sábado, 5 de junio de 2010

Manuscrito encontrado en Vitoria

Los Incontrolados

Panfleto clásico del movimiento obrero autónomo español escrito originalmente en 1977. Editado por radikales livres en noviembre de 1999
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LO QUE HAY QUE SABER DE LOS INCONTROLADOS


Después de cuarenta años de contrarrevolución triunfante, el mismo miedo encuentra las mismas palabras: durante la guerra civil la coalición gubernamental (burgueses, republicanos, socialistas, estalinistas y cenetistas) que destruyó la revolución para perder la guerra, llamaban incontrolados a los proletarios que, combatiendo a todos sus enemigos del exterior y del interior, no obedecieron a nadie más que a sí mismos, hasta el fin. Y aún hoy, cuando la revolución vuelve a ser actual, la misma acusación lanzada por todos los sostenedores del viejo mundo a aquéllos cuyos excesos comprometen inoportunamente la reorganización pacífica de su explotación.

Los que insultan así a los proletarios revolucionarios muestran más bien, por el simple hecho de tener la ocasión y los medios, lo que le queda de moderación al proletariado. Éste no tiene ciertamente por qué defenderse de tal acusación, pero sí reconocer en ella la verdad de sus enemigos, que es también la suya, la verdad de una guerra social en la que él desencadena su negación cada vez más incontrolable, y que no terminará más que con la destrucción de todo control exterior, la abolución de "todo lo que existe independientemente de los individuos": el comunismo.

En cuanto a nosotros, unos incontrolados más, no nos presentamos delante del movimiento actual diciéndole: "He aquí la verdad, ¡arrodíllate!", como todos los autoritarismos ideológicos a la búsqueda de una realidad que manipular; sólo queremos mostrarle cómo lucha ya, y por qué debe adquirir la plena conciencia de este combate.

Haciendo tal cosa, no nos rebajamos a disimular nuestro proyecto, que no es otro que el de todos los incontrolados, del cual deben poseer la conciencia para poseerlo realmente: la organización de la "comunidad de los proletarios revolucionarios que pongan bajo su control todas sus propias condiciones de existencia", no bajo la forma de ningún "control obrero" por el cual los más modernos servidores del Estado sueñan con interesar a los trabajadores en la producción de su miseria, sino por la realización insurreccional del comunismo, la abolición de la mercancía, del trabajo asalariado y del Estado.



CÓMO EL FRANQUISMO DEVIENE DEMOCRÁTICO


"Cuando basta la legalidad para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura."
Donoso Cortés, Discurso del 4-1-1849.

Compañeros,

La historia moderna ha trastocado a la burguesía española los términos de la alternativa que le formulaba hace más de un siglo Donoso Cortés: cuando la dictadura no basta ya para salvar su dominio sobre la sociedad, la democracia entonces. Hay que resucitar la democracia para que, llegado el momento en que la dictadura se pierda, la revolución no se encuentre.

Con la constante profundización de la crisis social y el avance salvaje de su solución proletaria, el centro de gravedad de la realidad se desplazó tan lejos de lo que pretendía representarla, que en la esfera del poder todo se ha visto como desequilibrado, y cada escalón de la representación jerárquica en vilo. Los actuales detentores del poder estatal, para negociar su acuerdo con los burócratas de la oposición, han debido contradecirse con su propia legalidad, recuerdo de los tiempos en que podían permitirse el desprecio de las apariencias, que hoy deben organizar a toda velocidad. Los franquistas, que tanto tiempo han humillado con su triunfo al proletariado, han tenido que humillarse ahora para que el proletariado no triunfe y los burócratas de la oposición que han corrido a depositar la fianza de la nueva legitimidad democrática del poder, han tenido también que correr tras su propia legitimidad, dar la cara, lisonjear a los trabajadores y rebajarse ante ellos para ser, si no aceptados, al menos no rechazados. Durante este último año de carreras por la estabilización democrática del capitalismo español, el partido del orden -franquistas y oposición- pudo parecer tan incoherente como el propio orden, fundado entonces sobre una mezcla cómica de legalidad irreal y de realidades ilegales. Pero sin embargo, se ha mostrado profundamente unido en la práctica, por la división del trabajo represivo -unos desde fuera y otros desde dentro de la clase trabajadora- contra la autonomía en marcha.

Si contemplamos sin ilusionarnos la verdad del pasado reciente, comprenderemos rápido el futuro inmediato que se avecina. Cara a la oleada de huelgas del invierno del 76, las múltiples fracciones de un régimen en desagregación y de una oposición en aglomeración se han visto obligadas a salvar, juntas y sin perder tiempo, la realidad del orden capitalista cuyas futuras apariencias políticas se disputaban. Cuando el pasado contrarrevolucionario se deshace en todas partes, allí donde se dio su unidad, encima de los cadáveres de los revolucionarios de 1936, es donde muestra mejor en su devenir putrefacto la verdad de su ser: su unidad real se descompone en sus elementos primitivos, quienes uno por uno conocen un último sobresalto de falsa juventud, su división aparente se disuelve por la unificación a la que la revolución obliga a sus enemigos. Cuando el franquismo deviene democrático, todo lo que sucedió ante el proletariado (sindicalismo, anarquismo, estalinismo, franquismo) debe serle opuesto ahora simultáneamente. La demasiado evidente irrealidad de esa democracia política que nos cuelan, nacida senil, cuando se trata de lanzar al mercado las diversas variantes de programas gubernamentales, entre los que el ciudadano será llamado a escoger, consiste en que el margen de maniobra social de los dirigentes, o pretendidos tales, es tan reducido que si presentan ligeros matices plausibles de seudoelección, enormes dificultades les llueven. De tal forma que lo que franquistas y la oposición quieren hacer pasar por una grandiosa renovación histórica, aparece sin poder disimularse como una sórdida acumulación de regateos, apaños, golpes bajos y maniobras efectuadas fébrilmente en una atmósfera de demagogia y decrepitud.

Lo que hace diez años hubiera sido una maniobra de fuerza de parte de la burguesía española, mostrándose capaz de liquidar su pasado terrorista para dominar sin estado de excepción, manifiesta hoy su debilidad y sus temores en el momento en que debe preparar su porvenir represivo. "El gran abrazo de toda la familia española", como decía Franco, y la "reconciliación nacional", como decía Carrillo, se juntan en su verdad común contrarrevolucionaria; y como tras tales abrazos suelen haber celestinas, una de ellas Tierno Galván, bordará el sentido de la efusión: "El Gobierno ha presentado un proyecto inteligente. Un pacto político con la oposición podría disminuir las protestas sociales y económicas que arriesgan a transformarse en revuelta contra la forma institucional del Estado", terminando con una llamada a un "frente único de todos los partidos democráticos" y del régimen para salvarla (declaraciones del 12 de agosto del 76).

No será la primera vez ni la última que el poder dominante busque su salvación en la organización de elecciones para darse el tiempo de salir de "una de las más grandes crisis económicas, sociales y políticas del siglo XX". Si bien es verdad que "las crisis no se resuelven sino por saltos espectaculares en adelante", este gran salto en adelante del espectáculo no podría ser asegurado con la celebración de elecciones, sino llegando en profundidad a una falsificación general de las relaciones sociales. Aparte del subdesarrollo de las técnicas de la mentira en la información y la cultura, que será pronto remediado -basta ver la gran creación de empleos en el sector- faltan las propias raíces de la falsificación social, dada la poca presencia de representación obrera. Lá formación de sindicatos ha fracasado, y no por falta de disposición del gobierno y la patronal, sino por la negativa de los trabajadores para sindicarse. A principios de este año la suma total de afiliados al sindicalismo, dejado atrás por la ofensiva proletaria, CCOO, UGT, CNT, USO, STV, era inferior a 200.000, de los que hay que descontar una buena parte de estudiantes y cuadros. ¡Qué ridícula situación en lo que lo arruinado -la CNS- se abandona porque no sirve, y lo que podía servir -los sindicatos de la oposición- no resulta porque no se sostiene!

