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jueves, 21 de octubre de 2010

La acción como una de tantas ilusiones

Nota editorial de Maldeojo # 2 (junio 2001)

por Maldeojo

* * *

El primer número de Maldeojo, aparecido el año pasado, se anunciaba como "cuaderno de crítica y acción social". Sin embargo, al reproducir el texto de José Manuel Rojo "Tiempo de carnaval", el periódico CNT calificaba la fuente de "cuaderno de crítica social", sólo. Puede que la inexactitud de la cita no esconda ninguna intencionalidad, y que se deba simplemente a un descuido de transcriptor, pero la corrección resulta tan acertada, y tiene en todo caso tanto sentido, que somos llevados a pensar que pueda no tratarse de una transcripción, sino de un desvío crítico, como un papelito amarillo que dijese: de acuerdo, he aquí un texto que merece ser leído y comentado por más de quinientas personas, pero a fin de cuentas no deja de ser un texto, y por exasperadamente crítico que sea la acción es otra cosa.

Efectivamente, aunque la experiencia espectacular esté vaciando cada vez más el contenido de nuestros actos y llevándonos a todos a preocuparnos más por representar algo que por significar gran cosa, no podemos poner al mismo nivel una huelga laboral y la santa indignación de un columnista, un programa de inserción de la marginalidad, un atentado, una de las doscientasmil firmas o un tartazo al delegado americano en la Cumbre del Clima. Tras el agotamiento de las falsas expectativas de desarrollo global del Capitalismo Mundial y la evidencia creciente de la imposibilidad de frenar sus efectos nocivos mediante la articulación de respuestas reformistas que comparten en el fondo su lógica y se ven arrastradas por él, la falsa conciencia encuentra ahora en el "compromiso" y en ciertas formas tipificadas de "lucha" su paz interior y su consuelo. Vuelve a valorarse el "trasfondo social" de las "producciones culturales", el estilo "militante" que ya no encuentra dónde militar, la reivindicación barata que expresa con su platitud la incapacidad para procesar la complejidad de lo real, el romanticismo pijo... Este inmovilismo factual hecho de pequeños "transportes" sin dirección ni objetivo lleva a algunos a tomar la "dictadura de lo real" por su propia cuenta, tomando por tal realidad sus propios temores y hundiéndose simplemente con ella en su negativa a mantenerla a flote.

Esto que podemos llamar ideología de la acción, o simplemente activismo, tiene expresiones tan dispares como las indicadas más arriba, lo que hace seguramente discutible su categorización genérica, así como la comprensión inmediata de las relaciones específicas que dicha ideología mantiene con cada uno de los patrones en que se manifiesta, a veces bastante enfrentados entre sí. Ninguna ideología resulta por otra parte comprensible de esta manera: el contenido de la ideología no resulta evidente a partir de su forma realizada. Por otra parte, no habrá pasado inadvertida la paradoja que parece entrañar la formulación de una "ideología de la acción", toda vez que la condición de toda ideología parecía ser su desvinculación con la praxis. No obstante, esta aceptación acrítica de la pureza de los conceptos y de la existencia de oposiciones no dialécticas entre ellos contiene en sí más ideología que cualquier desarrollo "simplemente teórico" de los mismos. No resulta fácil decir en qué momento una acción concreta se "ideologiza" ni cómo se "ponen en práctica" las ideas. Ya sabemos que no hay acción que no parta de presupuestos ideológicos ni ideas que no busquen su realización con más o menos fortuna una vez que se formulan. Este mismo texto es consciente de ser una determinada acción teórica, y no pretende por tanto dictar los contenidos de la acción misma, ni aspira a sustituirla. Tampoco juzga las motivaciones de los agentes de cada acción concreta ni establece las condiciones de la acción eficaz. Trata simplemente de poner de manifiesto y de desmontar una de las figuras ideológicas que mejor se corresponden con la época de la realización acabada de la ideología.

El mejor ejemplo nos lo proporciona la llamada "acción humanitaria" y toda la corriente de voluntarismo juvenil y onegeísmo que la acompañó en los noventa. Sin cuestionar aquí la necesidad de dispositivos que palíen el sufrimiento que acompaña a las numerosas catástrofes naturales (muchas veces asociadas a la explotación incontrolada de los recursos limitados del planeta) y a los conflictos bélicos (provocados siempre por choques de intereses entre los poderes que se disputan el control de esa explotación), es obvio que la acción humanitaria no es hoy el paradigma de ningún tipo de oposición eficaz a un sistema para el que la vida humana no es más que el recurso a explotar por excelencia. Si alguna vez supuso una heroica práctica alternativa a las condicionadas por la lógica del beneficio capitalista, hoy se integra funcionalmente en los complejos dispositivos que la sustentan. Si en algún punto comporta un auténtico "humanismo" preocupado por resolver las cuestiones inmediatas que se presentan aquí y allá, su concreción institucional sigue alimentando y legitimando un sistema depredador que ha aprendido a sacar provecho de las esperanzas de unos y de las ilusiones de otros.

Cuando no es directamente promovida desde arriba por los estados y ejecutada por los propios ejércitos, la acción humanitaria no tiene más remedio que funcionar como cualquier empresa al uso. Para ser "operativa" en el contexto capitalista, una acción humanitaria de la envergadura que reclama, por ejemplo, un éxodo de refugiados de una guerra, necesita movilizar gran cantidad de recursos y disponer de una organización concentrada que los gestione y haga de mediadora. Una vez institucionalizada, la "organización humanitaria" desarrollará intereses propios y su propia existencia se vinculará de hecho al mantenimiento del problema que pretende resolver. El móvil humanitario se convertirá en la ideología de una "gestión realista" de los males y los remedios. Por su parte, el público espectador podrá llamar "acción humanitaria" a una transferencia bancaria, y seguir identificándose con "los buenos" en la continuación del drama humano que el televisor programa ante sus ojos cada día a la misma hora. Finalmente, la ideología de la acción humanitaria así constituída podrá servir de reclamo publicitario de cigarrillos y refrescos, cuando no de coartada para el surgimiento de entidades humanitarias fantomáticas con explícitos fines empresariales o con fines encubiertos al servicio de grandes poderes.

Otro ejemplo contemporáneo de acción adjetivada (es decir, convertida en sustantivo, en sustancia consumible y participable) es el caso de la llamada "acción estética". Venida de los territorios del arte como una de las formas de superación efectiva de sus límites y de reintegración del juego al mundo vivido, este rábano emancipatorio ha sido nuevamente cogido por las hojas de una estéril vanguardia y hervido en el mismo caldo de cultura insustancial que sus progenitores dadaístas. La conmoción del arte vuelve a transfigurarse en arte de la conmoción. Cuando los artistas plantan su chiringuito en la feria de la acción simbólica no pretenden dejar de serlo, sino serlo más que todos sus contemporáneos: no van a ninguna parte, sólo huyen de sí mismos. Y cuando los movimientos sociales atraen con pantomimas la curiosidad de las cámaras no están rompiendo con el pasivismo y la contemplación: lo hacen para ser contemplados.

Este "modo de acción" se entiende como "participación" en el discurso social que hoy toma forma en los medios. Considera, o bien que es posible intervenir en la construcción de ese discurso a través del espectáculo, o bien que resulta imposible hacerlo si no es a través de él, al haber invadido el espectáculo el mundo real y abolido en él todo criterio de verdad y falsedad. No creemos que resulte renunciable la referencia a toda verdad, por más que esta verdad se encuentre siempre suspendida en su representación. En cuanto a la posibilidad de intervenir a través del espectáculo, de agenciarse sus dinámicas y de subvertirlo en un sentido emancipador, están expuestas a un debate más complejo. No puede desestimarse por principio, pero tampoco debe ser celebrada acríticamente. Participar en la lógica del espectáculo con contenidos positivos (reivindicaciones, exposición de puntos de vista alternativos, producciones "críticas") entraña la ingenuidad de tomar el espectáculo por lo que dice ser: un reflejo objetivo de la realidad, un marco neutral donde se despliega el sentido como síntesis de los lenguajes que pugnan por hacerse comunes, por comunicarse. Hacerlo con sus propias armas, llevando su mistificación aún más lejos para colapsarlo, puede acentuar mínimamente el proceso de su descomposición irremediable, plantearle retos siempre más duros, pero los alfilerazos en los tobillos no alcanzan nunca el corazón de la bestia y nada sugiere que no puedan ser transformados en un efecto espectacular más, digno de ser contemplado y celebrado en un momento en que los "efectos especiales" ya no nos hacen levantar la vista del plato. Estos refrescantes "golpes de ingenio" no supondrán en última instancia sino la actualización de las figuras y los recursos del espectáculo, su adecuación a los tiempos en que el espectáculo autónomo, como antaño el arte autónomo, no puede hablar ya más que de su propia descomposición.

En realidad, quien pretenda infiltrarse en el espectáculo habrá de tener presente que lo hace en territorio enemigo. La lógica de los medios se inclina siempre del lado de su concentración, es decir del poder y de la dominación. La repetición condicionante de consignas vacías se impone sobre la dimensión cualitativa del lenguaje, entierra su profundidad y disuelve su sentido. Un medio de comunicación es equiparable a un arma de destrucción masiva de conciencia, y ante las modernas tecnologías del condicionamiento la guerrilla cultural no es más que un fenómeno marginal y anecdótico mantenido en gran medida por la necesidad de seguir vendiendo "cetmes". Y miedo. E ilusiones. Y sinsentido.

Idéntica suerte ha corrido la guerrilla telemática, el llamado "hack-tivismo", y por idénticas causas. Intervenciones puntuales y anecdóticas que pocas veces dañan significativamente la estructura del sistema producen el refuerzo de los dispositivos de control y seguridad (entre ellos las leyes que regulan el tráfico de información) y estimulan el desarrollo de una industria que vive de su propia obsolescencia, distanciando cada vez más al especialista de la programación, capaz de actualizar constantemente sus conocimientos, y al consumidor final, que la mayoría de las veces desconoce los códigos con que se relaciona con su propia máquina y no deja de percibir el "espacio público" que podría ser la red como un "territorio amenazado", y no tanto por la policía como por "gente imprevisible".

En realidad, estos ejemplos no son sino representaciones virtuales, farsas románticas en que la historia se repite a sí misma, del modelo de "acción armada" que hace tiempo mostró sus límites: necesidad de concentrar los recursos para oponer una mayor resistencia al enemigo y consecuente producción de estructuras rígidas y de modelos jerárquicos de decisión, sacrificio militante (y militar) a la Causa que pasa a justificar la vida y no a la inversa, héroes y mártires por todas partes, secretismo, infiltración, terror, una espiral de violencia y confusión que dinamita todo desarrollo positivo. En suma, afirmación del Poder en su propio terreno y sacrificio paradigmático de la vida a todas las instancias de la representación: la de una ideología que se acepta religiosamente y la de unos medios de confusión que someten a su propia lógica toda producción de eventos. El "espectáculo integrado" no es sino el espectáculo del terror.

Podemos aislar por tanto algunos rasgos que afectan de forma idéntica a las diferentes modalizaciones de la acción que hemos considerado aquí como expresiones diversas de una misma ideología: son espectaculares, es decir, concentran recursos e intereses, desarrollan ámbitos de producción separados, generan especialistas de la producción del sentido y cristalizan en instituciones que se reproducen al margen de aquello que las inspira; y son, además, espectaculistas, se hacen para el espectáculo, para ser consumidas en la contemplación productiva, subordinando todo contenido a la producción de imágenes.

Si esta ideología de la acción fuese el mero reflejo de la acción misma aún sería pura y simple "representación" de esa acción. Pero la determinación ideológica no reside en aquello que simplemente expresa, sino en lo que oculta o presupone. El concepto de "acción" ha sido un valor en constante alza a lo largo de la historia del capitalismo, y una consigna cada vez que su dinámica inerte ha topado con un límite. La acción es la panacea contra el "aburrimiento". Cuando el director de escena grita "¡acción!", la realidad queda en suspenso y los muertos se levantan de su tumba. Sin "acción", no hay espectáculo que valga la pena. En mitad del tedio y el vacío de la supervivencia cotidiana, la invocación a la acción atrae la mirada tanto como la luz parpadeante del móvil en una habitación a oscuras. Fueron "hombres de acción" los primeros emprendedores del naciente capitalismo, y hoy es la "iniciativa" de los "ejecutivos" y los "creativos" la que sostiene sus cimientos. Así que no resulta extraño que su fuente de valor sea un flujo constante de "acciones". El futurismo nació para convertirse inmediatamente en ideología de la tecnología y exaltación de la guerra. El Do It Yourself, el flujo alternativo de comunicación, deriva fácilmente en territorio de conquista, abre nuevos ámbitos de explotación, produce imágenes de reconocimiento. You Can Do It!, es decir: ¡hazlo! Detrás de la ideología de la acción existe, además de un proyecto de transformación de las condiciones de vida, una ideología de la "productividad" camuflada y un positivismo necio que busca el "éxito" a través de la "competencia".

