no se entiende tampoco si se pasa por alto el sello indeleble que dejaron tantos otros colaboradores, fijos u ocasionales, y particularmente los más vinculados a su origen como Alberto Conderana (a.k.a. Basilio Rivero), Jose Antonio Santos (Tomás Caro), César Otero (Blank@ Pork@), Miguel Sotos, Maite Barrera, Ana Martínez y Ana Lucas.

5 Maldeojo, «Walter Benjamin y la crítica de la dominación», en El Viejo Topo (2000).

6 El texto «Perseo dominando» lo explica mejor: «existe un punto en que toda acción humana queda procesada y convertida en tendencia del sistema. Ante cada enunciado divergente el sistema elabora un reflejo invertido del mismo que lo incorpora y lo disuelve como tal diferencia. Pero existe también el momento de la diferenciación consciente, en el que el individuo contempla el sistema en su conjunto y elabora puntos de fuga, adaptando su identidad a las fallas del discurso del sistema y promoviendo preferentemente otros subsistemas alternativos. Interviniendo la realidad a través de su representación, tal como hiciera Perseo, mediante la detournement, la performance política o el atentado estético, el individuo o el grupo social participa en la construcción de los supuestos que rigen el entorno sociocultural».

7 Aunque su contribución más conocida sea la traducción y publicación de las dos revistas citadas, Amano y Literatura Gris prestaron atención a otros nombres más actuales, Not bored! o Ken Knabb, que se salían ligeramente de la foto. Tras el cierre de otras actividades, Literatura Gris se ocupó también de llevar adelante el archivo y la página web de Altediciones, un intento de configurar una red de distribución alternativa, con criterios y márgenes distintos, a partir de la cooperación entre pequeñas editoriales y distribuidoras antiautoritarias de todo el estado español: Alambre en la Cintura, Acuarela, Alikornio, Almargen, Etcétera, Likiniano Elkartea, Literatura Gris, Muturreko Burutazioak, Octaedro Límites, Pepitas de Calabaza, Précipité, Traficantes de Sueños y Virus).

8 “MIESKELETO. Mapa conceptual para hablar de Mikuerpo años después”. Todas las citas que no aparezcan referenciadas se refieren al boceto para la realización del libro elaborado por Mikuerpo.

9 No se era joven impunemente durante los años 80, y la Movida existió incluso para los más conscientes de sus insuficiencias. Quede para el anecdotario que el lema del programa de radio que nuestro amigo animaba en el pueblo conquense de Las Pedroñeras era “contra la movida madrileña, vino de Valdepeñas”, lo que no quitaba para que, junto a los grandes éxitos del punk y del rock radical vasco, se pinchara no sólo a Parálisis Permanente o Ilegales, lo que puede ser lógico, sino también a UA, La Mode o Décima Víctima. Y más allá de las anécdotas, conviene recordar que tenían razón los que decían que la Movida era un timo porque todo el mundo decía ser artista: esa idea o consigna de genialidad generalizada (y sinvergüenza), al alcance de cualquiera que se lo propusiera, fue (aparte de cierta liberalización de las costumbres) posiblemente su legado más digno, que no la redime de otros muchos efectos perniciosos, pero sí matiza una influencia que (y esto también es inexorablemente cierto) no puede ni tiene por qué ser comprendida ni compartida por las generaciones anteriores y posteriores que no la vivieron.

10 «De antemano», en Amano núm. 0, octubre 1994.

11 Gracias precisamente a la contribución histórica del arte, e incluso a su pesar: léase sobre esta cuestión “No hay arte que valga. La voluntad de crear en la época del artificio”.

12 El precio a pagar de esta iconoclastia sería el sacrificio del estupefaciente imagen y, en consecuencia, del poder perturbador y visionario que se supone al arte mágico, única forma de investigación y de expresión creativas que podría tal vez escapar al desencantamiento de la economía y al embrujo del espectáculo. Como no hay magia negra ni roja ni blanca que al parecer pueda con la transparente del espectáculo, queda legitimada y disponible como hipótesis de trabajo la apuesta de Amano: oponer a la Imagen unívoca que coloniza los imaginarios una oleada de imágenes, no importa cuáles ni de qué tipo, con tal de que sean propias en vez de teledirigidas, autoproducidas en vez de consumidas.