Así pues, compañeros, una forma de contrarrevolución termina de envejecer y cuando intenta rejuvenecerse por una tardía renovación democrática, como hubiera dicho hoy el viejo Hegel, el abigarramiento político no puede hacer otra cosa que repintar gris sobre gris la grisalla crepuscular de este reino de sombras.


Compañeros,

Cuando la situación a la muerte de Franco gritó "¡hagan juego!" a los capitalistas, los trabajadores respondieron con sus huelgas en "¡no va más!". Los neofranquistas intronizados por Juan Carlos, que habían creído aún tener tiempo para acordar a su hora y bajo sus condiciones un lugar bajo el sol de la democracia a los burócratas de la oposición, tuvieron que aceptar desde el principio la ayuda que la oposición no podía sino ofrecerles, ayuda que efectivamente les proporcionó y que fue causa determinante en la liquidación del movimiento huelguístico más importante desde la guerra civil.

Desde la entrada en funciones del primer gobierno de la monarquía, unos 100.000 trabajadores estaban en huelga principalmente en Madrid, Cataluña y el País Vasco. El movimiento se extiende a la vez que se radicaliza, poniendo en peligro, con la práctica de las asambleas y la formación de piquetes de extensión de la lucha, el legalismo de los burócratas sindicalistas, y desbordando a todas las organizaciones; en enero la huelga está presente en muchos puntos de España, pero será en Madrid donde la autonomía obrera libre su primera gran batalla en la que actuarán 320.000 huelguistas de la construcción, del metal y de servicios públicos principalmente. El ministro de Relaciones Sindicales pedirá una tregua a la que responde un acuerdo USO-CCOO-UGT diciendo que "no se trata de frenar ni de radicalizar las huelgas sino de encontrar una salida negociable". Los estalinistas, que sin poder controlar las huelgas pueden al menos bloquearlas, serán sus principales liquidadores. Serán los primeros en aceptar las promesas de los patronos, los patronos los primeros en no cumplirlas, y ellos en aceptar su incumplimiento. El mismísimo Ariza, despedido de Perkins, pedirá a sus compañeros que "no alteren la normalidad del trabajo" ilustrando caricaturalmente la impotencia de las Comisiones Obreras en la utilización de las huelgas como fuerza de apoyo a la política estalinista y su conciencia de tal impotencia. Al conseguir hundir la huelga más importante "Standard Eléctrica -con falsas informaciones, votaciones trucadas, acuerdos no votados, delegaciones no representativas, y todo lo que su larga práctica de la maniobra les ha enseñado en el arte de la mentira, lograban romper el frente huelguística y desmoralizarlo: primero en las grandes empresas del metal, luego las pequeñas, luego todas las empresas en huelga. El gobierno militarizaría Correos, la Renfe y el Metro, y los despidos, sanciones, detenciones y amenazas harían el resto. Según el principio de "un repliegue ordenado para acumular fuerzas posteriormente" apoyado con las artimañas que se sabe, una a una caerían todas las huelgas: en el Bajo Llobregat, en Málaga, en Valencia, en Vigo, en Asturias, en Sevilla, en Valladolid, en Barcelona, en Tarragona, en Elda, en Alicante... Las huelgas que resistieron como Laforsa en el Bajo Llobregat, las tres factorías de Michelín, Roca de Gavá, Vers, Hutchinson y Terpel en Madrid, etc. quedaron aisladas y condenadas a perder por desgaste. Y en Vitoria, donde el movimiento de las asambleas de huelguistas había llegado ya al punto más allá del cual todo es revolución, donde toda recuperación se desarma y donde sólo las balas lo pueden detener, las balas de la policía dijeron la última palabra de la democracia, y las lamentaciones moralizantes de la oposición dieron el tono. Las barbas en remojo de todos los mantenedores del orden burgués se habían salvado de ser afeitadas.

La batalla que comenzó en Madrid y terminó en Vitoria es el primer choque del proletariado contra la oposición, en adelante adosada al franquismo: el reparto de las tareas represivas se estableció, y la policía hizo lo que las mentiras y maniobras de los burócratas no pudieron hacer. Camacho, hablando de la manía de las huelgas recuerda oportunamente a Jesús Hernández hablando de la "manía de la colectivización y de las incautaciones". La vuelta al trabajo en Madrid y en el resto de España fue una victoria muy costosa al quedar el dique sindical de la oposición zapado y resquebrajado. Los estalinistas tendrán, en consecuencia, que abandonar su proyecto de adquirir la CNS "con los ascensores en marcha", intermediario inútil para todos, dejado sólo con su inoperancia. Y debiendo correr por la base tras la recuperación de las asambleas, renunciarán a tomar desde arriba el monopolio de la representación obrera, teniendo que acompañar a la UGT y a la USO cuya eficacia liquidadora fue bastante menor, en la negociación con el gobierno y los patronos. Y aunque recuperaron el sindicalismo paralelo, de los comités formados en cada empresa y de las comisiones negociadoras montadas fuera de las asambleas y desde lo alto, de nada les sirvió, pues este sindicalismo paralelo, al estar obligado a pasar por las asambleas, no se sostenía por mucho tiempo cuando éstas cesaban, y cuando se multiplicaban, su mentira debía de triunfar en todas si no quería perder en una todo lo que ganó en las demás. Pues las asambleas de huelguistas, por muy imperfecto que sea su control de la lucha, contienen el proyecto de una autonomía total de la decisión y de la ejecución que tiene que organizar la desaparición de toda representación exterior. En conclusión, el triste papel que jugará la oposición político-sindical a lo largo del actual periodo histórico, será el de sostener como sea el gobierno, incluso en detrimento de sí misma, sin jamás poder garantizar su tranquilidad.