En un mundo donde la acción es un valor del poder, ¡hay que ser "marchoso"! Más invocada y suscitada cuanto más agotados se encuentran sus principios (hoy más que ayer), la acción que propugna esta ideología es el fundamento del espectáculo. El espectáculo es el "concepto" de la acción. No sólo porque vive esencialmente para representarla (es decir, no sólo porque ella es espectacular), sino porque en ella reside su principio generador espectaculista: la disponibilidad con que el mundo se nos entrega, la obscenidad con que se humilla ante nuestras miradas pudientes, la ilusión de operatividad que nos proporcionan nuestros "medios". El espectáculo no es falso porque cuente mentiras: es la mentira fundamental. Transforma todo movimiento en movida y divide el principio de la acción en mil pequeñas actividades.

¿Qué "hacemos" entonces? No se trata de fomentar el pasivismo y la inacción, ya bastante extendidos. La acción es principio y consecuencia de la condición humana: a través de ella trascendemos nuestras limitaciones y buscamos siempre convertir nuestro desarraigo en autonomía. Es también la acción la que sacraliza los momentos y los fija a la memoria eternizándolos: la experiencia se nutre de la acción. Sin la acción, el tiempo sería una secuencia uniforme del mismo segundo. Cuando dejamos de actuar, envejecemos. De forma que en la acción misma, más incluso que en sus resultados, se encuentra la salvación que se busca en éstos. Lo que aquí denunciamos es precisamente la expropiación de esa acción en el mundo moderno e hiperburocratizado, la destrucción de todos sus puntos de referencia y su conversión en figura. Se trata entonces de volver a plantearse, en un mundo que ha hecho de ella fetiche, cuáles son sus auténticas condiciones de posibilidad, y cómo puede "reactivarse" la acción.

Cuando todo se mueve por inercia, con velocidad uniformemente acelerada, hacia la nada o hacia metas que definitivamente se nos escapan, la acción que se pretende autónoma y propugna la autonomía no consiste en ir más deprisa que ese movimiento, sino acaso en saber detenerse y contemplarlo con ojos desengañados (puede que incluso en poner zancadillas a los que corren demasiado). Puesto que se ha vuelto tan barata, es preciso problematizar la acción y restaurar su valor. Toda acción supone decisión, aplicación de principios y de objetivos, y una y otros se encuentran ausentes cuando la pura acción se convierte doctrina, en criterio y en programa. Tanto da que se la invoque en un spot televisivo o en los voluntariosos reproches de quienes se encuentran cómodos actuando.

Problematizar la acción significa hoy darle sentido y profundidad. En el desarrollo de la capacidad crítica se da también un momento contemplativo sobre el que hoy se pasa pronto de largo: es una acción poco evidente y nada productiva, pues su objetivo no es arrebatar al espectador, ni tampoco entusiasmarlo. Pero sin él, el contenido de la acción no cristaliza ni desprende ningún efecto efectivo. Al igual que el arte ha dejado de tener sentido en una época que lo ha visto realizarse en el mundo estetizado de la mercancía, desplazándose el peso de la producción de sentido del creador al receptor o intérprete (es decir, a la gente común, puesto que el problema no reside hoy en conformar un mundo de imágenes, sino en insuflar de nuevo vida a un mundo convertido en imagen), la producción social de acontecimientos ha de ser hoy constantemente desenmascarada por la crítica de los intereses que en ella se escenifican.

Por otra parte, si el planteamiento de toda acción comporta en sí mismo un componente de dominación que objetiva e instrumentaliza su objeto, habrá que tener presente que toda acción es a un tiempo interacción con un medio natural y humano, y desarrollar esa interacción con el entorno y con los demás agentes de forma constructiva. Habrá que entender esa acción menos como producción de enunciados que como un diálogo en el que saber escuchar (sin resentimiento, sin asentimiento) es tan importante como poder hablar. Habrá que atender a lo negativo, a lo pequeño, a lo cercano: ceñir el alcance de nuestra acción a dimensiones humanas no supone una renuncia, sino el reconocimiento y la aceptación de aquello mismo que defendemos. Es comprender que toda acción que no es directa no es en último término sino representación, y que como tal se proyectan intereses concretos en ella y se suscitan a través de ella ilusiones vanas.

Luchar no es lanzar apuestas inútiles ni brillar en la cima de la revuelta, sino construir desde la base, en contextos liberados de las rutinas capitalistas de producción de valor, valores que podamos compartir y que den profundidad a nuestras acciones. Todo ello supone una percepción completamente diferente de las relaciones. Sólo una comprensión del mundo sobre bases distintas permitiría construirlo sobre bases distintas.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Si hay algo que hace reír cuando se habla de revolu­ción, es evidentemente porque el movimiento revolucio­nario organizado desapareció hace tiempo en los países modernos, donde se concentran precisamente las posi­bilidades de una transformación decisiva de la sociedad. Pero el resto es mucho más irrisorio todavía, puesto que se trata de lo existente y de las diversas formas de su aceptación. El término "revolucionario" está despresti­giado hasta el punto de designar en la publicidad los cambios mínimos en los detalles de la producción incesantamente modificada de mercancías, porque expresan todavía en ninguna parte las posibilidades de un cambio central deseable. El proyecto revolucionario de nuestros días comparece como acusado ante la histo­ria: se le acusa de haber fracasado, de haber producido una nueva alienación. Esto vuelve a constatarnos que la sociedad dominante ha sabido defenderse, en todos los planos de la realidad, mucho mejor de lo que preve­ían los revolucionarios. No es que se haya vuelto más aceptable. Lo que pasa es que hay que reinventar la revolución. [Internationale Situationniste # 1, extracto publicado en Maldeojo # 1]

martes, 19 de octubre de 2010

Tiempo de carnaval

por José Manuel Rojo
publicado en Maldeojo # 1 (2000)


* * *

Hay una pesadilla que ronda detrás de cada teoría revolucionaria y de cada acto que se pretende radical, que lo debilita e incluso a veces paraliza, y no sin razón. Es la ame­naza de la recuperación de las ideas y movimientos revolu­cionarios por parte del mismo poder que se quiere destruir. Conocemos las constantes históricas de esta recuperación, que se vienen repitiendo desde 1789. Se puede intentar com­prar a los líderes (autoproclamados o no) de la subversión, o mejor cooptarlos abriéndoles un hueco en la élite dominan­te, que además así se regenera. Esta técnica, grosera donde las haya, puede mejorarse asumiendo algunos aspectos del programa revolucionario adulterando o reprimiendo el resto, desactivando así su peligro; se conoce sin duda esa interac­ción siniestra entre el capitalismo y las fuerzas que sucesi­vamente lo han negado, de tal forma que las conquistas que le han sido arrancadas son digeridas y reconducidas hacia un nuevo fortalecimiento y modernización de su maquinaria. Finalmente, un procedimnto más lento y menos llamativo, pero más sutil y seguramente más eficaz: la asunción y glo­rificación del pensamiento y la vida de los principales teóri­cos y activistas del movimiento revolucionario, una vez que han muerto o han claudicado, y desde luego una vez que ha pasado el tiempo suficiente para que sean inofensivos. La reconversión de los viejos enemigos en estrellas de la indus­tria cultural no sólo da réditos políticos y económicos evi­dentes, sino que consagra al sistema con una oportuna páti­na de liberalismo y tolerancia.

La amenaza de la recuperación, siempre presente, se ha multiplicado en los últimos tiempos, de tal forma que parece que ya desde el principio, desde el primer momento en que la palabra sacrílega se pronuncia o el acto de rebelión se comete, ya están recuperados; como si todo aquello que se va a emprender contra el sistema ya se conociera y tuviera su respuesta, su antídoto. No cabe duda de que la publicidad, y los todopoderosos medios de comunicación con los que dispone, cumple un papel fundamental en esta recuperación contemporánea. Su propia desmesura, la concentración exa­gerada de capital y tecnología que la publicidad tiene a su disposición, así como el papel reconocido de apostolado reli­gioso del capitalismo (incluyendo estilos de vida y códigos morales de conducta), dan una dimensión aún más inquie­tante y ominosa, a su potencial recuperador, difuso, anóni­mo, invisible e implacable. (1)

Algunas técnicas publicitarias de recuperación son por supuesto obvias y pueden hacer sonreír; la utilización de ciertos movimientos sociales (hippies, punks, minorías étni­cas, homosexuales, feministas...) como protagonistas ama­bles o bufonescos de los anuncios, normalizándoles por la vía de la falsa complicidad o del ridículo real. 0 convirtién­dolos en rentables sectores de mercado a los que atraer (inte­gración mediante el consumo, único melting polt permitido). Se ha observado también cómo la publicidad utiliza ciertas técnicas o procedimientos usurpados directamente de movi­mientos artísticos o culturales revolucionarios: así, el colla­ge surrealista, o la detournament situacionista, copiados y vaciados de sentido hasta la exasperación, quedan integrados en el catálogo de las imágenes ya vistas, y quedan desacti­vadas como posibles armas de lucha.

Pero hay otros métodos recuperadores, más nuevos y peligrosos, que tal vez sería provechoso analizar, de una forma evidentemente provisional, precaria, sin ninguna intención de agotar un tema inagotable o de elegir los ejem­plos más idóneos. Se trata de una publicidad que se hace su propia autocrítica, que incorpora en el anuncio pequeñas (o grandes) dosis del análisis y de la denuncia de su misma ide­ología que proponen los movimientos radicales, configurán­dose así una especie de anticuerpo o vacuna que neutraliza ya de entrada la eficacia de la crítica de esos movimientos. Por otra parte, asistimos también a la recuperación de algu­nas de las demandas revolucionarias más atrevidas, que son apreciadas en su justa medida por el capital, y por lo tanto transformadas en nuevos productos y nuevas formas de pro­paganda por un sistema que parece capaz de deglutir todos los ataques y todas las reivindicaciones, tal vez porque ya no se hace ninguna ilusión sobre la bondad de su verdadera naturaleza. En ambos casos, el efecto buscado se combina con una estética no sólo bella o imaginativa sino también irónica, festiva, autocomplaciente y descarada, como cele­brando el hecho de que, en fin, el capitalismo es tan fuerte, tan sin enemigos aparentes, que se permite autoparodiarse y desvelar, sin tapujos ni hipocresía, sus mentiras y manipula­ciones. Hay un exhibicionismo impúdico, un cinismo brutal que es propio del que ha vencido y lo sabe. El capitalismo se puede permitir el lujo entonces de desnudarse él mismo ante nosotros, de reconocer que su traje es pura ilusión, que está desnudo, y esto con nuestros propios argumentos, que admi­te y hasta propaga con una alegría no sabemos si temeraria. El resultado es que demuestra su fuerza a la vez que inevita­blemente nos desarma. Hay un ejemplo que puede servir de introducción, relativamente nuevo pero ya canónico. El desarrollo de un tópico anuncio de automóviles es interrum­pido de repente, apareciendo un grupo de jóvenes que se entregan a un riguroso análisis de las trampas y estrategias del mercado: "Qué es lo que te gusta, el coche o el anun­cio'?".