13 Ante estas fantasías oportunistas, el texto se reafirma en que «el fanzine es además y sobre todo un elemento de desorden, y habría que responder con ese desorden a la manipulación institucional de los medios y a la compra dosificada de energías revolucionarias, que es algo así como la PSS de los insumisos culturales» («¿La vida artificial es vida inteligente?», en Amano núm. 9, 1997). Las reflexiones allí contenidas partieron de la participación en un debate sobre el fenómeno de fanedición en la FNAC de Madrid, propiciado por la presentación del libro De espaldas al kiosko. Guía histórica de fanzines y otros papelujos de alcantarilla, en el que Mikuerpo participó junto a Buitre No Come Alpiste, Mondo Brutto y Subterfuge.

14 Sobre las contradicciones de los nombres múltiples, léase «Luther Blissett en España», un distanciado pero imprescindible balance crítico que el propio Luis Navarro aplica a una de sus máscaras más queridas.

15 Y pienso en concreto en el rol de obrero/proletario, que aliena al resto de explotados de su propia explotación, al no considerarse exactamente como obreros, y por buenas razones, para no considerarse nada en absoluto que pueda poner en cuestión la fantasía de que ya hemos llegado a la sociedad sin vencedores ni vencidos. Y es que la mayor victoria del diablo es hacer creer que no existe.

16 A este respecto me es imposible no recordar aquel puesto del Rastro antes citado, donde se reunían desde brillantes adolescentes anarquistas a punto de contagiarse de rabia hasta poetas presuntamente malditos, desde apuntadores del subsuelo hasta franceses que huían del mundo industrial, desde una punkette que admiraba “la caña surrealista” (fuera eso lo que fuera) hasta Elvis Pérez administrando vitriolo en viñetas, o Lusmore y sus ilustraciones anarco-góticas. Estas relaciones peligrosas se extenderían al taller-lectura pública de La sociedad del espectáculo organizado en Traficantes de Sueños en su antiguo local de la calle Hortaleza, las charlas y debates en la Librería Periferia, o incluso la fundación de la revista Maldeojo, ambicioso intento de puesta al día de la teoría situacionista que introdujo también la crítica anti-industrial cuando todavía ignorábamos, algunos de nosotros al menos, que no era exactamente un enriquecimiento renovador de ésta sino su refutación en el escenario de la catástrofe tecnocientífica. Sea como fuere, uno de los mayores títulos de gloria de Maldeojo fue sin duda su participación (no precisamente desdeñable) en el árbol genealógico de Los amigos de Ludd.

17 Como se puede leer en un texto que hace balance de tan agitada época, “la teoría situacionista, accesible por primera vez en español gracias al esfuerzo de Literatura Gris, también causó un fortísimo impacto ente nosotros” (“La epidemia de rabia en España”, segunda parte, por Los tigres de Sutullena, revista Resquicios núm. p. 31).

18 En este sentido, puede ser significativo señalar que una de las acciones estéticas documentadas en Amano fue realizada por la misma persona que más adelante tendría un papel destacado en Conflicto, una de las publicaciones más inteligentes de las cercanas o influidas por el insurreccionalismo.

19 En un documento justificativo de estos talleres, los organizadores explicaban que «ahora sucede, para nuestra sorpresa, que el Macba ha contactado con la gente de la fiambrera, que hasta la fecha no hemos hecho nada de nada para instituciones de ese pelaje, para que montemos una especie de “taller” en que nos explayemos sobre el tipo de cosas que nosotros entendemos como arte político relevante» (…) Tras el primer mosqueo y ante la evidencia de que no era broma, decidimos plantearles lo que haríamos sabiendo que eso era poco habitual, para ser suaves, en un contexto como el del Macba. Lo que les planteamos fue un proyecto de taller en que hablaran al mismo nivel reconocidos grupos de arte político comprometido con conflictos bien reales (…) juntamente con los «correspondientes» movimientos sociales de Barcelona... se trataba, obviamente, de desactivar el juego de que vengan artistas de lejos a contar aquí en un museo lo que ellos hacen y que eso deje en buen lugar al museo sin afectar para nada a la gente de acá». Con lo que suponemos que era mera inocencia, el texto termina diciendo que «para nuestra sorpresa la gente del Macba ha aceptado nuestra propuesta».