Compañeros,

La entrada en acción es a la guerra lo que el pago al contado es al comercio. La batalla de Vitoria del 3 de marzo fue ese momento de la verdad donde todos los protagonistas de la guerra social tuvieron que parecer efectivamente lo que eran. Los trabajadores, sin jefes, se lanzaron valientemente a la lucha mientras que, ante esta innombrable autonomía, tanto patronos como burócratas enterrábanse en el inmovilismo: unos esperando, aunque sin creerlo, que aquélla reconociese la mediación del sindicato vertical, cuyos "enlaces" eran obligados a dimitir por los trabajadores, los otros sin esperar ya que pudiera servirles el reconocimiento de la mediación de su sindicalismo y limitándose a pedir que su bastión, la factoría Michelín, se sumase a la huelga. En dos meses de organización autónoma de la lucha (entre asambleas cotidianas fábrica por fábrica y asambleas comunes dos veces por semana, sin estar éstas habilitadas para tomar decisiones que no hubiesen sido antes aprobadas en asambleas de fábrica), los trabajadores de Vitoria reunieron las condiciones prácticas de su conciencia ofensiva posible; al adoptar por principios fundamentales sin discusión posible "todo el poder de la clase obrera para la asamblea" y "todo dentro de la asamblea, nada fuera de ella" tomaron la iniciativa que puede conducir a todo, es decir, a la revolución, que no debe dejar nada exterior a ella. Pero los obreros, mientras, no llegaron a reconocer hasta ese punto el alcance de su desafío a toda la sociedad existente, y se disimularon a sí mismos el sentido total de su autoorganización, viendo en ello solamente un mejor método de defensa. Sin embargo, lo que aún ignoraban, el Estado debía saberlo ya, y la burocracia sindical que buscaba constituirse aún mejor. En el movimiento que arrastra a los trabajadores de una empresa, para desmentir a los que hablan en su nombre y prevenirse contra las maniobras hasta imponer el control directo de su asamblea general, estos se apropian de una necesidad nueva, la necesidad de comunicación, y entonces, lo que al principio parecía el medio se convierte en el fin: la comunicación directa supera a la lucha defensiva contra las representaciones, aboliendo las condiciones de separación que vuelven necesaria la representación. Por eso los representantes sindicales podían decir que se identificaban con los fines perseguidos pero en absoluto con los medios empleados: en efecto, las necesidades de la lucha conducían irresistiblemente a los trabajadores al olvido de reivindicar, para así tomar lo que necesitasen. Este proceso tenía que ser interrumpido donde estuviese más avanzado: Vitoria había llegado a ser demasiado ejemplar respecto de lo que puede hacer el proletariado sin partidos y sin sindicatos, en el momento en que la promesa de concederlos se consideraba como la respuesta a todas sus necesidades. El 3 de marzo la huelga era general en la ciudad, y las manifestaciones en el centro de la ciudad asistían a la construcción de las primeras barricadas y a los primeros enfrentamientos violentos donde la policía usa las armas. Las ilusiones pacifistas de los comienzos se disiparon. La policía se replegó esperando refuerzos. Provisionalmente dueños de la calle, los trabajadores se contentaron con reforzar el sistema de barricadas, y lo que es peor, llegaron tan lejos en su ingenuidad que se presentaron, como si nada pasara, en la asamblea prevista en la iglesia de San Francisco. Para quien no guste de santificar ideológicamente lo que todavía era la debilidad de la organización autónoma, denunciando a destiempo a la policía que como era muy de prever hizo su trabajo, hay que decir que sobre todo fue la inconsciencia de los trabajadores la que les libró en las peores condiciones a la capacidad de tiro de sus enemigos: reunidos en la iglesia para escuchar otra vez los apaciguamientos legalistas de los cantamañanas que aseguraban que la policía no entrará "porque las autoridades no lo permitirán", al tiempo que la encerrona se cernía sobre ellos, a pesar de las valientes tentativas de diversión de los que se quedaron fuera. La policía pudo recoger de este modo la iniciativa que los trabajadores le habían cedido. Escogiendo la vía de la decisión por las armas, el Estado corría el riesgo de poner fin a la primera forma espontánea de la ofensiva proletaria y apostaba, imponiéndole a tiros la conciencia de lo que estaba en juego, a que no sabría organizar rápidamente sus propias armas y su respuesta. El franquismo corrió tal riesgo porque lo calculó junto con la oposición:las burocracias sindicales y políticas dejaron que la represión llegase y pasase, sin llamar a la huelga nacional general, puesto que por primera vez en su vida se arriesgaban a ser escuchadas y seguidas, si no precedidas (como fue el caso de varias huelgas generales locales como la de Pamplona). En la misma Vitoria, la violencia desesperada de después del tiroteo daba cuenta de que la determinación de los trabajadores, aunque inorganizada y sin medios, no había sido aniquilada. Pero la rabia de las acciones destructoras únicamente expresa, y bien claro, la rabia de no haberlas hecho antes y con más eficacia. La única superación posible de la lucha consistía en que el motín se transformarse en insurrección, lo que significaba llamar a la revolución en toda España (el Estado fue perfectamente consciente de ello y se apresuró a cortar las comunicaciones telefónicas de Vitoria con el exterior). Los prolerarios de Vitoria no habían llegado tan lejos en ese terreno: la propia comunicación entre ellos mismo, cuya autodefensa no imaginaron, se encontró completamente desorganizada por la represión. Fue necesario que la pólvora hablase para que las asambleas callasen: el silencio reina en Vitoria. La Comisión de trabajadores de la factoría Forjas Alavesas que lanzó la huelga el 9 de enero escribió en su análisis de la lucha: "No hay mejor forma de resolver el conflicto que desarmar a una de las partes. Primero porque nos obligan las metralletas. Y segundo, nos han desarmado, entendiendo como arma fundamental la asamblea" (Valoración de la huelga de Forjas Alavesas). Como cada vez que toma la iniciativa del ataque frontal, el Estado obligó a los trabajadores a transformar el propio método de guerra de ellos en el suyo. Y para dominar este método antes de ser dominados -como en la guerra civil- con el fin de utilizarlo sin reproducirlo en nada, como deben hacer con todo lo que se apropian de este mundo, harán falta para la clase obrera otros muchos Vitoria.


Compañeros,

El primer gobierno de la monarquía murió en Vitoria. Su nacimiento no fue debido al común acuerdo de los pretendientes a la herencia de Franco, sino a la negociación del entonces presidente Arias con los arribistas más hábiles y veloces del momento. Los franquistas no incluidos, disconformes con el partido del Gobierno, escogieron cada uno su propio partido, atrincherándose en las parcelas del poder que habían podido amasar en las instituciones estatales tras el reparto ocurrido tras la muerte de Franco, y si bien no podían dirigirle desde allí, podían al menos detenerle. Para transformar las instituciones franquistas sin convulsiones, modernizar el Estado con éxito y levantar la economía, el Gobierno tenía que reorganizar al franquismo como partido gubernamental, comoponiendo sus fragmentos renovables y ganar la colaboración de la oposición cediéndole una parte de responsabilidad en ello, sin amenazar los intereses de las fuerzas presentes en el aparato estatal. Había que ganar nuevos amigos fuera y evitar que se volvieran enemigos los de dentro.

El hombre aparentemente fuerte del momento, Fraga, hizo lo que hacen los enanos ante las grandes ocasiones: tropezar y despeñarse. Se fabricó, por vía de nombramientos desde sus ministerios, un simulacro de partido personal y quiso imponer sus condiciones a todo el mundo negociando por separado. Pero para imponerse le faltaba fuerza para ganar tiempo y astucia para utilizarlo. El movimiento de huelgas había llegado mientras tanto al punto de poder adelantar de un día para otro toda su realidad subversiva: a finales de marzo del 76 el órgano oficial de la democracia oficiosa, Cambio 16, escribía: "después de Vitoria todo es posible", y hacía votos por un nuevo gobierno que supiera ponerse de acuerdo con la oposición "para obtener a cambio una tregua en las calles y en las fábricas". Fraga, al detener a Camacho y a algunos otros, buscaba para su desgracia excusas en vez de remedios, reprochando a la oposición el no haber conseguido detener la realidad, como si ésta no hubiese tenido que seguirla para no perder la posibilidad de controlarla.

Al pretender comprar la oposición a crédito, no le proporcionó ningún medio de actuación eficaz, porque sabía él que de todas formas ésta debía de trabajar de balde cuando todo vacilaba ante el movimiento de huelgas. Así quedó en su centro sólo, entre los franquistas unidos contra él para salvar su Estado y la oposición aglutinada en la Coordinación Democrática para negociar esa salvación con quien quisiera escucharla, y ocupar los "vacíos de poder" qe la inminete caída del Gobierno pudiera dejar. La desmovilización del movimiento de solidaridad con Vitoria y del 1º de Mayo, fue el último trabajo sin cobrar de la oposición, que proporcionó unas semanas más de vida al Gobierno de Arias y la estocada final al movimiento de huelgas, quien perdió la última oportunidad de unificarse y reemprender el ataque. El fracaso inaugural de Fraga y el equipo de Arias, marca el fin de las ilusiones autoritarias del franquismo. En adelante este tendrá que tomar en serio la democracia. Como lo declarará más tarde el nuevo presidente del Gobierno, Suárez: "De una parte hay una oposición muy activa, muy inteligente, pero que no tiene la experiencia del poder, de otra hay gobernantes que no tienen la menor idea de lo que es la vida de los partidos. Se trata de hacerles trabajar juntos, todo se centra en eso." (Cambio 16, 6-12 de septiembre del 76).