Entrando más en detalle, se sabe por ejemplo que algunos movimientos, como el Surrealismo o la Internacional Situacionista, han llevado a cabo una crítica del lenguaje y del objeto que en general ha pasado desaper­cibida, o cuando menos incomprendida. Se considera así, desde Mallarmé, que el lenguaje ya no puede nombrar el mundo, que es ineficaz como medio de comunicación, ante todo porque ha sido reducido a unas dimensiones exclusi­vamente instrumentales en un mundo que está también cosi­ficado. De ahí la escritura automática, intento de ir hasta la fuente de un lenguaje en estado puro, o los experimentos dadás y letristas para construir otro completamente nuevo. En uno y otro caso, se trataba de que el ser humano sea capaz de pronunciar nuevas palabras, nuevos sentidos que tarde o temprano se harán realidad, y que serán la base de un nuevo diálogo. En el caso del objeto, también desde el Simbolismo se constata una "crisis del objeto", o de la relación del hom­bre con los objetos, los productos, las mercancías de la industrialización, que se reproducen hasta el infinito iguales a sí mismas hasta perder cualquier relación afectiva, imagi­naria o simbólica con su supuesto dueño, al que además se le imponen: son "apariencias de cosas, simulacros de vida", en palabras de Rilke. Pero no se puede afirmar que estas teorí­as hayan tenido un eco excesivo en su único destinatario posible, el movimiento obrero revolucionario. En general, han sido ignoradas, o entendidas como ideas absurdas, el¡­tistas, esotéricas o "artísticas". Sin embargo, la publicidad, máximo exponente de la devaluación del lenguaje y del objeto, las asume y utiliza, porque sabe que nacen de la experiencia de angustias reales, auténticas, de las que como de todo siempre se puede sacar partido. Así, en un anuncio de automóviles, el protagonista se ve incapaz de explicar con palabras qué es un automóvil, equiparándolo a lo no comu­nicable (el amor, la paternidad...), reconociendo como si fuera el mismísimo Lord Chandos de Hoffmansthal que el lenguaje fracasa ante las experiencias inefables. Pero otro anuncio va más lejos: todo es en realidad explicable, la esen­cia del coche, no. En cuanto al objeto, la publicidad nos des­cubría que los artilugios del consumo nos son hostiles, y que necesitábamos "objetos que nos amen", humanizados... como un televisor.

Hay sin duda ejemplos mucho más concretos. Es casi un tópico hablar de la emancipación de la economía, que no responde ya a las necesidades de una población que por otra parte nunca ha tenido ninguna capacidad de control o deci­sión sobre el desarrollo de la misma. Para qué insistir, si una campaña publicitaria de una caja de ahorros presentaba a unos clientes que no sabían que su dinero se estaba utilizan­do en unas supuestas "obras filantrópicas", a su espalda, sin su consentimiento, tráfico financiero del que encima estaban obligados a sentirse orgullosos. Así se reconoce y se exalta con desfachatez la ignorancia y la impotencia del ciudadano empequeñecido y aislado ante los movimientos incompren­sibles de una economía que tiene unas dimensiones y una lógica sobrehumanas. Un cinismo parecido nos aturde en un anuncio más reciente, que admite que de lo que se trata es de engañar al consumidor, y sobre todo al joven: "venderle la moto", Y lo proclaman con un estilo agresivo, provocador, como guiñando el ojo a ese sector de mercado al que se quie­re hacer cómplice de su propia esclavitud. Ya no se sabe muy bien qué decir entonces contra el consumismo, si la denun­cia de sus estratagemas es utilizada a su favor, como una nueva mercadotecnia.

Este proceso de desnaturalización ha contaminado también a otros puntos fuertes de la crítica revolucionaria, que ve así cómo se emplean sus propias armas contra sí misma. Por ejemplo, se ha insistido hasta la saciedad en la producción espectacular de falsas polémicas entre alternati­vas perfectamente intercambiables, que justificarían tanto el juego aparentemente democrático como la organización del consumo y la soberanía del consumidor. Vaneigem podía desvelarnos (como quien desvela y profana el tabernáculo sagrado) que "el poder presiona a cada uno para que esté a favor o en contra de B.B., la noveau roman, el 2CV, los spaghetti, el mescal, las faldas cortas, la ONU, las antiguas civilizaciones, la nacionalización, la guerra termonuclear, y el autostop"; pues bien , hoy tenemos un anuncio que se hace cargo de tan demoledor ataque, y lo utiliza para hacer una parodia tanto de la rivalidad espectacular como de su crítica, a la que deja herida de muerte, reducida al absurdo por el procedimiento de la saturación y de la redundancia. El spot presenta dos sabores de la misma marca de refrescos, naran­ja y limón, ante los que la población se divide al 50%, en bandos irreconciliables, puesto hay que tomar partido por uno de ellos so pena de verse marginado por la humanidad entera ("¿Y tú de quien eres?". De mi amo, claro...). Esta "caricatura de los antagonismos" es eso, caricatura: la muchedumbre enfervorecida reacciona cual perro de Pavlov al cambio de un semáforo, aplaudiendo su "sabor favorito". En la misma línea, el personaje de otro anuncio, especial­mente imbécil, vive inmerso en una eterna duda que le impi­de tomar la más mínima decisión. Consciente de su debili­dad mental, una voz en off le tranquiliza (nos tranquiliza) recordándole que "tiene tiempo" para elegir. Aquí, la paro­dia de la falsa elección llega a su cima, ya que los dilemas que atormentan al protagonista llegan, premeditadamente sin duda, hasta el ridículo más bochornoso: elegir entre carne y pescado, entre dos corbatas, entre dos pares de zapa­tos, entre... ¿Se trataría entonces de una infiltración situacio­nista, de una trampa de Luther Blisset, de una conspiración de radicales que denuncian los códigos estéticos e ideológi­cos del enemigo? No, es otro anuncio de automóviles.

En relación estrecha con el debate de las polémicas falsas, se extiende el problema más general de la partici­pación, del déficit de participación real de los hombres y mujeres en todos los órdenes de la realidad, y de la negación del libre diálogo social que lo haría posible. Como conse­cuencia lógica, vivimos dominados por la ideología de la falsa participación, que se hace cada vez más fuerte con las nuevas tecnologías. No hay ejemplo mejor que un recientí­simo anuncio de teléfonos, que perpetra la crítica rigurosa de la falta de participación y la superación de la misma mediante la exaltación de la participación falsa del consumo. Ante un auditorio mudo y sumiso, un personaje que repre­senta la autoridad (anciano, varón, blanco, vestido como un gran burgués) ejecuta un discurso ininteligible de tintes hitlerianos, hasta que un "rebelde" joven, amable, vestido de forma desenfadada) le desafía y ofrece a la masa el nuevo fuego de los dioses: infinidad de teléfonos para que, por una vez, no sólo escuchemos sino que también "tomemos la palabra". Para qué y de qué cosas vamos a hablar, y con qué consecuencias prácticas, eso ya no nos lo dicen, quizás por­que el verdadero vacío no resulta telegénico.

Pero no basta con la tergiversación de las teorías de aquellos que impugnan el orden dominante. ¿Por qué no ir un poco más lejos, apropiándose no sólo de su pensamiento sino de sus propias acciones, y mejor aún, convertirlos en fantoches guiñolescos de la publicidad que tanto odian y combaten? La campaña (muy ingeniosa por cierto) de una marca de todoterrenos explora las posibilidades de este terri­torio, todavía virgen. Primero, contemplamos un mundo dominado por la mercancía, pesadillesco, en el que "todos" tendrán el mismo modelo de coche, circulando como zom­bies por una naturaleza devastada, propia de una película de Mad Max: es decir, el diagnóstico exacto que los grupos revolucionarios hacen de la realidad social, y sobre todo de su futuro. Y ahí tenemos a los revolucionarios, en el propio anuncio, presentados como obsesos recalcitrantes, viviendo en la clandestinidad del underground como desdichados oku­pas olvidados por todos, convertidos en despojos humanos, tarados, deformes, posesos e iluminados que se resisten patéticamente, y sin ninguna posibilidad por supuesto, a la marcha invencible del Progreso. En uno de los spots, esta curiosa parada de los monstruos antagonistas secuestra, pre­cisamente, a los otros personajes de la misma campaña publicitaria, ¡incluso de otras diferentes! Ejercicio autore­ferencial (y por lo tanto artístico) que pone en evidencia el alto nivel de reflexión de los creadores del anuncio, que no ignoran que la crítica que se pretende esterilizar se ejerce a la vez contra la mercancía y contra la publicidad fetichista de esa mercancía. No hace falta insistir por otro lado en que la comicidad ridícula de los "rebeldes" bebe de una fuente emponzoñada: la película Acción Mutante, todo un manual de confusionismo y de creación de estereotipos risibles e inofensivos.

Si pasamos de la astracanada a la tragedia, nos encon­traremos con un modelo de manipulación más serio, y tal vez más peligroso. Un anuncio de teléfonos nos mostraba a un simpático caradura que se paseaba por un supermercado, probando los productos, coqueteando las mercancías, curio­seando todo lo que encontraba a su paso, sin pagar ni com­prar nada, abandonándolo desdeñoso como un aristócrata en un festín cortesano o un buen salvaje en un potlach. La excu­sa de tan extraño comportamiento es algo con lo que todos estaríamos de acuerdo: antes de comprar, se debería tener permiso de probar la calidad del producto. Pero este argu­mento banal tiene una cara oscura que posiblemente pase desapercibida a muchos: lo que aquí se representa no es sino una táctica que estan ensayando los grupos radicales, es decir, el saqueo de supermercados como acción simbólica contra la pervivencia injustificable de la idea de la propiedad privada, que condena al hambre y a la dependencia del tra­bajo a la mayoría de las personas, etc. Pero la eficacia de esta acción queda en entredicho desde que es simulada en un anuncio. La próxima vez que se lleve a cabo, quedará irre­mediablemente devaluada entre aquellos que la presencien (y a los que se supone que va dirigida) por el recuerdo del spot. Así, la publicidad se asegura tanto una idea original, nueva, que atraerá a los espectadores, como la neutralización del acto y del significado reales que están tras esa idea y que la justifican en su peligrosidad.

Por último y como resumen, podríamos observar cómo el núcleo principal del análisis revolucionario más acertado, la transformación de la vida en una supervivencia en la que las experiencias y las pasiones reales son reducidas a simulacros, se ve también asumido y sometido por la publicidad. Y no podía ser de otra forma, en cuanto que supone la crítica principal, la impugnación a la totalidad del sistema de dominación, y el rechazo primero y espontáneo a la manifestación más sensible y cotidiana de ese dominio. Y así vemos cómo proliferan los anuncios que de una u otra forma se refieren a la crisis de la supervivencia, que no la discuten, que la aceptan como parte constitutiva del sistema, normalizándola en fin, haciéndola más familiar, más sopor­table que si se intentara ocultar o disfrazar su existencia. Los ejemplos abundan. Un anuncio de consolas presentaba a personas de diferente condición, edad, sexo, raza, que desfi­laban en poses heroicas proclamando que ellos "sí podían decir que han vivido"...por poderes, gracias al juego de orde­nador. Despues de esto, ¿cómo hacer una crítica efectiva del espectáculo y de la vida delegada? Pero la misma marca ha puesto en circulación otro spot, muy hermoso y muy triste, en el que insiste sobre la misma idea. Una joven de rasgos orientales se queja de la pasividad a la que durante toda su (corta) vida ha estado sometida. Para ella, todos los logros de la Humanidad (subir montañas, llegar a la Luna...) no sig­nifican nada si no puede experimentarlos directamente, si sólo accede a ellos como espectáculos destinados a sobreco­gerla, y por lo tanto a anularla. "¿Y qué me importa, si yo no he salido de mi barrio?"; tras su protesta clarividente, late la necesidad de una vida apasionante que supere el aburri­miento y la pasividad. Al final, la joven presume de haber encontrado la llave que abrirá su prisión: nada menos que la "riqueza mental". Que esta conmovedora heroína sea una mera imagen de ordenador, y que la salida a la pasividad sea entregarse a una pasividad aún mayor y definitiva (los vide­ojuegos como simulacro de las vivencias que nos están vedadas, desde ahora y para siempre), no sólo es atroz, sino que tiñe el anuncio de una involuntaria poesía, de una belle­za melancólica y crepuscular.

Claro que también se pueden invertir los términos para llegar a un fin equivalente. No, los actos de placer y entusiasmo de la vida real no se encuentran en la televisión ni en los juegos de ordenador: están "ahí fuera", mientras que, como se burla un anuncio reciente, aquellos que se resignan a permanecer sentados en el plató de sus casas cableadas, atentos al espectáculo, momificados con un lien­zo de bandas anchas, se conforman tan sólo con su aburrido reflejo ("sabes lo que otros hacen mientras que tú ves la televisión? Vivir"). Pero semejante tesis debería ser (ha sido, es) una consigna revolucionaria, no una ocurrencia de la publicidad, que se vería condenada a la ruina (y con ella todo lo demás) desde el instante en que la población se tomara al pie de la letra tan perturbadora invitación. He aquí las ventajas de la medicina preventiva, aplicada al campo de la lucha social: la administración cuidadosa en el circuito ideológico del sistema de pequeñas dosis del veneno del enemigo, de tal forma que se comporten como vacunas que hagan inocuas las infecciones futuras. No le matamos pero le hacemos más fuerte...