20 Como botón de muestra, el «Taller de Investigaciones Subversivas UHP» puntualizaba que «el poder se vacuna, asume pequeñas dosis de rebeldía y demuestra que hay sitio para todos y todas bajo su paraguas. Plantillas realizadas en las pulcras paredes de los templos del arte, manuales de robo anclados a una mesa para que nadie los trinque, propaganda sobre la precariedad en la casa de los precarizadores, etc.» («Desacuerdos: un insulto a la memoria y a la inteligencia», 2005). Se comprende que este panfleto denunciara con tanta ira que «nunca pensamos que observaríamos un ejemplar del Manuscrito encontrado en Vitoria metido en una urna de cristal, con el aliento de un guardia jurado a nuestras espaldas y una cámara apuntando a nuestro cogote».

21 Aparte de realizar acciones tan gozosas como festejar la apertura imaginaria de las puertas secretas del subsuelo de Madrid, con la consecuencia real de una deriva masiva e improvisada, evidentemente interrumpida por la policía, la siembra por las calles de Móstoles de un «suicidio masivo de juguetes abandonados» y de «espantapájaros que se te vienen a comer a tus hijos», o la quema pública de dinero en una concentración contra la crisis económica, porque «en el mundo que todavía llevamos en el corazón existirá el baile, pero no el dinero», estos colectivos parece que han sabido reorientar su vuelo en la dirección primigenia. Quizás por ello sus miembros no se contentan con estos actos de subversión vital, ni los consideran por encima de todos los demás, sino que participan en la lucha antifascista, redactan textos que intentan analizar la realidad, o acuden a manifestaciones tan poco culturales como la que se convocó en Madrid en diciembre pasado en apoyo de la revuelta griega, sin ir más lejos. Ya se sabe que estas formas de combate político no son las únicas, ni tal vez las mejores, pero sin duda son ineludibles para impedir que la práctica de la acción poética se separe de su sentido último revolucionario, lo que de todas maneras no disipa las últimas dudas: cuando Ñaque, fanzine emanado de Huérfanos Salvajes, se presentó en la sociedad internauta, fue recibida en alguna página anarquista al celebérrimo y nada halagüeño grito de «¡¡¡…que vienen los artistas!!!».

22 Había que oír a algunos activistas cómo se alegraban, o se encogían de hombros comprensivamente, cuando se les hacía notar que esta o aquella táctica de guerrilla cultural había inspirado un anuncio televisivo o un gag de una sitcom. ¿Acaso no aprovechaba la economía todas nuestras facultades conscientes e inconscientes? ¿Qué había entonces de malo en que reflejara también nuestras estratagemas? ¿No serviría para colar de matute nuestras reivindicaciones? Claro, visto así… pero preferiría que no lo hiciéramos.

23 Poner en duda no significa descartarlo por completo: aunque «nunca cupo esperar que ningún progreso tecnológico fuese capaz de constituir por sí mismo un progreso social», con Internet se abre «un nuevo espacio de lucha, ni más virtual que la caligrafía ni menos real que el Ministerio de Defensa». Crítico de la técnica sin ser tecnófobo, Luis Navarro incorpora en todos sus textos una disección muy pertinente de los efectos casi letales, pero nunca definitivos, del acondicionamiento técnico en la imaginación y la sensibilidad humanas, aspecto éste que no siempre queda suficientemente reflejado en otras aportaciones (véase un excelente y reciente ejemplo de ello en «Encanto, hechizo, truco. Sobre el destino de la Magia en la época Tecnológica», Salamandra núm. 17-18).

24 «No veis lo que está pasando», Maldeojo núm. 1, p. 26, Madrid 2000.
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