A causa de la violencia obrera incontrolada, la democracia perdió su primera batalla antes de existir, tendría en lo sucesivo que reconstituir fuerzas en su retaguardia, sacrificando todas las posiciones peligrosas y vulnerables que le legó el sistema de defensa anterior. Toda batalla perdida es un factor de debilitamiento y desagregación: la necesidad más urgente es concentrarse para hallar en tal concentración un orden, nuevos bríos y confianza. Esta concentración sólo puede realizarse alrededor de las fuerzas menos afectadas por el combate; no podría tratarse pues sino de las organizaciones democráticas de la oposición que el capitalismo español aprendió a considerar de algún modo como su reserva estratégica. Pero como lo ha demostrado Clausewitz, "Tanto las reservas tácticas son recomendables, tanto la idea de guardar como reserva estratégica fuerzas que ya están preparadas es contraria al sentido común. La razón está en que las batallas deciden el cariz de la guerra y que el empleo de reservas tácticas precede a la decisión, mientras que el de reservas estratégicas la sigue". Y de hecho, esta última carta que el capitalismo quiso guardar en la manga, tuvo que ser jugada desde el comienzo de la partida: entre los trabajadores y el Estado (es decir, sus fuerzas del orden, militares y policiales) sólo existía el cordón frágil y suelto de las burocracias político-sindicales para soportar el primer choque de la ofensiva obrera. Así pues, en realidad, éstas han constituido más bien avanzadillas, expuestas en terreno abierto, y las fuerzas represivas del Estado, su reserva táctica cuyo empleo debía decidir el resultado de la batalla. Los asesinatos de la policía a lo largo de la "semana sangrienta" fueron realizados en el momento en que la burocracia, muy usada por dos meses de maniobras y mentiras, iba a ser barrida. Había que asustar a los trabajadores para llevarles a las razones moderadas de la oposición. El 13 de marzo del 76, el semanario Triunfo, órgano del estalinismo amplio, publicaba: "Es indudable que la clase trabajadora debe recoger también sus enseñanzas de estos sucesos. La primera de ellas es que el recurso de la violencia, además de ser éticamente condenable, lo es políticamente, pues le está haciendo el juego a la reacción... Todos los que tengan en sus manos la posibilidad de influir en una clase obrera que está privada de partido, privada de sindicatos y desatendida continuamente en sus reclamaciones debe hacerlo en el sentido de recomendar calma y sosiego. Si las huelgas, las manifestaciones o las reuniones se convierten en motines, la clase trabajadora tiene todas las de perder". El recurso a la intimidación fue uno de los argumentos más usados por los burócratas para terminar con la huelgas en la semana siguiente. Los patronos fueron quienes más provecho inmediato sacaron de la victoria de los sindicatos seudo-clandestinos sobre los huelguistas. Primero, manteniendo los despidos y las sanciones, luego, introduciendo una legislación específica contra los piquetes de huelga, y después, logrando la suspensión del artículo 35 de la Ley de Relaciones Laborales, que les concede el despido libre. Los sindicatos dejaron pasar las tres cosas. Finalmente, los patronos abandonan la CNS dotándose de sindicatos propios dispuestos a un mañana dialogador con los sindicatos obreros, cuyas capacidades de control, de división y de falsificación deben desarrollarse al máximo y pronto para hacer frente al próximo e inevitable movimiento de masas. Se necesitan dirigentes "que sean tan capaces de convocar al paro como de ordenar la vuelta al trabajo" (Rivera Rovira - Presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona); y hay recomendaciones especiales: si el patrono catalán Duran Farrell fuera obrero, según él, "sería de Comisiones Obreras". Por su parte los sindicatos, no van a tener dificultad en convencer de sus buenas intenciones a los capitalistas, aunque tengan mucha en hacer que los trabajadores las hagan suyas: por 25.000 ptas. de cuota de inscripción, jefes de personal y gerentes de más de cien empresas del país pudieron ver y oir en directo a los dirigente de las "ilegales" CCOO, USO y UGT... Todos ellos insistieron en el diálogo: "los trabajadores no hacemos las huelgas por placer", "los trabajadores no queremos hundir a las empresas", "la lucha de clases no excluye el diálogo sino que lo presupone"... Nadie quería espantar a los empresarios, y por ello uno de los empresarios presentes exclamó: "¡Qué pena que los trabajadores que están en la empresa no piensen lo mismo que los que están en esta sala!" (Cambio 16 -24 a 30 de mayo del 76). Pero no basta con querer servir, hay que poder ser útil, hay que estrechar lazos para evitar sorpresas como Vitoria, la aparición de formaciones revolucionarias "desconocidas" y el desbordamiento de las burocracias sindicales. En las grandes capitales se crearán coordinadoras de sindicatos (como la COS en Madrid) dispuestas a ocupar el hueco que la CNS nunca llenó, y los estalinistas renunciarán a transformar la CNS en una Intersindical a la portuguesa; los grupúsculos de todo pelaje entrarán en masa en las diversas centrales sindicales.

El Gobierno plegó y la oposición se replegó para después preparar juntos el contraataque. El segundo equipo neofranquista, entrará con el programa de organizar esta misma progresión democrática en el terreno social puesto peligrosamente al descubierto por el movimiento de las asambleas que lo revolvió de arriba a abajo, aunque sólo lo haya ocupado parcialmente, y al que se trata de reconquistar con nuevos medios y nuevos aliados. "Los trabajadores han tomado la empresa como campo de operaciones" (J. Garrigues Walker), y de esta concentración exclusiva en su terreno directo de unificación es de donde tendrá que distraerles.