Pero el escarnio se prolonga mucho más allá de la realidad o no realidad de nuestras experiencias. Es la vida entera en su totalidad la que no nos pertenece, como se encargan de recordarnos los insidiosos anuncios de una lote­ría, que invitan al ciudadano a que "se gane una vida" pues­to que, efectivamente, lo que tiene ahora no lo es. Que el tra­bajo asalariado (y la existencia del mismo trabajo), que la falta de participación y la apatía organizada nos condenen a la supervivencia y nos prohíban el acceso a una vida digna de ser vivida, eso ya se ha dicho y es moneda corriente entre los movimientos revolucionarios desde los milenaristas de la Edad Media, si no antes; ya es más original que sea la publi­cidad, altiva y despreocupada, la que nos aclare uno de los subterfugios más decisivos del orden social y de sí misma. "Sé tú mismo, tú mismo", porque ahora no lo eres, sólo un rol que aceptar como trabajador y que adquirir como consu­midor. Y no será una casualidad que la protagonista de uno de los anuncios sea una conocida actriz, una artista, profe­sión que se asocia inmediatamente en el imaginario colecti­vo al disfrute de un estilo de vida puede que inseguro o mar­ginal, pero sin duda libre, original y emocionante. Y es toda­vía menos casual que se haya elegido a esa actriz, Nawja Nimri, prototipo de la vedette extravagante, fuera de la norma y de los convencionalismos, tanto por los papeles de sus películas como por su cuidada imagen pública. Su com­portamiento es justo lo contrario que el del ciudadano ven­cido: el rostro de la libertad se parece a ella en muchos sue­ños. Porque es verdad que no estamos vivos, que la verda­dera vida está ausente, evidencia desgarradora que de nin­guna manera indigna o preocupa a la ideología dominante, ansiosa por reconocer sus fallas para integrarlas como atrac­ciones en el sinuoso decorado del gran parte temático donde se representa la supervivencia aceptada y asumida como tal, pues todo tiene que tener y cumplir un papel, incluso la miseria que ya no hace falta esconder. No puede extrañar ya entonces que un portal de Internet se anuncie como "el lugar donde vas a poder ser". Promesa embriagadora que proclama el renacimiento del "verdadero yo" (sea eso lo que sea), trampa inevitable de una nueva frustración, no sólo porque ­ese supuesto despliegue de la auténtica personalidad sea vir­tual, sino porque lo que se exhibe en Internet tiene muy poca relación con las inquietudes, esperanzas y deseos verdaderos de la persona, sublimadas y suplantadas por medio de una ficción consoladora, como oportunamente sugieren los anuncios citados, en los que se presentan fantoches lamen­tables que dicen ser lo que no son. Estos mentirosos com­pulsivos han saltado de la pantalla de la televisión a las vallas publicitarias de calles y cunetas, como heraldos de una invasión extraterrestre, para confirmarnos que todo tiempo es ya el tiempo del Carnaval. Porque la operación de vaciamiento de las reivindicaciones más extremas del movi­miento revolucionario (la participación, la comunicación, la cooperación, el juego, la vida apasionante) no se detiene en la publicidad, en el campo de las ideas, sino que se extiende a la misma realidad social, a los nuevos métodos de explo­tación y dominación, donde encontramos su rastro difumi­nado, genéticamente alterado, como oportunos injertos que rejuvenecen el viejo tronco del árbol cuyo peso nos oprime. Hay entonces un movimiento que va de la publicidad al orden social por el que ésta acompaña, prepara y acostumbra a la población a la nueva gestión e intimidación econó­mica, de tal forma que carece de sentido preguntarse qué fenómeno se da en primer lugar, si la integración y desnatu­ralización de las ideas revolucionarias mediante la degluti­ción publicitaria, o la aplicación en la realidad de la parte más conveniente y menos peligrosa (y que mejor se adapta a los cambios tecnológicos) de las mismas.

¿Entonces no hay nada que decir? ¿Es mejor quizás permanecer en silencio, no materializar el pensamiento y la crítica, para evitar que se vea recuperada? Se ha dicho ya que lo único que consiguen los que luchan contra el sistema es perfeccionar el mecanismo de su propia dominación. Sin ir tan lejos, deberemos ser aun más conscientes del peligro de la recuperación. Lo primero que debería llamar nuestra atención es por qué son tan fácilmente recuperables unas ideas que, al fin y al cabo, se pretenden revolucionarias; o no lo son tanto, o el sistema es indestructible porque ha lle­gado a un grado tal de ductilidad que no ofrece una estruc­tura a la que atacar, como un monstruo de ciencia ficción, una Cosa, una masa de gelatina inteligente que todo lo devo­ra y que no se puede romper porque carece de eslabones fuertes sobre los que golpear. Pero entonces se convierte en una atmósfera omnipresente que tal vez llegue a hacerse irrespirable, de tal forma que la posibilidad de su desapari­ción se afirme por sí misma como algo urgente, como una necesidad ecológica que no tiene otra alternativa que la muerte de la especie. Y que no admite ninguna negociación más, ninguna transacción o reforma que dilate su final, por­que su mera existencia es ya para todos insoportable. Ya no tendrá nada que recuperar porque todo lo que toque, todo lo que provenga de sus manos de nuevo Rey Midas será abo­rrecido, maldito, contaminado. Por supuesto que no nos encontramos todavía en este estadio; puede que nunca lle­guemos a él, que nos engañemos de nuevo con una falsa esperanza. Pero hay atisbos, señales de una próxima satura­ción. Algunos anuncios son tan descarados, tan excesivos, que empiezan a provocar sobresaltos y movimientos reflejos defensivos en la sociedad anestesiada. Parece como si las viejas maldiciones pudieran todavía cumplirse; en su soberbia, en su apoteosis triunfal que le permite quitarse todas las máscaras y disfraces, quizás el capitalismo se ciegue y corra hacia su perdición, empujado tal vez por la ausencia de los dioses que ha matado y a los que ya no teme. Así, las pro­testas (todavía aisladas, separadas, incongruentes) contra ese anuncio que propone "vender a la madre" para poder comprar un coche, o contra aquel otro que muestra la subas­ta cruel que emprenden unos bomberos para vender al mejor postor la salvación a los desesperados inquilinos de una casa devorada por el fuego, ejemplos de la reducción del ser humano a mera mercancía, y como consecuencia, la des­trucción de cualquier vínculo o solidaridad comunitaria. Las reacciones a estos anuncios son todavía ingenuas (hemos podido leer en los periódicos protestas contra "la minusva­loración de la mujer" o "el desprestigio del esforzado cuer­po de bomberos"), pero denotan un estado de malestar, de cansancio, de agotamiento ante la intrusión de la economía en todos y cada uno de los ámbitos de la vida, de insatisfac­ción en suma, semilla de conflicto y germen de contestación en potencia. Sería muy conveniente y provechoso contribuir a que el desengaño se hiciese contagioso, para lo que en rea­lidad no se necesita ninguna crítica exhaustiva, formalizada, sobre esto o aquello, que corra peligro de ser recuperada; esta actividad, seguramente mediocre y deprimente pero necesaria, es también la única que tal vez esté hoy al alcan­ce de nuestras manos.


NOTAS

(1) Seguramente no es indispensable perder mucho tiem­po en recordar los métodos y técnicas utilizadas por la publicidad (y la ideología capitalista en general) para estar al día y bien infor­mada de las tendencias y debates de los grupos radicales. Aunque Courtney Love no sea quizás una autoridad en la materia del todo fiable, no se equivoca cuando observa que "Nike tiene cámaras de vídeo en los rave clubs, espían a los chicos y anotan todo lo que hacen, pueden meterse en el East Village y entrar a dos lesbianas, preguntarles ¿cual es vuestro grupo favorito, Propellerheads o Pussy Galore? ¿Qué drogas usáis? Heroína, éxtasis. Al final toda la información va a parar a Nike y maquinan cómo vendémoslo luego a nosotros" (
Mondo Sonoro nº 44, 1998). Y no sólo preguntan lo que les gusta, sino más aún lo que odian. No vale la pena detener­se tampoco en el conocido caso de los antiguos "activistas", hoy arribistas, que proporcionan al sistema toda su experiencia y todo su conocimiento de las teorías y formas de lucha de los movimien­tos revolucionarios. Ex-surrealistas, prositus... ponen al servicio del poder todo aquello que han aprendido y que, desafortunada­mente, ya nunca olvidarán. Sí se ha perdido en cambio, y es gran desgracia, el recuerdo de ciertas medidas de disciplina y de auto­protección contra los traidores, drásticas pero certeras. Los nihilis­tas rusos, por ejemplo...

domingo, 17 de octubre de 2010

"...el rostro vuelto hacia el pasado..."

Experiencia y memoria en la definición de las nuevas prácticas antagonistas

Editorial de la revista Maldeojo # 1 (junio 2000).

por Maldeojo

* * *
"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspec­to del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos mani­fiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irre­mediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas cre­cen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso". [Walter Benjamín, Tesis de filosofía de la historia]


La tesis de filosofía de la historia más conocida de Walter Benjamin mantiene intacto el mérito de iluminar nuestro presente. Puede ser incluso que lo haga ahora con más fuer­za que hace unos años, puesto que el movimiento de devas­tación de la profundidad histórica no ha hecho más que ampliarse. En efecto, a final de los años cincuenta los situa­cionistas podían todavía considerarse como "partidarios del olvido" y afirmar que todo aquello que tiende a permanecer colabora con la policía. Para ellos se trataba entonces de reinventar el proyecto revolucionario de una sociedad sin clases prácticamente desde cero (sólo debían salvarse las formas democráticas de organización del viejo movimiento obrero, como los consejos obreros, la "parte no vencida de un proyecto vencido"). En un contexto al menos igual de lúgubre que el nuestro, los situacionistas decidieron trans­formar radicalmente las formas de entender y hacer política. Los primeros números de su revista, editados ahora juntos por primera vez, atestiguan esa voluntad de acabar con el peso muerto del pasado para conferir todos sus derechos a la experimentación, la imaginación y los discursos utópicos. El proceso de maduración situacionista de la teoría revolucio­naria fue a la vez dinámico y coherente. La experimentación no se reducía, pues, a una mera yuxtaposición de ensayos caprichosos vividos en una irresponsabilidad galopante que permitía no dar cuentas de sus resultados, sino que respon­día más bien a la descripción que hacía Rimbaud del deve­nir vidente del poeta: "... por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos". Las experimentaciones situacionistas se inscribían, por tanto, en un marco general que determinaba finalmente su pertinencia. Por eso se puede decir correctamente que los situacionistas tenían un proyec­to. Como bien se explica en el prólogo a los primeros núme­ros de la I.S., las experimentaciones no quedaban simple­mente abandonadas cuando su resultado no era satisfactorio, sino que sus contenidos se actualizaban en formas superio­res. La fraseología hegeliana servía perfectamente para explicar este proceso unitario por el cual los deseos y exi­gencias que animaban las iniciativas (deriva, psicogeografia, etc.) se consevaban... suprimiéndose. También los situacio­nistas agotaron todos los venenos para no guardar de ellos sino las quintaesencias.

¿A qué venían esas investigaciones extravagantes tales como el desvío, la deriva o la psicogeografía? ¿Cuál era el contenido que podían aportar a una práctica política que pretendía la transformación histórica de la totalidad de lo instituido? Los situacionistas consideraban con bastante verosimilitud que sus tesis no eran más que la prolongación teórica de todos los gestos humanos que rechazaban que un día cualquiera fuese sólo 24 horas echadas a perder. "Nuestras ideas están en todas las cabezas", decían siempre, señalándose a sí mismos como la única formulación pública a la altura de las tendencias subterráneas que minaban los cimientos del Viejo Mundo, y solucionando quizá de forma demasiado apresurada su relación con "el movimiento real que suprime las condiciones existentes". Pero todo el proce­so de experimentación de la "primera I.S." no tenía más pro­pósito que el de bucear en la ciudad, los modos de vida, los comportamientos, el lenguaje, etc., para encontrar ahí dese­os colectivos que pudiesen desviarse hacia fines revolucio­narios, aspiraciones comunes susceptibles de ser cargadas con contenidos subversivos. "La fórmula para subvertir el mundo no la encontramos en los libros, sino errando". El hecho de que París amaneciese en mayo de 1968 entera­mente tatuada de consignas aparecidas con anterioridad en escritos situacionistas confirma que su experimentación durante los primeros años no fue en vano. La I.S. "política" no se entiende (de ninguna forma) sin la I.S. "artística" (empleando las comillas para resaltar el carácter, puramente referencias de la palabras, que no designan aquí ningún tipo de esencias-sustancias). Como decían hace poco dos anti­guos situacionistas, "fue la cuestión "artística", para decirlo crudamente -la presión continuada sobre la cuestión de las formas representacionales en política y vida cotidiana, y la negativa a cancelar la cuestión abierta entre representación y apropiación- la que hizo que su política fuese un arma mor­tal en algún momento".