Compañeros,

En España, podemos decir que se plantean concentrados en el tiempo todos los dilemas actuales de las clases propietarias del mundo, que al no poder salvar la economía, ni ser salvados por ella, discuten de la manera de administrar su fracaso y de ser posible hacerlo rentable para fortalecer el Estado, disfrazándolo de "crisis energética" o de "crisis económica". Frente a la crisis de la economía, se trata aquí como en todas partes de persuadir a los trabajadores por intermedio de los sindicatos y de los partidos, de que la economía es la alienación natural que conviene administrar lo mejor posible, y no la alienación histórica que hay que superar lo más pronto posible; pero como el desarrollo de la crisis del fenómeno económico en su conjunto se ve acelerado en España por una crisis económica particular, y sus efectos multiplicados por la ausencia de control sindical, las dificultades en obtener la adhesión de las masas al austeridad dramatizada están considerablemente aumentadas, y los plazos para instalar "el desarrollo de tipo nuevo", en cuya búsqueda todos los poderes modernos parten en campaña, aún más acortados. Ante todo, la economía española necesita un nuevo "plan de estabilización": podrá tener préstamos del capitalismo internacional, pero sobre todo, debe buscar las condiciones de rentabilidad cara a los trabajadores, por cuanto cada huelga, a poco que se prolongue, se convierte en asunto de Estado, obligándole a intervenir sin reparar medios disuasorios y planteando al mismo tiempo la cuestión de la autodefensa. La oposición propone como remedio la democracia política, es decir, que le dejen sitio en el Gobierno no sólo para respetar la economía, como ha venido haciendo hasta hoy, sino para salvarla logrando un pacto social; por consiguiente, está dispuesta a dejar de no atacar la economía si se le deja defenderla. Pero tal sofisma no puede engañar al gobierno, que ve a la oposición hacer todo lo que puede contra la movilización y radicalización de los trabajadores, y que sabe que si no hace más es porque no puede. Así el segundo gobierno de la Monarquía deja a la oposición ilusionarse con la promesa de alguna migaja electoral, mientras se consagra a la adaptación controlada de las insitituciones. Y no es por una pretendida traición de la oposición por lo que el neofranquismo se ha estabilizado. Primero, porque la oposición no estaba en disposición de impedirlo, después, porque no quería otra cosa que lo que finalmente se le va a conceder, aunque hubiera deseado poder darse las apariencias de haberlo conseguido tras gran lucha, e incluso de esto ha tenido que perder la esperanza: habló de república, luego de un rey más demócrata, luego de un gobierno constituyente de unión nacional, luego de algún ministerio y hoy de que simplemente se le deje presentar a las elecciones. Hay que ver que con la acción del gobierno de Suárez y la pasividad de la oposición, el régimen ha efectuado su retirada en orden con el mínimo de pérdidas. Y al conseguir, de este modo, guardar el control de la situación política, ha preservado sus posibilidades de volverlo a tomar en todo el terreno social. Combinando hábilmente la tolerancia respecto a los detalles y la represión sobre lo esencial, el poder ha mantenido el contacto con el proletariado que le apresuraba, evitando así que sus movimientos se acelerasen y se volviesen pronto en una precipitación desordenada que le hubiera obligado, a causa de la desagregación interna consecuente, a sacrificios bastante importantes. Contasta la firmeza inesperada del Gobierno Suárez - Gutiérrez Mellado con la cobardía confusa de la oposición, cuya prudencia era el punto más excelente de su coraje y la oscuridad de sus regateos lo más claro de su prudencia. Al volverse la politica asunto de cálculo, bastó al Gobierno negociar separadamente con sus principales componentes para deshinchar el bluff de su "coordinación democrática": cada uno temió entonces perder si quedaba asociado a los otros, o al menos sacar una menor ventaja, y la rivalidad que resultó de esta disparidad inevitablemente les dividió. Pero incluso sin esto, Coordinación Democrática tenía que dejar de existir de hecho, desde el momento en que el Gobierno la reconociera con los estalinistas inclusive, y tal reconocimiento quedó sancionado con la apertura de diálogo de Suárez. El desenganche de los partidos inútiles -los maoístas y los pequeños grupos accidentales, como el de Trevijano y los Carlistas- no será un precio que se pague sino un lastre que se tire. La oposición remodelada acudirá más presentable con su nueva "comisión negociadora" a preparar junto con el Gobierno la liquidación de las huelgas de otoño, disipando sus últimos sueños de gloria y recordando con nostalgia ¡cuán bello era ser demócrata bajo Franco!.


Compañeros,

El proletariado revolucionario existe, y la larga serie de ejemplares huelgas del otoño, en el País Vasco, en Barcelona, en Sabadell, en Tenerife, en Valencia, en Madrid, en León, en Gavá, etc., lo demuestra. El proletariado, que ni reposa ni deja a nadie reposar, ha hecho cambiar de táctica al gobierno, quien hoy debe ocuparse menos de sí mismo y más de la oposición, a fin de que aunque su posición no se refuerce, la de la oposición no decaiga, para no dejar libre a la revolución en el terreno social. Podíamos preguntarnos si el Gobierno, ante la violencia en las calles y las fábricas, ha tenido una visión pesimista de su futuro o la impresión de un caos preinsrreccional difuso, o si simplemente ha olido a quemado. Lo cierto es que sea una cosa, sea otra, o sean todas, ha actuado con rapidez, dando el "sí" a los sindicatos y partidos,organizando su propio partido y fijando fecha de las elecciones. Las provocaciones de la extrema derecha han dado la coartada que justifica que lo que antes era un acuerdo tácito sea hoy un acuerdo público: los últimos sangrientos sucesos de febrero han servido a la oposición para proclamar abiertamente su apoyo al Gobierno y pedirle ocultamente que no la abandone ante la avalancha de huelgas antisindicalistas que no tardarán en venir.

En definitiva, el franquismo devenido plenamente democrático y la oposición plenamente franquista cerrarán con su democracia la puerta a la revolución. Al proletariado le tocará abrirla.


LA REVOLUCIÓN NO SACA SU POESÍA DEL PASADO

"Sabíamos por adelantado que los Comités responsables de la CNT no podían hacer otra cosa que poner obstáculos al avance del proletariado. Somos los Amigos de Durruti y tenemos suficiente autoridad para desautorizar a esos individuos que han traicionado a la clase obrera por incapacidad y cobardía. Cuando ya no teníamos enemigos delante, entregaron de nuevo el poder a Companys, el Orden publico al gobierno reaccionario de Valencia y la Consejería de Defensa al general Pozas. La traición es formidable".
(Manifiesto de los "Amigos de Durruti" del 8 de mayo de 1937).


Compañeros,

La clase obrera que va a reemprender su lucha no tiene nada de la misma clase obrera que impetuosamente se lanzó a la huelga el año pasa­do, para saber a qué atenerse, tras los tiroteos de la policía y las manio­bras de los burócratas, respecto a la significación de las concesiones obte­nidas. La mayor conquista del movimiento de las asambleas es el movi­miento mismo, la libertad que los trabajadores han tomado comenzando a reunirse y organizarse sin intermediarios, la única que no podía ni ser acordada por el régimen ni reivindicada por sus dirigentes, asedia hoy a la vieja sociedad española en tanto que su disolución en actos: es la autén­tica democracia realizada, la libertad vivida en el diálogo antijerárquico, allí donde la revolución se encuentra como en su casa, y donde todos sus enemigos se sienten forasteros, ya no disfrazados sino denunciados por su jerga ideológica. Aquí todos los problemas prácticos se plantean en su elemento tal como pueden ser resueltos. En la organización de piquetes de huelga se trata de que la autonomía se arme en la disolución tras la lucha de los comités elegidos en asamblea, a quienes los manipuladores quieren instituir como representaciones manejables, se trata de que la autonomía no abastezca nuevas armas a sus enemigos. Pero lo más ame­nazante para los burócratas no son tales iniciativas, sino el hecho de que los trabajadores, desde que se reúnen para adueñarse de su movimiento, se ven empujados de modo natural a concebirlas y practicarlas; y después, por la experiencia y la verificación práctica, a corregirlas y superarlas.

No hay otra cosa que los burócratas socaven más, nada que ten­gan más empeño en destruir, que no combatan con más encarnizamiento, que la comunicación directa. Pues saben que aunque tuviesen homologados mil veces sus títulos de representantes por el régimen no poseerán nada de forma estable mientras exista la libertad del diálogo ejecutorio por la cual los trabajadores devienen ellos mismos dialécticos.

Frecuentemente en la historia el movimiento de masas, al mismo tiempo que inaugura una nueva época, se reconoce en los hombres que lo han representado, o pasan por haberlo hecho, en una época hoy caduca. Esto es válido generalmente para la imagen que una revolución naciente se hace de sí misma y de sus objetivos, su lenguaje, las referencias al pasado, la genealogía imaginaria por la que cree garantizar su verdad. La contrarrevolución franquista, al prohibir junto el acceso al pasado revo­lucionario su reapropiación crítica, ha sido la mejor aliada de las buro­cracias que secuestraban por propia cuenta la memoria de ello en las ver­siones autorizadas de sus mítógrafos. De este modo, la falsificación anti­fascista, principalmente administrada por los estalinistas, ha dominado por completo la escena durante mucho tiempo: más vale morir de pie que vivir de rodillas, y más aún sobrevivir en Praga o en Moscú para efectuar la trata de cadáveres y capitalizar los mártires. En lo sucesivo la lumino­tecnia de los falsos recuerdos reconstituidos debe rescatar de las sombras otras ruinas más aptas sin duda para suscitar la admiración: el anarquis­mo, desenterrado en todos lados como tranquilizadora explicación anti­histórica de la contestación moderna del Estado, reducida así al eterno retorno de una revuelta sin medios, desde luego lo es en España con mayores razones aparentes que en otras partes, porque efectivamente fue una realidad masiva, forma ideológica local de la alienación general del antiguo movimiento obrero, que en otros lugares se reclamó esencialmen­te del marxismo. La revolución saca su poesía de su devenir, donde tiene que saber reinventar sus razones e imponerlas: sus partidarios no tienen que defender nada del ilusorio y aburrido paraíso de recuerdos petrifica­dos. Puesto que estos están presentes, sin necesidad de ninguna justifica­ción, son los partidarios de tal olvido de referencias obsesivas que refres­ca la memoria histórica. Los que comienzan de nuevo a hacer la historia no tienen por qué aprenderla, y por otra parte ¿de quién la podrían apren­der? Podrán conocer el resultado de la misma que es su verdad en el movimiento de su lucha y en lo que se le opone, donde todo lo que era verdad se vuelve verificable y tangible, para que la revolución pueda separarse serenamente de su pasado.

Para la crítica revolucionaria no se trata de dar rienda suelta a una nueva versión del pasado, sino de demostrar cómo el movimiento real se desprende de su pasado; no sólo de explicar lo que condujo a la situación revolucionaria actual sino de adelantar lo que en la situación actual expli­ca el proceso anterior dándole su sentido revolucionario. Tal crítica tiene que tratar como enemigo todo lo que valorice positivamente "la obra constructora" de los revolucionarios anarquistas de 1936, porque estos no pueden ser considerados como constructores más que en la medida de su fracaso, de su impotencia en destruir los criterios que hoy permiten apre­ciar sobre el terreno de la racionalidad económica sus realizaciones, y probar la autogestión contabilizando el número de kilos de naranjas o de arroz producidos por las colectividades. Los "fantasmas de 1937" vuel­ven a asediar la democracia cuarenta años después. Pero lo que es la pesadilla de los dirigentes no sabría ser el sueño de los revolucionarios: si se sueña es que se duerme. Los proletarios de hoy tendrán que ser mucho peores que los insurrectos de mayo del 37, que si bien sabían actuar sin sus jefes no supieron actuar contra ellos. La subversión moder­na no puede comenzar consigo misma antes de haber liquidado comple­tamente toda superstición relativa al pasado.


Compañeros,

Dentro de la economía española en crisis, el único sector cuya expansión, aunque muy caótica, acarrea una importante creación de empleos es el de la representación política y sindical. Y en este frenesí de cursos de formación acelerada que encaminan los nuevos reclutamientos menos a ser preparados como representantes de los trabajadores que como representantes -en el sentido de viajantes de comercio- de la demo­cracia y el sindicalismo cara a ellos, hay que hacer un lugar aparte a la resucitada CNT, a causa de su miseria presente y de la pasada grandeza de la que se pretende heredera. Sin hablar del argumento genético estilo Santillán ("En España hay una tendencia casi racial hacia el anarquis­mo"), la importancia del anarquismo en el antiguo movimiento obrero español ha sido, sea atribuida abusivamente el azar de la anécdota (por ejemplo: por ser el bakuninista Fanelli el primer emisario de la Internacional en España), sea interpretado tendenciosamente por la socio­logía submarxista (la importancia del proletariado agrario y de los obreros industriales de reciente origen campesino). Al objeto de una com­prensión más histórica, conviene no olvidar que el movimiento revolu­cionario del proletariado es determinado en sus comienzos, en el cuadro socio-económico de cada país, por lo que ha sido el modo de aparición formal de la burguesía: es a la vez la herencia con la cual los proletarios empiezan a batirse, herencia programática y organizacional, y el terreno en el cual se bate, y que condiciona su lucha; así pues, la importancia de la política en el movimiento obrero organizado de cada país es exacta­mente proporcional al grado de acabamiento dado por la burguesía local a su dominación política, a su apropiación del Estado. Luego nadie se extrañará de que en España el proletariado no se haya detenido en la polí­tica cuando la burguesía pasaba por el lado mediante el compromiso con la aristocracia terrateniente: la posición marxista, al identificar el prole­tariado a la burguesía desde el punto de vista de la toma revolucionaria del poder, no era en España sólo una ilusión estratégica general, sino un error táctico particular, que desconocía totalmente el sentido de las pri­meras batallas; incomprensión que debía agravarse además con las nece­sidades sórdidas de la polémica anti-bakunista. Pero lo que unos no cono­cían los otros lo han ignorado solamente. Si la ideología científica basa­da en la concepción de un esquema lineal universalmente aplicable debía alcanzar su verdad burocrática con la estalinista "teoría de las etapas", la ideología de la libertad debía por su lado revelar plenamente su autorita­rismo oculto, cuando todas las cuestiones que había inhibido se vieron formuladas en la práctica por la revolución. La justicia histórica destinó de este modo la cuestión de la mediación organizacional, que siempre fue la manzana podrida en el anarquismo, a representar la descomposición negativa de éste, proceso de putrefacción que desembocó el 6 de noviem­bre de 1936 en la perentoria afirmación de Solidaridad Obrera: "el pro­letariado de la CNT colabora desde ayer en el gobierno de España"; la inmediatez revolucionaria que garantizaba y prometía intemporalmente el anarquismo, encontraba su realización imprevista en esta repentina meta­morfosis gubernamental del proletariado. Pero si ya la historia, con lo que intentaron las masas anarquistas a' esar de sus jefes, criticó el peor lado del anarquismo, hoy tiene que criticar su mejor lado, esa misma acción de las masas que al aplicar el programa anarquista (tal como era en su for­mulación postrera del Congreso de Zaragoza, supremo estadio de la coherencia separada de la ideología), alcanzó sus límites y verificó sus insufi­ciencias. La experiencia de las colectivizaciones sólo pudo llevar lo bas­tante lejos su proyecto antieconómico en la agricultura, y en base a la penuria y a la limitación local, como "comunismo libertario en un sólo pueblo", pretendiendo alejar junto a la moneda el mal económico; mien­tras que en las fábricas la colectivización se detuvo en la toma de pose­sión de la organización de la producción por la burocracia sindical, quien encontró por tal "esfuerzo de guerra" la vía de su integración al Estado. Lo que el autogestionismo contemporáneo ve allí de precursor, de inno­vador, en el mismo plan que cualquier autogestión titista, es lo que no tiene ningún porvenir revolucionario, y ni siquiera demasiado porvenir contrarrevolucionario; y lo que se juzga utopías del pasado, de acuerdo con el inevitable lugar común del anarquismo nostálgico de una edad de oro -confundiendo el movimiento práctico con su ideología kropotkinia­na-, es al contrario portador de una auténtica grandeza negativa cuyo sen­tido hay que saber ver: el anarquismo quería suprimir la economía. Pero no se puede suprimir la economía sin realizarla. La ilusión de una supre­sión de la economía que no fuera su realización, ya no la vemos hoy sos­tenida por un movimiento que combate las condiciones existentes, sino anunciadas solamente, en forma de sosa pedagogía moralizante, por el necio reformismo ecologista. Y la CNT resucita al lado del movimiento proletario como sindicato de oficios varios para la lumpen-burguesía en busca de certezas ideológicas, es el basurero histórico donde se tiran natu­ralmente los ecologistas y sus problemas de desperdicios. El anarquismo quería suprimir la economía sin suprimirla, realizar al proletariado como la "mayor fuerza productiva" aún económica. Y desde luego ninguna de estas dos posiciones unilaterales pudo coronar con éxito su empresa, puesto que cada uno tuvo que hacer en el momento de la verdad lo con­trario de lo que quiso: en la colectivización anarquista, al ser combatido el intercambio formalmente con la abstracción monetaria, al mismo tiem­po se generalizaba en todas partes como contenido concreto de la activi­dad, pues de esta manera la vida tendía en su conjunto a convertirse en un problema económico", y en la dictadura terrorista de la ideología que postulaba la racionalidad suficiente de la economía, la identificación tota­litaria del poder burocrático con el proletariado abandonó todo problema económico a la policía, llegando hasta el desprecio demencial de las primeras necesidades de la racionalidad económica. Hoy la revolución moderna, a través de las luchas en donde comienza a unificar su proyec­to, nos muestra que la supresión y la realización de la economía son aspectos inseparables de una misma superación de la economía.