Ciertamente, el proceso político de la I.S. es un modelo equívoco si se asume desde la contemplación ahis­tórica: el estado de "magnífico aislamiento" en el que entra­ron en determinado momento los situacionistas respecto a los demás grupos de la izquierda libertaria (más allá de todos los residuos leninistas, maoístas o trotskistas) encontró su redención en Mayo 68. Los situacionistas pudieron decir entonces que ellos representaron siempre la conciencia de las aspiraciones más radicales que atravesaban la sociedad en los años 60; y justificar así su rechazo tajante de los gru­pos libertarios a los que acusaban de "reformismo", "eclec­ticismo" o "incoherencia" (como hicieron, por ejemplo, con el movimiento 22 de marzo de Cohn-Bendit). "¿Véis como no estábamos equivocados al rechazaros?", pudieron decir los situacionistas a los demás grupúsculos en cualquier barricada del Barrio Latino, "vosotros sólo frenábais el movimiento con vuestras pacaterías. Aunque nosotros fué­semos infinitamente menos importantes cuantitativamente, aunque sólo fuésemos cinco o seis, hemos encarnado duran­te todo este tiempo lo cualitativo. En nuestro relativo aisla­miento, y gracias a él, la fuerza de lo cualitativo se ha man­tenido intacta". El objetivo de estas notas no es cuestionar la práctica de la I.S. ni nada parecido (aunque los que se limi­tan a repetir sus conclusiones treinta años más tarde aho­rrándose tranquilamente todo el trabajo que conduce a ellas nos animen cada vez más a hacerlo). Se trata más bien de plantear algunos problemas con la excusa de la I.S. Partiendo de la necesidad urgente de debate crítico sentida hoy ampliamente en el medio radical, y del énfasis en la apertura de nuevos espacios públicos donde el diálogo sobre "las verdades que conciernen a quienes están ahí pueda librarse de forma duradera de la apabullante presencia del discurso mediático", se impone la tarea de inventar respues­tas a las cuestiones que debe afrontar cualquier agrupación política seria: ¿cuáles son los deseos colectivos que hoy día, cuando la vida entera ha sido sometida al capital y sus imá­genes, se pueden llenar de sentido emancipatorio? ¿cómo descubrirlos o sobre qué nos podemos apoyar para crearlos en el caso de que hayan desaparecido? ¿y cómo hacerlo sin separarnos (hacia arriba como los iluminados o hacia a un lado esperando otro 68) de los ritmos autónomos que tiene la gente para ir adquiriendo lucidez sobre su vida y el mundo?

Ahora bien, hay que señalar otra tendencia impor­tante. Los situacionistas se encontraron operando en un terreno medianamente estable que pretendían disolver para construir otro. Nosotros, por el contrario, nos encontramos en un terreno que se evapora bajo nuestros pies "con la sor­prendente velocidad de las catástrofes" y sin duda no en el sentido que queremos. Por si fuera poco, nosotros también nos disolvemos con ese terreno: nuestra memoria, nuestras ciudades, nuestras capacidades, etc. La inestabilidad desin­tegradora de todas las condiciones de vida que antes amena­zaba a la humanidad en momentos puntuales de desastre (natural o histórico) ha penetrado la realidad toda hasta con­vertirse en una necesidad y ya no en un accidente. Todo lo que desaparece durante una guerra se esfuma hoy bajo los embates del capitalismo: la realidad ("los años de la guerra no parecían ser años de verdad. Formaban parte de una pesa­dilla durante la cual la realidad estaba anulada", Agatha Christie), la verdad ("la primera víctima de una guerra es siempre la verdad", R. Kypling), el sentido de la lengua ("la guerra, al hacer desaparecer las facilidades de la vida diaria, se convierte en un maestro de violencias y pone a la a par las circunstancias imperantes con la conducta de la mayoría de los hombres. ( ... ) (Estos) llegaron incluso a cambiar, para su propia justificación, el significado habitual de las palabras: la audacia irreflexiva se tuvo por valiente adhesión al parti­do, la vacilación prudente, por cobardía disfrazada, la mode­ración, por una forma disimulada de falta de hombría... Y, de otro lado, la violencia insensata como algo necesario al hombre", Tucídides), etc. Lo que los situacionistas llamaban "colonización de la vida cotidiana" no designa, como se ha querido ver, la apropiación capitalista de una esencia social buena, sino la liquidación de las antiguas relaciones sociales que obstaculizaban la transformación total del mundo en mercancía (que constituyesen tal obstáculo no las convertía inmediatamente en aliadas de la voluntad transformadora). A nadie le puede extrañar entonces que muchos volvamos también el rostro hacia el pasado, como el angel de Paul Klee, con la intención de despertar a los muertos y recom­poner lo despedazado. La legitimidad de ese impulso es irre­prochable desde cualquier punto de vista. Por encima del deseo de transformar el mundo se impone en un primer momento la necesidad de impedir que éste se descomponga del todo. Luego se comprende que ambos deseos son las dos caras de la misma moneda. Como el huracán del desarrollo capitalista arruina en la cabeza de nuestros contemporáneos todo lo que no es "a corto plazo", la voluntad de interrogar a la tradición y conferir un sentido a lo que ha sido ningu­neado supone una resistencia al curso general de las cosas. El huracán capitalista es hoy el heraldo del olvido. Quizá se pueda ir incluso más alla y afirmar que la memoria no sólo resiste (como todo lo que dura), sino que constituye el punto de partida necesario para reinventar el proyecto de autono­mía. Ya sea porque supone una especie de "punto de com­paración" que nos recuerda el carácter contingente de la dominación y nos permite evaluar sus progresos, ya sea por su naturaleza mítica (en el sentido que le daba Sorel: movi­lizadora).

Si en un primer momento los situacionistas creye­ron conveniente poner el acento en lo efímero, como una manera de librarse del cadáver de los movimientos revolu­cionarios decimonónicos que arrastraba la izquierda antiau­toritaria, sus herederos no pueden sino constatar la necesi­dad de ponerlo sobre la consistencia. Quizá los primeros situacionistas tenían las espaldas a salvo cuando escogieron valorizar el instante por encima del proceso: la continuidad histórica acumulativa de la subversión estaba lo suficiente­mente asegurada (retomamos aquí los argumentos de la Encyclopédie des Nuisances expuestos en el artículo "Aboutissement"). Nosotros, por el contrario, tenemos la espalda de la historia al descubierto. Nuestra peor maldición es tener que empezarlo todo desde cero, sin ningún apoyo. Por eso quizá hoy sea más útil promover todo aquello que tenga que ver con la dimensión acumulativa del tiempo (acumulación que de ningún modo es lineal sino histórica). Esta tarea requiere a su vez unas facultades humanas basa­das en la consistencia y la firmeza. "Las leyes del pensa­miento dominante -el punto de vista exclusivo de la actual¡­dad- se reconocen en la abstracta voluntad de eficacia inme­diata, tanto cuando cae en los compromisos del reformismo como cuando se orienta hacia las acciones corrientes de los seudorevolucionarios residuales (... ) La crítica que va más allá del espectáculo debe, por el contrario, saber esperar" (Debord). Por tanto, como explica Jacques Philipponneau, esto significa también que tenemos que "inscribir nuestra actividad, práctica o teórica, en un largo plazo y no esperar milagrosos resultados inmediatos". Quizá más que hacer tábula rasa de las pocas prácticas que hoy intentan abrir una brecha en el sistema y sus legitimaciones discursivas, ahora resulte más pertinente inmiscuirse en ellas para enriquecer­las poco a poco. Las dosis de paciencia necesarias para esto son muy altas: por ningún lado se ven indicios esperanzadores de una pronta articulación subversiva de la insatisfacción generalizada. Pero tampoco se trata de acomodarse a la iner­cia de una práctica rutinaria con la excusa de que "no hay nada más" (esto no sería más que otra forma de abdicación), sino de elaborar una reflexión general y comprometerla con un proceso de luchas. "El único factor histórico que puede ser determinante en la crisis que entraría este mundo reposa sobre la constitución de un corpus de ideas capaz de arruinar las justificaciones dominantes y de plantear las bases de una alternativa social incompatible con los fundamentos de la sociedad actual. Y si los resultados inmediatos vienen en aumento, tanto mejor, no es incompatible" (J. Philipponneau). Ahora bien, precisamente la ausencia de todo esto es lo que explica la debilidad de algunos movi­mientos sociales recientes: la facilidad del eslogan ("reapro­piación de la vida", "abolición del trabajo", etc.) ocupa todo el espacio de la elaboración teórica, el paroxismo del instan­te vivido sustituye a la necesidad de una actividad continua­da, los simulacros y el autoilusionismo barren la compren­sión serena de las posibilidades reales, etc. Si queremos devolverle su potencia a la acción política no podemos con­formarnos con la fugacidad de las imágenes (ya sean lúdicas o radicales). Un movimiento con talante subversivo no triun­fa cuando encadena grandes manifestaciones, sino cuando socializa ideas de libertad. La diferencia entre Mayo 68 y diciembre del 95 es que en aquél germinaron y se hicieron comunes ideas de libertad que no encontraron expresión pública en éste.

A pesar de todo, los cambios cuantitativos y cuali­tativos que han experimentado las prácticas políticas de un tiempo a esta parte son innegables: búsqueda de un lenguaje crítico adecuado a los hechos, abandono consciente de las dinámicas autorreferenciales, rechazo del extremismo desencarnado, etc. La misma asunción de la necesidad de cambios es positiva. También durante estos últimos años las jóvenes generaciones de rebeldes sociales han sentido el deseo de reapropiarse de un pasado que es suyo por derecho, pues "todo pertenece a quien lo mejora" (B. Brecht). La pro­liferación de materiales sobre las luchas acaecidas durante la transición, el renacimiento del interés por la teoría crítica situacionista, por Mayo 68, por el movimiento italiano del año 77, etc., traducen esa voluntad de forjar una identidad que no esté definida por una igualdad niveladora que aplas­te las diferencias, sino por las coordenadas de memoria y proyecto. Ahí se expresa una tendencia general que recorre la sociedad entera. No hace falta ser demasiado perspicaz para advertir que el capitalismo, en su alocada empresa de destrucción del tejido social, suscita en la gente "el deseo de encontrar un sentido más amplio de comunidad, un sentido más pleno del carácter", como dice Richard Sennet, que ha analizado la destrucción sistemática de las bases prácticas de la libertad bajo el reinado de la "nueva economía". Las seudocomunicaciones tecnológicas y los delirios identitarios responden cada uno a su modo a esa voluntad de superar el despedazamiento. "Todas las condi­ciones emocionales que hemos explorado en el lugar de tra­bajo animan ese deseo: las incertidumbres de la flexibilidad; la ausencia de confianza y compromiso con raíces profun­das; la superficialidad del trabajo en equipo; y, más que nada, el fantasma de no conseguir hacer nada de uno mismo en el mundo, de "hacerse una vida" mediante el trabajo". Reconstruir una vida que se pueda contar (a los demás o a uno mismo): he ahí el sentido más actual del proyecto de realización del arte (fusión del arte y la vida) esbozado por las vanguardias históricas (dadaísmo, surrealismo, etc.). Ya no se trata de abolir toda obra individual en favor de "la vida" o de obras colectivamente decididas y ejecutadas, sino más bien de restaurar una relación viva entre los tres polos de la creación: el imaginario individual (los sueños o la memoria), el imaginario colectivo (las significaciones que definen la realidad) y las "obras" (ya sea un relato, un poema o una construcción).