El movimiento de las asambleas se enfrenta hoy desde sus prime­ros pasos, a fin de superar su primera forma espontánea, con la tarea ante la que se detuvo la precedente tentativa revolucionaria: la necesidad de no contentarse con ocupar sino transformar enseguida el espacio social inva­dido, el terreno de la separación sobre el que renacen, como de modo nat­ural, la jerarquía y la no comunicación. Si la revolución prosigue su tarea donde antes la dejó no es a causa de ninguna fatalidad mística, sino sim­plemente porque el límite que encontró al final como insuficiencia de su proyecto consciente, lo afrontan ahora desde el principio como obstáculo a la formulación y a la organización de este mismo proyecto: donde esta­ba antes su incapacidad, hoy está la potencia del enemigo, quien entre tanto ha convertido su territorio, por una especie de táctica de tierra que­mada al revés, en algo casi imposible de ser reapropiado. Así pues, la famosa fórmula de Bakunin "el goce destructor es una pasión creadora" ya no es la expresión lírica de una verdad subjetiva, sino la formulación exacta de una necesidad objetiva: la instalación sobre las ruinas del deco­rado de la pasividad de la única base de operaciones a partir de la cual el poder de las asambleas puede reconocerse y pasar a la ofensiva. Esta necesidad de construir el terreno de la autonomía es la que había comen­zado a satisfacerse el 3 de marzo en Vitoria, con el vandalismo y las barri­cadas, y la que era expresada sumariamente en la interrupción de la cir­culación en la carretera nacional Irún-Madrid y en las principales vías de acceso a la ciudad: donde las mercancías dejan de circular los hombres comienzan a encontrarse unos a otros. En la guerra social, el proletariado no tiene sólo problemas de información con relación a las posiciones del enemigo, sino también a las suyas propias. Todo lo que existe está hecho para impedirle resolverlos, luego hay que destruir todo lo que exista. El movimiento actual desprecia la política, pero tiene que aprender que para superarla no basta con prescindir de ella; puesto que mientras creía que podía ignorar el Estado no ha sido en cambio ignorado por éste. Ya casi no quedan ilusiones sobre el sindicalismo "democrático" que se le prepa­ra, mas tendrá que tomar a su cargo totalmente sus relaciones autónomas para que los muros de las fábricas no sean las últimas murallas del viejo mundo. En las asambleas de barrio, cuya práctica se generaliza, la ten­dencia a extender el rechazo de la explotación a toda la vida cotidiana se afirma, y de ahí pasa a profundizarlo en una crítica del trabajo asalariado. Las asambleas desde luego son la presa de todos los estalinocristianos que pescan en las aguas sucias de la supervivencia sórdida (asociación de vecinos) con la consigna ridícula de "ayuntamientos democráticos"; pero también generalizan la pasión del diálogo y la experiencia de su autode­fensa. Al mismo tiempo que la forma de la asamblea se adopta en todos los sitios en que responde a una necesidad real, es recuperada como cari­catura sin contenido en todos los sitios donde es necesario aparentar la realidad: en los sucedáneos estudiantiles y progresistas, o en los distri­buidos por el espectáculo político y cultural, unos tan aburridos, los otros tan aborregados. Estas sombrías "kermesses" en donde la cobardía y la sumisión celebran su redención imaginaria con su liturgia y sus interce­sores, no son ni la expresión central ni siquiera el eco debilitado de la comunicación real y libre. En contra del proyecto de diálogo ejecutorio que nace de las asambleas de trabajadores, aquí se satisfacen de una liber­tad de expresión que acepta la incapacidad de no hacer nada, y finalmen­te de no decir nada. Allí, en las asambleas de trabajadores, se quiere hablar sólo de lo que se hace, y si se llega a hablar de todo es porque debe de hacerse todo lo que es posible, aunque fuese sólo para continuar hablando, a fin de que no se restablezca el monopolio burocrático de la expresión. Contra la interferencia confusionista, el movimiento de las asambleas no tendrá que sacar la teoría mas que de su práctica y prohibir el resto como ruido socialmente nocivo. Su primera victoria es el haber obligado a todos sus enemigos a tener que aceptar su existencia y fingir el sostén de sus condiciones. La carrera por la recuperación y su "melée" con mutuas zancandillas agota a los enemigos de las asambleas sin que consiga ninguno de ellos capitalizar, como dicen, el oro de la autonomía: éste se convierte en carbón en cuanto intentan batir con él su moneda ide­ológica. En el movimiento de usura acelerado de las representaciones exteriores, la inflación roe todo lo que habla de autonomía sin serlo: mini­burocracias ectoplásmicas nacen y mueren en el tiempo que dura una huelga, adquiriendo la existencia al precio de su inconsistencia y pagan­do con su desaparición. Se llega a ver hasta a los estalinistas de Comisiones Obreras echar un poco de consejismo en su sindicalismo, y bastante asambleismo en sus maniobras. Durante un año de actividad los estalinistas han compuesto una auténtica enciclopedia de la manipulación al uso del proletariado, que clama por una única conclusión práctica: los trabajadores revolucionarios no tienen que ser, paralizados por el forma­lismo democrático, los únicos en no intentar nada con el objeto de que ganen sus posiciones en la asamblea. Contra la ignominia demasiado a la vista de los estalinistas, sus rivales izquierdistas han podido obtener algu­nos efímeros éxitos en la medida en que la denunciaban, pero sólo el tiempo que se contentaron con esto; su influencia recaía en cuanto inten­taban aprovecharla. Su oportunismo seguidista ha podido darles la impre­sión de volar de victoria en victoria, pero no basta gritar "¡todo el poder a las asambleas!" para ser un Lenin: reconocer la realidad en marcha no es suficiente, hace falta además conseguir ser reconocido por ella para pretender controlarla y dirigirla. Las últimas desventuras del leninismo descompuesto están ilustradas muy bien con el embarazo cómico del único grupo izquierdista que flotó siguiendo la corriente del movimiento en Vitoria ("Las plataformas Anticapitalistas"): debieron sostener contra los estalinistas la disolución de las Comisiones representativas para pre­servar su imagen asambleísta, y al mismo tiempo afirmar detentar con las asambleas la base de su mítica organización de masas (Organización de clase anticapitalista, OCA) que, de Comisiones representativas en Congreso de representantes, no dejará de tomar poder; mientras tanto estos anticapitalistas, después de que el 3 de marzo haya puesto fin a su margen de maniobra recuperadora con los comienzos de la violencia generalizada, se adhirieron modestamente al pacifismo más cristiano y a la versión democrática de los sucesos: "en Vitoria no hubo ningún enfren­tamiento entre policías y manifestantes, lo que hubo fue un atentado bru­tal contra el respeto debido a un lugar sagrado y contra la persona huma­na" (Manifiesto de la Comisión representativa leído por Naves el 6 de Marzo).


Compañeros,

La revolución no es una demostración sino una ejecución. Los proletarios no necesitan justificaciones porque no tienen necesidad de convencer. Buscan su propia satisfacción y no actúan para satisfacer a otros. No pueden poseer toda su razón histórica si no la hacen vencer. Una vez más la definición necesaria y suficiente del Consejo moderno es la realización de sus tareas mínimas; que no son ni más ni menos que la liquidación práctica y definitiva de todos los problemas que la sociedad de clases es actualmente incapaz de resolver. El resto es parloteo de impo­tentes o diversión de manipuladores. Ningún formalismo jurídico puede garantizar a los trabajadores organizados en Consejos el ejercicio de su democracia total: sólo la grandeza les volverá grandes, y las mezquinda­des, mezquinos. La práctica de las asambleas vuelve todo posible pero no asegura nada. La única teoría de los Consejos de ex-trabajadores que hay que desarrollar es la teoría de su guerra contra todo lo que no sea ellos, y contra todo lo que en su interior les impide que sean el único poder; empezando por aquello que toman que al condicionarles su apropiación les devuelve al pasado. En esta guerra todo es muy sencillo, pero hasta lo más sencillo es dificil. Nadie tiene la experiencia de los problemas prác­ticos que se presentan en masa y se acumulan, y el tiempo que hace falta para adquirirla puede ser el tiempo que baste para perderlo todo. El pro­letariado se arma desarmando el enemigo, reapropiándose de sus propias fuerzas vueltas contra él. Pero sería muy cómodo hacer la historia y la revolución una especie de idilio si se tratase de un sólo golpe instantáneo, y si en suma el enemigo se encontrase, incluso antes de querer combatir, colocado en unas condiciones tales que combatir le fuese imposible. El límite de la ofensiva espontánea de los trabajadores siempre es la defen­siva organizada del enemigo, que les obliga a organizarse según sus capa­cidades y medios. La conducta verdadera de la guerra social, el empleo libre, es decir, adaptado a las necesidades mas particulares, de todos los medios disponibles que los trabajadores tienen a su alcance, ha pasado demasiado tiempo por un asunto refractario a toda teoría, no dependien­do más que de la improvisación espontánea del momento. La mayor parte del tiempo estos problemas aparecen sólo de manera accesoria y anónima en memorias y relatos, porque los protagonistas se engañaron a sí mismos hasta no ver en su lucha más que una formalidad que acordaba al fin la realidad con el ideal; sabemos que tal ilusión ha reinado al más alto grado en los anarquistas, lo mismo bajo la forma de la concepción sindicalista ­-la cual supone resuelto el problema de la reapropiación revolucionaria­- que bajo la de una organización militarizada exterior a la clase -la cual lo resolverá por un golpe de mano definitivo-. Los medios de la guerra social incluyen los medios obligatorios en toda guerra, pero no se reduce jamás a estos si la revolución no se reduce a aquélla, con la militarización que esto supone. Como decía un miliciano durante la guerra civil: "No es así como vamos a ganar nosotros". En conclusión, esta vez España deberá acordarse de que es el país clásico de la guerrilla, e inventar las formas superiores que convienen a su revolución moderna.


Compañeros,

Lo que hemos vivido ha sido sólo el principio, aún suave, de lo que deberá venir y durará mucho tiempo. Para el nuevo movimiento revolu­cionario que nace espontáneamente del suelo de la sociedad española modernizada, se trata ante todo de organizarse y unificar coherentemente la base de su proyecto de subversión de la sociedad de clases. La crítica sin concesiones de las carencias aún no superadas del proletariado -a comenzar por sus ilusiones ideológicas respecto a sí mismo, a su lucha y a los que hablen en su nombre, y por su táctica predominantemente defen­siva- y la crítica sin concesiones de la tentativa actual de adaptación capi­talista, ligando su suerte a los actos proletarios radicales -que no tardarán en ser abundantes tras la decepción inevitable que sucederá a las eleccio­nes- y a su porvenir, debe aceptar compartir el aislamiento presente de los mismos. En el momento en que todos los traficantes de ideas muertas "salen de la clandestinidad" para apresurarse a coger un stand en el espec­táculo político y cultural, esta crítica halla su medio de existencia en la nueva clandestinidad de la vida real, sin expresión oficial, donde se esbo­zan nuevas prácticas y nuevos gestos de rechazo. De este modo prepara, más allá de las ilusiones transitorias, el terreno en el que van a encontra­se todos los que, sintiendo ya la necesidad de la verdad, buscan los medios de imponerla prácticamente. En primera fila de estos medios se encuentra el lenguaje crítico autónomo, sin el cual la revolución no puede comprenderse a sí misma sin mediación ideológica, ni nombrar a sus ene­migos. Hay que terminar con la tradición obrerista que ha pesado dema­siado tiempo en el movimiento revolucionario español, su anti-intelec­tualismo. El rechazo de la actividad teórica justificado por la ideología mas o menos disfrazada de ausencia de ideas, y que hoy le vuelve en forma de un sindicalismo sin nombre, sirviendo a los intelectuales obreristas y a los obreros intelectualistas, es tanto más criminal cuanto que hoy cuenta ante todo la conciencia de lo necesario, y las armas de la crí­tica acompañan a la crítica de las armas.

Aun más inmediatamente peligrosos son los burócratas de los sin­dicatos y partidos, quienes han tenido que tolerar la democracia obrera para ser ellos mismos tolerados por los trabajadores, sin poder asentar su sindicalismo. Ellos saben que tendrán que aplastar todas las manifesta­ciones de autonomía, so pena de ser ellos mismos aniquilados. El con­traataque ya ha comenzado sus calumnias, amenazas, delaciones y vio­lencias contra revolucionarios aislados. En adelante ya no se trata para los burócratas sólo de abandonar a los trabajadores radicales a la represión, sino de entregarles y reducirles al silencio sea cual sea el medio emplea­do. La autodefensa contra toda la policía y servicio de orden del color que sea está a la orden del día. Y la sentencia de las barricadas de mayo del 37 también: la revolución no ha hecho hasta aquí más que transformar el estalinismo y sus aliados. Hoy se trata de destruirlos.


Compañeros,

Las armas que sirven para la defensa de los trabajadores en tanto que asalariados serán las últimas armas de defensa del trabajo asalariado. Y para que el proletariado pase a la ofensiva con su método de guerra específico debe lograr su autonomía, separándose de todo lo que le une al viejo mundo: la lucha de conquista exige armas de conquista.

¡ABAJO LOS SINDICATOS Y LOS PARTIDOS!
¡ABAJO LA SOCIEDAD DE CLASES!
¡VIVA EL MOVIMIENTO DE LAS ASAMBLEAS!
¡VIVAN LOS PIQUETES!
¡VIVA EL PODER ABSOLUTO DE LOS CONSEJOS OBREROS!

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