Pero, ¿cómo impedir que la destrucción sistemática de la densidad histórica nos reduzca a la nostalgia de unas formas de vida que están destinadas a desaparecer? ¿Cómo evitar dar la espalda al futuro, o concebir la historia como una interminable pesadilla de opresión, al modo del ángel de Klee? ¿Cómo lograr que la recuperación de la memoria de un pasado glorioso de luchas no enturbie nuestros ojos a la hora de juzgar la importancia de las nuevas protestas? Mayo 68 fue considerado como una regresión bárbara por algunos pensadores que habían celebrado el ejemplo de la Comuna de París. Las luchas actuales de precarios y parados son con­templadas como un simulacro por los que participaron en Mayo 68. No se trata ahora de analizar la pertinencia de esos juicios, sino de investigar cómo se puede actualizar la memoria sin desenfocar el juicio, cómo pueden llegar a tener los recuerdos un sentido efectivo para las nuevas figuras sociales. "Lo que falta hoy en mayor medida allí donde pro­gresa el sentimiento de la urgencia, es el conocimiento exac­to, entusiasta y desengañado de los medios prácticos experi­mentados a través de la historia, en los que una voluntad a menudo desarmada de subversión y crítica podrían inspirar­se largamente. Esa ignorancia debe ser combatida por el ejemplo de una reapropiación positiva de los valores y de los métodos del viejo movimiento revolucionario" (Encyclopédie des Nuisances). Sólo el ejemplo, la práctica de la comunicación directa, de la participación igual de todos en la toma de decisiones, etc., puede reavivar el con­tenido que animaba las formas institucionales creadas por el viejo movimiento obrero.

Ahora bien, ¿quién va a dar ese ejemplo, cómo, dónde, cuándo? ¿Cuáles van a ser las nuevas figuras porta­doras de aspiraciones radicales en un mundo donde las fron­teras entre trabajo y no-trabajo se difuminan ahora que la mercancía ha puesto a su servicio directo la totalidad de lo social? ¿Qué formas de intervención van a inventar esas nuevas figuras sociales cuando los métodos del antiguo movimiento revolucionario se corresponden cada vez menos con posibilidades reales? ¿Cómo se va a recrear un lenguaje común que permita un diálogo real entre la gente de abajo dentro de la ruina general de las significaciones? ¿Qué espa­cios de acción autónoma se pueden encontrar en un mundo cada vez más fragmentado, en el que han quedado destrui­dos los "viejos lugares de comunicación práctica de los pro­letarios" (los barrios, las fábricas, los lugares públicos de ocio, etc.)? ¿Dónde y cuando puede, pues, encontrarse la gente descuartizada por horarios inverosímiles y movilida­des forzadas, sometida a una dominación coextensiva a todos y cada uno de los instantes vividos? Está claro que las respuestas a estas preguntas no pueden ser deducidas de nin­guna teoría. Eso significaría desconocer la creatividad de la historia. Pero el hecho de que no sea posible anticiparlo teo­ricamente todo no significa que no sea posible comprender algo. La acción irreflexiva concluye siempre con las mismas lamentaciones por "la pasividad de la gente" a la que no se había dedicado previamente ni un minuto de atención. Quizá nadie responde porque no había ningún interlocutor allí donde se pensaba. 0 debido a una ausencia total de lenguaje y signi­ficaciones comunes.

Si imaginamos por un momento que el campo de la acción política es una pista de tenis, podríamos decir que nues­tro juego se limita por ahora a responder lo mejor posible los golpes que nos lanza el adversario. Algunos piensan que mien­tras tanto estamos recuperando fuerzas y que en este momento otra estrategia sería suicida. En cualquier caso, más pronto o más tarde habrá que lanzarse a coger la iniciativa, subir a la red. Para eso deberíamos movilizar toda la energía disponible, heredar el instinto de anticipación de las viejas vanguardias artísticas superando su incapacidad para formular fuera del estrecho campo artístico las exigencias intuidas en el aire de los tiempos, corregir el pasado actualizando toda la memoria de luchas, producir una teoría crítica que pueda apropiarse teo­ricamente de una realidad en permanente transformación, experimentar prácticas colectivas de intervención política, etc. Sólo así será posible lanzar con alguna garantía un tercer asal­to contra el proyecto demencial del capitalismo: acabar con la autonomía de los hombres y la vida en la Tierra.

viernes, 15 de octubre de 2010

No veis lo que está pasando

Texto publicado en la revista Maldeojo # 1 (junio 2000).

por Luis Navarro

* * *

"Internet va a transformarlo todo”, se escucha decir a los que se dan por avisados, profetas de una revolución en marcha que no precisa sujeto alguno porque nadie tiene la iniciativa y todos vamos a remolque. Hoy no hay que recurrir a ninguna complejidad teórica para desacreditar esta ideología del progreso inmaculado que libera a la humanidad de las servidumbres de la naturaleza y la lanza siempre a la conquista de nuevos ámbitos. Sin embargo, cuando se aplica a las proliferantes redes de información parece que tuviésemos que adoptarla sin crítica, en función de una estructura o de un dinamismo esencialmente buenos de estos medios, fomentadores del conocimiento, la igualdad y la solidaridad planetaria. A una objetividad percibida como insuficiente en relación con los recursos objetivos que pueden movilizarse, no se opone la intervención creadora de los individuos, sino la esperanza de transformación que promete otra objetividad impersonal, otra estructura tan determinante como determinada.

El espectáculo en la era de internet

La tediosa propaganda que acompaña a la masificación del uso de los nuevos medios de comunicación no es nueva. Ya ponga el acento en su faceta ilustrada, herramientas que extienden el conocimiento y los valores democráticos de igualdad, libertad y progreso a todos los rincones del planeta, o ya lo haga en su versión rompedora, transgresiva y futurista (¿Hasta dónde quieres llegar hoy?), contiene los mismos valores cuya forma mítica ha servido para sustentar y reforzar las estructuras capitalistas en la ideología moderna, difundidos e impuestos precisamente por esos mismos medios que con tanto éxito han asumido la función sacerdotal en el universo profano del capitalismo. La extraordinaria popularidad alcanzada en poco tiempo por el televisor doméstico, difusor por excelencia de ideología desde mediados del siglo XX tanto en los estados totalitarios como en las democracias capitalistas, fue saludada con los mismos vaticinios y lamentada por el mismo moralismo estrecho que veía en esa nueva forma de socialización el principio de descomposición de los vínculos tradicionales y de los valores basados en la antigua jerarquía. La importancia creciente del televisor en la vida de las personas, convertido hoy en una función naturalizada de las viviendas modernas, en una fuente de noticias tan imprescindible en ellas como el agua corriente, ha seguido sin embargo en lo esencial el proceso que los situacionistas denunciaban en su crítica del espectáculo. Ésta era la crítica de una sociedad que reduce la condición de sus ciudadanos a una masa de espectadores mudos de acontecimientos fragmentarios, esencialmente engañada y manipulada, y en todo caso incapaz de descifrar la verdadera relación que estos medios establecen con el mundo real que ocultan o condicionan y de asumir su propia realidad de “consumidores puros” de mercancías inmateriales. ¿Supone realmente el adviento de las nuevas redes el final de la "era del espectáculo"? ¿Tiene esta propaganda algún fundamento?


Apaga la tele. Se abre el telón


El espectáculo no es la televisión, sino un tipo de relación que emana de ella, que se impone a través de ella anulando cualquier otra relación práctica e inmediata. En este sentido el espectáculo no es la visión siquiera, el conjunto de imágenes que captan nuestra atención por cualquier medio, radio, prensa escrita, conferencia o concierto de rock. No hace falta decir que la televisión tampoco es necesariamente espectáculo. Sin embargo ha supuesto durante décadas su paradigma más obvio, el más comprensible y material. La televisión ya no necesita concentrar a los espectadores en un espacio común donde a pesar de todo podrían encontrarse, sino que se difunde a domicilio, sin que se establezca una clara línea de demarcación que lo distinga de la realidad (la taquilla, las luces apagadas, la prohibición implícita de moverse, de hacer comentarios, de abordar al ser humano que se encuentra a nuestro lado). Éste es el verdadero modelo a partir del cual los situacionistas forjaron la noción de "espectáculo" y de "espectador pasivo", y su primera expresión moderna, llevando al cine análisis que procedían de las vanguardias artísticas y que encontraban en él su confirmación.

La televisión se instala en una fase avanzada del paradigma espectacular que se caracteriza por una mayor difusividad y pregnancia, aspectos ambos capaces de poner en crisis la primera formulación de la teoría del espectáculo conmoviendo las bases axiomáticas del paradigma: la concentración y la unidireccionalidad de la comunicación. La "tele" se filtra en la vida privada, se integra en la familia y dialoga con ella propiciando un tipo de comunicación que no se apoya en lo esencial en una jerarquía superficialmente visible. Permite la dispersión, la atención difusa, se ramifica en múltiples canales entre los que se puede "elegir", y es finalmente una ventana abierta al mundo que extiende la información y denuncia, mostrándolas, las miserias. De ahí que algunos pudiesen ver en ella y en sus periféricos una potencial herramienta de liberación que promovería a largo plazo mayor igualdad, libertad y riqueza de valores, y que acercaría a los seres humanos de todas las regiones del globo. O que se pusiese el acento en la emergencia de una comunicación basada en la imagen, en la dimensión "figural" y su carga poético-intuitiva alternativa a los espolones de la escritura "masculina, blanca, patriarcal y homófoba".

A medida que ha desarrollado y perfeccionado su “embargo dialéctico” de lo real, la televisión ha podido integrar también la participación del espectador de múltiples formas. En realidad, el reflejo que proyecta sobre la realidad desencantada de sí misma no puede dejar de participar él mismo de esa realidad, o no ser nada en absoluto. Pero además los índices de audiencia determinan los contenidos in situ ("contraprogramación"), la publicidad devuelve imágenes aceptables de todos los deseos, la contribución del espectador es requerida con más insistencia cuanto más entra en crisis la imaginación de los programadores ante el desgaste objetivo del medio. Y hasta los actos más extremos de la conciencia radical acaban conformando los ingredientes necesarios de una velada satisfactoria. Un ejemplo asombroso: cuando Telefónica presentó una campaña con un anuncio que duraba todo un minuto, durante el cual la pantalla del televisor permanecía en blanco, estaba llevando al terreno de la publicidad un recurso subversivo con el que Debord quiso expresar de forma práctica la muerte del cine en su película Hurlements en faveur de Sade, y como él buscaba suscitar en los espectadores la misma inquietud haciéndoles tomar conciencia del "tiempo vacío" que su comunicación quiere colmar.

El anuncio fracasó más que nada porque el grado de falsedad de lo que pretendía venderse era aún mayor que la osadía del publicista, pero este género de recuperaciones resultan más que ilustrativas de la magnitud de las apuestas que se ve llevado a asumir el medio televisivo y denuncian por vía negativa su excesivo desgaste. ¿No reside el valor estético de este anuncio en marcar el punto donde estos medios inflexionan, donde empieza hacerse explícito que la tele ha muerto? Primero se apoderó de ella el virus de la publicidad, que era el agente de la economía privada en el cuerpo social del Estado, destinado a disolverse en ella y con ella. Hoy esta publicidad, que excede muchas veces el tiempo de emisión de los espacios "de contenidos" en la televisión pública, y que desde luego los condiciona escandalosamente mientras se acepta con tranquilidad pagar cuotas añadidas al mercado para preservar un medio convertido en necesidad compulsiva, se ve invadida a su vez por cantos de sirena de otros medios más dinámicos: telefonía; servidores de internet, fascículos de iniciación al worldware...

La muerte de la televisión habrá sido por una parte su “realización”, que se expresa en la colonización y el saqueo de la vida cotidiana que la televisión ha venido a representar, hasta el punto no ya de filtrar, sino de sancionar e irradiar a partir de sí misma esta realidad; y sería por tanto una “negación” de la televisión, que se ha vuelto incapaz de generar nuevos valores a partir de esa vida degradada que ella misma determina finalmente. El fenómeno de masas que constituye un programa como Gran Hermano en todos los países donde se ha llevado a cabo esta experiencia de "construcción experimental de una situación", no niega, sino que ilustra a la perfección lo que estamos diciendo. Ni para los concursantes ni para los espectadores que intervienen sobre dicha situación como un panóptico divinizado se presenta aquí el rostro auténtico de la invasión de la intimidad y de la abolición del mundo personal que se practica en nuestra época, sino nuevamente una "representación" de todo ello, una representación que expresa el momento autorreferencial en que todo medio entra en descomposición: no es "verdad televisiva" más que para los ingenuos, sino tele-verité.

Por otra parte, el modelo no se ha extraído del propio desarrollo del medio televisivo, sino que constituye de forma muy precisa su negación a partir de experiencias muy extendidas puestas al público desde hace tiempo en la red de internet (cámaras ocultas, conversión de la propia vida en mercancía sobre la pantalla). Esta negación comporta a su vez dos efectos claros: la pérdida creciente de credibilidad de la televisión y el desplazamiento del delirio utópico hacia otros medios que empiezan a invadirla y a irradiarse a partir de ella. Estos nuevos medios se injertan en el mundo desencantado de la televisión anunciando el reencantamiento del mundo gracias a un nuevo tipo de "comunicación" que no reconoce límites ni separaciones, que es esencialmente "horizontal" y democrática, genera valores accesibles para todo el mundo en un contexto de libertad y de inmediatez difícilmente manipulable y, en definitiva, propiciará una gestión más flexible de los propios asuntos y nuevas posibilidades de intervención en los asuntos mundiales. Are you ready? Es hora, pues, para todas y cada una, de dar el gran salto hacia ese nuevo tipo de humanidad universalista y participativa que se está gestando. La televisión ha muerto.


La información hace “libres”


En las sociedades antiguas y subdesarrolladas, cuya economía se basa en la mera explotación y consumo de los recursos naturales, la red es una herramienta de supervivencia y un arma. Hay un sujeto que la manipula, el que tiende las redes, y un objeto para el que se tienden, aquello que se atrapa o se conquista, la presa. Las sociedades sedentarias ya no tienden las redes, sino que las disponen en forma de cultivos que se alinean en base a un aprovechamiento óptimo del espacio físico domesticado y ceñido a una geometría humana, controlable. Pero este control impone también un cultivo paralelo del propio sujeto en las habilidades que le permitirán tomar posesión de ese espacio en estado salvaje. El grupo gana oportunidades de subsistencia y un mayor confort, pero pierde libertad de circulación y expectativas de realización, ya que surge la especialización. Al mismo tiempo que la red desarrolla posibilidades productivas y no simplemente consuntivas atrapa en la misma medida al sujeto en ella. La cultura es eso: una institucionalización de las relaciones sociales con la consiguiente pérdida de independencia del individuo.

El sistema de producción capitalista comenzó estableciendo redes rígidas de producción a gran escala, cadenas donde las multitudes se olvidaron de vivir convertidas en piezas y engranajes de una máquina que marcaba el ritmo progresivamente acelerado de la producción y el consumo. Pero su vocación última era el establecimiento de redes de contactos tan amplias y densas como fuese posible, mercados que canalizasen la sobreproducción e hiciesen llegar las necesidades allí donde no existían. En la fase desarrollada del capitalismo la red de distribución se impone por su importancia sobre la cadena de producción, que pasa a un segundo plano o se integra finalmente en el propio proceso de distribución al generar ámbitos como la publicidad, especializados en la tensión y el dinamismo de estas redes.

Con el advenimiento de la sociedad de la información se habla de "redes que dan libertad" cuyo destino no sería el de cubrir un espacio por el que transcurre el movimiento para capturar una presa, sino "liberar la información", extender los cultivos. La red de la que hablamos ya no sería un instrumento de combate, sino de puesta en contacto. En ella no hay presa de la que apropiarse a no ser la propia red y sus dinámicas de ampliación. No hay tampoco sujeto: la red se construye gracias a la interacción de los propios usuarios no siendo muchas veces más que esta misma interacción. Dichos usuarios dispondrán por tanto de una creciente libertad de acción y de expresión y grandes posibilidades de participación creadora sobre "la red", hasta el punto de sugerirse el término "interactor" como sustituto del clásico espectador de sus precedentes menos agraciados. Obviamente, la red mantiene un carácter instrumental, se sigue pensando en ella como un "medio", por más que hayan sido anulados los términos de la mediación: la presa, el cazador, el sujeto y sus fines. Estos se definen igualmente a partir de la propia red, que en esta fase de construcción únicamente busca ampliar su horizonte y densificar sus circuitos. En cuanto al espacio que cubren, ha dejado igualmente de existir como localización espacio-temporal, ha quedado reducido a dimensión puramente mental, a concepto. Esto proporciona a los interactores, que son frecuentemente exploradores altamente cualificados del territorio virtual, con capacidad para desviar hacia sus propios fines las rutinas del sistema, el don de la ubicuidad al mismo tiempo que una impunidad casi completa en sus actuaciones sobre la red. Los conceptos sobrevuelan las fronteras, y aunque en teoría se pretende constreñir su circulación según las leyes de cada jurisdicción nacional, en la práctica se aprovechan todas las lagunas y se abren todas las brechas.

Ahora bien, como también le ocurría a la idea de progreso, dicha libertad aparece limitada por barreras económicas que funcionan a diferentes niveles: marcando diferencias en el acceso, por supuesto, pero también en las posibilidades de programación y desarrollo, en las rutas de canalización del sentido, en el control de la "nueva economía", asegurando y promoviendo la galopante liberalización que en términos capitalistas no supone la colectivización de los recursos (libertad de acceso para todos) sino la conversión de lo colectivo en un recurso a explotar por parte de la iniciativa privada. La tendencia económica resultante ha sido la de una imponente concentración de capitales y una polarización aún más grande entre quienes disponen y quienes consumen las redes de información dentro de las fronteras nacionales y especialmente en el plano internacional. En realidad, han caído las fronteras físicas para que se alcen nuevas fronteras virtuales. Los nuevos estados marcan su territorio sobre el lenguaje, el signo fijado a un registro, la marca, la "propiedad intelectual": son las "grandes compañías", estados invisibles basados en leyes comunes y abstractas cuyos intereses convergen. Han pasado algunas décadas desde que Mattelart evidenciase que la libertad burguesa de expresión, por encima o por debajo de sus amables virtudes, es en un contexto capitalista, libertad para quienes disponen de los medios de expresión. En España se abrió un debate público que rozó el escándalo con el asunto de las stock options. Bill Gates se convierte en el hombre más influyente del planeta y en el principal garante de un orden económico que necesita disponer de márgenes crecientes de especulación y que se revela cada vez más vulnerable y dependiente de los valores generados en comunicación. En el inmenso océano donde millones de osados navegantes han emprendido la odisea sin fines de la tecnocultura sigue habiendo pescadores de aguas turbias y tiburones, piratas y náufragos, y por supuesto un plancton tan ufano como imperceptible que alimenta todo tipo de ambiciones.

Puede discutirse el grado de manipulación o de condicionamiento de la opinión que inducen estos medios, pero no puede ponerse en duda que ésta ha sido la tendencia dominante de nuestra época: los medios de comunicación de masas han desarrollado su propia lógica, han impuesto su necesidad Y han desplegado su mayor potencia en estrecha relación con la liberalización del capital. Y si hoy internet puede proclamarse oficialmente "enemigo de los totalitarismos" (según el último informe anual del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos), es porque antes la televisión puso en escena la progresiva anulación de las competencias de los estados en provecho de la mercantilización del ámbito público. Allí no se habla tanto de libertad de los individuos propiciada por los medios a su disposición cuanto de la libertad sin fines de una información que "quiere ser libre". ¿Y no querrá también, con el mismo carácter esencial que "informa" el concepto, reproducirse y dar forma al mundo, invadir la mente y luego la materia sin ningún criterio selectivo, independientemente de su interés o de su "ajuste a los hechos"? Lo que se supone provocador de este slogan no es tanto la afirmación de la libertad sin fines de una información que se recrea en su anárquico albedrío, sino la atribución de voluntad al objeto de una inercia abstracta. Con ello se reconoce sin ambages la autonomía del sistema con respecto a los individuos que lo componen, quienes a pesar de padecer trabas y separaciones de todo tipo disponen siempre del consuelo y la salida de alienarse en la información, libre. Del hecho de que la vida contenga sus propios códigos y proyecte sus procesos en forma de información se extrae la conclusión alienada de que la vida "no es más que" información, y de ahí que la información es vida. Hay que decir más bien lo contrario: "la información debe comprometerse", con los procesos que cifra y con sus intérpretes.


Juegos de lenguaje


En la teoría del espectáculo la comunicación entre los individuos separados es precisamente lo único que puede oponerse a los designios de un sistema que dicta el sentido y el lugar de cada uno en la jerarquía que lo gobierna, pero esta comunicación permanece ahogada por un caudal incontenible de imágenes y signos que impiden que muestre su perfil liberador. La gran tarea de una agrupación de fuerzas de contestación consistía en la formación de espacios públicos en los que esta comunicación pudiese darse de forma directa e incondicionado, mucho más que en la "acción" que siempre se le opone y que en todo caso sí que constituye el contexto necesario en el que esta comunicación puede tener un valor. En esa comunicación se encuentran ya el contenido y los fines de la acción.

En los foros públicos denominados chats muchos usuarios conectan desde su equipo con un ágora virtual que permite la comunicación instantánea en tiempo real desde lugares muy alejados. Junto a los grupos de noticias sobre diferentes temas que permiten la circulación de la información según una temporalidad menos rígida, estos foros de conversación en tiempo real y otros más complejos y abiertos al juego basados en la mismo modelo son el equivalente formal más aproximado del desaparecido espacio público, al reunir teóricamente en su estructura las condiciones de apertura, participación y libertad que permiten un uso democrático de estos espacios. La propia estructura de las redes requiere en efecto la participación del mayor número posible de interactores (a mayor número de usuarios de la red, mayor cantidad y utilidad de sus contenidos, mejores expectativas de realización), de forma que el modelo unidireccional de comunicación que caracterizaba el uso espectacular de los medios en su versión concentrada aparece negado por la propia estructura de la red. El chat únicamente ofrece la posibilidad de encuentro, sin determinar otros contenidos que los que introducen en él los participantes conectados en cada momento. La libertad de estas interacciones es casi total, no tanto en virtud del siempre relativo anonimato cuanto de su increíble profusión y de la falta de inhibiciones. Finalmente, la apertura de estas comunicaciones está asegurada, tanto hacia el exterior por el acceso generalmente libre a las mismas como hacia lo imprevisto de su desarrollo. Si no fuese por su carácter virtual tendríamos que hablar incluso de un grado de realización democrática difícilmente alcanzable en una asamblea física, donde por muy coherentemente que se asuma su funcionamiento no se impedirá que se manifiesten inhibiciones, roces personales, grados diferentes de participación, etc.

Esto es porque han desaparecido precisamente casi todas las resistencias que lo real opone a la fluidez de la comunicación y determinan su parcialidad, su permanente inacabamiento, el roce del signo con el mundo físico, el ruido: "habría que precisar, pero no hay tiempo para ello, y tampoco está uno seguro de que le hayan comprendido. Antes de haber sido capaces de hacer o decir lo que era necesario, estamos ya siempre lejos". Ahora bien, "la realidad de la que hay que partir es la insatisfacción". Cabe preguntarse si esta comunicación que ya no afecta roce alguno con el mundo real sigue siendo comunicación, si puede ser informativo aquello que ya no se opone en modo alguno al ruido. Cuando alguien entra en un foro de Internet Relay Chat (IRC) no hace otra cosa que actualizar (ejecutar), una secuencia en código que el procesador interpreta para conectar nuestra línea telefónica con el foro virtual. A continuación se adjudica a sí mismo una identidad más o menos compuesta que no tiene por qué coincidir con su identidad real y ni siquiera evocar semejante noción de identidad en términos precisos, y un apodo por el que resultará abordable por los demás. Luego dispondrá de cientos, incluso de miles de canales temáticos que equivalen a otras tantas ventanas o universos que generan los propios usuarios, a los que puede accederse "conjurando" el comando oportuno y el concepto guía que abre ese universo; cada uno de esos universos se alinean ante la mirada del usuario en forma de conceptos como las cajones de un archivo. Una vez dentro se tiene la sensación (más viva cuanto más minuciosamente representada mediante imágenes, sonido y todas las incorporaciones multimedia que adornan el vacío de la comunicación) de compartir una charla en una habitación con varios contertulios que se alinean igualmente a un lado de la ventana, pudiendo asimismo ser abordados mediante determinados comandos que abren otras ventanas denominadas "privados", sólo compartidos por quienes mantienen una conversación en un determinado momento. Se puede abrir y estar presente en tantas ventanas como quepan en la pantalla y pueda dar de sí nuestra habilidad con el teclado. Nunca faltan habitaciones en esta inmensa okupa. Las posibilidades de realización comunicativa son igualmente infinitas, se puede jugar a ser lo que no se es, se puede ser varias cosas a la vez, se puede no ser, y si se trata de ser, de intervenir y hacerse presente, podemos llevar a cabo todos los actos que seamos capaces de imaginar, hasta los más sórdidos: podemos vivir todo aquello que podamos decir.

Para la nueva teoría de la información todo aparece disuelto y mezclado en la comunicación realizada: el receptor en el emisor, el canal en el código, el mensaje en el medio... y todo ello conforma un magma indistinto de formas y signos que evolucionan en un mundo aséptico, indoloro y sin resistencias. En la inmersión en los universos virtuales a que se abre la pantalla del ordenador se produce sin renuncia ni violencia el "abandono del cuerpo" buscado patéticamente por el individuo moral, que descubre en la amoralidad sin consecuencias de su interacción a distancia una "idea" de juego, de trabajo y de consumo purificada del trato con la materia. El espacio físico se convierte en un pasadizo entre planos geométricos. El movimiento se produce entre módulos del cerebro que empiezan a distribuirse nuevas funciones en un mundo de universos paralelos, perfectamente incomunicados salvo en los umbrales de las ruinas del antiguo edificio del sujeto. ¿Quedará pronto algo de él? Y sin él, ¿tendrá todavía algún sentido la "comunicación"?

Una primera respuesta es que la vida no es eso, y que los interactores no son, aún, el mundo. El chat es de hecho la realización de la dimensión estética de la literatura, la superación y la supresión del oficio de escribir y del vicio de leer. Ya se trate de juegos de rol, de aficiones compartidas o de simples derivas por callejones conceptuales, la experiencia de escribir y de leerse "on line", transformándonos nosotros mismos en los personajes vivos de una ficción de la que al mismo tiempo somos espectadores, en un encuentro con lo que suponemos al menos que es otra mente humana, aunque no podamos determinar ni su sexo, ni su aspecto ni su verdadera localización geográfica, proporciona un sustituto ventajoso a la solitaria y tantas veces resentida búsqueda de sentido de la cultura libresca. No es en menos medida un marco incomparable de composición y de experimentación de situaciones para quien sepa manejarse en ellas sin ingenuidad tecnológica. La experiencia de su uso puede resultar, sin embargo, decepcionante para quien pueda haberse forjado alguna expectativa, tanto de realización en un plano "intelectual" como de actualización (ejecución) en un plano "real". Una "adicta" al cibersexo explicaba así el fundamento de su adicción: "si la situación no es extrema, no me excito; si lo es, me da miedo", por lo que había encontrado en los mundos virtuales la expresión exacta de su terror y de su aburrimiento. ¿Son todos nuestros deseos tan funestos? ¿Y dejarían de serio sin la huida hacia delante que impone agónicamente la tecnología?

Otra respuesta, más "positiva" sin duda, es que somos los "últimos hombres". Ya no es la literatura de ciencia-ficción ni la teoría radical, sino la genética y la biotecnología quienes nos colocan frente a un momento trascendental en la evolución de la especie humana, posiblemente ante el final de la Edad del Hombre tal y como hoy lo concebimos: conciencia de límite (que se expresa irracionalmente como miedo a la muerte) y ejercicio de la razón vinculado a ella (el esfuerzo por superar esos límites aplicando soluciones creativas en base al conocimiento experimental del mundo).

Los ballesteros del sol siempre han sido centauros: los poetas y los artistas descendían a los infiernos sacando a la luz tesoros podridos. Sus anhelos y sus terrores podían ser profecías. Pero la ciencia-ficción ya no va delante, sino detrás del delirio que desborda la ficción de la "ciencia". Es la falsificación poética de la poesía realizada en una ciencia que ya no busca certezas en el mundo, sino que se ha hecho ella misma experimental en el modo no de capturarlo, sino de reescribirlo a todos los niveles. En su forma idílica este abandono del estadio humano por la realización de sus fines no parece sino la consumación del asalto a la divinidad que dio origen a la razón según todos los mitos: alimentando y atizando siglo tras siglo el vulnerable hilo de fuego arrebatado por Prometeo, sembrando y cultivando generación tras generación la semilla perfeccionada de su pecado, el hombre habría cubierto el ciclo material de su existencia y se habría elevado a la condición de Creador. Habría materializado su salvación hasta el punto de eliminar completamente la historia y sus huellas, detener el tiempo, instaurar la eternidad; habría alcanzado su madurez como especie desprendiéndose del cuerpo y de las pasiones; habría creado a Dios al final del circuito de su ateísmo irredento, volviéndose capaz de regular los ciclos naturales y de crear por sí mismo nuevas especies en una imprevisible deriva de formas. He aquí la auténtica materialización del impulso creador del hombre, la verdadera realización del arte en la vida. Lo que no queda claro es que sea todavía vida aquello que ya no se opondrá a la muerte.


Internet es la guerra


La paradoja de la comunicación consiste en que sólo tiene algo que decir aquel que ha sido expropiado del derecho de decirlo, el que se ve llevado a tomar su derecho a la expresión por su propia cuenta. Esta paradoja ha sido la que ha minado los mecanismos de control mediante censura en la larga fase de empuje y desarrollo de los medios de comunicación de masas, de la que internet va a encargarse de escribir el último epígrafe: la comunicación realizada, la libre circulación de informaciones en un contexto de abolición de toda temporalidad y de toda resistencia, un contexto que hará finalmente la comunicación inútil y por tanto imposible. Donde todo puede decirse nada tiene verdadera importancia, y allí donde el derecho a la libre expresión recibe más atención y cuidados que el propio derecho a la vida, esta vida se da por definitivamente ganada o por definitivamente perdida en el libre juego de la información.

Por supuesto, esta crítica "simplemente ideológica" sólo afecta a los aspectos ideológicos de un fenómeno; no puede alcanzar todavía al propio fenómeno en su naturaleza concreta. Es la crítica de la situación "ideal" que la ideología de estos medios define como propia y de sus contradicciones con el "mundo real", el mundo de la vida. Éste sigue gobernado por el conflicto, conflicto exacerbado por los propios medios de comunicación, cuya estrategia consiste en polarizar las actitudes hasta hacerlas prácticamente incomunicables. Y los "nuevos medios" no tienen más remedio que seguir expresando este conflicto un tono por debajo o por encima de su discurso positivo, de ahí que la información siga teniendo sentido incluso en las transparentes redes, y que la comunicación, cuando efectivamente se realiza, sea allí portadora de una potencia y de un valor desconocidos hasta ahora. Estamos cada vez más lejos de comprender estos medios como otros tantos reflejos del conflicto de intereses que rige la sociedad global, y nos empeñamos en celebrar sus grandes posibilidades para eximirnos de realizarlas y sin tener en cuenta que el dominio extrae de ellos posibilidades aún mayores.

Así como la brecha abierta por el desarrollo tecnológico desencadenado entre la acumulación de recursos y su aplicación liberada al conjunto social constituía para Benjamín la amenaza efectiva de la guerra, la inflación de imágenes que los nuevos medios de reproducción permiten e imponen, no hallando una aplicación verdaderamente política, desemboca en la producción técnica de condicionamiento. Es necesario enfrentar el uso de estos medios como si, en vez de suponer la realización de la utopía comunicacional, inaugurasen un nuevo campo de enfrentamiento donde entran en juego armas de efectos devastadores desde el punto de vista de la estrategia política, a la que se han sustraído sus mejores virtudes. Los éxitos aparentes de esta "revolución a plazos" son sus fracasos fundamentales (la "nueva economía" y la "participación efectiva" de los consumidores en la producción de los recursos de su alienación), y sus fracasos (la creciente inseguridad del "sistema" y la generación de desarrollos irreductibles al mismo y enfrentados a él en todos los planos) son abiertamente sus éxitos hasta el momento, para nosotros y para el futuro.

Así es reconocido implícitamente incluso por los defensores del "libre intercambio de información" cuando reclaman y promueven sensatamente desde posiciones “alternativas” el uso de la encriptación y el blindaje. Necesaria en un contexto donde la información es un poder y donde las luchas de poder distan de haber sido resueltas, la encriptación de los mensajes no deja de suponer sin embargo una contradicción con respecto al principio que reclama la transparencia y afirma la autonomía de la información, y pone de manifiesto las auténticas condiciones en las que el juego se despliega.

Así se manifiesta también en la existencia de la comunidad Linux, la alternativa pujante al monoteísmo informático de Microsoft y la única capaz de articular múltiples formas de resistencia a un sistema que pretende imponerse como única vía de estabilidad y progreso dentro de las múltiples que se podrían explorar. Linux no plantea una oposición política definida, y de ahí que pueda aglutinar una amplia diversidad de planteamientos en un mismo desarrollo, pero la oposición a Microsoft y a toda la estructura económica que representa empieza hoy por Linux. Linux no plantea una oposición en el plano económico, sino que funda un ámbito propio y desarrolla una lógica que desestructura por completo cualquier intento de fijación de los códigos a la razón mercantil (títulos de propiedad, monopolios, publicidad). Sin embargo también tiene sus limitaciones: la comunidad de desarrollo que inaugura toda producción regida por el copyleft (la cesión de los derechos de copyright al usuario con la simple condición de que éste no se los apropie para su uso exclusivo) no constituye un freno definitivo a la mercantilización; y sus contradicciones: la oposición a un sistema que se descompone en la futilidad y la inercia dinamiza en vez de bloquear el medio, hace más significativa cualquier interacción sobre el mismo y retrasa consecuentemente la puesta en evidencia de la anulación de todo sentido que ha sido el horizonte sobre el que se ha desarrollado el sistema espectacular. Linux es hoy la condición necesaria e insuficiente para una utilización crítica de internet.

Y así se pone también de manifiesto en la proliferación diaria de nuevos virus disfrazados con los colores del espectáculo. El último ejemplo que ha trascendido ha sido el del virus mutante del amor, una especie de sida informático cuya estructura sin embargo, según los juicios de los expertos, es sorprendentemente simple y quizá por ello tanto más eficaz. Suele hablarse de estos virus en términos de amenaza, y en la defensa contra los mismos las fuerzas de la conservación integran los pequeños intereses particulares. Sin embargo el daño material que pueden producir en un equipo bien gestionado es mínimo en comparación con el daño que ocasionan al desarrollo de estos sistemas a medio plazo fomentando la desconfianza sobre su capacidad para canalizar con orden y concierto el inmenso negocio que se genera a su alrededor.

No se trata de discutir las ventajas materiales que estas redes comportan, muy relativas cuando son transformadas en nuevas servidumbres que la productividad del sistema impone. Ni se trata tampoco de fomentar discursos tecnofóbicos que pudieran pretenderse exteriores a su objeto, y que efectivamente lo son muchas veces, aunque en virtud de su impotencia y de su desconocimiento. Mucho más interesante que la "crítica de los medios por procedimientos no mediáticos" es la construcción de espacios alternativos que nieguen y desestructuren la lógica de estos medios en un contexto de espectáculo heredado y consumado. Por esta misma razón, estas comunidades deben ser políticas en un sentido profundo y explícito, comunidades de combate con capacidad para desarrollar sus propios recursos y mantener sus propias estructuras de contacto. El modelo desarrollado en España por sindominio.net resulta ejemplar al respecto, constituyendo desde hace tiempo la formulación más apropiada y apropiable de la contestación en internet. Estos usos representan todavía no obstante una proporción mínima en relación con el uso alienado de las redes, y la eficacia de su funcionamiento resulta mitigada cuando tendemos, por incapacidad o desconcierto, a mantener en torno a los mismos actitudes contemplativas. La gestión y el desarrollo de estos recursos exigen un conocimiento avanzado de los mismos y una disposición permanente a actualizarlos y perfeccionarlos, es decir una inversión de tiempo, aprendizaje y esfuerzo que no resulta todavía accesible universalmente.

El desarrollo tecnológico, y actualmente los horizontes que abren las tecnologías informacionales, son fenómenos objetivos cada vez más absorbentes frente a los que no cabe ya sembrar ingenuas barricadas ni replegarse en los viejos modelos e instituciones de difusión de la información y del poder. Se abre repentinamente, cubre y arrasa la vieja trinchera un nuevo espacio de lucha, ni más virtual que la caligrafía ni menos real que el Ministerio de Defensa. Nunca cupo esperar que ningún progreso tecnológico fuese capaz de constituir por sí mismo un progreso social. El verdadero progreso producido por un medio no se hace patente hasta mucho después y con inevitables pérdidas, cuando este medio se naturaliza y pierde su potencia especulativa, cuando llega a hacerse necesidad y olvido.

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